Un cuento de Claudia Paredes Guinand
Che, no sé exactamente, ¿sabés? ¿Mito de origen? Yo qué sé. Podría decirse que es el mismo que el de todos los perros, pero no, porque si vos te ponés a pensar te das cuenta de que los perros no tienen mito de origen, si existieron siempre, igual que las partículas. Lo que no existía era los ladridos. Antes los perros solo mordían, hasta que algún político, decíle Dios si querés, les dio voz, y desde entonces no se callaron. Por qué creés que es eso de que perro que ladra no muerde; se estaban comiendo el mundo entero mordiendo tanto, y desde que pudieron ladrar, cada vez mordieron menos cosas. Pero este perro era particular. Ni ladraba, ni mordía. Se quedaba callado desde la madrugada hasta la noche, sentado con la espalda muy recta, en la casona esa a la que fui tantas veces. Escuchando.
Y bueno, me sorprende que hayas logrado contactar conmigo antes que con el dueño. Claro, quizás el dueño no se fijaba en ese perro tanto como yo, ni el perro tanto en el dueño como en mí. Me admiraba mucho. El perro, digo.
Lo conocí desde que lo concibieron en un parque una mañana. La mañana antes del día en que Venezuela cayera en manos del comandante. Yo estaba ahí trabajando para la prensa, imaginate lo que fue estar en ese día histórico en Caracas. Había conocido al dueño del perro en un club de golf —siempre hay que ir al club de golf si querés codearte con gente importante, anotá eso, lo vale todo— y me había sugerido que lo acompañase al parque a pasear a su perro Lorencio (el que sería el padre del perro en cuestión) para hablar un poco de política. Acordate que al día siguiente se decidiría el futuro del país. El dueño del perro, aunque jugaba golf y tenía un apellidote, iba a votar por Chávez, y conversamos en el parque sobre lo que pensábamos sería el comienzo de un cambio largo, maravilloso, tanto de Venezuela como del continente entero.
El dueño y yo consolidamos nuestra amistad ese día de la procreación; visité su casona cada vez con más frecuencia, hasta que me pasaba casi todas las tardes en esa biblioteca gigante. Cada vez que yo iba a la casa del dueño, mientras que el perro crecía, se sentaba junto a mí en la biblioteca, en el piso, me miraba con ojos de intelectual, te lo juro, ¿eh? Parecía intentar leer la portada del libro o de los periódicos o de los artículos que yo estuviese leyendo. Me traía dulces de coco de la cocina, los arrastraba en una servilleta. Y yo me los comía feliz, mirame. Sí, sin duda un perro inteligente. Aunque no entiendo por qué querés saber el origen, si lo que importa es el perro, ¿no?
Igual hay distintas formas de pensar en su origen, si querés. Más orígenes que el de la escena esa del parque que te digo. Por ejemplo, si querés hablar del comienzo del comienzo del comienzo del mito, llegamos siempre a la explosión, al hágase la luz. Al gloria al bravo pueblo, el himno de la independencia, la creación del país que, al fin y al cabo, podés considerar como la creación de todas las criaturas venezolanas, humanos y no humanos. Recuerdo que cada vez que sonaba el himno en la televisión, el perro corría y se sentaba frente a ella. No ladraba, no, se ponía a aullar. Solo entonces rompía su silencio. Son tan tiernos, los nacionalistas. Mirá que más de una vez casi me convierto en venezolano por ese amor que le tenía el perro a su país. Mucho más que el dueño, que quiso irse corriendo apenas todo se empezó a ir al carajo. Ni comunismo ni socialismo ni nada. Yo le decía que todo siempre se empieza a ir a la mierda en todas partes, en Venezuela, en Argentina, en Canadá, creeme, incluso en Canadá. El dueño me decía que en Venezuela todo era peor, y bueno, es cierto, mirá ahora cómo está ese bodrio. Pero el perro parecía no darse cuenta, y se sentaba horas —cuando no estaba junto a mí en la biblioteca— frente a la televisión, a ver al Presidente hablar.
Y hablar.
Y hablar.
Yo creo que todo ese amor a la nación tuvo que ver con el himno nacional, desde que a alguien se le ocurrió poner abajo cadenas a la letra y meterle la idea en la cabeza a la gente de que eran esclavos que tenían que librarse de algo. Pero bueno, no tenés que ir tan lejos, tampoco. Si mirás cincuenta años atrás, encontrás ahí, clarísimo, un punto de origen. Un punto fijo. Punto Fijo, ¿sabés de lo que te hablo? El acuerdo de 1958 que terminó con la dictadura militar e inauguró la tan anhelada democracia. Un punto que, al final, nos devolvió al punto de dictaduras militares. Imaginate, 1958, yo acababa de nacer en Argentina, Frondizi había ganado las elecciones rodeado de alfajores y charlatanes. Quién hubiese pensado que yo terminaría viviendo en Venezuela, después de vivir la dictadura militar que derrocó a Frondizi cuatro años más tarde. Quién hubiese pensado que yo, argentino tan poco argentino, tan zarrapastroso, terminaría siendo el mejor amigo del dueño del perro, y presenciando, nuevamente, el ascenso de una dictadura disfrazada, pero en otro país. Todo es lo mismo en este continente.
Lo de Punto Fijo es perfecto para el mito de origen ese que buscás. Hacé algo de investigación, vas a entender a qué me refiero. Abajo cadenas, libertad para todos, democracia y demás. A partir de Punto Fijo se puso más intensa la burguesía, lo cual creó mayor diferencia entre damas y vagabundos, o vagabundas y damos. Pasaban los presidentes, prometían cada vez más cosas, se robaban cada vez más dinero; la gente usaba cada vez más anglicismos; a los perros se les fue cambiando por electrodomésticos importados. Es acá mismo donde empieza el perro en cuestión, porque probablemente ahí fue que a algún antepasado del perro por línea materna lo dejaron en la calle por ladrarle y ladrarle al sonido de la aspiradora nueva, o de la licuadora con mucha potencia, o algo así. Y seguro ese antepasado abandonado se metió con alguna perra también botada de su casa por un dilema parecido, y tuvieron hijos, y esos hijos tuvieron hijos, y así, y así, y así, hasta que nació la vieja del perro.
Pero da un poco de hueva todo este tema ahora que estamos aquí tan cómodos ¿no creés? Pareciera un cuento de Poe esto, nosotros aquí sentados muy sin oficio hablando de mitos de origen y viendo a la gente pasar. Mirá toda esa gente caminando por la calle. Increíble. Tan tranquilos. Si estuviésemos en Venezuela, en Caracas al menos, entenderías a lo que me refiero. Gente agitada, gente con miedo, gente alabando a su presidente con camisas, gente protestando, pegándole a las ollas. Aunque hoy en día, más que nada, calles sin gente, o gente vacía. Parecen locos, los humanos. Le hubiese encantado eso a Poe, ir a ver una calle de Caracas. O de repente se hubiese cagado de miedo. Yo me fui por eso. Por el miedo. Mirá que ahora que lo pienso, lo que le faltaba a Poe era observar a los perros, eso sí. ¿Vos querés ser como Poe? ¿Vas a escribir esto?
Si querés te cuento lo que sé del instante de la procreación, eso lo podés escribir, porque para ahondar en el posible mito de origen con detalles políticos y todo eso, necesitaría no tres cafés, sino al menos tres meses más. Y eso. Sé que el perro fue concebido durante una mañana absolutamente memorable para los viejos que, después de pasar por la panadería del portugués de la esquina, después de leer los titulares del periódico, después de tomarse un café con leche cada uno, iban al parque a caminar. Estaban todos muy inquietos, se olía un posible presidente de izquierdas y quién no se pone nervioso con eso en un país petrolero, pero los viejos más. Y aún más cuando vieron que se caía la vieja, pero eso ya te lo voy a contar. Los viejos saben.
Esa mañana, mi futuro amigo me pasó recogiendo por el edificio donde yo vivía en Los Palos Grandes, y fuimos al parque con Lorencio. El dueño y yo hacíamos apuestas sobre quién ganaría el día siguiente; yo me lamentaba por no poder votar, él se deleitaba con la idea de un país más justo y revolucionario. Sin imaginar que todo, todo lo que tenía, se lo iban a quitar. Incluso la ilusión. Llegando al parque, Lorencio, el padre del perro (lo repito para que no lo confundas con el dueño, que tenía otro nombre), identificó a la madre; como el damo a la vagabunda, como Bolívar a la independencia, con esa misma obsesión. Como la canción de ese grupo que escuchaban tantos jóvenes: no, que no es amor, lo que vos sentís se llama obsesión, ¿sabés? Se parece un poco al himno de la independencia, si lo pensás. Tanta obsesión por un territorio que al final solo sirve para pelearse, como cuando uno se obsesiona y jura estar enamorado, huelgas de hambre, pasión infinita. Al dueño, que pretendía ser el amante de la ópera y de Wagner y de la música clásica y todo eso, lo que más le gustaba eran esas bachatas baratas. Las oía casi cada noche. Cómo estará, pobre. El dueño, digo. Lo tenés que buscar.
Sí, el mito, perdoná. El dueño del perro era uno de los pocos no-ancianos a esas horas; era un joven comerciante muy conocido, muy millonario, muy de izquierdas en secreto, que salía a pasear a Lorencio para comenzar el día con ejercicio, pero no tan temprano como los demás de su generación, los que sí tenían que madrugar para ir al trabajo. Lorencio, que caminaba igual de elegante y tenso que su dueño, vio a la vagabunda, que no tenía ni nombre ni dueño ni tensión, pero la vagabunda no lo vio a él. A Lorencio le pareció que la perra tenía un pelaje algo descuidado, un ojo más grande que el otro, pero le gustó su olor, y jaló un poco a su dueño hacia la perra, que a su vez lamía, despacio, un mango caído.
Y mirá que seguro ese mango caído nació de una partícula de algunos miles de cientos de millones de años atrás, ¿viste? De eso nació el perro también. La partícula de ese mango era gemela de una de las partículas de una de las espigas de la cebada que se utilizó para hacer el whisky con el que los amigos del presidente celebrarían la victoria la noche siguiente. Y mirá dónde terminó la partícula gemela, en la lengua de la perra sin nombre que pariría al perro en cuestión. Lorencio se fijó mucho en esa lengua, llena de partículas de mango. Jaló un poco más al dueño hacia la perra, pero el dueño lo jaló de vuelta, dándole una instrucción en alemán. Pronto iríamos juntos a clases de alemán, el dueño y yo. Fuimos juntos a muchas partes, muchas reuniones de distinto tipo. Incluso a las marchas, cuando nos dimos cuenta de que, más que izquierda o derecha, lo que había era pura corrupción. Como siempre, ya te dije.
Y sí, algo se apoderó de Lorencio esa mañana. Llamalo atracción si querés, pero yo creo que era otra cosa. Algo parecido a lo que hizo el presidente con todos sus seguidores. Una conquista suave e inmediata, ¿sabés a lo que me refiero? La producción de una adicción o algo así. Lorencio no sabía si era por el pelaje, por el ojo grande, o porque se parecía en algo a la que bailaba en los videoclips del grupo ese de bachata cursi que te dije que tanto le gustaba al dueño. Yo, hablándolo después con el dueño, pienso que fue puro queso, como le dicen allá. Ganas. Necesidad. Arrechura. Calentamiento perral. Si el pobre Lorencito burgués nunca se había montado a una piba. Perra, perdón. Lorencio jaló, jaló, jaló tanto que rompió la correa y corrió hacia la perra y ella, al verlo aproximarse, gruñó.
Te lo cuento porque yo estaba ahí. En el recorrido hacia su presa (o su nueva dueña), Lorencio tumbó a una anciana, esa de la que te hablé antes de que todos los viejos se acordarían, porque pocas veces se cae alguien en el parque. El dueño del perro, inerme frente a la situación, empezó a tartamudear en alemán inventado unos segundos, mirando a su perro correr hacia la perdición. Se puso pálido. Luego, fue a auxiliar a la vieja. Un cristofué comenzó a cantar, una partícula de mango tembló, y los muchos ancianos que vieron la caída se acercaron a la vieja, que comenzó a hacer ruiditos con la garganta.
Lorencio se abalanzó sobre la perra del mango. Yo los vi. Se notaba que la perra nunca había sentido algo así, tan suave como Lorencio. Fue un amor tierno, inesperado, lleno de olor a tierra y a anaranjado y a colonia de perro burgués; un minuto y medio de sexo y de sustancias que se juntaron y se convirtieron en el perro.
¿Qué más querés que te diga? Buscá al dueño que seguro te lo puede contar con más detalles. Buscalo. Lo último que supe de él, del dueño, digo, es que ya no estaba muy bien de la cabeza, que desde que a su padre lo mataron él se volvió comediante, imaginate, y se fue a vivir a Miami. No creo que se acuerde del detalle de la partícula de mango, ni del detalle de que si no hubiese sido que la perra estaba exactamente bajo ese árbol y no junto al lago, o junto a la jaula con monos, o junto al planetario, ese momento, más que un mito de origen, hubiese sido solo un momento más de una mañana antes de las elecciones presidenciales en Venezuela.
El perro nació sesenta y cinco días después de esa mañana. Él hubiese preferido tener otro mito de origen, claro. Como te dije, yo conocí muy de cerca a ese perro y sé que si hubiese sido por él, hubiese sido procreado en algún lugar más revolucionario. Le hubiese gustado, probablemente, tener un mito más pomposo, con muchos más discursos, más conmoción. Pero no. Su mito es este: una mañana calmada de viejos con dinero en un parque del este de la capital. Y lo que sí no tengo idea, eso sí te lo digo, es cómo llegó a escaparse y llegar hasta las puertas de la casa de Chávez, convertirse en su compañero hasta la muerte. Tremendo, ¿eh? Tremendo.
Esa mañana no hubo ninguna revelación. Nadie lanzó un grito; ningún árbol se prendió en fuego; ni siquiera hubo un escritor ahí, en ese instante, que pudiese escribir un poemita que reconociera o alabara la co-creación del futuro perro del comandante. Fue así, la verdad, igual que tantos otros mitos, ¿viste? Un óvulo, un espermatozoide, y poco más.
Mirá. Y al día siguiente a la procreación del perro, nació el socialismo del siglo veintiuno. Pero ese ya es otro mito.
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Claudia Paredes Guinand es escritora y antropóloga peruano-venezolana. Docente universitaria y de talleres literarios. Estudió antropología y defendió su tesis doctoral de política y literatura en la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona). Sus libros de relatos: Aguas (2022) y Un lugar en la familia de las cosas (2025) tocan los temas del duelo, el clasismo, la migración y los roles de la mujer en el siglo XXI.
