Kiko Ledgard, yo y la Olimpia-ametralladora

El destacado poeta peruano radicado en Barcelona, José Rosas Ribeyro, hace un breve pero intenso repaso de la lucha por la supervivencia de aquel instrumento que durante poco más de un siglo nos alcanzó tantas historias: la máquina de escribir.

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Jul 19, 2022

Escribe José Rosas Ribeyro

No sé cómo ni porqué, hoy Kiko Ledgard apareció en mi memoria. Para ser más exacto, debería decir que surgió en un recuerdo de mi propia juventud. Tendría yo, no sé, 15 o 16 años, no creo que más, aunque tal vez me equivoque. En todo caso era yo bastante chibolo y es probable que aún no habiera concluido la secundaria. El hecho es que soñaba con tener una máquina de escribir portátil, pero no tenía dinero para comprarla ni a nadie que me la regalara. Decidí entonces inscribirme para participar en un programa televisivo de preguntas y respuestas de cultura general que animaba Kiko Ledgard. Lo hice sin muchas esperanzas de ser seleccionado, pero fui.

Y ahí me veo yo en un estudio de la tele, metido en el único traje que tenía, llevando corbata, muerto de miedo y timidez. Sobre todo que el animador era un tipo extravagante y bromista y en un programa suyo, por más cultural que fuera, podía ocurrir cualquier cosa. Felizmente todo transcurrió normalmente o, en todo caso, así lo recuerdo ahora. Parece ser que contesté correctamente algunas preguntas y con ello acumulé un dinerillo ganado. Pero luego llegó el momento crucial: para proseguir mi participación debía poner en juego esa suma (nada de otro mundo) o, en caso contrario, retirarme y llevármela. Calculé que con eso tenia lo suficiente para comprar la máquina de escribir tan anhelada y decidí entonces no proseguir. Así, pues, en cuanto tuve los soles en el bolsillo fui a la tienda de los Santa Cruz (la familia del decimista Nicomedes), especializada en máquinas de escribir de segunda mano y quedé flechado por una Olympia de un gris casi negro, que venía con un estuche de un bello color rojo con pequeñas rayitas oscuras. Ese día, al volver a casa, yo era la persona más feliz del mundo.

Glenda León, Escribiendo música (2020).

Esa máquina me acompañó durante años. Y cuando la dictadura de Velasco decidió cerrar la revista Marka, donde yo era editor de cultura, detener a todo el personal y desterrarnos, ocurrió algo bastante insólito: cuando la policía me sacó del encierro para llevarme al aeropuerto, Marga y Heddy tuvieron la idea genial de llevarme mi adorada Olympia, lo cual no agradó a la policía: el oficial responsable del traslado se nos acercó y dijo algo que no he olvidado nunca: «dejarlo partir con eso es como si lo hiciera con una ametralladora». Solo tiempo después, cuando Marga pudo ir a mi encuentro en México, recuperé mi máquina de escribir y con ella no solo pasaba en limpio poemas y narraciones sino que me permitió ganar algunos pesos redactando reseñas para el boletín de las ediciones de la UNAM y los guiones del programa «Poetas somos todos» de Radio Universidad.

Pero ahí no acaba todo: mi Olympia ya envejecida viajó conmigo a París y allí dejó de existir, de muerte natural, como se dice. De todas maneras, la pobre viejita ya no servía mucho: habían llegado las computadoras.

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