Círculo de Lectores
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“Encuentro inesperado (uno)”, de Isabel Sabogal

Hacer un viaje especial y descubrir en el otro a tu sosía y luego... ¿luego qué? Una estupenda historia de la escritora peruana Isabel Sabogal.

Publicado

12 Dic, 2025

Un cuento de Isabel Sabogal

Se dice que el lenguaje es propio de los humanos, mientras que otros sonidos lo son de los animales. El ladrido de los perros, el maullido de los gatos, el mugido de las vacas, los toros y los bueyes y así por el estilo. Pero en mi ciudad había un perro, llamado Sebastián, que sabía hablar polaco. ¿Por qué justamente esa lengua tribal y no cualquier otra? Cuando empezaba a hablar, venían corriendo a llamarme, para que tradujera. Pero cuando llegaba adonde estaba el animal, las más de las veces, éste no decía nada, limitándose a lamerme las manos y la cara, si me ponía en cuclillas, para estar a la altura de su hocico. Cierta vez me dijo que lo hacía para conseguirme trabajo, pues sabía que estaba falta de fondos.

Hasta que cierto atardecer Sebastián me llamó, raspando la puerta de la casa con sus garras. Era la primera vez que venía a visitarme directamente y cuando le abrí la puerta, me invitó a dar un paseo, subiéndome sobre su lomo. Siempre había sido un perro grande, pero esta vez lo vi más grande que nunca, como para cargar con una persona adulta encima, así que acepté gustosamente.

— Pero abrígate — me dijo — Porque puede hacer frío.

Así que volví a entrar a casa para ponerme una chompa de cuello alto, me trepé sobre su lomo y salimos. Avanzamos por calles y veredas, sin que nuestra imagen, la de una joven hermosa montada sobre un perro, llamara demasiado la atención. Tan solo eso debió ponerme alerta de que algo raro estaba sucediendo, pero me encontraba como obnubilada.

Luego imperceptiblemente empezó a elevarse sobre el suelo y de pronto estábamos volando sobre los tejados y azoteas, a la altura de los pájaros. Seguimos ascendiendo y como ya había caído la noche, nos encontramos navegando entre la Luna y el tiritar de las estrellas. Estoy soñando, me decía, el perro Sebastián que habla polaco sólo existe en alguna novela de Konwicki y los cuadrúpedos voladores en los cuadros de Chagall. Estoy alucinando, esto no puede ser verdad.

Empezamos a descender, pero en medio de la oscuridad, se me hacía difícil reconocer a qué ciudad arribábamos. Llegamos a una casona antigua, de antes de la guerra. El perro me dejó delante de la puerta de uno de los departamentos. Aún recuerdo el número: veintiuno. Toqué y me abrió una chica igualita a mí, quien me dijo que me había estado esperando. Me hizo pasar. Era un departamento de habitaciones amplias y techos altos.

Yo no podía dejar de mirarla. Era como si me viera en un espejo. La misma tez, los mismos ojos almendrados, el cabello. Me admiré una vez más de mi, de su, de nuestra belleza infinita. ¿Es que en algún lugar de mi historia se me perdió una hermana melliza que siguiera otro rumbo?

— No somos hermanas, somos la misma — dijo la chica, como respondiendo a mi pregunta nunca dicha — Alguna vez nos llamamos igual, pero luego cambié de nombre, para adecuarme a la nueva realidad. Te mandé llamar para enterarme de qué pasaba en tu mundo, en ese mundo que alguna vez también fue mío.

— La vida es un jardín de senderos que se bifurcan — me explicó. — Pero eso no significa que cuando llegas a la bifurcación y tomas el sendero de la derecha, tu yo que hubiera podido irse por la izquierda desaparece. Un yo tuyo va por la derecha y el otro por la izquierda hasta la próxima bifurcación. Y así sucesivamente. Tu yo de la derecha llega a un mundo, tu yo de la izquierda, a otro. Tu yo de la derecha tal vez hable en un idioma, y tu yo de la izquierda en otro. Lo cual no significa necesariamente que olvides el idioma con el cual llegaste. Simplemente queda rezagado en el fondo de ti misma, al igual que tu ser anterior. Y tú sigues y no sigues siendo la misma. Pues es diferente ser reina a ser mendiga y puede suceder, que en un mundo seas reina o princesa, y en el otro mendiga. El único nexo entre ambos mundos es el perro Sebastián, pero son muy pocos quienes logran distinguir en sus ladridos un lenguaje articulado. Para la mayoría de los humanos es un perro más, y sus ladridos son simplemente eso, ladridos. Más aún, reconocen su lenguaje, sólo aquellos que él quiere que lo reconozcan.

Como estaba un tanto aturdida, la chica, pues aún no sabía como llamarla, se ofreció en servirme un té caliente, pues como dijo, seguramente me había enfriado durante la travesía. Efectivamente, me percaté de que tenía las manos heladas.

Luego tratamos de dilucidar, a través de nuestros recuerdos en común, en qué momento fue que nuestros caminos se separaron.

— ¿Acaso no has sentido — me preguntó ella — la presencia de una niña similar a ti en otro lado, quien hizo lo que tú quisiste llegar a hacer y nunca hiciste?

Y, sin decir más, puso en la mesita delante mío sus libros de latín y griego clásico.

Y entonces lo recordé. Recordé el día lluvioso en el que fui con mi madre a presentarme a la Escuela de Filología Clásica en la ciudad de Gotinga. Debió haber sido en primavera, época en la que, sospecho, se realizaban los exámenes de admisión para el siguiente año escolar. Y debió de ser por la mañana, hora en la que se encontraba el director, quien nos atendió en su despacho. Recordé que fui admitida y que el director felicitó a mi madre por mi conocimiento de la mitología grecolatina clásica. Recordé todo eso, sabiendo que habíamos hablado en alemán, idioma que olvidé hace mucho tiempo.

Durante muchos años me pregunté por qué mi mamá me llevó a dar ese examen, si poco tiempo después partimos. Y jamás regresamos, al punto que llegué a olvidar el alemán. Idioma, que por cierto, aprendí y hablé menos de un año, durante el tiempo que duró nuestra estancia allí. Recordé los libros en alemán que tenía en mi estante y que luego tuve que desechar, pues ya no los entendía. „Viaje al centro de la Tierra”de Julio Verne, traducido del francés, idioma que por cierto, también hablaba. Y una novela que hablaba sobre los incursores, esos pequeños seres que viven en el entresuelo de la casa.

Y allí estaba la respuesta. Era esa chica, sentada delante mío, que se seguía quemando las pestañas mientras estudiaba lenguas clásicas y traducía párrafos de «La Ilíada”«y «La Odisea» al alemán, castellano y quién sabe que otras lenguas más.

— Yo también traduzco — le dije — Sólo que de otras lenguas y otros temas.

Y le conté cómo el conocimiento de los mitos me había servido para aprender de astrología.

Luego le pregunté con voz entrecortada por mamá. ¿Seguía viva en su mundo? Pero no, nuestra madre había muerto en ambos mundos un fatídico ocho de agosto, dejándonos huérfanas a la temprana edad de veintiséis años.

— Si tienes algo que decirme, dímelo ahora — me apremió — pues en cualquier rato llega a recogerte Sebastián y nadie sabe si volveremos a vernos. Y cuando despiertes creerás que todo fue un sueño. Un sueño extraño, sí, pero nada más que un sueño.

Entonces le pregunté si era posible intercambiar nuestros papeles. Yo me quedaba en esa casona con la vista a un cerrado, que parecía el de un presidio y ella partía hacia mi mundo. Y es que me había quedado con las ganas de aprender lo que nunca aprendí y estudiar lo que nunca estudié.

¿Acaso era posible engañar a Sebastián?

— El punto no es Sebastián — me dijo — Él te llevaría sin problemas. El tema está en que para saber lo que yo sé, tendrías que haber empezado a estudiar griego y latín a los diez años. No podrías traducir lo que yo traduzco, ni dictar las clases que yo dicto. Y yo no podría traducir lo que traduces, ni atender a tus clientes o pacientes. No sé cómo les dicen los astrólogos.

— Es hora de partir — anunció Sebastián, empujando la puerta con su hocico.

Nos abrazamos largamente.

— A pesar de todo — le dije — Estoy feliz de saber que estudiaste lo que yo no estudié y aprendiste lo que yo no aprendí.

— Y yo lo mismo — me respondió — No sabes cuánto hubiera querido tener el tiempo y la habilidad suficiente para adentrarme en la ciencia de los astros.

Y cuando ya, montada sobre el lomo de Sebastián, retornaba a casa, me acordé que no le había preguntado cuál era su nuevo nombre. ¿Pero acaso eso era lo más importante?

Isabel Sabogal

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Isabel Sabogal (1958, Lima, Perú). Astróloga, traductora, novelista y poetisa bilingüe, criada entre el Perú y Polonia. Publicó, entre otros, el poemario Todo está hecho a la medida de ti misma (Maquinaciones Poesía, 2022, Lima) y la novela Un Universo dividido (Altazor, 2016, Lima). Estuvo a cargo de la selección, traducción e introducción del libro Poesía escogida del poeta polaco Czesław Miłosz (Ediciones del Hipocampo, 2012, Lima).

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