«El mismo café» un cuento de Orlando Loayza

El mismo café   Vi en sus ojos café la determinación y supe que me iba a desobedecer, que se iría con el hombre que la tenía sometida. Pero primero tendría que oírme, saber por qué me quedé haciendo de padre y madre. —¿Lo conoces bien? Debí ser directa, no andar con rodeos. Debí explicarle […]

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Nov 4, 2017

El mismo café

 

Vi en sus ojos café la determinación y supe que me iba a desobedecer, que se iría con el hombre que la tenía sometida. Pero primero tendría que oírme, saber por qué me quedé haciendo de padre y madre.

—¿Lo conoces bien?

Debí ser directa, no andar con rodeos. Debí explicarle por qué llevaba un apellido extraño y no el de su padre.

—Me ama, mamá. Es más que suficiente.

—Lo mismo pensaba yo, cuando estaba cegada por tu padre.

La verdad duele, pero hay que decirla en su momento, no esperar que macere de tragedia.

—No te habrá querido.

—Los hombres quieren a todas, apréndelo de una vez, mientras son jovencitas.

Me miró sin responder, con los mismos ojos férreos con los que yo reté a mi madre. Ahora lo sé.

­—Ustedes eran muy jovencitos, mamá, y no sabían lo que hacían.

—¿Y tú?, ¿acaso sabes lo que haces?

—Pueda que yo no, mamá, pero él sí. Es todo un hombre, alguien que sabe lo que quiere en la vida. Ya no está para jueguitos de enamorados. Es lo que me encanta de él, esa seguridad que lo lleva siempre hacia delante. Con él todo es certeza.

Algo se removió en mi pecho cuando escuché sus palabras. Estaba enamorada, y por eso, para ella todo estaba resuelto. Me apresuré a preguntar.

­—¿Cuántos años tiene?

—Es mi mayor, madre. Como te digo, él sabe lo que quiere. Por eso vendrá aquí para ponerle orden a todo.

—¿Qué tan mayor?

—Lo suficiente para que me haga completamente feliz. Cálmate, mamá. No porque te fue mal yo correré la misma suerte.

Quizá tenía razón, quizá tuve mala suerte. Pensé que si su padre hubiese estado ahí, las cosas hubieran sido más sencillas. En ese momento presentí que si se lo prohibía, se aferraría aún más a ese capricho.

—Ya han tenido intimidad, ¿verdad?

—¿Es necesario que te responda?

Me sentí vieja y, sin quererlo, recordé el glorioso sabor del pecado.

—¿Y cuándo piensa venir?

Fingí que cedí. En realidad solo quería ganar tiempo.

—Gracias, mamá. Sabía que entenderías.

En realidad nunca entendí nada con respecto al amor. Su padre se fue sin emitir palabra, sin explicación. ¿Qué le hice? ¿En qué fallé? ¿No fui lo suficiente mujer para él?

La volví a examinar y supe que mi propia hija sabría ser más mujer que yo. Pero esos ojos café me inquietaban, me llenaban de ansiedad. Empero, ella estaba feliz; ignorante todavía de lo cruel que pueden ser los acontecimientos cuando el destino nos escoge para la desgracia.

—Una sola condición. Cuando lo tenga en frente me dejarás conocerlo bien, interrogarlo, sacarle la información necesaria. No abrirás la boca hasta que yo te lo diga.

—Hecho. Sé que te dejará sin argumento. Y lo amarás.

Y fue así, como me dijo mi hija. Me quedé sin argumento apenas lo vi. Lloré de rabia cuando lo tuve frente a mis ojos y lo reconocí. No pude articular palabra. La voz se me quebró para siempre. ¿Por qué Dios me había escogido para sufrir la peor de las tragedias? Todo daba vueltas. El tiempo había retrocedido o el pasado había vuelto. El tiempo, cuando decide ser cruel, vuela en círculos esperando que su presa se debilite. Me comporté como un animal rastrero y luego me desmayé.

Cuando desperté estaba maniatada con una camisa de fuerza, metida en un hospital psiquiátrico. No podía hablar, pero podía pensar y oír con claridad. Oír mi propia historia contada por las enfermeras. Que me volví loca repentinamente. Que me volví peligrosa porque ataqué a un hombre sin razón alguna e intenté matarlo. Que soy una orate porque no pude soportar que un hombre mayor sea la pareja de mi hija.

Nada de esto podría haber sucedido si mi orgullo no se hubiese interpuesto y le hubiera puesto a mi hija el apellido que le correspondía por derecho. El apellido de su padre que ahora es su marido, nuestro marido.

Después supe que ellos se habían marchado. Que el hombre que me abandonó había pagado para que no me faltara nada. Y que mi hija era muy feliz en su ignorancia y ya andaba embarazada.

Ojalá nomás no le naciera una mujercita con los mismos ojos café que obligaban al tiempo a ir dando vueltas y tumbos para traernos el dolor, la desgracia, la locura.

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