Daniel Soria, un hombre correcto

Todos pueden equivocarse, menos él. El delantero puede fallar un gol, el defensa errar un pase; pero el corrector es el único culpable de que en un malhadado instante el redactor piense en los huevos del toro y el editor se afane con demasiado ahínco en buscar un titular propicio en desmedro de un desliz en el texto. Una confesión de Daniel Soria.

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Oct 27, 2022

Escribe Daniel Soria *

Se ha oído decir que para muchos oficios hay que nacer, entre otros, para futbolista, artista y genio. No es el caso del corrector, ocupación a la que uno va llegando como sucede con muchas cosas en la vida, aquellas situaciones a las que arribamos en virtud de una en aparente caótica acumulación de actos que hemos dado en llamar destino. En mi caso, como para muchos, ingresar al humilde gremio de los correctores tuvo como antecedentes una mediocre carrera universitaria en Letras, interrupciones esporádicas de los estudios por problemas económicos y propinas mezquinas que, a larga, me impulsaron a trabajar en aquello que podía realizar sin que me exigieran extensos pergaminos ni altas calificaciones. Bastaba con tildar las palabras cuando fuera necesario y poseer la intuición clara y suficiente para darle a la sucesión de oraciones pausa que no perjudicara el sentido y, si talento había, lo mejorase.

Después de pasar por mi primer trabajo de corrector, sin pena ni gloria, fui echado a calle a la primera reducción de personal. De allí aprendí una primera lección: nadie es imprescindible, menos un corrector. Mi siguiente empleo me deparó un magro sueldo, pero, en compensación, un singular aprendizaje. Ser pupilo de don Juan, mi jefe, constituyó una considerable inyección de estima para alguien que pronto había aprendido que el corrector viviría siempre a la sombra del redactor. Entonces, me sentía como el modesto cajero de un opulento banco que se pasa la vida contando dinero ajeno. Un censor de la creatividad ajena que se ufana de descubrir un error en un texto que es incapaz de elaborar. Con don Juan todo cambió. Erigido en fiscal insobornable, estallaba en iras descomunales en medio de la sala de redacción, blandiendo la prueba infestada de rojas correcciones y preguntando quién era el animal responsable de tamaño desconcierto. Los redactores tenían que ir con cuidado con él, a la hora de escribir y también de topárselo. Una tarde, mientras le sacaba el cuerpo a una pulla alusiva a su edad –más de sesenta–, dijo que él era como la uva, que de madura prodigaba buen vino y luego, magra y rugosa, pasa ya, endulzaba los paladares. La redactora más torpe, pero de formas generosas, le preguntó qué fruta podía ser ella. «Mango», dijo, incorruptible, sereno, y con media vuelta desapareció.

Gremio modesto

El gremio de los correctores es, por definición, modesto. Somos seres opacos, que no reflejan la luz ni la dejan pasar. Compartimos todos los vicios de los periodistas, mas no sus virtudes. Lejos de nosotros la creatividad y el desparpajo, el pase libre a los más diversos eventos, un dejo de superioridad al enfrentarse a la autoridad, con la mano pronta para esgrimir el carnet del colegio. Muy cerca el bienestar de las cantinas, la adicción al tabaco, el horario irregular, la comida al paso y las úlceras. Quizá por el sueldo escaso, solemos ir vestidos con austeridad, cuando no mal gusto. Un puesto que me dio sólo disgustos por un par de años me hizo compañero vespertino del Chaval, corrector limpio pero plano. Nunca le conocí más camisa que una celeste y un pantalón de un azul desvaído, brillante, ajustado a la breve cintura con pretinas sujetas a botones, y los bolsillos de corte horizontal. Una gorra con visera, azul también, siempre nos hizo estar todavía más lejos de sus pensamientos, de descubrir quizá, mirando su desnudo cráneo, si había algo capaz de emocionarlo.

El corrector pretencioso

Pero a despecho de una condición subalterna, de última rueda, digamos, uno de los pocos lugares de una redacción que da cabida a la literatura es el departamento de corrección. Allí reposan los lectores compulsivos, los narradores aguantados y los poetas de servilleta, después de las cervezas suficientes para hacer creer que ya escribiremos cuando tengamos tiempo, que en vano no se nos ocurren ingeniosos cuentos y hasta, cómo no, novelas totales. Y aun cuando, en los días malos, con puteada del editor incluida, se llega a creer que seremos correctores toda la vida, surgen las figuras salvadoras de un Ernesto Cardenal, corrector durante años del Fondo de Cultura Económica, o el buen Saramago, que viejo recién degustó las mieles de la fama y el reconocimiento.

La literatura se convierte en el último reducto para no sentirse menos, para evitar que la subestima prospere, la única posibilidad para ubicarse en el polo opuesto al del corrector cumplidor, pobre y taciturno, sin percatarnos de que derivamos al incierto terreno de las promesas y las pretensiones, lejos del piso, donde las ropas modestas y el menú de tres soles puedan convertirse en penurias de artista sensible e incomprendido.

Justos por pecadores

Todo trabajo trae consigo responsabilidades, aunque ninguno como el correcteril quehacer. El corrector es el arquero de las redacciones. Todos pueden equivocarse, menos él. El delantero puede fallar un gol, el defensa errar un pase; pero el corrector es el único culpable de que en un malhadado instante el redactor piense en los huevos del toro y el editor se afane con demasiado ahínco en buscar un titular propicio en desmedro de un desliz en el texto.

Una palabra mal escrita, una tilde ausente o la coma traicionera que cambia gato por liebre le son toleradas a este mártir de la escritura con un gesto de desagrado y apenas condescendiente. Menos en un titular. Antes del nuevo evangelio de la eficiencia y la calidad total costaba una suspensión; hoy, casi siempre, el puesto.

Con la errata pendiente sobre su testa, este obrero sigiloso e incomprendido, además de sortear las trampas que tienden la desconcentración, la duda y el apuro, tiene enemigos formidables que, sin quererlo, lo destruyen: los diagramadores. Todavía recuerdo la ruda llamada de atención que emparé porque en el artículo editorial que procuro olvidar, el diagramador de turno cambió una palabra por otra en su titular, sencillamente porque la escribió nuevamente sin avisarme. En pos de forma –y no del contenido–, la composición y el color –y no del sentido–, le prestó nula importancia a esos escasos signos que, combinados entre sí, no pueden ser más que opaca uniformidad en sus aspiraciones de plástico gráfico, y que olvidó considerar como origen de mi sustento.

Sin embargo, hay días en que es posible llegar temprano a casa, leer más que de costumbre y, si el ánimo lo permite, reiniciar el relato que esperamos sea genial, y acostarse pensando que corregir no es tan malo, que quizá mañana ayudemos al redactor a redondear su nota con el adjetivo iluminador o el sinónimo que evite una reiteración penosa; que el editor no se percate de un error que pudo ser fatal y tú se lo hagas saber y te palmotee en la espalda aliviado, agradecido y diciendo «bien, muchacho».

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* Daniel Soria, enero de 2001, revista Etecé

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