Escribe Gabriel Rimachi Sialer
Publicada originalmente en 1983, “Ciudad de los reyes” —del ilustrador peruano Juan Acevedo—, aparece en nuevo formato gracias a Reservoir Books y reúne 100 ilustraciones de 400 que fueron seleccionadas por el propio autor y que muestra escenas de la violenta vida cotidiana de quienes regentan el poder en la ciudad (que puede ser Lima, Arequipa, Trujillo, Cusco, Buenos Aires, Santiago o Madrid, tranquilamente).
Porque las ilustraciones de Acevedo nacen a partir de frases que el autor oyó en la cotidianidad, expresiones que no solo salieron de gente con poder, sino de quienes trabajaban para estos, esa forma tragicómica de sobrellevar el drama diario de mover las industrias para empujar un país que no les pertenece. Pero en esas expresiones no hay solo reclamo: hay un resentimiento que anida en el corazón y que se mete en la sangre hasta formar parte del ADN y transmitirse de generación en generación. El blanco odia al cholo, el cholo al indio, el indio al selvático, el selvático al chino, el chino al negro y el negro al blanco y ahí empieza otra vez la eterna cadena de divisiones que, medio en broma medio en serio y con frases que salen como lugar común, han ido construyendo la sociedad en la que vivimos.

Todos los personajes que desprecian a la masa son blancos, viejos y viejas en su mayoría, que desde una altura determinada observan los cambios de humor del paisaje, sin comprender la naturaleza de los reclamos o justificando sus orígenes de pobreza (“Imagínate. Esa gente desnutrida e ignorante es, según los comunistas, la clase revolucionaria que hará la historia…”, “Qué buena concha.”). Y los que no son blancos son militares gordos hambrientos de más poder. Es interesante que este registro gráfico muestre algo: podríamos cambiar los personajes blancos por los “blanqueados” de la actualidad, pero no podríamos cambiar el discurso: ahí radica la riqueza mayor de esta muestra que se lee entre lágrimas silenciosas y sonrisas incómodas. Una radiografía de Lima que es el Perú y que, cuarenta años después de su primera edición mantiene absoluta vigencia.
Porque este libro, además, está lleno de una violencia que golpea al lector: hay violencia en las expresiones que sueltan los personajes cada dos por tres para referirse a sus empleados o a los habitantes de casas de esteras en algún arenal, o a sus “votantes” (donde recuperan cierto “valor” por serles de utilidad, aunque esta venga acompañada de resignación (que se les pasará apenas consigan lo que buscan, claro está).
Acevedo tiene un oído particular para ilustrar al Perú, un oído musical que nos pone a bailar la canción que no nos gusta, aquella que despoja de las joyas y perfumes que cubren y disfrazan la verdadera miseria: el prejuicio y el abuso en un país que aún no empieza a ser nación. Recomendado.

