Escribe Luis Eduardo García
Escribir después de Vargas llosa supone varias cosas; llevar un duelo a cuestas, por ejemplo. Una cosa era escribir mientras él estaba con nosotros y ejercía como padre, como Zeus, diría mi amigo Gabriel Rimachi, de la literatura peruana. Y otra, muy distinta, es escribir en su ausencia definitiva, en un proceso de duelo en el que, varios meses después de su deceso, se hace visible la marca de una falta en nuestras vidas de lectores y escritores.
Este duelo, como dije, ha provocado vacío y pérdida, en el sentido de los simbólico que resulta ver morir a un padre literario y, al mismo tiempo, sentirse desprotegido y vulnerable. Hablo en jerga psicoanalítica, se entiende. Y también en peruano emocional. Escribir después de Zeus es dramático en varios sentidos. Felizmente Vargas Llosa no es como Cronos, si no imaginémonos en el estómago de ese titán.
El duelo supone también llenarse de preguntas. ¿Qué hacen los hijos frente al padre ausente? Se sienten, cuando menos, solos y, sobre todo, llenos de preguntas sobre el pasado y el futuro. El pasado comienza con Vargas Llosa en 1963 cuando tenía 27 años y publica ‘La ciudad y los perros’ en Barcelona. Y el futuro cuando escribe la última de sus novelas y la fuerza de su literatura se dispara en todas direcciones.
En esta eta post desaparición de Mario Vargas Llosa los lectores y narradores cargamos, creo, con una mochila muy pesada, con una receta que a él le funcionaba muy bien: escribir con rigor y pasión. Escribir después de Vargas Llosa supone este legado, esta valla muy alta. No es que a los demás nos vaya a funcionar como le funcionó a él, pero creo que más vale acercarnos a ella que alejarnos, y luego buscar nuestro propio método o camino. Sin embargo, estos extremos —como fanático de la novela que era— en los que él se movió definen muy bien en qué consiste escribir ficciones. El autor de La ciudad y los perros es nuestro escritor más leído y reconocido en el mundo y esto no es cualquier cosa.

¿Qué era el rigor par él? En el 2003, un minuto antes de empezar la entrevista que le hice para el diario La Industria de Trujillo, luego de una conversación protocolar y los saludos respectivos, Mario Vargas Llosa me dijo: «Bueno, no perdamos tiempo, vamos a trabajar». Desde entonces, supe que él le había puesto a la pasión literaria una valla muy alta. Estaba frente a un tirano de la disciplina.
Mario Vargas Llosa y la disciplina de escribir
José Donoso fue uno de los primeros en advertirlo. El autor de El obsceno pájaro de la noche dijo que en el boom había grandes escritores, pero que Vargas Llosa «era el primero de la clase». ¿Y en qué consistía ser el primero de la clase en los años 60? Sin duda a la férrea voluntad, a la pasión creadora y a la temprana madurez intelectual con que asumía su oficio de escritor. Imagino a Vargas Llosa en los años sesenta como el colegial más activo de la clase, el que hace y entrega la tarea a tiempo, el que bloquea las distracciones que no le permiten estudiar y escribir (incluido el llanto de hambre de un niño bajo su cuidado) y el que se saca siempre veinte como promedio. Una imagen por cierto rara, que no se condice con la idea del éxito que se tiene en el Perú, al menos del éxito literario.
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Mario Vargas Llosa era, en esencia, un anti-modelo. La idea convencional que tenemos, o tenía mi generación, de un escritor, es la de alguien que escribe cuando puede y quiere, que vive a salto de mata porque no tiene un empleo fijo, que confía más en la inspiración que en la transpiración, que no lleva una agenda y conduce su vida a las apuradas y trompicones, que cree en la inmortalidad antes que en la gloria del presente, que le hace ascos al poder y al bienestar material y que padece de la rara enfermedad del romanticismo y es considerado por la sociedad como un ser raro e incómodo.
El autor de Conversación en la Catedral fue todo lo contrario. Se trató de un fanático de los horarios fijos, de un vicioso de la escritura, de un ensayista que confiaba en el rigor más que en la imaginación, de un apasionado del presente y de un convencido de que la inspiración debía llegar mientras el escritor trabajaba: «La vocación literaria no es un pasatiempo, un deporte, un juego refinado que se practica en los ratos de ocio. Es una dedicación exclusiva y excluyente, una prioridad a la que nada puede anteponerse, una servidumbre libremente elegida que hace de sus víctimas (de sus dichosas víctimas) unos esclavos» (en Cartas a un joven novelista).

José Miguel Oviedo cuenta dos anécdotas que hablan de por qué fue el primero de la clase o el escritor más aplicado del boom: La primera, una que el propio Gabo le contó. García Márquez le dijo que para escribir Cien años de soledad tuvo que abortar o fallar varios proyectos narrativos y salvar una que otra obra maestra como El coronel no tiene quién le escriba, en tanto Vargas Llosa simplemente debutó con una novela espectacular, sin saborear el amargo sabor de la antesala o los fracasos previos. La segunda: que cuando José Donoso leyó la ópera prima de Vargas Llosa quemó la novela que acababa de escribir porque ante la del peruano la suya era nada; nadie escribía, siendo tan joven, con tanta pericia y madurez.
Ser el primero de la clase le dio grandes frutos: desde el premio Rómulo Gallegos (1967) hasta el Premio Nobel (2010), pasando por una serie de galardones de mucho prestigio a lo largo de sus ochenta y nueva años. Algunos lectores y escritores piensan que los logros más extraordinarios del novelista peruano en la novela se pueden reducir a tres cosas: a) construcción de fresco social muy completo sobre la realidad peruana y latinoamericana; b) haber puesto en práctica —y en unos casos inventado— las técnicas narrativas más innovadoras y radicales. En esta última tarea, solo antecedido por James Joyce y c) haber creado —y en esto coinciden José Miguel Oviedo y Alonso Cueto—un universo, un sistema, un estatuto de obras que abarca casi todos los géneros existentes, mientras que los demás han creado casas, refugios personales reconocibles, pero no tan ambiciosos y totales como los suyos.
Esta es, en fin, la herencia que hemos recibido y el contexto en el que escribimos y seguiremos escribiendo después de Vargas Llosa.
