Círculo de Lectores
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Los símbolos que nos eligen

Al escribir poesía recurrimos -sin saberlo- a imágenes que como símbolos aparecen en nuestra memoria ¿Cuál es su origen? ¿A dónde nos llevan?

Publicado

27 Oct, 2025

Escribe Karina Miñano

Le daba vueltas a un ejercicio: un poema en romance. Buscaba una palabra para la rima asonante y, sin pensarlo, escribí «lluvia». Entonces me detuve. Otra vez la lluvia. Allí estaba, a la espera de su turno en la página, paciente, segura de que volvería a nombrarla. No era la primera vez. Aparece en mis textos sin invitación, como una visitante antigua que conoce el camino. Llueve cuando el cuerpo duele, cuando alguien se despide y cuando algo comienza. No lo había notado hasta ese instante, mientras buscaba una simple rima. Qué ironía: una palabra me devolvió a una presencia que siempre estuvo allí.

Desde entonces no dejo de preguntarme ¿por qué ciertas palabras, que en realidad son símbolos, vuelven aunque no los invoquemos? ¿De dónde vienen esas imágenes que se repiten, que nos acompañan sin que lo notemos?

El misterio de la repetición

Jung decía que los símbolos son puentes entre el inconsciente y la conciencia.
No los inventamos; nos atraviesan. Surgen de una memoria más antigua que la biografía, una memoria colectiva que la escritura apenas traduce.
Quizás por eso cada poeta tiene un territorio simbólico que lo habita, una constelación de imágenes que se encienden una y otra vez bajo distintas luces.

El agua, la tierra, la noche, el fuego, la casa, el espejo, el cuerpo: cada uno de ellos ha sido reflejo de lo humano. Sin embargo, es la forma en que un poeta los nombra lo que transforma su sentido.

En Neruda, el agua es cuerpo erótico, sensual y fecundo.
En Octavio Paz, es tiempo circular, la corriente donde todo se une.
En Alejandra Pizarnik, el agua se vuelve espejo líquido, lugar de desaparición.
En César Vallejo, es la humedad de la tierra que nos recibe y nos devuelve a la madre.

El agua de cada poeta no moja igual. Y, sin embargo, todos saben que algo esencial se dice a través de ella. Los símbolos, entonces, se convierten en brújulas, algo mucho más que simples adornos, pues marcan los puntos donde el alma reconoce su idioma.

Más allá de la imagen

La insistencia de un símbolo en la obra de un poeta, como la lluvia o la tierra, no es solo un tema recurrente, sino una estructura profunda que organiza el texto. Aunque el símbolo nazca de una memoria arquetípica, su poder reside en cómo se manifiesta en el lenguaje. A diferencia de una palabra común, que tiene un significado único, el símbolo poético está cargado de múltiples sentidos y de una intención cultural que el poeta reactiva en cada verso.

Desde una perspectiva de la composición, este símbolo persistente funciona como una idea central que da coherencia a todo el discurso poético. No es una simple figura decorativa, como una metáfora pasajera, sino una parte esencial que se expande para representar una visión completa del mundo. Su valor técnico está en su capacidad de ser un eje semántico, un punto fijo que subordina y da resonancia a todas las demás imágenes del poema. Así, la elección del símbolo es también la elección de una forma estructural que permite que el texto, en su concisión, se abra a múltiples lecturas sin perder claridad.

Alejandra Pizarnik
Ícono. Alejandra Pizarnik y su influencia actual en la poesía.

Alejandra Pizarnik y el espejo

En El árbol de Diana, el espejo se multiplica como un personaje silencioso.
No refleja, interroga. Pizarnik se mira para confirmar su existencia, pero el reflejo se disuelve.

«Explicar con palabras de este mundo que partió de mí un barco llevándome…», escribe, y uno siente que ese barco navega por una superficie de vidrio.
El espejo en su poesía no devuelve la imagen, revela la herida. Es un símbolo recurrente de la fragmentación del yo, de su desdoblamiento, de la imposibilidad de decir el yo sin perderlo.

Su espejo es mi lluvia. Ambos son reflejo y desaparición. Uno brilla, el otro se disuelve. Los dos buscan la frontera donde el lenguaje se rompe.

37 (de Árbol de Diana)

más allá de cualquier zona prohibida
hay un espejo para nuestra triste transparencia

César Vallejo y la tierra

En Vallejo, la tierra no es paisaje ni metáfora, es destino. La tierra y sus sinónimos o derivados —tierra madre, terruño, suelo, materia telúrica, el Perú natal— son símbolos recurrentes y fundamentales en la poesía de César Vallejo, sobre todo en sus primeras obras, donde se asocia con el origen y la nostalgia, la sustancia humana y su finitud, y el dolor social y la identidad.
Desde Los heraldos negros hasta Poemas humanos, la tierra aparece como madre y tumba, como dolor compartido. «Yo nací un día que Dios estuvo enfermo», dice, y esa enfermedad divina deja su huella en el polvo.

Vallejo carga con la tierra andina en la voz. La lleva como quien arrastra una raíz. En su poesía, el símbolo se vuelve concreto: la tierra tiene olor, peso, cuerpo. También es espiritual. En ella se mezclan el origen y la pérdida, la esperanza y la condena.

La tierra lo eligió para hablar del desamparo humano. Y él, fiel a su símbolo, escribió hasta convertirse en suelo fértil para otros.

El pan nuestro

Para Alejandro Gamboa

Se bebe el desayuno… Húmeda tierra
de cementerio huele a sangre amada.
Ciudad de invierno… La mordaz cruzada
de una carreta que arrastrar parece
una emoción de ayuno encadenada!

Se quisiera tocar todas las puertas,
y preguntar por no sé quién; y luego
ver a los pobres, y, llorando quedos,
dar pedacitos de pan fresco a todos.
Y saquear a los ricos sus viñedos
con las dos manos santas
que a un golpe de luz
volaron desclavadas de la Cruz!

Pestaña matinal, no os levantéis!
¡El pan nuestro de cada día dánoslo,
Señor…!

Todos mis huesos son ajenos;
yo talvez los robé!
Yo vine a darme lo que acaso estuvo
asignado para otro;
y pienso que, si no hubiera nacido,
otro pobre tomara este café!
Yo soy un mal ladrón… A dónde iré!

Y en esta hora fría, en que la tierra
trasciende a polvo humano y es tan triste,
quisiera yo tocar todas las puertas,

y suplicar a no sé quién, perdón,
y hacerle pedacitos de pan fresco
aquí, en el horno de mi corazón…!

idea vilariño
Idea Vilariño, poeta, ensayista y crítica literaria uruguaya.

Idea Vilariño y la noche

En Poemas de amor y en No, la noche se vuelve el escenario del desvelo y deja de lado su significado de descanso. Vilariño escribe desde la intemperie emocional. Su noche no apaga, revela. Muestra soledad y vacío existencial, se asocia con la nada, la oscuridad, la angustia y la ausencia de amor. Y por otro lado, con el anticipo de la muerte y el final de la existencia.
«…soy para ti como otra oscuridad, otra noche, / anticipo de la muerte…», sostiene, y en ese verso la oscuridad deja de ser amenaza para convertirse en refugio.

La noche de Vilariño es el lugar donde la herida respira. Su símbolo es el silencio entre dos presencias, la amada y la ausencia. En ella, la sombra no oculta el dolor; lo contiene, lo hace visible sin exponerlo.

La noche la eligió para hablar del amor que persiste incluso cuando se extingue.

La noche

Es un oro imposible de comprender, un acabado
silencio que renace y se incorpora.

Las manos de la noche buscan el aire, el aire
se olvida sobre el mar,
el mar cerrado,
el mar,
solo en la noche, envuelto
en su gran soledad,
el hondo mar agonizando en vano…

El mar oliendo a algas moribundas y al sol,
la arena a musgo, a cielo, el cielo
a estrellas. La alta noche sin voces
deviniendo en sí misma, inagotada y plena,
es la mujer total con los ojos serenos
y el hombre silencioso olvidado en la playa,
el alto, el poderoso, el triste,
el que contempla,
conoce su poder que crea, ordena el mundo,
se vuelve a su conciencia que da fe de las cosas,
y el haz de los sentidos le limita la noche.

I

Concédeme esos cielos, esos mundos dormidos,
el peso del silencio, ese arco, ese abandono,
enciéndeme las manos,
ahóndame la vida
con la dádiva dulce que te pido.

Dame la luz sombría, apasionada y firme
de esos cielos lejanos, la armonía
de esos mundos sellados,
dame el límite mudo, el detenido
contorno de esas lunas de sombra,
su contenido canto.

Tú, el negado, da todo,
tú, el poderoso, pide,
tú, el silencioso, dame la dádiva dulcísima
de esa miel inmediata y sin sentido.

II

Estás solo, lo mismo.

Yo no toco tu vida, tu soledad, tu frente,
yo no soy en tu noche más que un lago, una copa,
más que un profundo lago,
en que puedes beber aun cerrados los ojos,
olvidado.
soy para ti como otra oscuridad, otra noche,
anticipo de la muerte,
lo que llega en el día frío el hombre espera, aguarda,
y llega y él se entrega a la noche, a una boca,
y el olvido total lo ciega y lo anonada.

Sin límites la noche,
pura, despierta, sola,
solícita al amor, ángel de todo gesto…

Estás solo, lo mismo.
Ebrio, lúcido, azul, olvidado del alma,
concédete a la hora.

Rainer Maria Rilke y el árbol

Pocos símbolos han tenido tanta vida en la poesía de Rilke como el árbol, de forma especial en sus obras maduras, como las Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo.
En sus cartas y poemas, el árbol es el maestro y espejo que enseña la paciencia del crecimiento interior. El árbol posee una carga metafísica y existencial. Se convierte en un modelo de existencia para el ser humano que Rilke utiliza para simbolizar una conexión. El árbol es el ser que media entre lo terrestre y lo celestial. Sus raíces están ancladas en la tierra (lo temporal, lo material, la muerte), mientras que sus ramas se elevan y «saborean» el cielo (lo «abierto», lo infinito, la trascendencia). Representa el anhelo de alcanzar lo invisible desde lo visible.
«Y yo que quiero crecer, / Yo miro hacia fuera y es en mí que el árbol crece.» Aquí el yo poético expresa la voluntad de «crecer» (un proceso lento que requiere paciencia). Lo que observa fuera (el árbol) no permanece externo, sino que se asimila y se desarrolla dentro del poeta («es en mí que el árbol crece»). El árbol se convierte en una metáfora del alma que se expande, absorbe el mundo y logra la plenitud.

De esta manera, el árbol no solo es paciente, sino que se convierte en la forma en que el ser humano logra su propia trascendencia interior.

Para Rilke, el árbol une cielo y tierra. Su raíz y su copa son gestos opuestos que se completan: hundirse y elevarse, callar y cantar. El árbol se convierte así en el modelo de la existencia poética, una forma de estar en el mundo sin buscar ser visto.

El árbol eligió a Rilke para recordarnos que la madurez es una forma de floración.

Primer soneto de la Primera Parte de los Sonetos a Orfeo

Y se elevó un árbol. ¡Oh pura elevación!
¡Oh canto de Orfeo! ¡Oh gran árbol frondoso en la oreja!
Y todo calla. Sin embargo, en el vasto silencio
hay un nuevo principio, una señal y un cambio.
Animales de quietud salen de la clara
y liberada selva de guaridas y de nidos;
y entonces revelan que no por astucia
ni por angustia se han callado,
sino para escuchar. Rugidos, gritos, bramidos
parecían pequeños a sus corazones. Y ahí donde apenas
había una choza para acoger el canto,
un humilde refugio nacido del más obscuro anhelo,
con una entrada de temblorosos quiciales,
ahí creaste tú un templo en el oído.

Blanca Varela: la casa y el cuerpo

En la palabra de Blanca Varela, el símbolo se despoja de su corona para volverse cuerpo, arcilla y escombro cotidiano.

La casa, el cuerpo y el vacío forman la trinidad de una obra donde la intimidad es el único mapa del desconcierto. De Canto villano nos llega la clave para entrar en este despojo: «El cuerpo: una casa vacía que espera al visitante.»

Su poesía no busca habitar, sino desnudar las habitaciones del yo. La casa se confunde con la carne y la carne con la ausencia.

En Varela, la metáfora no irradia luz, sino que se desgasta, se agrieta y se consume, y es en esa materia humillada donde se escucha la verdad. Su escritura parece susurrarnos que solo cuando las paredes se abren en un gemido, podemos oír la música esencial que habita en el silencio.

El poema es mi cuerpo…

el poema es mi cuerpo
esto la poesía
la carne fatigada
el sueño el sol
atravesando desiertos
los extremos del alma se tocan
y te recuerdo dickinson
precioso suave fantasma
errando tiempo y distancia
en la boca del otro habitas
caes al aire eres el aire
que golpea con invisible sal
mi frente
los extremos del alma se tocan
se cierran se oye girar la tierra
ese ruido sin luz
arena ciega golpeándonos
así será ojos que fueron boca
que decía manos que se abren
y se cierran vacías
distante en tu ventana
ves al viento pasar
te ves pasar el rostro en llamas
póstuma estrella de verano
y caes hecha pájaro
hecha nieve en la fuente
en la tierra en el olvido
y vuelves con falso nombre de mujer
con tu ropa de invierno
con tu blanca ropa de
invierno
enlutado

Chantal Maillard: el cuerpo como territorio sagrado

Maillard no trabaja con símbolos decorativos, los disuelve.
En Matar a Platón o Husos, el cuerpo es el único templo posible, el campo de batalla donde pensamiento y sensación se enfrentan.
“El cuerpo es el lugar donde todo sucede”, escribe. Sus símbolos (la herida, la sangre, la serpiente, el espejo) nacen del contacto entre filosofía y experiencia. No hay aquí metáforas complacientes; hay restos, piel, memoria sensorial. Maillard transforma el símbolo en acto; es decir, deja de ser imagen para ser gesto, movimiento, respiración.

En su obra, el cuerpo es símbolo y, a la vez, negación del símbolo, una búsqueda de presencia que no puede ser dicha sin desaparecer.

Fragmento de Diarios Indios

¿Qué que vine a hacer aquí? ¡La gran pregunta!
¿Y qué estuve haciendo allá? (…)
Vienen aquí muchos, como vinimos nosotros,
cargados con su yo, con toda su ausencia a cuestas
(…)

¿Qué vine a hacer aquí? Vine a no saberme, vine a estar.
Hago: leo, estudio, escribo, miro, estoy.
Estoy en lo que hago, soy lo que hago.
Estoy en lo que miro.

Anne-Carson
Anne Carson

Anne Carson: el mito reescrito

Si Maillard encarna la introspección, Anne Carson encarna la transgresión. Sus símbolos provienen del mito, pero los reescribe hasta volverlos contemporáneos.
En Autobiography of Red, el monstruo Geryon (de la mitología griega) es un joven sensible que fotografía el mundo para entender el deseo. El mito se vuelve metáfora del cuerpo queer, del amor y la vulnerabilidad.

Carson usa los símbolos como una arqueóloga que excava en los restos del lenguaje. El fuego, el ala y el volcán son elementos antiguos que ella desplaza para hablar de emociones modernas. Su fuego ya no destruye; ilumina las zonas donde la vergüenza y la ternura se tocan.

El símbolo la elige para recordarnos que toda tradición puede arder y renacer con nueva forma.

Ciudad del apóstol

Tras tu partida.
Soplaba el viento cada día.
Cada día.
Nos oponía como un muro.
Íbamos.
Gritando de lado uno al otro.
A lo largo del camino era inútil.
Los espacios entre.
Nosotros se volvieron duros.
Espacios vacíos y aun así son.
Sólidos y negros.
Y dolorosos como brechas.
Entre los dientes.
De una anciana que.
Conociste años atrás.
Cuando era.
Hermosa, los nervios fluyendo en ella como fuego de palacio.

El regreso a la lluvia

Después de leerlos, vuelvo a mi mesa. Mi romance a medio terminar me espera. Miro la palabra «lluvia» escrita en el margen y pienso que no podría reemplazarla. Podría buscar «brisa», «rocío», «aguacero»; ninguna suena igual. La lluvia no es solo agua; para mí, es una manera de decir lo que no sé decir.

Tal vez por eso vuelve. Porque cada vez que escribo, algo en mí necesita limpiar, nombrar o rendirse. La lluvia me acompaña como a Vallejo la tierra, como a Pizarnik el espejo, como a Rilke el árbol. Y estoy convencida de que no es elección; es destino.

Quizás todos escribimos para entender por qué un mismo símbolo nos persigue. O tal vez, como sospecho ahora, los símbolos nos reconocen. Vienen hacia nosotros porque ya estábamos hechos de ellos. Mientras termino estas líneas, escucho golpear las gotas contra la ventana. Podría ser coincidencia. Sin embargo, prefiero creer que es una forma de saludo. La lluvia y yo nos entendemos; ella cae, yo escribo. Y en ese gesto, caer, escribir, se revela algo del misterio que somos.

Karina Miñano
Karina Miñano (Países Bajos) es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad San Martín de Porres, Perú. Ha cursado estudios de posgrado en Escritura Creativa en la Universidad Internacional de Valencia y la Universidad de Alcalá de Henares. Ha publicado la novela Remolino de sueños (2021), así como relatos y poesía en antologías como La Ninfa Eco: Writers from Across the World, Letras rotas, Dolores del alma, y Licencia para mentir, prologado por el poeta Benjamín Prado. Conduce el programa de poesía Por debajo de la pluma para la plataforma cultural Cuéntame un libro en las redes sociales.

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