Qué difícil ser un dios

“Qué difícil ser un dios” es una película inclasificable y monumental, cuyo origen se remonta a principios de los años sesenta y cuya visualización de casi tres horas constituye un viaje inolvidable a lo más interesante del cine ruso.

Escribe Horacio Ferro

A principios de la década de los sesenta, los hermanos Boris y Arkady Strugatsky se habían propuesto escribir una novela de aventuras, a la manera de las historias de Alexander Dumas que tanto disfrutaron en su infancia. Sin embargo, en medio del proceso de redacción tuvo lugar el infame “Affaire de Manege” (1962), donde Nikita Khrushchev y otros altos miembros del partido despotricaron contra lo que ellos consideraban la decadencia y degeneración del arte soviético exhibido en la 30º aniversario de la Unión de Artistas de la Unión Soviética albergada en dicho museo.

Las consecuencias de esta controversia alcanzaron incluso al círculo de escritores de ciencia ficción soviéticos —del cual los hermanos Strugatsky participaban—, y tras una reunión con las autoridades llena de dictámenes contraintuitivos y derechamente idiotas, de la cuál se retiraron a los gritos y con menciones no muy benignas a las progenitoras de sus interlocutores —una audacia bastante peligrosa, si recordamos que el régimen de Khrushchev fue el sucesor inmediato del de Stalin—, los autores optaron por cambiar el tono de su novela, pasando de un relato de capas y espadas al de un astronauta antropólogo que es enviado a documentar los acontecimientos de un planeta casi idéntico a la Tierra, pero cuya civilización nunca tuvo un Renacimiento, por lo que la humanidad de ese planeta sigue viviendo en un constante Medioevo.

Allí nuestro protagonista asume la identidad de Don Rumata, un aristócrata de alta alcurnia cuyo rango social, junto a su entrenamiento especializado y la tecnología futurista con la que cuenta, le permite posicionarse por encima de los acontecimientos que atestigua, adquiriendo un carácter casi divino ante los ojos de los demás miembros de la sociedad.

Afiche de la cinta de German

La novela comienza cuando un señor feudal de dicho planeta comienza a perseguir a todos los intelectuales y hombres de ciencia de su comarca, dando pie a un régimen protofascista que, acorde al materialismo histórico, no debiese tener cabida en ese momento del desarrollo cultural de la civilización; acontecimiento que lleva a Don Rumata a entrar en conflicto con el mandato de su misión científica que lo insta a no interferir con el devenir histórico de la sociedad que está estudiando.

Para sorpresa de los mismos autores, pese a que el argumento de su novela era una confrontación directa al Affaire de Manege —el nombre del antagonista principal, Don Reba, es un anagrama a duras penas velado del apellido de Lavrentiy Beria, uno de los jefes más longevos de la policía secreta estalinista—, el proceso de edición y publicación presentó muy pocas reticencias por parte de las autoridades soviéticas, y la novela fue publicada en 1964 bajo el título Qué difícil ser un dios, convirtiéndose en uno de los libros emblemáticos de la ciencia ficción rusa.

Portada de la novela escrita por los hermanos Strugatsky

El carácter canónico de la novela llegó a tal punto que, cuando años más tarde los hermanos escribieran Picnic al costado del camino (1972), libro en que se basó Tarkovsky para su película Stalker (1979) y que, según los autores, obedecía mucho más las consignas morales y estéticas del régimen, presentando la decadencia  de un mundo regido por los intereses de la burguesía capitalista, los censores se opusieron tenazmente a la publicación del libro —justamente por representar demasiado bien dicha decadencia—, y sugirieron a los autores que mejor se atuvieran a un estilo de escritura más pulcra y menos problemático, como el de Qué difícil se un dios; tal como cuenta aún un poco incrédulo Arkady en el postfacio del libro.

Es difícil ser un dios ha sido llevada, hasta el momento, dos veces al cine. La primera instancia, dirigida en 1989 por Peter Fleischmann y con la participación de Werner Herzog, es una adaptación bastante convencional sobre la cual no tengo mucho que decir, salvo que presenta unos parámetros de producción que la asemejan más a una serial televisiva —luces planas y encuadres generales que priorizan un registro descriptivo de la acción— que a una composición cinematográfica, lo cual a mi gusto tiene el problema de que la película ocurra en una pantalla frente al espectador, en vez de que esta le ocurra al espectador.

Al parecer a los Hermanos Strugatsky tampoco les gustó mucho esta versión, pues a los pocos meses escribieron una adaptación teatral del libro, que, según las malas lenguas, fue una reacción directa a la película de Fleischmann.

Escena de la cinta de Aleksei German

La segunda película en cuestión, filmada en Rusia el 2013, es una experiencia diametralmente opuesta a recién relatada. Aleksei German, su director, arma un imaginario visual muy reminiscente a la obra de Pietr Bruegel el Viejo (c. 1525-1565), atiborrado de personajes y escenas vulgares y grotescas, donde hay muchas cosas pasando, todas al mismo tiempo, una sobre otra, atropellándose entre ellas y, sobre todo, una falta de higiene a nivel de imágenes que es resultado de una decisión poética tomada a conciencia.

En cuanto al tratamiento fotográfico, German tomó una decisión que a mi gusto es genial. Mientras que, en la novela, Don Rumata registra todo lo que sucede frente a sus ojos mediante una diminuta cámara incorporada a una tiara que ciñe su frente, acá en la película la cámara pasa a ser un personaje aparte, una coprotagonista que se abre paso chocando contra todo lo que hay en escena, ensuciándose y siendo increpada por la gente con la que tropieza, cuyos ojos, dirigidos directamente al lente de la cámara, terminan encontrándose con la mirada desprevenida del espectador, quien, al no estar acostumbrado a verse amenazado desde el otro lado de la pantalla, ve vulnerada la seguridad de su butaca y termina quedando involucrado, lo quiera o no, en el epicentro del torbellino crapuloso en el que transcurre la acción.

Aleksei German

A esto hay que sumarle la duración de la película: 177 minutos, tres minutos manca para las tres horas, la cual conlleva el evidente propósito de saturar al espectador. Esta es quizás la estrategia más arriesgada del filme, pues la posibilidad de deserción a mitad de función es ciertamente alta. Sin embargo, la experiencia realmente interesante de la película comienza justamente cuando uno como espectador resiste la urgencia de salir corriendo de la sala de cine y se entrega rendido para dejarse revolcar por la marejada incesante de imágenes. Es en ese entonces que, sin tregua ni respiro, la película lo ha elevado a uno a un punto cercano a la exasperación, que uno de repente se da cuenta de que la evolución de nuestro estado psíquico ha sido idéntica a la que ha ido padeciendo Don Rumata a lo largo de su travesía, y que en esa compenetración de nuestras pasiones con la del protagonista, hay una suerte de comunión, en la que uno se ha ido consumando como el coprotagonista de la película, el asistente, el camarógrafo, el testigo de todo lo que ha ido pasando. Es efectivamente uno quien recibió las increpaciones de los habitantes de ese planeta. Es efectivamente uno quien recibió aquellos males de ojo. Es en ese momento en que para referirse a la experiencia de visionado ya no sirve tanto referirse en términos estéticos, sino que más vale empezar a echar mano de la terminología mística

Qué difícil ser un dios es una de las películas más intensas y exigentes que me ha tocado ver en una sala de cine. Es, también una de las experiencias cinematográficas más gratificantes que he tenido en mi vida. Recuerdo haber salido de la sala de cine aturdido como si me hubiera arrollado un camión, pero a la vez, totalmente en éxtasis..

Aleksei German murió entre el final de rodaje de la película y su estreno. No recuerdo quién ni dónde dijo, en ese entonces, que esta película era el mayor dedo cordial alzado –“el mayor hoyúo” dirían acá en Chile— con el que un gran maestro del cine se ha ido a la tumba. Estoy totalmente de acuerdo con esa afirmación.

Trailer de la cinta de German.
Traductor y trabajador de las artes, radicado en Santiago de Chile desde 1990. Desde el 2007 trabaja traduciendo películas para diversos festivales de cine y artículos para medios especializados. Es traductor de los libros Ennuigi de Josh Millard (Libros Tadeys, 2018) y Una idea salvaje de Jonathan Franklin (Paidós, 2022) y co-traductor del libro De la naturaleza de las cosas en Marx: la traducción como necrofilología de Jacques Lezra (Ediciones Metales Pesados, 2022).

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