Los habitantes del Vacío (Un cuento de Nowhere City), de Poldark Mego

Una joven que padece una enfermedad inexplicable es recluida en un psiquiátrico donde los médicos descubrirán, muy tarde ya, los insondables poderes del abismo.

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Dic 11, 2020

Un incendio devoró mi habitación y todas mis pertenencias. Quedé con quemaduras de primer y segundo grado. La casa en la que vivía con mi madre quedó reducida a cenizas. Fue mi culpa, lo sé. Esta maldita enfermedad fue el motivo.

Acumuladora compulsiva, así me catalogaban la familia, los vecinos y los extraños. Mi madre, viuda desde que yo tenía cuatro años, trajo a casa psicólogos y psiquiatras para tratarme. Nunca me importó cómo denominaran este trastorno, nunca busqué sanar; algo muy profundo en mi interior me alertaba que este padecimiento era un mecanismo de defensa ante males mayores. Por ello, con el pasar de los años, convertí mi habitación en un claustro personal, el último refugio, la cueva donde podía controlarlo todo, verlo todo.

Sin embargo, ya recluida en el hospital y sin posibilidad de moverme por las heridas, no pude negarme a un nuevo tratamiento: una droga experimental que acrecentaba el estado hipnótico para ahondar en las profundidades del subconsciente y sanarme por completo. ¿Qué más podía hacer? El rostro de mi madre, descompuesto después de años de mantener a un parásito antisocial como yo, fue impulso suficiente para aceptar la terapia.

Pero ellos, los hombres de ciencia, no sabían a qué se enfrentaban. Yo tampoco.

Las sesiones avanzaron con inicial cautela. Los efectos del fármaco eran asombrosos; después de la dosis respectiva todo dejaba de importarme; incluso las voces que me advertían de peligros ocultos en las sombras del pasado, desaparecían. Los especialistas no sabían qué tanto debían excavar en mi mundo onírico para dar con el origen del mal. Y es que la evolución de la humanidad ha sido sabia al crear este plano subyacente, aliado del olvido y los mensajes fallidos, pues nada de lo que cae ahí lo hace para salir. Es por algo que ciertos recuerdos son enterrados a propósito en esta oquedad insondable.

Con las puertas del Tártaro abiertas recobré imágenes, al principio imprecisas, de la niñez antes de que mi razón eclosionara. Los barrotes de la cuna, los juguetes que papá traía de sus viajes como vendedor de puerta en puerta. El delantal rosa de mamá y sus caricias, las tardes que lloraba reclamando alimento, las noches que dormía acunándome entre mis progenitores. La vez que papá regresó tras varios días sin saber de él, el rostro desencajado de mi madre al verlo llegar en tan lamentable estado. Él decía que se había perdido en su último viaje de negocios, que la carretera que lo conducía de regreso a casa se distorsionó como se tratase de una potente ilusión. El bosque que apareció repentinamente, la neblina que lo distrajo hasta su llegada a un pueblo inubicable en el mapa. Su terrible estadía en aquel demencial lugar lleno de seres que lo perturbaron hasta su temprana muerte. «Incoherencias», decían los médicos; figuras que debían ser analizadas desde la perspectiva del psicoanálisis. «Todo es interpretativo», parafraseaban convencidos. Yo solo sentía que me acercaba a una puerta que separaba el plano concreto de un mundo incorpóreo, incognoscible y peligroso.

***

El tratamiento siguió descendiendo por aquella escalera de caracol que, cual taladro, horadaba hasta las criptas sagradas de mis mayores secretos. Recordé que de niña una horrible pesadilla me atormentó incontables noches. En ella, me encontraba en un lugar amplio, de paredes blancas y arreglos florales, todo sumergido en la negrura de la noche. Recordé que nunca funcionaban las luces, no importaba cuántas veces tratara de encenderlas. Evoqué el fondo del salón: un rincón lleno de rosas, claveles y gladiolos; ahí se hallaba una amplia mesa y sobre ella una caja de madera. Pequeña. Compacta. Maciza. Aquella caja era lo que más terror me causaba. Yo sabía lo que había en su interior más no podía traducirlo. A medida que me acercaba a ella el temor se acrecentaba invadiendo cada parte de mi ser; sentía el corazón latir por detrás de mis ojos, el sudor humedecer mis manos, cómo apretaba fuertemente los dientes, conteniendo el terror que me producía aquella caja de madera y su insólito contenido, porque tenía algo adentro, algo terrible, algo capaz de atormentar a los monstruos que acechaban debajo de mi cama.

Me negué a continuar con el tratamiento, pero para ese entonces la potente droga me había arrebatado toda voluntad. Volvieron los caóticos episodios en los que mi padre se negaba a verme. Recordé las discusiones nocturnas entre mis padres. Él descubrió por qué aquella ciudad maligna lo había llamado, decía tener habilidades que “ellos” querían y que posiblemente yo, por ser su hija, también poseía. En sus últimos días mi padre buscaba escapar del espacio descubierto, decía que el vacío estaba lleno de horrores indescriptibles, de seres que buscaban puentes y que la única manera que los elegidos tenían para evitarlo era sellarlos mentalmente o cubriendo cualquier resquicio para impedirles atravesar a nuestro plano.

Vi a mi padre guarecerse del exterior, cubriéndose de varias prendas incluso en los días calurosos; su objetivo era no dejar la piel expuesta. Luego, cuando cubrirse la piel no fue suficiente, utilizó cinta adhesiva para fijar las prendas a su cuerpo; algunas veces tenía que ser socorrido por mi madre ya que se interrumpía el flujo sanguíneo de sus extremidades. Mi padre estaba convencido que lo que vio en aquel pueblo fantasmal lo había perseguido, lo había encontrado y se estaba filtrando hacia nuestro mundo a través de él.

La hipnosis por fin cavó lo suficiente hasta que la pala terapéutica tocó la gruesa lápida que mi inconsciente había puesto para proteger mi cordura. Sentí, pese al efecto narcoléptico, que el tratamiento empujaba una enorme puerta, cerrada durante décadas, que no debía ser abierta pues permitía el acceso a un puente a otro plano. Me debatí con mis reducidas fuerzas, sentí que mi consciencia se empequeñecía ante el atroz enigma que yo encerraba.

En la última sesión retrocedí hasta mi hogar, hasta mis inocentes pasos por el rellano del segundo piso, hasta la escalera que se usaba para llegar a la parte alta de la casa, hasta el desván: el refugio de papá. Cuando mis manitas empujaron la puerta de la cúpula y el olor a rancio atacó mi nariz, supe que algo no estaba bien, mas la ansiedad me contuvo de pedir ayuda. Mis pasitos avanzaron entre los diversos objetos que llenaban el vacío de la habitación, como si mi padre tratara de llenar cada rincón con algo, lo que fuese con tal de no dejar ningún espacio vacío. En sus últimos días no dejaba de repetir que aquellos seres, los habitantes del pueblo espejismo, podían alojarse entre las ranuras de las puertas, entre el mínimo espacio que deja la ropa al vestirla, entre las capas de piel, entre las pleuras de los órganos; y él trataba, trataba con todas sus fuerzas de no dejar lugar libre, de juntarlo todo, de sellarlo todo.

Cuando llegué al fondo del desván me encontré con una caja. Pequeña. Compacta. Maciza. La curiosidad me llevó a destaparla y lo que vi por fin me regresó la voz convertida en un alarido potente que me rasgó las cuerdas vocales y casi detuvo mi corazón. Vi el rostro de mi padre con una expresión de absoluta serenidad, coronando la parte superior de la reducida caja de madera. De alguna forma había logrado comprimir su cuerpo hasta caber por completo en aquel pequeño espacio.

Estaba en paz. Estaba muerto.

En el último episodio de mis memorias vino a mí la voz de mi madre, discutía con el embalsamador respecto a cómo era posible que después de todos los arreglos mortuorios, no pudieran regresar el cuerpo de mi padre a un estado en el que pudieran presentarlo decentemente en su velorio, ya que cada vez que extendían su cadáver este volvía a compactarse hasta quedar como un cubo geométricamente perfecto; como si, incluso muerto, él quisiera escapar de aquello que se escondía en los espacios libres, en la nada, en el vacío. Y mientras la discusión ocurría la caja estaba ahí, a escasos pasos de mí. Escuché la voz de mi padre susurrar cosas ininteligibles a través de su garganta fragmentada. El estertor de la muerte producido por el roce de los huesos partidos de su cuerpo me rogaba que cerrara los ojos, que no viera el vacío, pues cuando lo hiciera la vacuidad eterna miraría a través de mí y me usaría como lo usaron a él. Me confesó que su linaje estaba maldito y lamentaba haberme legado tan terrible herencia. Pero no le hice caso.

Intentando comprender el enigmático mensaje, me descuidé y no cerré los ojos cuando su cadáver me lo pidió, quizá eso completó algún tipo de ritual, una especie de traspaso porque, cuando reconocí mi pequeño cuerpo de niña, vi que, a través de mi piel, nacían espolones, colmillos y proyecciones de seres abominables que comenzaban a llenar el espacio vacío de mi sueño, más yo sentía que estaban habitando los recovecos de la realidad concreta. Aquellos seres tenían hambre: pude sentir su demencial ansiedad.

Abrí los ojos y puse mi cuerpo lo más rígido posible. Sentía que si me relajaba, mi alma escaparía aterrorizada. Cuando reconocí mi entorno vi con horror y fascinación cómo los médicos que me estaban tratando eran devorados por abominaciones propias del mundo de las pesadillas, seres sin forma que parecían el cumulo rabioso de la locura.

Estas horrendas criaturas parecían salir de mi cabeza, como si mi cráneo fuese la abertura que les servía para trasladarse del umbral oscuro al que pertenecían en este plano. Salían de mi piel expuesta, de mis orificios nasales, a través de mi boca abierta. Grité, grité con todas mis fuerzas. En ese instante desperté del trance. Ante mí, la junta médica me observaba estupefacta. Saltaron entonces sobre mi cuerpo paralizado por el terror y me suministraron un sedante, pero yo no quería dormir porque hacerlo implicaba viajar al plano de los sueños, a aquella brecha abierta que me conectaba con mi padre, con su poder. Con mi poder. Yo era un conducto y ahora la puerta había sido abierta nuevamente.

***

Me encuentro acurrucada en mi habitación, sobre mi cama, cubierta de pies a cabeza, tratando de no dejar espacios libres entre la manta y mi carne. Ahora entiendo por qué padecí este mal. No se trataba de ansiedad o un problema clínico, era mi subconsciente tratando de no dejar lugar libre, puerta abierta o ranura que permitiera la invasión de la Vacuidad. Pero la barrera que logré levantar con tanto esfuerzo ha sido derribada y el tormento que mi padre vivió ahora lo vivo yo. Estúpidos hombres de ciencia que no saben que la locura es la única manera por la cual el diminuto entendimiento humano puede acceder a los misterios del abismo.

Tal vez si me retraigo más, si fuerzo mis huesos, si comprimo mis tejidos, si logro desaparecer el espacio subatómico de mi existencia, no podrán usar las rendijas que habitan entre mis huesos y mi carne como camino para visitar esta realidad.

Comencé a contraer mi ser. El dolor que siento no es nada comparado con la satisfacción de llenar toda hendidura libre por donde estos seres se pudieran colar. Siento cómo mis pulmones se hacen uno con mi corazón, cómo mi estómago fagocita mi hígado, cómo mis piernas se rompen, mis brazos se tuercen, mi cuello desaparece entre mis clavículas. No más espacio. No más puente. No más tormento. Seguiré comprimiéndome hasta no dejar espacio por donde se asome el abismo.

___________
Poldark Mego (Lima – Perú, 1985) Licenciado en Psicología, actor y director de teatro y Gestor cultural. Compuso, actuó y dirigió puestas de microteatro de terror en Lima y Cusco. Como gestor cultural organizó la miniferia de libro Outlet 2020 y la convención internacional de literatura fantástica Uróboros 2020. Es autor de Pandemia Z: Supervivientes (Torre de papel 2019) y El Domo, historias distópicas (Torre de papel 2020). Ganador del primer puesto del certamen internacional Orbituorio: Historias fantásticas, de ciencia ficción y terror, en la categoría de Ciencia ficción: Tierra en el año 3000 de Trazos ediciones. Antologador de Pulp primitivo y Cyberterror (2020) con la editorial Speedwagon Media Works.

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