Cuento | “Cabeza negra”, de Miguel Ángel Vargas Cancho

Un hombre busca durante años a su madre y a su hermano, ambos desaparecidos en la época más terrible del terrorismo que vivió el Perú. Pero la vida se encarga algunas veces de aplacar esos dolores y no siempre de la mejor manera. Un cuento de Miguel Ángel Vargas Cancho.

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A los que perdieron un padre,
una madre, un hermano o un hijo
en una guerra que nunca entenderemos.

—NUNCA DEJARÉ DE BUSCARLA. ESCARBARÉ CON MIS MANOS, SI ES NECESARIO, LA TIERRA MÁS HÚMEDA HASTA ENCONTRARLA.

Se llama Hipólito, camina hace varios años por esta ciudad. Ingresa casa por casa durante el día hasta que el sol se esconde en los cerros que encierran estas tristes calles. De noche la busca debajo de los puentes, en los riachuelos, fuera de la localidad.

—Nunca dejaré de buscarla —se jura Hipólito.

Le ha crecido la barba y ha adelgazado mucho. Siente un fuerte dolor en el pecho, el mismo dolor desde aquella noche que entraron a su casa dos hombres con pasamontañas y una mujer con el rostro descubierto, y lo sacaron a patadas y empujones.

—¡No se lleven a mi hijo por favor! —imploró la madre del muchacho.

—¡Upallay1 carajo! —gritó una mujer que tenía botas militares envueltas en barro.

—Mamá Albina —así llamó Hipólito a su madre.

—¡Su hijo es llana uma2 ! Este es traidor a la causa de nuestro partido. No pertenece al proletariado —dijo la mujer mucho más agresiva, y volvía a repetir:

—¡Por llana uma vas a morir! —mirando con odio a Hipólito.

Su mamá lloraba.

Mamá Albina, entre lágrimas, entendió lo que significaban estas palabras, casi como una sentencia:

Llana uma. Así llamaban a todos los que no compartían sus ideas extremistas. A estos los denominaban traidores, enemigos de su lucha armada. Eran dos hombres jóvenes y una mujer guapa, ella era la más violenta, fue la que golpeó al hermano menor de Hipólito. Lo golpeó con una pistola en la cabeza.

Alejo tenía tres años. Cayó tendido. Doña Albina corrió a recoger al menor, levantó la cabeza, lloraba. Sus ojos se fijaron en Hipólito. Era una mirada de soledad, de despedida. Esa es la última imagen que tiene de su madre y hermano menor.

Escóndeme en la raíz de esta casa de adobe.
En la parte más oscura antes que deje de llover afuera.
Cómo poder olvidar estos tiempos,
tiempos de lluvias en mis manos,
cuando la noche se posaba en mis lágrimas,
cómo poder olvidar esos rostros familiares,
tiempos donde el día se posaba en mi mirada perdida,
por eso lloro estos dolores que quiero olvidar.

El tiempo es anónimo y ajeno a nuestros sentimientos.

Hipólito se da cuenta de que su ropa envejece más y más. Que la ciudad está cambiando, que la violencia terrorista acabó pero no encuentra a su madre, no puede encontrar el camino a su casa y solo recuerda ver el mismo sol escondiéndose por esos cerros, ahora cubiertos de gente nueva.

Ya no está la antigua ciudad, aquella donde los muertos superaban a los vivos.

—Nunca la dejaré de buscar —repetía.

—El día que la encuentre la voy a abrazar y nunca soltarla, sentir ese olor a leña de su cocina que se impregnaba en su cabello cano —decía Hipólito mientras tomaba descanso debajo de algún árbol viejo o en los viejos portales de la plaza de armas.

Busco la casa donde los muros se levantaron a sangre y lágrima.
Busco el abrazo de mi propia sangre convertida en mi madre.
Es el mismo día con distinto sol que abriga las heridas.
Es la misma noche donde la luna llena ilumina mis latidos.
El dolor empieza en los ojos, recorre nuestro cuerpo hasta llegar al corazón,
allí permanece hasta que el silencio o el mismo dolor te consume.

Hipólito se siente cansado, por primera vez se da por vencido. Cree que ya no encontrará a su madre. Aquella mujer que recibió por nombre Albina hace más de 60 años. Sus padres la llamaron así por ser la hija de tez más clara. La mujer que traía la claridad. Esa claridad que necesitó Hipólito en una época donde los jóvenes se alejaban de esta ciudad o integraban el grupo extremista, pero él estaba interesado en otras cosas: en ser alguien de provecho en esta vida. Esa misma claridad busca ahora.

—Nunca la dejaré de buscar, así esté agotado —pensaba.

Trataba de no perder su propia fuerza. En esos años de violencia el muchacho estudiaba derecho en la Universidad. Era uno de los mejores, ya practicaba en un estudio de abogados. Pertenecía a un grupo político que estaba en contra del terror. Asistía a marchas, en muchos casos contra un grupo extremista y otros contra las fuerzas armadas que cometían abusos contra la población civil.

Antes de que fuera sacado de su casa, ya cinco compañeros habían desaparecido.

Entraban a sus casas, los sacaban a empujones y patadas. Si había suerte no mataban a nadie de sus familiares, sino era así, se convertía en un baño de sangre. Esto último ocurrió en tres hogares de esos muchachos. Mataban a padres, hermanos, animales. Es por esta razón que Hipólito no puso mucha resistencia cuando la mujer y los dos jóvenes fueron a su casa.

Se siente mucho más frío cuando la noche se adelanta.
Se siente los huesos fríos cuando la lluvia toca tu casa y tu techo.
La noche se hace negra cuando en más de veinte hogares lloran al mismo tiempo.

En la tarde previa un ave de color negro ingresó a su modesta casa. Trataron de sacarla. Hacía mucho ruido, chillaba. Con su vuelo bajo apagó la vela que alumbraba la casa de adobe. Luego desapareció sin que pudieran evitarlo. Doña Albina sintió escalofríos. “Debe ser Ave de malagüero”, pensó la mujer.

—Mamá, tranquilízate, que yo voy a regresar —le dijo mientras doña Albina recogía a su hermano menor tirado en el piso.

—Calla llana uma —la mujer gritaba agresivamente.

De fondo una radio, muy desgastada, acompañaba esta escena emitiendo los huaynos más tristes.

Hipólito salió caminando de su casa que quedaba cerca de la plaza de armas. La mujer y los hombres gritaban frases llenas de odio, resentimiento.

Hipólito había dejado una nota en su cuarto cerca de su cama: “Mamá en este mundo te tengo solo a ti. No llores si no regreso pronto. No me busques, yo te buscaré y te encontraré y nunca más nos separarán”.

La nota llevaba allí casi un mes, desde la desaparición de Melquiades, el tercer amigo en haber sido sacado de su casa. Al día siguiente de este hecho encontraron a los padres de Melquiades con varios disparos en la cabeza, a sus hermanos menores muertos a balazos tendidos sobre sus propias camas.

Tengo la sangre que me dio un Dios, sangre que hierve cuando recuerdo a mis seres queridos que ya no están. Hierve cuando recuerdo a los amigos que murieron en estos andes, en estas casas de adobe siendo culpables solamente por ser pobres.

“Nunca dejaré de buscarte”, repetía pensando en su madre.

Hipólito no se da cuenta pero ya han pasado más de 25 años desde que salió de su casa a empujones. Camina por los alrededores de la ciudad, ahora tan extraña para él. Calles nuevas, gente nueva, hasta una forma de hablar nueva.

Una tarde dejó de llover y se asomó el sol tibio que lo abrigó. Le llamó la atención tanto ver una casa que tenía fotografías gigantes en la fachada. Cerca de allí varios árboles de eucalipto se movían lentamente. Ingresó por unas escaleras de madera. Parecía que alguien lo empujaba a subir.

Lo que quedaba del calor del sol entraba por las ventanas. Dentro de la casa se mezclaban sentimientos de paz y tristeza. Llegó a un salón amplio con vitrina donde habían ropas viejas y rotas colgadas en las paredes. Fotografías en blanco y negro de personas: rostros. Siguió caminando y sintió un escalofrío que le pasaba por toda la espalda. Había una foto gigante de una fosa común, y debajo de la foto un cúmulo de tierra que formaba un hueco, dentro del hueco unos huesos a medio desenterrar. Pudo observar que en la parte del pecho los huesos estaban rotos. Ese cuerpo había recibido impactos de balas. La tierra se movía con la brisa que entraba por las ventanas.

Sobre la foto gigante había un letrero: Museo de la Memoria “para que esta historia de terror no se repita nunca más”.

Hipólito se comenzó a marear, volteó a su izquierda y encontró dentro de una pequeña mesa de madera, allí protegido por un vidrio transparente, una hoja de papel envejecida: “Mamá en este mundo te tengo solo a ti. No llores si no regreso pronto. No me busques, yo te buscaré, y te encontraré y nunca más nos separarán”. Hipólito.

Cayó de rodillas. Allí se dio cuenta de otra foto pegada en la pared que llevaba otra inscripción: “vivo se llevaron a mi hijo y vivo lo queremos”. La foto era de su madre. Mamá Albina con un cartel colgado sobre su pecho.

Algo más estaba escrito, pero él no pudo leerlo.

“Doña Albina perdió a su hijo mayor, sin descanso lo buscó por años. Murió de cáncer 12 años después”.

Hipólito tumbado en el suelo lloraba mirando la foto de su madre, ya no le dolía el pecho, se levantó el polo y solo vio una cicatriz. En ese momento el sol ya había desaparecido. Vio la fosa, tocó los huesos. Lloró por primera vez. Sentía que ese cuerpo en la fosa era el suyo.

Volvió a ver la foto de mamá Albina y pensó que pronto la volvería a ver.

Allí arrodillado giró para volver a tocar la tierra que cubrían los huesos y allí se dio cuenta de que esos huesos no le pertenecían. Allí se dio cuenta que eran huesos de alguien más joven. Al lado otra inscripción le hizo llorar amargamente por segunda vez esa tarde: “Aquí yace el cuerpo de Alejo. Un adolescente que fue encontrado con dos disparos en el pecho”.

Fue el momento donde Hipólito volvió a abrazar nuevamente y para siempre a su hermano menor.

Portada del libro de Miguel Ángel Vargas Cancho. Puedes pedir tu ejemplar al 989 915 084

Miguel Angel Vargas Cancho. Nací a finales de los años 70s. De padre periodista, madre oficinista. En casa fuimos 6 hermanos que inventábamos juegos. Pasé mi niñez en Ayacucho. Viví los peores años del terrorismo allí. Los apagones, coches bombas, policías y militares en las calles. Muchas personas vestidas de negro, gente que estaba de luto por haber perdido algún familiar o amigo. Desde esa época imaginaba escenas en mi cabeza por todo lo que pasaba alrededor. No solo la violencia terrorista, sino imaginaba escenas con los techos a doble caída, las calles de subidas y bajadas, la arquitectura de las iglesias. Veía el cielo azul de día y me encantaba la noche estrellada. Leía a Valdelomar, Vallejo, Ciro Alegría. Escuchaba huaynos y sus arpegios, también rock en español, su guitarra eléctrica y batería. Luego emigré a Lima y me enamoré del mar, de sus calles, de sus balcones, de su música con guitarra y cajón. De sus noches y sus días. En el colegio comencé a escribir e inventar historias que se quedaban en el cuaderno al hacer tareas. Estudié comunicaciones y es allí donde comienzo a crear mis primeros cuentos y guiones para cortometrajes. Comienzo a leer a Ribeyro, Vargas Llosa, García Márquez; veo películas de Buñuel, John Ford, empecé a seguir la corriente del Neorrealismo italiano. Por esos años comienzo a agarrar un estilo y forma de contar tanto en imágenes como escritos. En lo profesional empecé a trabajar en televisión como camarógrafo, luego pasé a editar prensa, deportes y dominicales. Es donde gano premios como editor y camarógrafo. Fotógrafo de hobbie, en 1997 gano el premio Kodak a mejor fotografía iberoamericana en Zamora – España. Actualmente soy jefe de edición y realizador en Latina Televisión.

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John Updike fue un escritor estadounidense, autor de novelas, relatos cortos, poesías, ensayos, libros para niños, así como de un libro de memorias personales. También hizo crítica de arte y literaria. La obra más importante de Updike fue la serie de novelas sobre su famoso personaje Harry Conejo Angstrom. «Los caimanes» apareció en el The New Yorker, en 1958.

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