«Turbo Berguer», un cuento de Luis Francisco Palomino

Turbo Berguer ha sido arrestado por un delito atroz, y la búsqueda de la verdad significa la pérdida de la inocencia de los niños del barrio.

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Cuando arrestaron a Turbo Berguer todos los del barrio lloramos un poco. No entendíamos bien la situación. Sabíamos que había hecho algo feo, pero con menos de diez años las palabras «violación» y «pornografía” nos sonaban a esas noticias para adultos que aparecían con aberrantes letras rojas en las portadas de los diarios.

Algo intuíamos: la pornografía era mala y una violación era un abuso. Mamá no quiso contarme más. Casi nunca conversábamos. Mis baños eran los únicos momentos en que podíamos compartir cierta intimidad. Yo desnudo y ella mirándome sentada en el wáter. A veces le preguntaba si Papá Noel existía, y ella respondía que sí.

Cuando le pregunté por Turbo Berguer, mi madre me dijo que había hecho algo horrible y que me lavara rápido la cabeza.

No podía. Me ardían los ojos por el shampoo.

Turbo Berguer era un violador, eso repetían los canales de televisión. Que el robot rojo que acompañaba a Silvana, la bella animadora de un programa infantil, había ultrajado —otra palabra rara— a una docena de niños y que había grabado videos pornográficos.

Creo que lo peor para nosotros, los del barrio, fue enterarnos de que Turbo Berguer no venía de un planeta lejano, sino que vivía en Comas y que no era distinto a cualquier vecino de la cuadra. Que le gustaban los niños, eso ya lo sabíamos. Pero, ¿cómo que pudiese ser cualquiera?

Bueno, Papá Noel no existía. No había que creer en cuentos para chibolos sonsos.

Lo de Turbo Berguer despertó nuestra curiosidad, especialmente la de Chulus. Fue él quien propuso ir a las cabinas de la zona K, donde cada máquina tenía una cortina roja, como la de un cambiador.

Privadas, justo lo que necesitábamos.

A Chulus lo acompañamos el Burro, Pelangocho y yo. Nos dividimos en dos grupos y alquilamos media hora. Para mi mala suerte, Chulus y yo compartimos compu. De algún lugar provenía una canción de los Red Hot Chili Peppers. Californication.

Inicios del nuevo milenio.

Chulus había corrido la tela.

Yo estaba nervioso y creo que él igual, por eso actuaba con tanta violencia. Era así. Cuando fallaba un gol en la cancha de cemento se enojaba y le echaba la culpa a otro, con insultos. Nadie podía reclamarle nada. Todos le teníamos miedo.

Ya no seas cabro, chato, me dijo esa tarde. Si sigues temblando, te voy a sacar la mierda.

Luego insertó la santa palabra en el buscador de Yahoo. Presentía que estábamos a punto de descubrir algo muy malo, que nos arrepentiríamos. Mejor no, intenté convencerlo. Pero Chulus, el tajo en la ceja, me partió en dos con su mirada.

Entramos en una página web —Petardas— y al rato empezaron a descender las imágenes. Entonces, el Internet era lentísimo y las fotografías aparecían barrita por barrita. Primero entrevimos un fondo guinda, en el que se completó la cara sufriente de un hombre musculoso que tenía a sus pies una mujer desnuda comiéndole el sexo.

Su pene era una cosa monstruosa, casi del tamaño de mi antebrazo. La mujer era rubia, bronceada y tenía un cuerpo descomunal. Incluso más hinchado que los cuerpos de las vedettes de los periódicos. Ya vámonos, le dije a Chulus. Pero él continuó con otra galería, y luego puso un video en el que un hombre blanco penetraba salvajemente a una negra, como si montara a caballo.

¿Era así como se hacían los hijos?

Cuando pasó la media hora, nos reencontramos con Burro y Pelangocho. En sus ojos encontré una expresión alucinada. Trastornada. Como si hubiesen estado horas y horas frente al monitor. Como si hubiesen sido expuestos a algo macabro.

El viejo que atendía el Internet abrió la reja y nosotros salimos en silencio.

Chulus dijo que tenía una verga así de grande como las de los actores, y Pelangocho dijo que quería metérsela a Sandra, meterle todo, hasta los huevos. Burro y yo sólo dijimos yo también, yo también.

Ya en el barrio, Pelangocho entró a su jato y sacó la pelota. Jugamos mete gol tapa en su portón pateando con furia hasta que se hizo de noche.

Regresé sudado a mi casa. Tendría que bañarme y me sentí mal. ¿Mi madre se daría cuenta de lo que había hecho? La ducha con ella mirándome me pareció… ¿Cómo decirle que quería estar solo?

Bueno, tampoco quería: su presencia me tranquilizaba cuando cerraba los ojos para que el shampoo no ardiera.

Fui a la cocina, me serví un refresco y al rato ella vino con una toalla al hombro y no me dio ninguna opción.

Las visitas a la zona K se hicieron frecuentes. Chulus siempre me amenazaba. Si no lo acompañaba, me sacaría la mierda. Y una vez fuimos a ver eso por lo que habían condenado a Turbo Berguer: Pedofilia.

La búsqueda nos condujo a un moreno que hundía su pene en el ano de un niño. Me dio la impresión de que eran árabes, no sé por qué.

Hasta entonces había pensado que un violador era un hombre que paseaba por las calles, desnudo y con un hacha, a la caza de nuevas víctimas. Un ser primitivo. El tipo del video era un barbón que apenas se había bajado el jean a las rodillas, y parecía disfrutar con el llanto del niño.

Nunca debimos ver una cosa así, porque Chulus me obligó a que los imitásemos. Él sería el hombre mayor. Si no lo hacía, me iba a sacar la mierda.

Le dije que ya, que al día siguiente. Y esa noche le recé a Dios para que perdonara mis pecados y para que alumbrara el porvenir de Chulus y los del barrio. También le pedí que Sandra se enamorase de mí. Es curioso que haya pensado en ella de una forma tan inocente. Me gustaba estar a su lado. Sentir su presencia.

Sólo eso.

Cuando Pelangocho habló de introducirle el pito, casi me pongo a llorar. No lo hice para que Chulus no me dijera maricón.

Pasé unos meses sin salir de casa. Llegó el verano, vacaciones, y volví a ver a mis amigos. Jugamos escondidas y chapadas. Siete pecados y matagente. Kiwi y bata. San Miguel.

Una tarde que estábamos solos, Chulus nos dijo que acababa de conocer a unas chicas de nuestra edad por Internet. Que vivían en Chosica y que querían tener sexo con nosotros. Chosica estaba lejos de San Juan de Miraflores. Casi a tres horas.

Surco, distrito vecino, era lo más lejos a donde yo había ido solo.

Les dije que me sumaba al plan.

Pero cuando llegó ese jueves me hice el enfermo y alcancé a despedirlos en la puerta de mi casa. Chulus, Burro y Pelangocho se lo habían tomado muy en serio. Estaban vestidos con su mejor ropa. Tenían esos polos y camisas coloridas de la marca Miguelito. Los jeans holgados para sus diminutos cuerpos. El pelo húmedo y tirado hacia atrás.

Les habían dicho a sus mamás que iban a Larcomar, el centro comercial de moda, con vista al océano Pacífico.

Chulus me miró con cólera, hizo una mueca y de su bolsillo extrajo una cajetilla de cigarros.

Te lo pierdes, marica. Quédate con tu PlayStation mientras nosotros nos hacemos hombres.

Luego se fueron como tres mosqueteros al encuentro con su destino.

Esa tarde me cansé de jugar solo. Acabé mareado porque regresaba una y otra vez a la misma fase de Spider Man sin conseguir superarla. Me dieron náuseas. Me mojé la cara y salí a dar una vuelta por el barrio. Lucía desolado sin mis amigos. Por un instante los extrañé y me arrepentí de no haberlos acompañado a hacerse hombres. Sentí el estómago vacío y un extraño deseo en mi vejiga. Quise ver a Sandra. Y como no era ningún maricón, caminé a su casa y toqué el timbre.

Ella misma me atendió. Estaba sola.

Los chicos del barrio volvieron de noche. Tenían dinero. Dijeron que no me contarían nada. No parecían muy alegres. De hecho, Chulus me sacó la mierda.

Entonces comprendí que por cada cosa buena tenía que pasarte una mala.

Dios no podía cumplir todas nuestras peticiones.

Al poco tiempo, la situación se puso fea.

Pelangocho ingirió Racumin, veneno para ratas, pero lo llevaron a tiempo a la posta.

A las horas, donde Chulus, su viejo le cortó la cara a su mamá. Había estado gritándole, culpándola de lo que había pasado. Repetía ferozmente que él se jodía los riñones en su microbús y que ella ni siquiera era capaz de cuidar bien a su hijo.

El domingo mi mamá me llevó a Polvos Rosados y me compró unos CD’s. Luego comimos helados en un parque y me preguntó si alguna vez me habían tocado. ¿Tocado? No, no. Ella suspiró, acarició mi cabeza e hizo que le prometiera que no volvería a juntarme con los chicos del barrio.

Yo le dije que ya, pero que a cambio quería ducharme solo.

Ella sonrió y cogió mi nariz con sus dedos, como si fueran una pinza.

Te bañaré hasta que cumplas los dieciocho, se carcajeó.

Y sí, me acompañó por un tiempo más en el baño, hasta que…

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Luis Francisco Palomino es escritor y periodista, tiene 28 años, es autor de “Nadie nos extrañará” (Animal de Invierno, 2019), y “Salim Vera. Biografía autorizada” (La Nave, 2018); tiene una novela inédita, y un nuevo libro de relatos que será publicado en 2021.

Participando en la XX Feria del Libro en Luxemburgo, se contagió de COVID-19. Luego de que su proyecto fuera seleccionado por el Ministerio de la Producción del Perú para recibir financiamiento, Palomino publicó un libro/sitio web al que se puede acceder gratuitamente: covidman.pe; en 2013 obtuvo el primer lugar en el concurso de cuentos de la PUCP, y fue finalista del torneo de improvisación literaria LuchaLibro.

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