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Sergio Gómez Reátegui

En la polvareda de mi calle: A propósito de «Joven de noche» de Sergio Gómez Reátegui

El poeta peruano Sergio Gómez Reátegui acaba de publicar "Joven de noche", libro donde la oralidad cobra una fuerza que marca el ritmo de vida.

Publicado

26 Mar, 2026

Escribe Roger Santiváñez

La poesía de Sergio Gómez Reátegui pone de manifiesto —en su reciente libro “Joven de noche” — (si nos atenemos al primer poema del conjunto) el reconocimiento del avance del tiempo en la conciencia de la persona humana: “Me acerco a los cincuenta / con el cuerpo mustio, / la sonrisa desdentada, / los bolsillos en completo subdesarrollo”. Y en esta condición, el fracaso del amor: “Meses y meses despertando siembre / con este vergonzoso poema, / y no haberme cruzado jamás / con el cerebro perturbado de una mujer / que baje a todas horas, sin timón, / por mi ombligo”. La sinceridad de esta poesía es expresada con lograda frescura, en formas narrativas y muy coloquiales que causan placer en la lectura. Veamos: en el poema “Parábola de una flecha” se nos relata una historia de amor comenzada en 1996 [“Eran tiempos dorados al otro lado de la ventana. / Radio rock en Lima. / El cielo dibujaba un verano intenso”] Sin duda el legendario Doble 9 cuando “Los chicos de veinte / cabalgamos libres por el campo. / relinchando promesas que jamás cumpliríamos/ …/ huyendo de la tutela paternal”. Pero aquí sí hay un reencuentro feliz muchos años después: “quizás tarde, quizás en vano, / …/ llego, yo, un quincuagenario sentimental, / y dejas, para mí, sin pestillo, / la puerta”. Situación que me recuerda una alocución de Allen Ginsberg que reza: “Los cuerpos que un día deseaste y no tuviste, con el paso del tiempo, y sin que hagas nada, de pronto aparecen junto a ti y vives un instante de felicidad”.

       Prosigamos con nuestra lectura. De pronto parecería que la historia de la violencia alumbra versos como estos: “Ya quisiera yo que mis poemas / hicieran volar dos casas a la redonda”, sin embargo, se trata de la poesía, del poder de la poesía en lo que realmente incide el poeta. En seguida percibimos que Gómez Reátegui nos está hablando de la violencia callejera: “En la polvareda de mi calle, / se escribe con la realidad de una navaja / apretándonos el cuello”. Es decir, una poesía que testimonie las vivencias duras del entorno urbano, aquí quizá nuestro autor se entronca con un tono y concepción que vendría de Hora Zero y la generación del 70. Por otro lado, queda clara la difícil situación del poeta: “Años escribiendo sin poder dejar / una propina decente en los restaurantes”. Su franqueza lo lleva a reconocer: “también he sido / un borracho creativo, un ocioso más / con imaginación”. Pero se justifica con radical y auténtica vocación: “Me abrazo a la poesía como si de su pálpito / dependieran mi corazón y sus arterias” aunque se desbarranque y caiga “como esos gorriones / que matábamos a hondazos en los parques” escribe con su conseguida melodía callejera y de barrio.

       La elegía también cabe en este libro de Gómez Reátegui: “Pero hoy se fue Juan, el amigo / que me devolvía en andas a casa de madrugada” e inmediatamente después: “Lo hemos perdido todo: / ingenuidad, celeste inocencia, pudor” reconociendo el implacable paso del tiempo y la destrucción de lo que los clásicos llamaron La Edad Dorada de la vida de una persona. Un cierto tono expresionista puede notarse en la culminación de este poema elegíaco en el que el poeta se autocontempla más allá de la muerte: “Mañana una mano piadosa me enterrará / a mí también, y ese mismo día / mis amigos seguirán riendo, amándose / y fornicando, y yo lo celebraré entre gusanos”. Extremista, se celebra la vida aunque ya no la haya porque tal vez lo único digno y hermoso que nos ofrece la existencia es eso: la posibilidad de su celebración en cualquier circunstancia.

Sergio Gómez Reátegui
Poeta peruano Sergio Gómez Reátegui

       La entraña narrativa de esta poesía se muestra nítidamente el el texto “El joven del ayer”, el cual constituye prácticamente un cuento. Un muy bien organizado relato que narra una historia completa. Pero está escrita en verso conversacional como todo el poemario. Comienza con una alusión de tipo social—histórico: “América Latina, / primera abastecedora de meseros / y albañiles indocumentados, / cuna de huacos exóticos” e igualmente: “desde que veía a mi madre / hacer largas colas para comprar / pan, azúcar y arroz, / que acá en Sudamérica la gran mayoría / de la población tiene futuro incierto” para luego enterarnos que se trata de una pelea callejera entre el sujeto poético y un gringo: “levanto mi puño incaico para darle / en su puto mentón de vikingo”, lo cual no es óbice para la construcción de logradas imágenes como esta: “Dejé mis mejores años / en un pantalón de corduroy / que no me cierra” (vuelve el poeta a la comprobación preocupada del paso del tiempo) mientras tanto hay una muchacha en medio de la bronca: “Y ahora la chama me ruega / que no le pegue /…/ y su rostro dibujado por manos divinas / purifica el enturbiado aire” y con toda claridad: “porque seguro / que es ‘la culpa de esa venezolana’ / cómo va a engañar a ese gringo hermoso / con un peruanito insignificante”. Es interesante comprobar la entrada del álgido asunto de la inmigración del país venezolano, en la historia del poema, la que termina de esta forma: “Gané una pelea. / Los de Breña estarían orgullosos: / soy joven otra vez”. Es decir, volvemos al tema central del libro: el transcurrir del tiempo que —en este caso— a través de una bronca ganada le permite al sujeto poético recuperar milagrosamente la perdida juventud.

       Su concepción de la poesía es clara, inicua, inútil en los hechos, como nos afirma el poeta Gómez Reátegui: “Los poemas no causan daño a nadie, admítelo, son balas de fogueo” pero al final se define defendiéndola: “Fui siempre esto: / un niño caprichoso escribiendo poesía”. Y el desamor cunde en su experiencia: “innumerables cicatrices / que te dejaron aves de paso por tu alcoba, / que nunca te quisieron” mientras la presunción de la vejez o la muerte lo atormenta: “Hay que saber irse / cuando el poema encanece”. El reconocimiento de su pena queda claro en esta declaración: “Esto es lo que soy: unas simples palabras, / que mis pocos lectores olvidarán / al cerrar este libro”. Su frustración es elocuente: “No he sido lo que se esperaba de mí” sin embargo su fe en la poesía puede salvarlo —opinamos como uno de esos pocos lectores que nuestro poeta nombra— la poesía a pesar y más allá de todo: “Quise engañarme, pero la poesía lo impidió: / alondra que revolotea y clava sus garras / en mis hombros”. Podría decirse que el gran tema de este libro es propiamente la poesía y sus concomitancias, al par que la humana preocupación por el paso del tiempo y también su no realización en el plano del amor: “Salvo impronunciables excepciones, fui tratado, / la mayoría de veces, como un antojo nocturno”.

       A fin de cuentas, este poeta de esquina, callejero y nocturno es radical en su autocrítica: “Si algo he aprendido en esta chacra literaria, / es que mis poemas son las chicas / menos piropeadas del barrio”; hábil en el manejo del lenguaje coloquial que desacraliza la supuesta (para el Sistema) solemnidad de la literatura y en la creación de frescas imágenes comparativas, a pesar de su anuncio de abandonar la poesía “si en el próximo libro / no escribo un poema / que desinfecte sus oídos” (se refiera a sus críticos lectores “colegas” los llama) quienes “A su académico entender, / escribo poemas de muy mal aspecto” o “platos servidos sin sabor, / como secas legumbres, / manotazos vengativos de machista, / como una cucharada de amarga magnesia”.  Le decimos al poeta Sergio Gómez Reátegui que nos parece muy interesante su desempeño con la oralidad de la lengua hablada puesta en poesía por la verdad y hondura de sus sentimientos, que son los de un autor que testimonia su experiencia vital con la auténtica visión de un poeta. Siempre en poesía.

roger santiváñez

[Orillas del río Cooper, sur de New Jersey, marzo de 2026]

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