Escribe Rubén Darío Reyes
En los tiempos que corren, destacado por la virtualidad, nos han propuesto nuevas maneras de acercarnos y de interactuar con el libro. Gracias a las nuevas formas de comunicarnos que existen en la actualidad se logró acortar las distancias, se permite la simultaneidad, se nos extendieron los horizontes de la información y se nos posibilitó llevar miles de contenidos en nuestro bolsillo. Por ejemplo, el libro que ha dejado de ser solo un objeto físico para mostrarse como un archivo esparcido por todas las pantallas de los celulares, las tablets y los computadores. Lo importante es reconocer que lo significativo del libro no es la manera que adopta para hacer su aparición; ya sean en libros de humo, de piedra, de tierra, de piel, de harapos, de árboles, tablets o de e-book». Si no, su contenido, lo que narran, los relatos que condensan, la sabiduría que suponen, las voces remotas, lejanas y las de hoy que nos harán viajar hasta el futuro. Hay tantos libros y formas de leer lo importante estriba en que el lector es libre de elegir y de leer lo que desee, cuando lo desee y como lo desee, según los derechos del lector de Daniel Pennac .
Ahora miremos el libro en su más hermosa aparición, en su presencia física, tu tapa dura, un refugio en mis manos, tinta y aventura. Siempre que tengo la oportunidad de abrir el libro de mi gusto es como si de repente saliera una luz que disipa mi melancolía, mi tedio y me permite agarrarlo fuerte con mis manos y sentir que solo somos él y yo; sueños y esperanza, lágrimas y carcajadas. Páginas vivas y crujientes, mundo de otro tiempo. Son tangibles, ocupan un lugar, pueden tocarse, incluso los libros se olfatean y es precisamente ese olor extraño a polvo, a saber, antiguo, el que crea una experiencia sensorial que involucra todo tu ser. El pasar las páginas con los dedos genera un ritmo táctil una alteración en el sistema motor que no se logra con el libro digital.

Así que esa publicación física hecha de papel impreso, con páginas que se pueden tocar, hojear y oler, son las que me permiten descubrir mundos, risas, dolor y por momentos comportarse como un amigo, sabio testigo que me orienta y me muestra sobre el alma, sobre los humanos y su corazón. Sus hojas de papel se presentan como un portal a otro lugar y en cada párrafo habita la eternidad. Un libro físico es fuerza, calor, una brasa ardiente, un verdadero objeto sagrado.
Considero que en un mundo en el que prevalecen las pantallas, la lectura en papel ofrece una experiencia sumergible, con unos claros beneficios sensoriales y cognitivos que sin ninguna dudad deben ser destacados.
La lectura en papel facilita una comprensión más profunda y una mejor retención de textos largos y complejos, el lograr interactuar con las páginas en la medida en que voy sintiendo su calor, el roce con mis manos, lo hace más significativo. Precisamente esa sensación física del libro, la posibilidad de marcar páginas, subrayar, tocar y la ausencia de distracciones digitales contribuyen significativamente a que la interpretación y comprensión de su contenido sea más eficaz.
La lectura en papel es saludable. Un viaje significativo en el cual me agarro a mi tesoro claro, mi objeto sagrado, mi faro en medio de esta ciudad oscurecida por la era digital.
