Subterranean Homesick Blues, una historia de Dennis Gonzalez

Estados Unidos, la frontera final. Entre el éxito que nos vende la propaganda y la nostalgia que devora la realidad, nuestro personaje toma la decisión de dar el salto al abismo, vivir su infierno y... regresar al paraíso, porque ¿así era el paraíso, verdad? Un cuento del escritor Dennise Gonzalez.

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Oct 18, 2022

The breath of the morning
I keep forgetting
The smell of the warm summer air
I live in a town
Where you can’t smell a thing
You watch your feet
For cracks in the pavement
Radiohead

Terminé de estudiar educación en la Universidad de Danbury y empecé a enseñar español en la high school de New Milford. Como aún vivía en la casa de mi padre, pude pagar mi deuda estudiantil y empecé a ahorrar. Me compré un carro nuevo y empecé a salir con una profesora de inglés. Los dos éramos jóvenes, recién graduados y soñábamos con viajar por toda Europa. En realidad era la chica perfecta para casarme o, como dicen los gringos, to settle down, to buy a house, have kids, raise them and see them become responsible American citizens.

            Sin embargo, ni me casé ni me compré una casa ni tuve hijos. A pesar de mi muy mediocre felicidad, siempre evocaba mi patria con la nostalgia de los suicidas. A veces me preguntaba si realmente valía la pena enseñar español a un grupo de estudiantes cuya lengua era la más usada y estudiada en el mundo. A mis alumnos les decía que podían viajar por toda Latinoamérica y España, que podían conseguir mejores trabajos, que aprender un idioma estimulaba la mente y fortalecía la inteligencia. Repetía lo que me habían enseñado en la universidad. Lo más seguro era que muchos de ellos se iban a olvidar de lo que les había enseñado y, los que realmente aprendieron, seguramente iban a trabajar en trabajos siniestros como agentes secretos de la CIA, embajadores golpistas, diplomáticas cuya única misión sería recabar información sobre las crisis políticas y económicas de cualquier país al sur de los Estados Unidos.

            Claro que no compartía mis dudas con Erin. Con Erin hablaba en inglés y salía al cine y visitábamos Nueva York para ver musicales en Broadway o hacía parrilladas en el jardín trasero de la casa de su padre para celebrar el cuatro de julio. A mi padre y Xiomara les encantaba ir a esas fiestas. Mi padre siempre hablaba de lo agradecido que estaba con los Estados Unidos.

            It wasn’t easy at the beginning, but with hard work everything is possible. God bless America, decía casi borracho.

            ¿Por qué algunos inmigrante suelen ser tan chupamedias con los gringos?

            Supongo que mi viejo ya me veía casado con Erin y, después de dos o tres años, se iba a convertir en un abuelo bonachón y generoso. Lo que nunca hizo como padre, lo iba a hacer como abuelo.

            Un día, por supuesto, lo mandé todo a la mierda. Claro que no fue una decisión desesperada y a la loca. Fue como la película Sueños de fuga.

            I plotted my escape day by day, month by month, year by year until I was ready to escape from this horrible country.

            Primero averigüé cómo convalidar mi título universitario en el Perú. Tampoco renuncié así sin más. I quit. I hate this fucking job. All of you can suck my dick. Esperé hasta la última semana del año escolar y le dije a la directora que no iba a renovar el contrato. La directora me miró perpleja y me pidió una explicación. Le dije la verdad. Quiero trabajar como profesor de inglés en mi país.

            —You don’t like being a teacher here? —me preguntó.

            —Yes, I like working here, but I’ve always had this dream.

            Oh, cuando les hablas a los gringos de tus sueños, se les humedece los ojitos siempre te dicen, Follow your dreams. Be happy.

            La única que faltaba era Erin y aquí tuve que mentir. Le dije que iba al Perú para visitar a mi abuelita. Solo me iba a quedar dos semanas. Ella aceptó y me hizo prometer que la llamaría todos los días.

            Compré el pasaje para un día de junio. Saqué cinco mil dólares de mi cuenta de ahorros. Puse toda mi ropa en la maleta grande junto con unos cuantos libros en inglés. También traje mi libro electrónico. ¿MacBook? Check. ¿iPad? Check. ¿iPhone último modelo? Check.

            Mi papá no quiso llevarme al aeropuerto y yo no quería ir con Xiomara, así que tuve que pedirle a Erin que me llevara. En el camino me preguntó por qué llevaba tantas maletas si solo me iba a quedar una semana y volví a mentirle. Le dije que estaba llevando regalos para mi familia en Perú. Ella me creyó o hizo como que me creía. Nos despedimos con un largo beso y un please, come back.

            ¿Cuánto tiempo ha pasado? En diez años los amigos crecen, se casan, se distancian, se desvanecen con el paso del tiempo. En el barrio ya no había nadie. Ya no salían a jugar fútbol o matagente o los siete pecados. La cervecería Pilsen Modelo ya no existía. Ahora había un centro comercial y ahí era el punto de encuentro de la nueva generación. Era prácticamente como estar en los Estados Unidos. En el barrio, la calle vacía. En el mall, los pasillos llenos de hábitos consumistas. La única diferencia era que la comida que vendían en el centro comercial era más rica. Probé un pollito broaster en el Norky’s y, como la tristeza no se me iba, me comía un ceviche, un arroz chaufa, un lomo saltado, un pan con chicharrón en el mercado del Callao.

            Mi abuelita me preguntó cuándo iba a conseguir trabajo porque mis ahorros no me iban a durar para siempre. Le dije que pronto. La verdad es que, ni bien había pisado tierra peruana, todo mi entusiasmo se fue al carajo. Para hacer algo productivo con mi vida, decidí meterme a un curso de metodología en el Centro Cultural Anglosajón. Fui a averiguar en el local que quedaba en la avenida La Marina y me dijeron que tenía que sacar un certificado de FCE de la Cambridge. Sospeché que me querían sacar plata así que les dije que había vivido diez años en los Estados Unidos.

            —Can I take a placement test instead? —le pregunté a la secretaria y la chica no me entendió ni un carajo.

            —Un examen para que me evalúen mi nivel de inglés  —le dije en español.

            —Claro, pero tendrías que sacar más de 90.

            Ah, los institutos peruanos, hacen lo que sea para sacarte plata.

            —No se preocupe, estoy seguro de que lo voy a pasar.

            Saqué 98 y, en el examen oral, prácticamente hablé más que la entrevistadora. Me dejaron inscribirme en el curso y, mientras comía rico y me iba a La Punta a contemplar las pacíficas olas de la playa Cantolao, estudiaba un curso que, tal vez, no tenía que estudiar pero que me hacía olvidar de mi inacabable tristeza.

            En el curso de metodología conocí a Gabriela, que apenas tenía dieciocho años y había aprendido inglés en el mismo Centro Cultural Anglosajón. Medía un metro cincuenta y tenía el pelo ondulado y sus ojos grandes cautivaban a los más nostálgicos. A pesar de que era chiquita, tenía un bonito cuerpo: delgado, proporcionado, casi inocente. También era muy habladora y amiguera y se notaba que realmente quería ser profesora de inglés. Siempre hacía los mejores trabajos y, cuando le tocaba enseñar, era muy dinámica y divertida y siempre trataba de hacernos reír.

            Como en la high school y como en la universidad, yo me quedaba a leer en la biblioteca del centro. Tenían una colección decente de novelas en inglés y, la verdad, a mí siempre me han gustado las bibliotecas. Creo que es el único lugar donde me siento a gusto y dejo de pensar en la vida de mierda que me tocó.

            Pero no crean que era el mejor alumno. Hacía lo mínimo para pasar los ciclos. Mi única ventaja era que, de los doce alumnos, yo era el único que había vivido en los Estados Unidos y por eso mi inglés era más fluido y conocía algunos aspectos culturales y, siempre que tenía la oportunidad, lo demostraba. 

            Anyway, un día estaba en la biblioteca leyendo la última novela de Jonathan Franzen y en eso entró Gabriela y, cuando me vio, me preguntó qué novela estaba leyendo y yo le dije el nombre de la novela y ella se me quedó mirando como una gatita confundida.

            —Es un autor relativamente nuevo —dije.

            —Eso es lo que envidio de ti —dijo—. Tú has vivido en los Estados Unidos. Por eso sabes tantas cosas de ese país.

            Era la segunda vez que me lo decían. En la universidad, una chica me dijo lo mismo. Me envidiaba porque yo había vivido en el Perú y tenía esa conexión con mi cultura. Pero esa conexión se estaba yendo al carajo. A veces me sentía como un fantasmita que camina por el mundo de los vivos en busca de sus amigos que ya no se acuerdan de él.

            —Sometimes I wonder how is to live in the United States —dijo Gabriela.

            —It’s boring —dije.

            —I don’t believe you —dijo Gabriela y sonrió.

            Eventualmente le pregunté si quería tomarse un cafecito conmigo. Me dijo que sí.

            Fuimos a un café que quedaba en la Plaza San Miguel. Conversamos de lo más bien. Ella me habló de su sueño de viajar a Washington DC, Filadelfia, Nueva York, Boston, quizá Toronto. Es más, también quería viajar a Dublin, Londres, Manchester, Liverpool, todas las ciudades anglosajonas. Quería comparar todos los acentos y aprender todas las jergas. Quería ir a las bibliotecas, a los museos, a los monumentos. Gabriela quería cumplir sus sueños y por eso se esforzaba para ser la mejor alumna.

            La verdad no sé por qué se juntaba conmigo. Yo seguía con mi triste tristeza que me hacía caminar como un pobre-triste-huevón por las tristes calles de Lima. Solo los bocinazos de las combis me regresaban a la realidad. Y cuando me comía un cevichito o un arroz con pollo, se me pasaba temporalmente esta tristeza que nunca se va.

            Nos hicimos enamorados y una vez la llevé a un hotel e hicimos el amor. Ella era virgen y fue tierno desnudarla y darle un besito en cada pezón e ir bajando hasta su ombligo y hasta se había rasurado los vellos y me acordé de las cosas que me había enseñado Kristine.

            De la emoción, lo hicimos sin condón. Seguro habrá pensado que, si salía embarazada, me iba a casar con ella. Felizmente que no se embarazó y, para no seguir jugando con fuego, empecé a usar condón.

            Aquella felicidad se extinguió cuando empecé a trabajar. Conseguí una chamba en un instituto de idiomas y les pedí que me mandaran al local de San Miguel pero los muy hijos de puta me mandaron al de Independencia.

            Para llegar me demoraba más de una hora, y eso si es que no había tráfico. Para colmo tenía que trabajar de cuatro a diez de la noche. Llegaba a mi casa a las once hecho mierda y al día siguiente debía preparar las clases y nunca me alcanzaba el tiempo para prepararlas bien.

            A Gabriela le fue mejor. Ni bien terminó el curso, la contrataron en el mismo Centro Cultural Anglosajón y lo primero que hizo fue inscribirse en el programa para estudiar educación en una universidad asociada al centro. En las mañanas iba a la universidad y en las tardes trabajaba y los únicos días que salíamos eran los sábados en la noche. A veces ni eso porque tenía asignaciones que entregar y exámenes que corregir. Nunca la veías quejarse. Me hubiera gustado tener esa energía, ese optimismo, esa absoluta ausencia de nostalgia.

            Después se le dio por salir con sus compañeros del trabajo y yo me quedaba viéndola bailar y, uno que otro, que se le pegaba mucho. Ella no se incomodaba. Más bien le echaba más ganas y yo trataba de no mostrarme celoso. Al menos no en frente de sus amigos.

            —Si no te gusta que baile con mis amigos entonces por qué no bailas conmigo.

            —Es que no sé bailar.

            —Entonces no te quejes.

            —Al menos podrías decirles que no se peguen tanto.

            —Así se baila.

            —¿Agarrándote de la cintura? ¿Agarrándote el culo? ¿Pegándose a ti como si fueras una puta?

            Cuántas disculpas y no lo vuelvo a hacer tuve que decirle, pero las mujeres perdonan pero nunca olvidan y yo ya no iba ni a las fiestas ni a las discotecas y los sábados ni siquiera salíamos sino que solo cachábamos y luego me ponía en modo nostálgico y escuchaba Radiohead y me quedaba viendo el mar a lo lejos y los barquitos que se sostenían sobre aquella delgada linea gris.

            Un día Gabriela se hartó de mis celos y terminó conmigo y yo ni siquiera le rogué ni la fui a buscar al trabajo ni la llamé ni la contacté por Facebook. Ese mismo mes presenté mi carta de renuncia. La supervisora intentó disuadirme. No pudo. Me mandó donde el mero-mero y el mero-mero me preguntó por qué renunciaba y yo le dije que no era lo que yo esperaba cuando postulé al instituto.

            Para empezar, ¿Por qué no me mandaron a la sede de San Miguel? ¿Por qué no puedo trabajar en las mañanas en vez de las noches? ¿Por qué me obligaron a observar a un profesor al finales del ciclo, justo cuando tenía que corregir más de ochenta exámenes? Incluso fui donde mi supervisora para que me asignaran otra fecha y esta gorda inmunda se negó y, solo porque puse mala cara, la bola de grasa me llamó la atención.

            Obvio que no dije nada de estas cosas y solo dije que no estaba acostumbrado al ritmo laboral peruano. O sea, no estaba acostumbrado a la cruel explotación.

            —¿Y qué piensas hacer después? —preguntó el jefe.

            Intuí que este jefe, como la mayoría de los jefes peruanos, pensó que no iba a conseguir un trabajo mejor, que me iba a quedar varado en la calle, que me iba a convertir en un vagabundo. Yo creo que en el fondo muchos jefes peruanos se comportan como aquellos gamonales de las novelas indigenistas. Nosotros somos el cholo barato, el indio descartable.

            —En realidad, estoy pensando en regresar a los Estados Unidos.

            —¿Tienes visa?

            —No, soy ciudadano estadounidense.

            Le debió haber ardido el poto al mero-mero y también a la gorda de mi supervisora y a mis compañeros de trabajo que también me hicieron la misma pregunta. ¿En dónde piensas trabajar? ¿Acaso no sabes que en otros colegios te explotan más? No se preocupen, peruanitos, yo soy americano, soy legal y tengo ciudadanía. En cualquier momento me puedo regresar al país de las grandes oportunidades.

            Regresé y conseguí otro trabajo en otro pueblo y me mudé. Quise contactarme con Erin pero nunca me contestó. Tampoco pude conseguirme otra enamorada. Sigo soltero y cada mes me voy a un spa chino, y pago trescientos dólares para no sentirme tan solo.

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Dennis Gonzalez. Soy un crítico frustrado que no terminó de estudiar literatura y por eso decidió ser escritor. Vivo en los Estados Unidos, trabajo como profesor de español como lengua extranjera y leo y escribo robándole horas al sueño y a la preparación de mis clases. 

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