Círculo de Lectores
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“La mujer que no está”, de María de los Ángeles Fornero

Les ofrecemos en exclusiva el inicio de la novela de María de los Ángeles Fornero, "La mujer que no está", publicada por "Maquinaciones".

Ahora sobrevivo y mi sueño está tan cerca de la vigilia que apenas si se puede llamar sueño.
“Respiración artificial” Ricardo Piglia

Hablo de la sensación de estar tragando tierra de la mano de Dios.
“Las malas” Camila Sosa Villada

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El celular al que usted llama se encuentra apagado o fuera del área de servicio. Escucha Nora por segunda vez en quince minutos el tono femenino neutro al otro lado de la línea. Deja el móvil sobre la mesa para saludar a Vane, una de las dos amigas que espera. Es media mañana en el Café Argentino, en el centro de la ciudad.

Mediaba también la semana. Las tres amigas habían quedado en encontrarse a las once para terminar de planear un viaje de fin de semana y siempre tenían algún chisme con buen sabor. La tercera, María Eugenia, la Euge, está demorada. Raro. Es la más puntual y además anda feliz por estos días. Quién diría, piensa Nora, comparando un año atrás. La Euge tiene cosas para contarles. Ayer, aprovechando el feriado, se fue a Córdoba para encontrarse con “el pibe”.

─¡Qué la parió! ¡Podés creer! ¿Lo conocés al chango? ─dice Vanesa.

─No, lo tiene escondidito, la tipa.

Ríen las dos mujeres con esa risa festiva de los cuarenta como si navegaran por el Río de la Plata rumbo al mar. Tienen bastante vivido y otro tanto por delante. Reír es desplegar canarios sin controlar relojes. Ríen. Nora vuelve a levantar el celular, va a marcar, pero llega el mozo a tomar el pedido. Un cortado mediano. Otro, y dos medialunas. El mozo limpia la mesa y Nora mira por el ventanal.

─Rara la demora de la Euge.

─¿No se habrá quedado en Córdoba?

─¡No, Vane! Le gusta el chico, pero no se va a zarpar. Volvió anoche; medio tarde, pero volvió. Me llamó cuando entraba al depto. Medio agitada.

Se habrá ido al campo a lavar la ropa, se preguntan las amigas. Pero no, venía esta mañana para acá, me traía la seña para el viaje a Carlos Paz, rectifica y ratifica Nora.

Medio tarde, medio día, medio vuelto repartido, tercer intento de comunicación con Eugenia que ni llegó ni contestó el celular. “Apagado o fuera del área de servicio” y desconcierto para las amigas. Veneno a descubrir.

Sol cayendo a pique de setiembre en una ciudad de llanura y rutinas. Los comercios hacen horarios discontinuos y a las doce en punto bajan las persianas, los padres buscan a sus hijos en los colegios, los perros se acomodan las pulgas, las abuelas sirven la sopa, las empleadas pedalean sus bicicletas y marchan sus motos para ir por el almuerzo. Los gorriones se hacen arrumacos tontos y la siesta se acomoda a la sombra. Apagado o fuera. Un gato se estira a su largo en un mar violeta de flores de jacarandá. Así son los espacios de la plaza central de la ciudad. Un mar violeta de flores de lapachos, uno que se perdió hoy María Eugenia Lubaki. Está fuera del área de servicio, según el autómata que dice sin pronunciarlo que del otro lado hay un hueco.

es un miércoles de primavera de setiembre de un apenas empezado siglo nuevo que anda con muchos quehaceres como para preocuparse por una mujer que no está no estoy donde debía a estar a esta hora por lo menos estoy en una redondez de tiempo y de espacio que no alcanzo a entender me deslumbran los remolinos de olor a bosta de vaca y viento norte entre tío pujío y villa maría no me volverán a envolver no los recibiré en la piel ya no tengo piel o es una piel que se escapa en puntas de pies llevo puesto este camisón raro un vestido de lienzo con encajes de abuela y remiendos desteñidos es la ropa en lugar de los pantalones negros elastizados y el tapado de vaquero con piel en el cuello y en los puños que tenía al salir esta mañana de casa se me cayó el reloj en algún momento o tengo la muñeca quebrada intento levantar la mano a la altura del túnel carpiano se vuelve a caer y no responde los dedos son largos los veo desde el lugar en donde tenía los ojos no estoy segura la certeza es una hilacha de carne en formol no parecen mis dedos tampoco tengo el anillo de la mano izquierda ninguno de los anillos que llevo para que brillen un poco los gestos las uñas están pálidas pero las tenía pintadas desde ayer cuando fui a córdoba a encontrarme con el hernán me voy acurrucando en un hueco descascarado donde bulle una agua hirviendo algo me llama desde el boquete abierto desde un interior deshabitado anochecido pero es de mañana estoy segura o estaba.

Las indias yucat

En el pozo de los tiempos las madrugadas de invierno cero grado, escarcha y río angosto entre los churquis de la Laguna Honda. En las de primavera, tibieza y río ancho, flores y pájaros rodeando la gran laguna. Siempre, en los últimos quinientos años, en cualquier estación, una capilla de adobe paredes viejas escuchan más que oídos nuevos. Pero ahora son unos cuatrocientos atrás, paredes de adobe nuevo de la capilla de Yucat. Indias jóvenes juegan un ir y venir, a correrse y tocarse, a la mancha o al gallito ciego, se ríen a boca completa y de repente callan. Hacen silencio. Ven a contraluz de un sol de estreno, una figura acercándose. Ellas retozan, buscan perdices para despescuezar. El almuerzo indio tiene rito de nobleza.

Son unas diez jóvenes piel de bosques. Las muchachas usan un golpe de mirada y se sienten arrastradas por esa figura de mujer que viene hacia ellas salpicada de cabellos y de sangre. Parpadean y vuelven a detener la mirada. Siguen los retorcijones con los que unas piernas esbeltas adelantan los pies con dificultad y se acercan. No entienden a la aparecida. Le buscan asa para tener de dónde agarrar.

La figura de mujer cae y se termina de estropear. Las indiecitas la rodean queriendo encontrar razón a sus ojos, buscan por dónde empezar a tantear la figura, pero sienten en su propia sed la de la mujer caída y cuidándose de no machucarla más le acercan un cántaro a la boca para ofrecerle agua del Ctalamochita, cristalino. La forma de mujer acaba de caer sobre ellas como un pájaro muerto. Tiene la carne alterada y la boca quieta. Ni bebe ni se termina de desfigurar. Está ahí, sobre el despunte de la gramilla. Viene arrastrando un hueco enorme. El hueco arrastra la lengua para empezar a silabear.

acabo de caer en una ciénaga de arena onda la sed me absorbe los ojos por dentro tanteo la forma de cañadón que tiene este lecho en busca de agua no encuentro nada metida en esta oscuridad sin temperatura creo palpar algo con mis manos destartaladas busco el teléfono el lápiz labial el pañuelito perfumado de swett honesty la lapicera las llaves los anteojos de sol que se desarman en la memoria ahora sin futuro no servirá de mucho pero la alimentaré dónde está el celular palpo dentro del bolso lo perdí en el momento de caer un pálpito entre las falanges acaricia un polvo fino que se me pega en las yemas de los dedos busco la cartera y en la cartera el celular no hallo la cartera ni el celular no hallo tampoco la forma de respirar por el hueco que me vacía el cuerpo se me va el aire parece un gran útero y empiezo a recordar.

La mujer que no esta 3

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María de los Ángeles Fornero (Córdoba, Argentina, 1961) es psicóloga social y profesora de Lengua y Literatura. Docente en el nivel superior en el Instituto Pichón Riviere de Córdoba y en el nivel medio. Coordina grupos de formación en psicología social. Es autora de los poemarios La devolución de las texturas y Úlcera, sal, papel y carbón, del libro de prosas Viaje entre dos orillas, de la novela La mujer que no está y del ensayo Ventura Ccalamaqui y Manuela Gandarillas, dirigentas de un colectivo social. Ha participado en diversas antologías de poesía, narrativa y ensayo, entre ellas Historial de la cuerda floja, compilación de cuentos de diez escritoras argentinas. Colabora con blogs, revistas y periódicos digitales e impresos de Argentina y otros países. Ha sido invitada a diversas ferias internacionales del libro en Argentina y en el extranjero. Desarrolla talleres de lectura y crítica en el Museo de las Mujeres (MuMu) en Córdoba.

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