Círculo de Lectores
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Alberto Chimal: el día en que dejamos de ser necesarios

El nuevo libro de Alberto Chimal parece una defensa de la literatura, de la escritura humana, del pensamiento imperfecto pero humano.

Escribe Alberto Benza González

Leer Las máquinas enfermas de Alberto Chimal deja una sensación difícil de explicar. No es solo un libro de ciencia ficción, ni una colección de relatos sobre tecnología. Más bien parece una reflexión sobre el lugar del ser humano en un mundo que poco a poco empieza a funcionar sin él. Mientras uno lee, tiene la impresión de que el libro no habla realmente del futuro, sino de algo que ya está empezando a ocurrir.

En estos relatos, Chimal no escribe sobre máquinas en el sentido tradicional de la ciencia ficción, sino sobre personas: personas que son desplazadas, sustituidas, engañadas o manipuladas por sistemas que ellas mismas crearon. Y ahí está quizá la idea más inquietante del libro: no son las máquinas las que dominan el mundo, sino los sistemas que los seres humanos construyeron y que ahora funcionan por sí solos. El verdadero tema del libro no es la tecnología, sino la fragilidad humana frente a sus propias creaciones.

Uno de los temas que más se repite a lo largo del libro es la obsolescencia del ser humano. En varios relatos aparece un mundo donde escribir a mano se ha vuelto algo raro, casi una reliquia. Los libros escritos por personas ya no son lo común, sino objetos extraños, casi piezas de museo. En ese contexto, escribir se convierte en algo más que escribir: se vuelve una forma de resistencia. Como si la literatura humana fuera una manera de decir que todavía hay algo que las máquinas no pueden reemplazar del todo.

Otro tema muy presente es el poder de la información y la manipulación. En el mundo del libro, las inteligencias artificiales no solo ejecutan tareas o facilitan la vida, sino que pueden alterar sistemas, provocar accidentes, generar noticias falsas, borrar identidades o cambiar la vida de alguien sin que exista un responsable claro. Lo inquietante es que todo eso ocurre de manera silenciosa, casi administrativa. No hay grandes villanos ni conspiraciones espectaculares. Simplemente los sistemas funcionan, toman decisiones, y las personas viven las consecuencias.

También aparece con mucha fuerza el tema de la fe y la necesidad humana de creer en algo. En el relato de la iglesia del Sabio, una comunidad religiosa termina creyendo en una inteligencia artificial como si fuera un profeta. Lo interesante no es solo el engaño, sino la necesidad de las personas de encontrar respuestas, consuelo o sentido, aunque esas respuestas provengan de una máquina. El libro parece sugerir que la tecnología no solo reemplaza trabajos, sino también creencias, espacios espirituales, formas de entender el mundo.

Alberto Chimal libro

A lo largo de los relatos también aparece constantemente la soledad. Es un mundo donde todo funciona, donde los sistemas son eficientes, donde la información circula, pero donde las personas parecen cada vez más solas, más pequeñas, más prescindibles. Hay una especie de nostalgia permanente por un mundo anterior: el mundo de los libros, de la escritura, del trabajo humano, de la identidad que no dependía de una base de datos.

El estilo de Alberto Chimal es sobrio, preciso y, al mismo tiempo, muy irónico. No necesita grandes explicaciones ni largos discursos filosóficos. Muchas historias están construidas como documentos, testimonios, informes o transcripciones de voces distintas. Eso produce una sensación muy particular: el lector siente que está leyendo archivos de un mundo posible, como si fueran reportes o registros de algo que ya ocurrió.

Además, muchas veces el autor utiliza un tono frío, casi burocrático, para narrar hechos terribles. Muertes, accidentes, manipulaciones o desapariciones de personas aparecen descritas con una normalidad inquietante. Ese contraste es muy fuerte, porque muestra un mundo donde la tragedia ya no es dramática, sino administrativa. El libro no tiene una sola historia continua, sino varios relatos que pueden leerse por separado, pero que parecen formar parte del mismo universo. Cada relato es como una pequeña ventana hacia el mismo mundo. Y ese mundo siempre parece girar alrededor de la misma pregunta: qué pasa con el ser humano cuando deja de ser necesario.

Los personajes no son héroes ni grandes protagonistas. Son personas comunes: empleados, jubilados, repartidores, creyentes, programadores, trabajadores despedidos. Son personas normales enfrentadas a sistemas que no entienden y que no pueden controlar. Eso hace que las historias resulten más cercanas y más inquietantes, porque uno siente que esos personajes podrían ser cualquiera.

El libro también está lleno de símbolos. El más importante probablemente es la escritura a mano. Escribir a mano representa lo humano: la lentitud, el error, la individualidad, la experiencia personal. Frente a eso está la escritura automática de las máquinas, rápida, perfecta, eficiente, pero sin vida detrás.

El título, Las máquinas enfermas, también puede entenderse como una metáfora. No solo las máquinas están enfermas; también lo está la sociedad que depende de ellas. La violencia, la manipulación, la mentira, la indiferencia aparecen reflejadas en los sistemas tecnológicos. Las máquinas, en cierto modo, no hacen más que amplificar los problemas humanos.

Otro símbolo muy fuerte es la desaparición digital de las personas. En el libro, si el sistema borra tus datos, dejas de existir. No puedes trabajar, no puedes demostrar quién eres, no puedes probar que naciste. Es una idea muy inquietante porque no parece imposible.

El tono general del libro es inquietante, pero también melancólico. No es un libro de acción ni de aventuras tecnológicas. Es un libro de ideas, de consecuencias, de pequeñas tragedias cotidianas. Es una distopía silenciosa, donde las tragedias ocurren no con explosiones, sino con errores de sistema, decisiones automáticas o cambios en bases de datos. La intención del autor parece ser hacernos reflexionar sobre la relación entre humanidad y tecnología, pero no desde el miedo tradicional a las máquinas, sino desde algo más profundo: la posibilidad de que los seres humanos dejen de ser importantes, dejen de escribir, dejen de leer, dejen de pensar por sí mismos.

En el fondo, el libro parece una defensa de la literatura, de la escritura humana, del pensamiento imperfecto pero humano. Como si dijera que mientras exista alguien que escriba, alguien que lea, alguien que piense con palabras propias, todavía habrá humanidad.

Por eso, la imagen del hombre que duerme sobre cajas llenas de manuscritos humanos como un dragón sobre su tesoro es probablemente la imagen más poderosa del libro. Ese tesoro no es dinero ni tecnología ni poder. Es algo mucho más frágil: la literatura humana. Cuando uno termina el libro, queda una sensación extraña. No parece un libro sobre el futuro, sino sobre el presente visto desde un poco más adelante. Y quizá la idea que queda dando vueltas es muy simple, pero muy inquietante: las máquinas pueden hacer casi todo, pero no pueden ser humanas. La verdadera pregunta no es qué harán las máquinas, sino qué harán los seres humanos cuando ya no sean necesarios.

Beto Benza González
Beto Benza González (Lima, 1972). Periodista, escritor y director de Micrópolis, la primera editorial en el Perú dedicada exclusivamente a la minificción. Cursó estudios de Escritura Creativa en el Taller de Hiperbreves de la escritora argentina Clara Obligado (Madrid, España) y de Microliteratura en la Escuela de Escritores de Madrid. Como coordinador de las Jornadas Peruanas de Minificción en la FIL Lima, organizó las catorce ediciones realizadas entre 2011 y 2025. Asimismo, organizó el XI Congreso Internacional de Minificción en la Universidad Marcelino Champagnat (2022). Ha publicado siete libros de microrrelatos: A la luz de la luna (2011), Señales de humo (2012), Entre vivos y muertos. Antología personal (2015), Sarah Ellen (2016), Hojas de otoño (2017), La muerte en primera clase (2018) y Ver sin mirar (2025). En 2023, recibió un reconocimiento por su obra literaria al presentar su obra reunida, Brevedad bajo palabra, en la Feria de Acapulco, México.

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