Círculo de Lectores
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«El pez en el agua», lo íntimo como asunto público

"El pez en el agua", la memoria política y personal del nobel peruano Mario Vargas Llosa, ofrece en sus páginas un relato crudo de su etapa escolar

Publicado

1 Feb, 2026

Escribe Hélard Fuentes Pastor

Creo que El Pez en el agua (Seix Barral, 1993), de Mario Vargas Llosa, es uno de los mayores logros de la novela autobiográfica en la literatura contemporánea, quizá por esa hazaña de convertir lo íntimo en asunto público o por aquel contraste entre el afán cronístico y la reseña biográfica. Por eso su lectura es fascinante: transforma lo cotidiano en memoria, lo habitual en disruptivo, el recuerdo en anécdota y lo ajeno en conmoción colectiva.

Esa versatilidad cronística expone, de manera reservada, pese a su masiva lectura, el topten de los momentos más íntimos del autor, en el que, sin duda, destaca el presunto acoso que sufrió por parte de un hermano lasallino. Este hecho volvió a capturar la atención pública en 2021, cuando Vargas Llosa ofreció declaraciones comprometedoras durante una entrevista en la Feria Virtual del Libro de Cajamarca (Perú), procurando explicar su distancia con la religión.

El escándalo no se produjo cuando se publicó la obra; tal vez porque fuimos malos lectores, o porque aquel asunto aún no debía tratarse más que en la ficción, con un niño de 12 o 13 años que provenía de una familia tradicional católica, y que vivió un episodio emocionalmente conflictivo en el colegio La Salle de Lima. Tal como narra en El Pez en el agua, un hermano llamado Leoncio —nombre de hábito religioso—, que fue su profesor en sexto de primaria, se le insinuó. ¿Cómo sucedió? La obra misma ya ofrecía esos detalles, casi treinta años antes de la clamorosa entrevista.

Mario Vargas LLosa
Mario Vargas LLosa en su casa de Barranco (Foto: Diario El Peruano)

Ocurrió a fines de 1948, señala la obra, y en efecto, Mario tenía 12 años. No pudo recoger la libreta y se presentó al día siguiente, cuando naturalmente no había estudiantes. Con las notas, ya despidiéndose, se encontró con el hermano, quien, risueño, entabló conversación mientras lo conducía al último piso, donde la comunidad tenía sus habitaciones. Allí sacó unas revistas, y la primera era Vea, conocida por publicar imágenes de mujeres desnudas. Entonces pasó esta escena: «el Hermano Leoncio se me había acercado, me preguntaba si conocía esas revistas, si yo y mis amigos las comprábamos y las hojeábamos a solas. Y, de pronto, sentí su mano en mi bragueta (…)» (p. 40). Luego, Mario gritó: «¡Suélteme, suélteme! (sic)» y salió corriendo a la calle.

Contarlo en los noventa era un acto de valentía y una forma de afrontar su pasado. Sin embargo, la intención literaria de Vargas Llosa, en ese momento, era precisar un hilo conductor en torno al ateísmo acérrimo que profesó después, en un periodo fuertemente católico, y también expresar su rechazo hacia lo que representaba el sexo, la procreación, en contraste con la virilidad y el machismo que caracteriza a las conversaciones o «jodas» entre adolescentes.

Siento que el hermano Leoncio, como un personaje de dicho capítulo, no fue suficientemente explorado. Había más que contar, lejos de la descripción física que ofrece: «un francés colorado y sesentón, bastante cascarrabias, de alborotados cabellos blancos, con un enorme rulo que estaba todo el tiempo cayéndosele sobre la frente y que él se echaba atrás con equinos movimientos de cabeza, nos hacía aprendernos de memoria poesías de fray Luis de León» (p. 31). Sin embargo, el propio autor optó por no conferir a la escena un sentido que pudiera suscitar censura en su momento. No lo culpo: lo relató de forma anecdótica y en un gesto de reconciliación consigo mismo; aun así, el episodio no deja de provocar indignación.

La sola mención ya planteaba un desafío, y es preciso reconocer en Vargas Llosa la precisión de su relato en cuanto a fechas, nombres y datos. Revisando algunos registros biográficos, un hermano de dicha congregación, nacido en Pirineos Atlánticos, Francia, en 1889, estuvo en Perú en distintas oportunidades tras pasar al distrito —como decían ellos— de Perú-Bolivia en 1938. Primero, su destino fue el colegio de Cochabamba por cuatro años; luego, en 1942, llega al Hogar Infantil de Lima por un año; tras esta experiencia, en 1943, pasa por el colegio de Arequipa (al cual vuelve en 1951, pero ejerce en el Muñoz Nájar), y hacia 1944, retorna a Lima, donde permanecerá seis años, es decir, hasta 1949, un año después de aquel acontecimiento que señala Mario.

vargas llosa la salle

En 1950, estuvo alejado de la formación escolar, ya que trabajó en la Escuela Pedagógica de Lima. Sus últimos días en Perú los pasó en La Salle de Arequipa, durante un mes de 1952, y luego continuó en el Instituto de Menores de Lima. Después, aquel religioso, cuya primera parte de su misión estuvo en Buenos Aires (Argentina) —destino al que solicitó ser enviado desde 1907—, donde daba clases en un colegio de nivel primario, regresó a Francia en 1961 y terminó sus días en 1973, en la comunidad de Blain, evitando las continuas visitas de su familia.

He leído que, de joven, estuvo comprometido con su misión, ya que ingresó temprano al noviciado en 1901 y, además, siendo aún adolescente, tomó el hábito e inició la actividad catequística. Para apreciar otros rasgos del hermano Léonce que coinciden con el retrato de Mario, una breve reseña lo describe como una persona sencilla, ordenada y franca, aunque de temperamento fuerte. Lo apodaban «el eléctrico». Como profesor, imponía autoridad y presencia; sin embargo, también era bromista, y ese carácter le permitió rodearse de hermanos más jóvenes.

Volviendo a El Pez en el agua, genera cierta mortificación la manera en que Vargas Llosa cierra esa historia, quizá presentando al personaje desde una mirada romantizada y vagamente ética: «¡Pobre Hermano Leoncio! Qué vergüenza pasaría él también, luego del episodio. Al año siguiente, el último que estuve en La Salle, cuando me lo cruzaba en el patio, sus ojos me evitaban y había incomodidad en su cara» (p. 40). Todo religioso es responsable de sus actos: un hombre bastante mayor que, cualquiera que fuera su intención, terminó intimidando a un niño. Felizmente, hoy sabemos que no debemos excusar estas conductas. Denunciarlas no nos aleja de Dios, y lo que probablemente ocurrió con Charles Sylvain Camborde no fue, en modo alguno, un juego ni una broma.

Hélard Fuentes Pastor
Hélard Fuentes Pastor es un historiador, escritor y biógrafo peruano. Conocido por publicar artículos y libros de investigación histórica y literaria.​ Ha publicado las novelas: La noche de los mil carajos​ ​ y Mis días con Raúl.​ Asimismo, es autor de la antología "Voces de la poesía Peruana".​

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