“Juan Polti, half-back”, de Horacio Quiroga. El primer cuento de fútbol de la historia.

El escritor uruguayo Horacio Quiroga se inspiró en la trágica muerte del jugador Abdón Porte para escribir lo que se considera el primer cuento de fútbol de la historia.

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Sep 6, 2020

Escribe Sengo Pérez

En el círculo central del Gran Parque Central de Montevideo, murió un hidalgo futbolista. El retiro fue un molino de viento al que no quiso enfrentarse Abdón Porte, un duraznense a quien llamaban “El Indio”, y que prefirió matarse de un balazo en el corazón. Había nacido en 1893 y en esa zona del campo por donde solía moverse, en la madrugada del 5 de marzo de 1918 el centrocampista del Club Nacional de Fútbol quedó inmóvil.

De su muerte nacería el primer cuento de fútbol del que se tenga referencia. Lo escribió Horacio Quiroga ese mismo año. No se sabe si fue por aficionado o porque el hecho tenía los ingredientes que a él le gustaban: amor, locura y muerte. Amor a su camiseta, muerte por suicidio, y locura porque, más allá del amor, no es cuerdo matarse por dejar de ser titular un domingo. En la mano del futbolista que había jugado 207 partidos por su equipo había una nota, un poema:

“Nacional, aunque en polvo convertido
y en polvo siempre amante
no olvidaré un instante
lo mucho que te he querido
Adiós para siempre”.

“Juan Polti, half-back”, el cuento inspirado en la tragedia, fue publicado en la revista “Atlántida” de Buenos Aires dos meses después, el 16 de mayo. Diecinueve años después, en febrero de 1937, el escritor tomaría la misma decisión. Cianuro fue la bala que eligió Horacio Quiroga, el genial narrador que había visto la luz de una vida sombría el 31 de diciembre de 1878 en Salto.

Una tribuna del Gran Parque Central lleva el nombre del jugador campeón uruguayo en los años 1912, 1915, 1916,1917, y, en este último, también de América con la celeste. Con ustedes, el primer cuento de fútbol de la historia.

“Juan Polti, half-back”

Un cuento de Horacio Quiroga

Cuando un muchacho llega, por a o b, y sin previo entrenamiento, a gustar de ese fuerte alcohol de varones que es la gloria, pierde la cabeza irremisiblemente. Es un paraíso demasiado artificial para su joven corazón. A veces pierde algo más, que después se encuentra en la lista de defunciones.

Tal es el caso de Juan Polti, half—back de Nacional. Como entrenamiento en el juego, el muchacho lo tenía a conciencia. Tenía, además, una cabeza muy dura, y ponía el cuerpo rígido como un taco al saltar; por lo cual jugaba al billar con la pelota, lanzándola de corrida hasta el mismo gol.

Polti tenía veinte años, y había pisado la cancha a los quince, en un ignorado Club de quinta categoría. Pero alguien de Nacional lo vio cabeceador, comunicándolo en seguida a su gente. Nacional lo contrató, y Polti fue feliz.

Al muchacho le sobraba, naturalmente, fuego, y este brusco salto en la senda de la gloria lo hizo girar sobre sí mismo como un torbellino. Llegar desde una portería de juzgado a un ministerio, es cosa que razonablemente, puede marear; pero dormirse forward de un Club desconocido y despertar de half—back de Nacional, toca en lo delirante. Polti deliraba, pateaba, y aprendía frases de efecto:

—Yo, señor presidente, quiero honrar el baldón que me han confiado…

El quería decir blasón, pero lo mismo daba, dado que el muchacho valía en la cancha lo que una o dos docenas de profesores en sus respectivas cátedras.

Sabía apenas escribir, y se le consiguió un empleo de archivista con cincuenta pesos oro. Dragoneaba furtivamente con mayor o menor lujo de palabras rebuscadas, y adquirió una novia en forma, con madre, hermanas y una casa que él visitaba.

La gloria lo circundaba como un halo. “El día que no me encuentre más en forma”, decía, “me pego un tiro”.

Una cabeza que piensa poco, y se usa, en cambio, como suela de taco de billar para recibir y contralanzar una pelota de football que llega como una bala, puede convertirse en un caracol sonante, donde el tronar de los aplausos repercute más de lo debido. Hay pequeñas roturas, pequeñas congestiones, y el resto. El half—back cabeceaba toda una tarde de internacional. Sus cabezazos eran tan eficaces como las patadas del team entero. Tenía tres pies: esta era su ventaja.

Pues bien: un día, Polti comenzó a decaer. Nada muy sensible; pero la pelota partía demasiado hacia la derecha o demasiado hacia la izquierda; o demasiado alto, o tomaba demasiado efecto. Cosas estas que no engañaban a nadie sobre la decadencia del gran half—back. Sólo él se engañaba, y no era tarea amable hacérselo notar.

Corrió un año más, y la comisión se decidió al fin a reemplazarlo. Medida dura, si las hay, y que un club mastica meses enteros, porque es algo que llega al corazón de un muchacho que durante cuatro años ha sido la gloria de field.

Cómo lo supo Polti antes de serle comunicado, o cómo lo previó —lo que es más posible—, son cosas que ignoramos. Pero lo cierto es que una noche el half—back salió contento de casa de su novia, porque había logrado convencer a todos de que debía casarse el 3 del mes entrante, y no otro día. El 3 cumplía años ella. Y se acabó.

Así fueron informados los muchachos esa misma noche en el club, por donde pasó Polti hacia medianoche. Estuvo alegre y decidor como siempre. Estuvo un cuarto de hora, y después de confrontar, reloj en mano, la hora del último tranvía a la Unión, salió.

Esto es lo que se sabe de esa noche. Pero esa madrugada fue hallado el cuerpo del half—back acostado en la cancha, con el lado izquierdo del saco un poco levantado, y la mano derecha oculta bajo el saco.

En la mano izquierda apretaba un papel, donde se leía:

“Querido doctor y presidente: le recomiendo a mi vieja y a mi novia. Usted sabe, mi querido doctor, por qué hago esto. ¡Viva el club Nacional!”

Y más abajo estos versos:

Que siempre esté adelante
El club para nosotros anhelo
Yo doy mi sangre por todos mis compañeros,
Ahora y siempre el club gigante
¡Viva el club Nacional!

El entierro del half—back Juan Polti no tuvo, como acompañamiento de consternación, sino dos precedentes en Montevideo. Porque lo que llevaban a pulso por espacio de una legua era el cadáver de una criatura fulminada por la gloria, para resistir la cual es menester haber sufrido mucho tras su conquista. Nada, menos que la gloria, es gratuito. Y si la obtiene así, se paga fatalmente con el ridículo, o con un revólver sobre el corazón.

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La gran escritora mexicana Amparo Dávila, que falleció en 2020, ganó el premio Xavier Urrutia en 1977, y en 2015 la Medalla de Bellas Artes en reconocimiento a su gran trayectoria. Desde 2015, el premio nacional de cuento fantástico de México, lleva su nombre. Una escritora imprescindible.

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