Miguel Ruiz Effio: «Mi persistencia en el cuento es una toma de posición».

El cuento “El dedo en el disparador” se llevó el Premio Copé Oro del presente año. Conversamos con su autor, el escritor peruano Miguel Ruiz Effio.

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Dic 18, 2020

El Jurado de la XXI Bienal de Cuento “Premio Copé 2020”, seleccionó el cuento “El dedo en el disparador”, con seudónimo Tarantino, como ganador del Premio Copé Oro del presente año. El autor tras el seudónimo es el escritor Miguel Ruiz Effio, quien se hará acreedor del Trofeo Copé Oro y 50 mil nuevos soles. Ruiz Effio no es nuevo en el mundo de los concursos -donde ha cosechado varios premios importantes a lo largo de estas dos décadas- pero su perfil bajo, reservado también como el autor, le ha permitido desarrollar aquello que todo escritor debe tener: capacidad de observación.

Miguel Ruiz Effio estudió Administración en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ha sido finalista de las XIIXVXVII y XX bienales de Cuento Premio Copé. Ha ganado el Concurso de Narrativa Ten en Cuento a La Victoria (2008) y el Premio de Cuento José Watanabe Varas 2010 de la Asociación Peruano Japonesa. Es autor de los libros de cuentos “La habitación del suicida” (2006), “Un nombre distinto” (2011), “Y si el olvido un día
nos
” (2012) y “La carne en el asador” (2016). Sus cuentos han aparecido en importantes antologías nacionales y extranjeras. Sobre el premio Copé, sus lecturas y el momento del cuento, conversamos en esta entrevista que nos deja una serie de nombres para leer. Que la disfruten.

Eres un asiduo participante de concursos, has ganado muchos a lo largo de estas dos décadas, pero el Copé -ese premio anhelado por todo cuentista- te fue esquivo en varias oportunidades ¿Qué sientes ahora que alcanzaste el oro?

Siento gran satisfacción porque era un objetivo que anhelaba hace tiempo (lo demuestran las cuatro menciones de finalista anteriores). Creo que este anhelo me motivó a esforzarme más y mejorar como escritor, no porque escribiera para el premio, sino porque sabía que para ser merecedor de un premio como el Copé debía superarme y estudiar y aprender de mis lecturas.

Has tocado un punto importante: la formación del escritor, que se sustenta en el ejercicio de la escritura pero, sobre todo, en las lecturas. ¿Cómo ha sido tu exploración lectora estos últimos años?

La narrativa norteamericana: Cheever, Carver, Roth y el inmenso Hemingway. Tuve la fortuna de descubrir a Munro un año antes de su Nobel. Si bien mis primeras lecturas fueron de autores latinoamericanos, reconozco que un punto de inflexión fue el descubrimiento de los cuentos de John Cheever.

¿Cómo así se dio ese punto de inflexión?

Llegué a una hermosa edición de Emecé del primer tomo de los relatos de Cheever (con una portada vintage); puede haber sido en un estante de saldos de un supermercado. Lo leí y descubrí toda una nueva sensibilidad para narrar. Cuando tuve ocasión de viajar a Buenos Aires visité todas las librerías de Corrientes para encontrar el tomo 2. Y lo obtuve. Cheever es el gran cronista de la épica del ciudadano común. A veces soy medio fetichista para elegir libros.

Es esa épica en la que tú también has transitado todos estos años, recuerdo que desde tu libro «La habitación del suicida» en adelante tus personajes son gente como uno, llena de conflictos y temores ¿cómo así te decantaste por ese lado?

Creo que he aprendido a observar a las personas (sus detalles y sus gestos); esto es mucho más rico de interpretar en personajes de este tipo; por un lado, porque como autor puedo entender mejor y compartir sus penurias; por otro, porque el lector se identifica mejor con este tipo de tragedias, con su épica interior. Esos derrumbes de la conciencia son un reto para narrar.

Los pequeños infiernos que lleva dentro cada uno… Tus personajes además no son grandes burgueses sino miembros de la clase media o baja enfrentados siempre a sus destinos ¿crees que esos personajes son más ricos que los otros?

Más bien los entiendo mejor, los siento más próximos. Creo que el autor debe conocer el mundo que narra a la perfección para trasladarlo (y convencer) a su lector. Una investigación exhaustiva puede suplir un poco la cercanía, pero para mi trabajo me siento más cómodo partiendo de casos cercanos. He tenido la fortuna, también, de que en la mayoría de los casos las historias llegan a mí sin (necesariamente) haberlas buscado. Mi labor es repensarlas y convertirlas en material literario.

Tu cuento «El dedo en el disparador» (que aún no hemos leído) ha sido presentado por Copé como una historia que trata la problemática de la tenencia de armas. Siendo Perú un país donde ese tema no es un problema ¿Cuánto de cierto hay en esa afirmación?

El cuento surgió de una noticia que leí y que ocurrió en Idaho (USA). A partir de eso tuve que reconstruir la historia, pero quise relacionarla con el Perú (uno de los personajes es una peruana). De todos modos, creo que la violencia es un mal que se apodera lentamente de las grandes urbes y Lima lo es; este fenómeno no tiene que ver con la modernidad, sino con la densidad demográfica. Aunque trato de un suceso que ocurre en EE.UU. podríamos leer la historia como una alerta de lo que podría suceder en el Perú por los niveles de violencia que ya vemos en nuestros propios noticieros. A veces, creo, el escritor debe lanzar una señal de alerta. Cada vez vemos más intercambio cultural con el país del norte. ¿Importaremos también su violencia?

¿No crees que esa violencia la hemos trasladado, por ejemplo, a las redes sociales donde el Twitter es casi casi el infierno tan temido?

Pues sí. Y eso es quizá una primera señal. Twitter parece ser un campo de batalla donde nadie escucha entre tantas balas. En EE.UU. tienen el problema de la tenencia de armas respaldada por su Constitución y que les ha llevado a vivir tragedias inimaginables. Ojalá aquí no lleguemos a algo parecido.

¿Has decidido incursionar en la novela? Te lo pregunto porque tu insistencia en el género breve (y no por ello menos difícil) es una toma de posición en un medio que privilegia las historias de largo aliento (que no es sinónimo de calidad).

No lo he decidido, pero no me niego a esa posibilidad. Sucede que las historias que concibo tienen una extensión que, hasta el momento, no llegan a lo que demanda una novela. Mi rutina normal (no me dedico exclusivamente a la escritura) no me permitiría el tiempo y la concentración que (sospecho) demanda la escritura de una novela. Y, aunque se trata de otro género literario, requiere un entrenamiento y aprendizaje distintos de lo que llevo aprendido para el cuento. Es por esto último que, como bien señalas, mi persistencia en el cuento es también una toma de posición.

¿Eres un cuentista que lee cuentos o uno que más bien lee novelas?

Leo ambos géneros. Un poco de poesía, también. Una buena novela es admirable (pienso en El mundo según Garp o Pastoral americana, por ejemplo); un buen cuento, por otro lado, puede ser epifánico (pienso en Dimensiones, de Munro, o en Bola de sebo, de Maupassant).

Finalmente, Miguel, ¿qué cuentos -además de los que ya mencionaste- le recomendarías a nuestros lectores?

Sin dudar: «El Sur» de Borges, «El perseguidor» de Cortázar, «El infierno tan temido» de Onetti, «Silvio en el rosedal» de Ribeyro, «La dama del perrito» de Chéjov, «Los asesinos» de Hemingway, «Adiós, hermano mío» de Cheever y «Catedral» de Carver, entre otros. Por lo menos estos son imprescindibles, aunque estos autores tienen más de un cuento perfecto.

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