Círculo de Lectores
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Me traje el caribe en el equipaje

La magia del caribe colombiano, aquello que terminó por deslumbrar y definir al realismo mágico, alcanzó la visita del poeta James Quiroz.

Publicado

7 Feb, 2025

Escribe James Quiroz

Me traje el caribe conmigo. Sus 41 grados abrasadores y su lluvia intratable. Tostado y empapado. Pero bien comido. No había otra forma de salir vivo de Cartagena, la ciudad amurallada, sibarita y sensual que embrujó a un joven Gabriel García Márquez allá por 1948, quien no se resistió al crepúsculo de sus tardes y a la nostalgia de sus mejores años como periodista y estudiante de Derecho y muchos años después, ya con el peso de ser un Nobel, frente al pelotón de cientos de fieles que lo adoraban, asentó su residencia en una esquina estratégica de la ciudad, mirando al mar, por siempre.

Desde lo alto de la muralla de piedra, con sus turistas y sus cañones apuntando a la costa, uno parece estar esperando, en cualquier momento, un nuevo ataque del pirata inglés Sir Francis Drake, cuyo fantasma aún transita por estas calles. La casona restaurada en donde dicen que permaneció 53 días en 1586, mientras esperaba el ansiado botín de las autoridades españolas, ahora es un hotel. A unas cuadras, a la casona que habitó el dictador Simón Bolivar la recuerda una placa invisible de la municipalidad. Y es que desde que uno cruza el pórtico de la Puerta del Reloj el caribe seduce con sus colores, sus balcones, sus flores, sus fragancias, sus barrios alegres, su historia viva, su encanto virreinal, cosmopolita, invitándonos a caminar por sus calles antiguas, sin prisa y sin orden, en medio de turistas y sus gentes.

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En Vivir para contarla, el caribeño cataquense describe mejor que nadie la experiencia:

“Habíamos llegado a la gran puerta del Reloj (…) algo de su gracia divina debía quedarle a la ciudad, porque me bastó con dar un paso dentro de la muralla para verla con toda su grandeza a la luz malva de las seis de la tarde, y no pude reprimir el sentimiento de haber vuelto a nacer (…)

Y es que resulta imposible no rendirse ante la magia de la noche cartagenera, la ciudad que nunca duerme y respira salsa y vallenatos ambulantes por unos cuantos pesos en medio de la vorágine de la música de nuestros días. Un monumento a Joe Arroyo, hijo de esta tierra, se erige en un barrio sombrío. A unos metros, una pared deslucida luce su retrato y en el barrio Getsemaní, su oración agradecida hecha canción luce como homenaje popular en uno de los tantos murales artísticos que se exhiben para los atentos visitantes: “Tú eres muy bueno Papá, tú eres grande, mi Viejito que arriba está”.

Desde una vivienda, con perezosa en la puerta, suena “La rebelión”, ese otro himno de Joe que nos recuerda que hace muchos años aquí se comercializaban negros; encadenados, sus amos decidían sus destinos y nadie reparaba en el escándalo porque eran otros tiempos muy parecidos a los nuestros y que uno se figura y recrea en la mente cuando ve pasar a unas señoras rechonchas de piel oscura que se ofrecen jubilosas para una fotografía a cambio de unos pesos, luciendo atuendos del color de la bandera colombiana, llevando, en perfecto equilibrio, una bandeja de frutas sobre su cabeza, mientras carruajes tirados por caballos arreados por jóvenes negros, pasean a parejas de turistas de piel blanca, para vivir la experiencia de vivir en otro tiempo, dicen.   

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Legendario Joe Arroyo

“En los años mil seiscientos
Cuando el tirano mandó
Las calles de Cartagena
Aquella historia vivió

Cuando aquí llegaban esos negreros
Africanos en cadenas
Besaban mi tierra
Esclavitud perpetua” 

(La Rebelión, Joe Arroyo)

El tiempo que es espuma y es testigo de la historia en esta tierra. La Puerta del Reloj, como un portal hacia el pasado, abre su esplendor y sus miserias. “Todo Gabo, primeras ediciones” se puede leer en un pequeño letrerito de un kiosco de libros usados ubicado bajo el arco de la torre.

“En el momento en que desembarco aquí, yo noto que todo en el cuerpo y en la mente se me reajusta  y se identifica perfectamente con todas las realidades ecológicas que tengo alrededor; yo llegué a la conclusión que uno es de su medio ecológico y que es peligrosísimo y gravísimo salir de él(…)” (Gabo en una entrevista).

Me traje el caribe conmigo. El sabor de una cazuela caliente de pescado, el aroma del café pasado, y el amargo de una cerveza local escuchando a Ismael Rivera, Hector Lavoe y al Gran Combo en el balcón de Donde Fidel, célebre y mítico ambientador de la salsa caribeña, a quien estreché la mano una madrugada inquieta.

La modernidad y lo clásico conviven y compiten. Las librerías tienen café y libros de García Márquez hasta por gusto (“La vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”, dice un letrerito con la famosa frase del Gabo en la Librería Ábaco), flores amarillas inundan los murales y mariposas amarillas cobran vida por sus calles. Porque Cartagena ha grabado los pasos del Gabo. Y Gabo se llenó de caribe. Por eso, el claustro La Merced, en donde se erige un busto del colombiano, es hoy morada de sus cenizas. En uno de los ambientes del claustro, un pequeño museo honra la memoria del autor de El amor en los tiempos del cólera, novela inspirada precisamente en la ciudad, mientras que otro ambiente del recinto alberga a “Remedios Las Bella”, la librería del Fondo de Cultura Económica.

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En una de las esquinas del parque Bolívar una escultura de más de dos metros, erigida en nombre del Nobel, parece saludar a los transeúntes, y en el barrio Getsemaní, flores amarillas con el Gabo retratado son la delicia de desprevenidos turistas. ¿Habrán leído esos jóvenes visitantes, aquellos que han comprado sus entradas para embarcar al día siguiente al paradisíaco mar caribeño, los cuentos y novelas de García Márquez? ¿Sabrán que por sus calles un joven venido de Aracataca quedó impresionado por el aire brujo que despierta la ciudad? ¿Qué habrá visto el Gabo en esta ciudad moldeada con sangre, rodeada del fotogénico mar turquesa, historia de los pueblos de América?

El caribe se agiganta y cobra vida y solo palpitándolo uno cree entender aquel estilo hechicero, febril, exuberante del deicida, sus historias de amor y sus ambientes míticos. En la naturaleza, uno descubre su naturaleza. Es el clima tropical el protagonista de una novela que nunca acaba si estás en Cartagena. Vivir para contarla.

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