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Cuento | «Hijo de hechicera», de Daniel Soria

Este cuento del escritor peruano Daniel Soria, publicado inicialmente en una antología bilingüe, fue el resultado de un taller organizado y llevado adelante por primera vez en Staten Island (Nueva York) y por segunda vez por la escritora Rocio Uchofen, titulado "Todos podemos escribir una historia". Un cuento que apela a la memoria para elaborar un sentido retrato de su madre.

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Dic 22, 2021

Escribe Daniel Soria

Soy hombre de muy pocas certezas. La más irrefutable es que soy hijo de mi madre, Corina Pereyra Almeida. La que le sigue en importancia y rotundidad es que solo existo en el lenguaje. Por lo demás, Corina fue para mí, sobre todas las cosas, mi idioma materno.

En nuestra vida en común, diversa, compleja y desigual, siempre me sorprenden dos momentos: las oraciones que le dediqué cada noche durante once días cuando era un chico de catorce para que nunca muriera y las preguntas que me acosaron acerca de la necesidad de que continuara con vida. Lo primero ocurrió porque fui a un seminario durante menos de dos semanas a ponerme a prueba para que los sacerdotes se hicieran cargo de mi educación. Lo segundo, las preguntas, me asediaron a menudo luego de verla caerse, romper su cadera, perder la razón y ya nunca más volver a caminar ni discurrir con lucidez.

Me tomó cuarenta años dominar ese idioma materno que me hace ser el homínido reflexivo que acostumbro ser, labrado a golpes de refranes, expresiones categóricas y oraciones contundentes como puños de apretado filo. Son casi las mismas cuatro décadas que me demoré en encajar aquello de “ser o no ser” en boca de Hamlet. Demasiado tiempo, podrán decir. Corina ya me había muy bien advertido acerca de la “carrera de caballo y parada de borrico”, vicio en el que me precipité a nuestro pesar. Lo que vino después de la traumática lección fue partir con la humildad del asno y procurar terminar a ritmo de pura sangre.

“Quien no entiende una mirada, menos una larga explicación”, dijo una mañana, seguro que de invierno. Comprendí lo que quiso decir, pero hube de experimentarlo mucho después, en los silencios insondables del prójimo, en los que mienten no por mal decir sino por ocultar, en la piedad de mis amigos para no contradecirme precisamente porque estoy demasiado equivocado.

“No hay palabra mal dicha, sino mal interpretada”, se defendió un día cuando le discutí algo. “Te gusta ponerte pico a pico”, se lamentó al mismo tiempo. Hube también esta vez de tardar lo mío y llevar la expresión a sus últimas consecuencias para aquilatar su decisiva forma de verdad. Fui así el maduro alumno de su maestría en epistemología a quien le dijeron desde “sofista” a “metafísico”, pasando antes por “posmoderno”.

“A mí me gusta llamar al pan, pan y al vino, vino”, aseguraba, lo mismo que “a qué tanto salto si el piso está parejo”; dos formas de la misma actitud segura y retadora que fue su sello distintivo por donde pasó una mujer sola que aprendió a imponerse quizá con demasiado énfasis, es verdad, pero no le pidas sutilezas de contención y cálculo a quien si cedía al extremo opuesto, el del apocamiento, del que vivió huyendo como de la peste, le esperarían el oprobio y vergüenza. Por mi cuenta, lo mío es no discutir al punto que uno de mis mejores talentos es ir por la vida —nunca mejor dicho— haciéndome el huevón. Sin embargo, he tenido hermosas mañanas de euforia en que a golpe de verbo he llamado a cada cosa por su nombre. Perdí patrones, amigos, trabajos y comodidades por eso.

Pero mi lengua materna está hecha también de lo más conocido del refranero popular, que me ha enseñado tanto a buscar el azar como a recibirlo (“me cayó como pedrada en ojo tuerto”), a aceptar lo que venga con la certeza de que nunca es para siempre (“será lo que duré el fraile en su convento”) o a tener la valentía de apostar todo a una jugada (“lo que se va a empeñar mejor que se venda, hijo”).

Psicología hubo también en mamá. Recuerdo el momento más crítico de mi vida a mis veinte, cuando recorrí mi ciudad como una tromba durante algunos meses, preñado de mis primeras y definitivas —lo sabría después— verdades. Entonces, llegado a casa de noche, con los ojos locos, después de cuatro días de encierro, enfrentado a Corina como nunca antes por mis actos, caí llorando en su regazo para oírla decir: “Yo te comprendo, hijo, porque tú no querías nacer”. Un día publiqué mi primera novela alrededor del día en que me obligaron a venir al mundo empleando unas brillantes tenazas de acero.

Nada volvió a ser igual desde esa noche. Había decepcionado profundamente a mamá. Poco después partió y no nos volvimos a ver en casi veinte años. La recibí con lo mejor que pude hacer de mi vida en ese tiempo, que no fue poco, pero igual no conseguimos entendernos bien. Imbuido en el toma y daca, la acción y reacción de nuestra dura relación, la perdí para siempre esa noche que cruzó la avenida Salaverry camino a casa y rompió su cadera a causa de ir por la vida a ese intenso ritmo de locomotora que le imprimió a sus segundos sobre la Tierra; esa misma intensidad que gobierna mis días y suele llevarme al cielo y el infierno en la misma jornada, a bajar treinta y cinco kilos en seis meses o a la oscilación entre la soberbia del amor propio y las paranoias de la subestima entre el abril y junio de mis otoños.

Luego de su caída todo fue apremios para evitar que sufriera, desde el aseo permanente hasta las insidiosas escaras que trae consigo la postración permanente. Estuvimos separados hasta su muerte por la pandemia. No hubo entonces lugar para los mutuos reproches y siempre lesivos ajustes de cuentas; solo un silencio habitado por lo que cada uno recordaba de sí; evocaciones que para mí fueron el idioma que ella me enseñó a dominar. Me atreví entonces a algo inesperado; escribí un libro de poemas para ella: Hijo de hechicera. No me revelaron mis versos nada que no supiera de nosotros. Lo que me dio la experiencia fue la posibilidad de que habláramos sin la interferencia de ese narrador acucioso de mis días que pretendo ser en la permanente búsqueda de sentido que es mi vida.

La poesía me permitió entablar una conversación con lo que la vieja representó para mí a la que llegué más desarmado que premunido de palabras, expectante más que prejuiciado, y la noche de su muerte le puse la corona que todos los putos días que compartimos a su regreso le estuve mezquinando:

Queen Cooker

Provengo de un tiempo
Cuando mamá fue
La mejor cocinera
Que un hijo pudiera conocer
Ella amaba sus ollas
Como yo hoy quiero
A todos mis libros
—sobre todo los que todavía
no puedo leer—
Nadie puede vender muy bien
Lo que no conoce
Mamá cocinaba para sus amigas
Cada día de San Juan
Juanes con frejoles y dulce
Plátano inguiri
Sancochado sabiamente
Con un puñadito de azúcar
En ollas de acero quirúrgico
Oficiaba yo entonces
De amable y risueño mozo
En nuestro perfecto departamento
De Residencial Clavel
No sé si fueron primero
Las ollas o el oficio
De diestra cocinera
Lo cierto es que mamá
Fue en 1975 la mejor vendedora
De ollas Rena Ware
En todo el país
El ingreso extra lo usó
En bienvestir a sus dos
Hermosos zambitos
Lo más pintadito del barrio
En el Sears de San Isidro
No es que fuera ella
Un encanto de gente
Ocurría solo que
Terminaba por convencer
A sus compradoras
Era lo que ella llamaba
Sus demostraciones
Quiero decir hacerlas duchas en el arte
—como nunca antes—
De las ollas Rena Ware
Ojalá sea yo algún día digno príncipe
De aquella Queen Cooker
La mejor olla de 8 litros
Que Corina te hubiera podido vender.

________
Tomado de: Todos podemos escribir un cuento/We all can write a story (2021).
Staten Island: Independent Publisher.

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