«Los diez centavos», un cuento de Pepe Cantellano

Un niño que vive en la sierra de Heuytamalco, en México, se enfrenta a dos de las vicisitudes más duras de la infancia: la pobreza y el desprecio. Un cuento de Pepe Cantellano.

Publicado

11 Ene, 2024

Otra noche sin dormir. Las madrugadas de Hueytamalco, en la sierra poblana, son demasiado frías. El viento helado calaba por entre las rendijas de la pequeña casa de paredes hechas con tablas de madera humedecida. A lo lejos se escuchaba el constante caer del agua del manantial. Los animales aún no despertaban ¿Cuánto faltaba para amanecer?

José estaba despierto, soñando como siempre con los ojos abiertos, dibujando en su mente un futuro mejor que aquel presente de miseria en el que vivía. Pero, a pesar de estar sumergido en sus pensamientos, no dejaba de estar atento al que sería el primer grito de su madre ese día. Tenía apenas once años y muchas responsabilidades en casa, principalmente la de ir al corte de café, que suponía un martirio en épocas de invierno, además de cuidar a sus cuatro hermanos menores.

— ¡José arriba, ándale muchacho que tienes que irte a trabajar! — Gritó la voz ronca de Balbina, una mujer menudita, de carácter fuerte, que apenas rebasaba el metro y medio de estatura, delgada y siempre envuelta en un suave olor a humo. Madre de cinco hijos, vivía su segundo matrimonio. Siempre era la primera en levantarse. Muy pulcra al vestirse, de nagua larga y un rebozo que la cubría del frío, peinaba su cabello ralo con dos finas trenzas enroscadas sobre su cabeza, lo que le brindaba ese porte humilde pero elegante de las mujeres serranas.

José tenía puesta la misma ropa del día anterior, húmeda aún por la llovizna de la temporada y el roce de las ramas del cafetal en los cuales se sumergía para hacer su trabajo; el calor del fogón era insuficiente para secarla durante la noche.

El frío que le provocaba su vestimenta era insoportable pero no tenía de otra, la pobreza en la familia era tal, que José solo tenía dos mudas de ropa: la del trabajo, que usaba a diario, y la de los domingos, en que su madre lo llevaba a la misa del mediodía. Su único abrigo era una chaqueta de manta afelpada, desgastada por el uso, obsequio de uno de sus tíos.

En esos días había un detalle que complicaba aún más el corte de café: José no tenía zapatos y era común que la tierra se escarchara por las bajas temperaturas. Aunque le parecía curioso escuchar el crujir de la corteza de hielo al pisar, no dejaba de ser un tormento para sus pies descalzos. Tomó la taza de café con sabor a humo que su madre le preparó como desayuno y se marchó para alcanzar a su padrastro que ya se había adelantado al cafetal.

Uno de los más grandes sueños de José era ir a la escuela, pero la familia no tenía los recursos suficientes para mandarlo a la primaria. Por eso, todas las tardes tomaba unos viejos libros que había en casa y mientras Balbina realizaba sus quehaceres, él le preguntaba con insistencia cómo se llamaba y pronunciaba cada letra, cómo se escribía y se leía cada palabra. Su madre, aunque atareada y un poco malhumorada por el trajín de la jornada, siempre atendía a las preguntas del niño y le explicaba cada cosa «como Dios le daba a entender», hasta que, finalmente, José tuviera la oportunidad de ir por primera vez a la escuela, a poco de cumplir los 12 años.

***

Otra noche sin dormir. José entraría por fin a primer grado. La emoción le invadía el cuerpo. Los nervios no le permitían nuevamente conciliar el sueño. Su madre y su padrastro le compraron con mucho esfuerzo un pantalón nuevo y una camisa para que pudiera ir lo más presentable posible. Ir descalzo era lo de menos, porque asistir con ropa nueva era lo mejor que le pasaría en su corta vida.

La escuela fue una de las primeras primarias rurales federales, y era vespertina. Su construcción constaba de paredones de piedra y techo de teja; por todos lados se veían enormes manchas verdes debido a la humedad originada por el clima del lugar. El piso, al igual que la mayoría de las casas de Hueytamalco, era de tierra. Los pupitres de madera no parecían tan viejos, pero ya tenían rastro de uso diario. El grupo de alumnos era únicamente conformado por varones, algunos de ellos mayores que José.

Del maestro Bernardo Quintero decían que estaba bien preparado para enseñar lo necesario en aquella época. Muy joven aún y con cara de pocos amigos, le bastó saber leer y escribir, y haber terminado sus seis años de educación primaria para sumarse al gran esfuerzo de colaborar en la cruzada educativa de aquel tiempo. En ese entonces tenía menos de una década de haberse creado la Secretaría de Educación Pública en México, encabezada por José Vasconcelos. Los primeros días de escuela fueron emocionantes. Había mucho por aprender. El maestro impartía conocimientos escolares básicos como lengua nacional, aritmética, dibujo y pedagogía. También realizaban actividades de acción social, recreativas, laborales y algunas manualidades.

Pasados los primeros tres meses de escuela, sucedió algo que a José le cayó como balde de agua fría. Una tarde de viernes, al iniciar la clase, el maestro les dijo a sus alumnos que para el siguiente lunes cada uno debía aportar una cooperación de diez centavos para el pago de la nueva instalación de energía eléctrica en la escuela. La tecnología por fin había llegado a la sierra poblana, un esfuerzo que había iniciado para el país algunos años el porfiriato. Otra noche sin dormir. José estaba angustiado. No se atrevía a pedirle a su madre los diez centavos, sabía lo difícil que sería para ella poder solventar un gasto como ese, por mínimo que fuera.

Aún no amanece y ya tiene que levantarse para irse a trabajar. Estuvo intranquilo durante el sábado. Por la tarde intentó distraerse jugando y cargando en hombros a su hermano Gemi, y así continuó hasta el domingo. Fue difícil poner atención en misa, de vez en cuando volteaba a ver a Balbina, como intentando que ella lograra intuir que algo pasaba en su hijo, pero no lo logró. Por la noche, al irse a descansar, trató de sentirse tranquilo, pensaba en pedirle al maestro un plazo mayor para poder cubrir la cuota. Otra noche sin dormir.

La tarde del lunes llegó. Jamás se sintió tan pequeño como en ese momento. Le explicó a Bernardo Quintero su situación. El maestro lo escuchó atento, con la mirada puesta en el techo entelarañado del salón de clases mientras su respiración se hacía cada vez más fuerte, parecía molesto. Al terminar las palabras de José, le pidió que fuera a sentarse a su lugar, el maestro se quedó serio y callado por un momento, mirando al grupo, parecía molesto. El niño se hundía nervioso y avergonzado en su lugar.

— Jóvenes, hoy es la fecha límite para el pago de la cooperación, pero tenemos un problema. Su compañero José no quiere pagar. Por esa razón, a partir de este momento queda oficialmente expulsado de la escuela.

A José se le vino el mundo encima ¡Era mentira lo que el maestro acababa de decir! Todos lo miraban con desprecio. Dio un fuerte manotazo en su pupitre, furioso. Se sintió traicionado, se sintió impotente, no había manera de describir su coraje. Miraba con resentimiento a Bernardo. Su momentánea ira le hizo sentir el deseo de aventar todo lo que tenía frente a él, pero decidió no moverse de su lugar, permaneció allí hasta el final de la clase. Apretaba su cabeza con ambas manos, llorando, sintiendo desesperación. ¿Su sueño de estudiar se estaba esfumando por miserables diez centavos? A pesar de eso, el maestro jamás volvió a ponerle atención, se acercaba a los otros, pero a José siempre lo ignoró.

Nunca regresó a la escuela. Pasaron varios días para lograr superar lo sucedido, sus ganas por hacer algo se perdieron. Poco a poco volvieron las tardes en las que tomaba los viejos libros de texto y se acercaba a su madre para disipar sus dudas y ella, como siempre, lo atendía pacientemente.

— Bueno muchacho ¿Dónde quedaron tus ganas de comer escuela? —Le preguntó Balbina en alguna ocasión.

— Pues creo, que no me gustó tanto, madrecita —Respondió José, y no se volvió a tocar el tema por muchos años.

José se superó de forma empírica gracias al amor de su madre. Su responsabilidad y deseo de ser mejor cada día lo llevaron a formar parte de grandes empresas, demostrando que no siempre las grandes mentes tienen la oportunidad de estar en la escuela.

Muchos años después, Balbina enfermó debido a su avanzada edad. José, quien ya tenía su propia familia, dedicaba su tiempo libre para cuidarla, hablar y reír con ella, recordaron tantas cosas juntos. En una de esas, él aprovechó para decirle la verdad sobre su salida de la escuela.

—Madrecita, me pidieron cooperar con 10 centavos y no te los quise pedir porque sabía que no los tendrías…

Y Balbina, con ese rostro arrugado y bueno que la caracterizaba se quedó mirándolo y le respondió mientras tocaba su mejilla:

— ¡Ay, mi Josecito!

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