Harto de los signos de la noche,
de los asteriscos
que se anuncian como estrellas,
camino por este barrio
de ventanas y paredes
carcomidas por el tiempo y los grafitis.
Realmente cansado
de la turbia obscuridad,
juego a preguntarme
si mi sombra es igual de resistente
que la construcción de mi cuerpo.
Camino por estas calles,
y la esperanza es una sonata
que aúllan los perros,
los hombres desconocidos cruzan la avenida
para iniciar la batalla,
la respuesta es levantar un grito
como una bandera de furia,
para que los nudillos hablen,
pienso en la madre del varón que golpeo,
es la hora de la violencia
y mis manos están cansadas
y los puños se incrustan en las costillas.
Pienso en mi madre
hablando al novecientos once
preguntando por su hijo trigueño
de un metro ochenta y tres,
y pienso en la sangre de mi compañero
como un ritual que se ofrece a la muerte.
Cansado, realmente estático,
se revela la fragilidad de mi espíritu,
de mis dedos que no responden,
de mi palabra que funda
un templo de odio
en este viento de madrugada.
Pienso que en este barrio,
solo seré una anécdota
una descarga de violencia
cayendo de un gotero de alcohol.
Oración del abandono
Nunca me desprendí
de los amores,
pienso en el abandono
como un pretexto para volver,
para que el tiempo haga del pecho
un páramo de esperanzas abiertas.
Pienso en el abandono
como una noche de tres puntos suspensivos
que abre la ventana del llanto.
Las personas que me amaron
me veían como una casa alta,
de tres pisos
la cual puedes abandonar,
se fueron dejando las cerraduras abiertas
porque saben que no tengo
la fuerza de cerrar puertas.
Siempre fui el preludio
para que ellas encontraran el amor,
el sitio donde concurrían llorando,
el lugar en donde envolvían su corazón,
y cuando se marcharon,
también quise deshabitar mi persona.
Mi existencia está justificada
cuando me piensas,
cuando en la ligera resonancia de un recuerdo
se desviste la impaciencia
para vivir dentro de ti.
En el nido de relámpagos que es tu mente
quiero ser tormenta que te inunde
agua y corto circuito
y entregarte un ramo de delirios.
Solo existo cuando me piensas.
Cuando tus latidos pertenecen al viento
y tu figura germina de una postal de ballet,
como deseo nacer de tu mente
no habrá lágrimas en este nuevo alumbramiento.
Porque el mejor lugar al que iré,
donde la noche sea un sembradío
de flechas desorientadas
y el arco venga de tus cejas
que siempre sonríen en el alba.
Porque ese lugar es cuando me piensas.
Ahí, en la mansión de la pureza,
quiero ser el apetito del amor,
porque tu cuerpo es un templo
en donde siempre me arrodillo.
Beach House
Boca abajo la delgadez de tu cuerpo
se repite en las sábanas.
De pronto recuerdas la canción que nos unió
en aquel verano en donde en tus veinticinco años
consumíamos el polvo del aburrimiento.
Cada espejo de tu habitación
aprende tu silueta en lencería,
y tú piensas que debes dejar los cigarrillos,
dejar correr las canciones del estéreo
mientras nuestros labios se encuentran
subiendo los peldaños del beso,
y piensas en la vida como una película
ambientada mientras me besas.
Aterrada me preguntas del amor
en ese río de causalidades
en donde en cada mes nos sumergimos.
Ahora te has percatado
el disco dejo de tocar,
y piensas que nuestro amor
dura más que cualquier álbum de Beach House.
Te has dado vuelta en la cama,
tu espalda es un mar transparente de plegarias
que entienden mis deseos,
mientras la fotografía de tu novio
nos ve abrazados.
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Ricardo Plata (México). Estudió Letras Hispánicas. Autor del poemario Para habitar mi nombre y El efímero placer del desorden. Fue becario del Festival Interfaz. Fundador y Director General de Cardenal Revista Literaria. Ha publicado en revistas de México, Argentina, Bélgica, Bangladesh, India y Uzbekistán.
