Círculo de Lectores
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El reto del sector cultura: Medirse o desaparecer

El problema en Cultura no es que los servicios culturales no generen valor: es que rara vez se miden con el lenguaje que decide presupuestos.

Publicado

28 Feb, 2026

Escribe Álex Alejandro Vargas

Hay una escena que el Estado peruano conoce bien. En una zona sin agua potable, los niños se enferman más. El gasto en salud se dispara. Cuando llega la inversión en saneamiento, ocurre algo casi milagroso, pero perfectamente documentado: por cada sol invertido en agua potable y desagüe, el Estado ahorra varios soles en atención médica, hospitalizaciones, medicamentos y días de trabajo perdidos. La política pública aprende una lección elemental: prevenir es más barato que curar.

En cultura, esa escena aún no se ha escrito con números. El problema no es que los servicios culturales no generen valor. El problema es que rara vez se miden con el lenguaje que decide presupuestos. Mientras salud, transporte o saneamiento hablan en costos evitados, retornos y eficiencia, Cultura sigue defendiendo su existencia desde el terreno del símbolo y la identidad.

Hoy, el mayor desafío del sector cultura no es solo ampliar cobertura sino también es aprender a medirse. Y hacerlo con rigor.

En política pública, lo que no se mide no entra a la sala donde se reparte el dinero. El Ministerio de Economía y Finanzas no es un villano cultural: es una institución creada para comparar inversiones. Si una intervención reduce gastos futuros, aumenta productividad o mejora indicadores sociales, recibe recursos. Si no puede demostrarlo queda relegada.

Salud entendió esto hace décadas. Existen estudios que muestran que invertir en nutrición infantil reduce significativamente el gasto posterior en enfermedades crónicas; que la vacunación masiva evita costos hospitalarios; que el acceso a agua potable reduce diarreas, anemia y mortalidad infantil. La lógica es clara: invertir hoy para ahorrar mañana.

Institución Educativa 133 Apurimac Danny Bernales
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Cultura debe aprender ese mismo movimiento.

Una biblioteca, una casa de la cultura, un museo, un teatro o un centro cultural funcionan, en términos económicos, como infraestructura preventiva. No curan enfermedades, pero reducen otras patologías silenciosas y carísimas: bajo rendimiento educativo, deserción escolar, pérdida de habilidades lectoras, aislamiento social, tiempo improductivo, informalidad cultural. Cada uno de esos factores tiene costos reales.

Cuando un niño accede regularmente a lectura mediada, mejora comprensión lectora. Eso reduce la probabilidad de repetir grado. Menos repitencia significa menos gasto educativo. Cuando un joven encuentra un espacio de estudio gratuito y acompañamiento cultural, convierte tiempo disperso en tiempo de aprendizaje. El Estado gana productividad futura. Cuando una comunidad tiene espacios culturales vivos, se fortalece la cohesión social y se reducen costos asociados a exclusión, violencia y salud mental. No es retórica: es prevención social.

El problema es que el sector cultura casi nunca pone estos efectos en blanco y negro. Aquí aparece el reto urgente: construir evidencia. Medir ahorro privado, tiempo ganado, habilidades fortalecidas, gasto evitado. Traducir experiencia cultural en indicadores comparables con los de otros sectores. No para empobrecer la cultura, sino para protegerla. Lo que no se puede demostrar, se recorta primero.

La analogía con saneamiento es brutal y útil. Así como el Estado acepta que invertir un sol en agua potable ahorra muchos soles en salud, debe empezar a aceptar que invertir en cultura ahorra costos en educación, empleo, seguridad y bienestar. Pero para eso, el sector Cultura tiene que hacer su tarea incómoda: dejar de hablar solo de impacto simbólico y empezar a mostrar impacto real.

Esto significa diseñar estudios de retorno social de la inversión, valorar bienes que no tienen precio de mercado, estimar costos de no intervenir. Significa decirle al MEF, con argumento técnico: aquí hay una inversión pública eficiente.

El riesgo de no hacerlo es claro. En un Estado presionado por múltiples urgencias, los servicios culturales que no se miden quedan etiquetados como gasto discrecional. Los que sí se miden —salud, transporte, saneamiento— aparecen como inevitables. El futuro del sector Cultura pasa por una decisión estratégica: seguir defendiendo su valor solo con palabras, o aprender a demostrarlo con datos sin perder. Medirse no es rendirse al mercado. Es hablar el idioma del MEF para que la cultura deje de mendigar presupuesto y empiece a exigirlo con evidencia.

Álex Alejandro Vargas
Alex Alejandro Vargas es comunicador y gestor cultural. Licenciado en Comunicación Social, con estudios de posgrado en Gerencia social, Comunicación para el Desarrollo y Diseño de programas sociales. Ha sido Jefe del programa Lima Lee de la Municipalidad de Lima donde gestó el bibliometro de Lima, Gerente de la Gerencia de Desarrollo humano de la Municipalidad de San Juan de Lurigancho donde impulsó su 1ra feria de libros, Director de la Dirección de políticas Bibliotecarias de la Biblioteca Nacional del Perú donde dirigió el Sistema Nacional de Bibliotecas, presidente en representación de la BNP del programa Iberoamericano de Bibliotecas Públicas IBERBIBLIOTECAS de CERLALC. Fundó el Establecimiento Cultural Ciudad Librera. Es consultor de diversos proyectos educativos y culturales. Actualmente es Subgerente de la Subgerencia Deporte, Recreación y Cultura en SERPAR (Municipalidad de Lima). Autor del libro El oficio de gestionar.

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