Seis preguntas alrededor del oficio poético

¿Los lectores se han banalizado y la poesía se ha alejado, por su hermetismo o ensimismamiento, de las nuevas audiencias? Luis Eduardo García ensaya algunas urgentes respuestas.

Publicado

22 Ene, 2024

Escribe Luis Eduardo García

Este texto parte de una constatación: la poesía ha perdido lectores por diversas razones. Entre esas razones hay dos que son centrales: que los lectores se han banalizado y que la poesía se ha alejado, por su hermetismo o ensimismamiento, de las nuevas audiencias. Estas preguntas no tienen respuestas definitivas, sino provisionales. Se necesita reflexionar más sobre el tema y enrumbar hacia un nueva discusión que enriquezca el tema.

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¿Puede un arte como la poesía sobrevivir en un ámbito comercial donde el máximo tiraje de libros alcanza, para ser optimistas, apenas los quinientos ejemplares?

Tengo la impresión que la respuesta a este primera pregunta es sí y no si atendemos a los acepciones más importantes de la palabra “mercado” que aparecen en el Diccionario de la Lengua Española en su versión electrónica: «Sitio público destinado permanentemente, o en días señalados, para vender, comprar o permutar bienes o servicios»; 2): «Conjunto de actividades realizadas libremente por los agentes económicos sin intervención del poder público»; y 3) «Conjunto de consumidores capaces de comprar un producto o servicio».

¿Dónde se vende y se compra poesía? Los lectores identificamos hasta dos ámbitos de comercialización: las librerías (formales e informales) y la venta directa. En las primeras, los libros de poesía pueden correr suertes diversas: reposar años de años esperando a los compradores, apolillarse en los almacenes o venderse de uno en uno con lentitud espantosa. La venta directa es distinta, permite, entre otras cosas, que el autor (o el vendedor, según sea el caso) se muestre al público y argumente en vivo y en directo por qué le deben comprar el libro. En realidad, bajo esta modalidad los libros nunca se venden, más bien se regalan, puesto que a la mayor parte de los seres humanos le da muy poco valor a los versos. Entre un teléfono móvil y un libro de poemas, el hombre promedio siempre preferirá pagar por el primero, cueste lo que cueste.

Es cierto que la poesía es un arte libre, un oficio que se desarrolla sin ataduras ni monsergas y, sobre todo, un arte abandonado a su suerte. Nunca o muy pocas veces recibe el apoyo estatal (al menos en el Perú), que fluye de manera libre y abundante hacia cosas más populares, más de consumo, digamos. El mercado de la poesía —si existe— actúa sin agentes económicos de importancia y sin ojos fiscalizadores. Por esta razón, jamás un poeta llegará a tener la popularidad de un Michael Jackson ni sus libros se comercializarán como los de la saga Crepúsculo y, por lo mismo él no tendrá nunca relevancia en el pago de tributos y el crecimiento económico.

¿Y los consumidores capaces de comprar un producto o servicio poético? ¿Dónde están? En principio, existen y son los propios poetas. ¿Quién más compra libros de poesía? Si nos atenemos a los antecedentes históricos, uno que otro fiel lector, pero nada más. Los tirajes llegan como máximo a los quinientos ejemplares (esto si el autor es alguien muy conocido, tiene un ego desmesurado, es parte de una familia numerosa o está inmerso en una red extensa de amigos). Los datos históricos que nos proporciona Octavio Paz (Paz, 1990) hablan por sí mismos: en 1876, Mallarmé publicó Las fiestas del fauno con un tiraje de 195 ejemplares; Una temporada en el infierno de Rimbaud tuvo en 500 ejemplares (1873); Paul Verlaine sacó a luz en 1876 una antología de 40 ejemplares; y en 1918 y 1922, César Vallejo lanzó Trilce y Los heraldos negros con 200 ejemplares cada uno. Otro caso es el de Giusseppi Ungaretti, cuyo libro La alegría (1915) llegó a los 80 ejemplares. Las únicas excepciones son Charles Baudelaire con los 1100 ejemplares de Las flores del mal y Lord Byron con los 10 000 ejemplares de El corsario.

Los lectores de hoy son, al parecer, más superficiales que los de antes. ¿Qué queda entonces? Supongo que asumir la vocación minoritaria de la poesía y aceptar que el público es diverso y que, por más que los lectores se cuenten con los dedos de la mano, la poesía no va a desaparecer mientras ella esté ligada a temas profundos y trascendentes.

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¿Qué garantiza la lectura provechosa de un texto poético? ¿El lenguaje sencillo, la llaneza de la técnica o ambas cosas a la vez?

Ante la poesía —un género literario de minorías— el lector prefiere, en unos casos, huir del texto, puesto que lo encuentra difícil de comprender o, en general, porque siente que no está preparado para leerlo con la claridad con que lee, por ejemplo, una novela o una noticia en un diario; en otros casos, el lector asume el desafío de desentrañar el significado de los versos haciendo un esfuerzo mayor al que sus limitaciones le permiten. La tarea se vuelve titánica si, además, el poema está escrito con un lenguaje no familiar y con una técnica complicada. Si el lector pese a todos sus esfuerzos no logra engancharse con el texto, opta finalmente por lo común: abandonar la poesía, a veces para siempre.

Para comprobar la actitud de los lectores ante los textos poéticos, suelo realizar a menudo un sencillo experimento: distribuyo entre mis alumnos de Literatura un poema de Luis Hernández, Cenizas y silicio

Ezra:

Sé que si llegaras a mi barrio
Los muchachos dirían en la esquina:
Qué tal viejo, che’ su madre.

(Hernández, 1983, pág. 33)

Otro de Francisco de Quevedo, el célebre Soneto amoroso definiendo al amor:

Es hielo abrasador, es fuego helado
es herida que duele y no se siente […]

 (De Quevedo, 2004, pág. 86)

Y un tercero, De la poesía, de José Watanabe:

El niño entró en la sombra de su árbol de extramuros
            donde dejaba diariamente sus quehaceres de intestino.
Y si otro niño en árbol vecino se acuclillaba
y se aliviaba/
brotaba entre ambos
la honrosa complicidad en la depuración
 del buen animal […]

 (Watanabe, 2008, pág. 183)

Los resultados confirman, la mayor parte de las veces, la tesis de que los poemas que emplean un lenguaje próximo y una técnica llana son los que tienen más aceptación.

De los tres poemas, los de Watanabe y Hernández —en este orden— son los que convocan rápidamente el interés de los estudiantes y, a la larga, los que ellos más sienten y comprenden. El empleo de expresiones como «quehaceres del intestino», «menestra», «planta mínima», «verde banderita» (Watanabe), «barrio», «muchachos», «esquina», «viejo» o la explícita «che’ su madre», así como la linealidad de su estructura, sirven a este propósito. En cuanto al extraordinario soneto de Quevedo, hay que ir con cuidado en tanto es resultado de una amalgama que une conceptos con sensaciones. A los alumnos les cuesta llegar a entenderlo y, aunque la hacen después de algún esfuerzo, el soneto no genera en ellos el mismo gancho que sí logran los poemas de Watanabe y Hernández. No está demás agregar que la poesía ha perdido lectores y se ha vuelto, en cierta forma, críptica porque los lectores se han banalizado. Este mundo requiere de ovejas que sigan los dictados del mercado. Todo lo que es contemplación, filosofía, profundidad y riqueza emocional es sospechoso y debe ser proscrito.

En un ensayo Las alternativas del novelista (Ribeyro, 2012, págs. 110-111) escrito hace más de treinta años, Julio Ramón Ribeyro que frente al lenguaje y a la técnica el novelista tenía dos caminos. En el lenguaje, debía elegir entre el demótico (lenguaje popular, corriente y simple) y el cataverusa (lenguaje literario, elaborado, cultista); y en la técnica, debe tomar partido entre lo barroco (complejo y rebuscado) y lo cartesiano (claro y directo).

Considero que esta clasificación de Ribeyro es susceptible de aplicarse a la poesía. Sin embargo, escoger entre el demótico y el cataverusa o entre el  barroco y lo cartesiano no garantiza bajo ningún punto de vista que un poema vaya a tener éxito. Para esto se requiere de más factores: estilo, conocimiento, buen gusto y habilidad para sintonizar con el interés de los lectores. Hay, sin embargo, autores a los que les resulta muy difícil escribir en sencillo y autores a los que es casi imposible pergeñar textos que no sea en difícil. José Watanabe y Jorge Luis Borges son buenos ejemplos de lo que afirmamos.

Witold Gombrowicz, respecto al hermetismo de los poetas afirma lo siguiente en su ensayo Contra los poetas:

El estilo se deshumaniza; el poeta no toma como punto de partida la sensibilidad del hombre común sino la de otro poeta, una sensibilidad ‘profesional’, y entre los profesionales se crea un lenguaje inaccesible como los otros dialectos técnicos, y, subiendo unos sobre los hombros de los otros, forman una pirámide cuya punta ya se pierde en el cielo, mientras nosotros nos quedamos abajo algo confundidos».

(Wombrowicz: 1997, p. 15)

Existen también quienes —debido a que ignoran por completo las propuestas de Ribeyro o están muy lejos del talento natural de Watanabe y Borges— o bien escriben de manera tan simple que llegan a ser vulgares o bien de modo tan enmarañado que se vuelven incoherentes o herméticos. Estos, afortunadamente, son los menos en el mundo de la poesía y los que llevan la carga de la culpa cuando los lectores huyen de ella porque no entienden lo que leen. Como en Mayo del 68: Seamos realistas, pidámosles lo imposible.

Poeta peruano José Watanabe (Foto: Paul Vallejos)

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Cuando los poemas no trasmiten emociones, afectos o sentimientos, ¿qué trasmiten en realidad? ¿Son acaso simples artefactos; es decir, obras mecánicas hechas de palabras como dice Octavio Paz?

Un lector es cómplice cuando siente afinidad con lo que lee, cuando siente que el autor de un texto le habla al oído o le dice con viejas palabras las nuevas ideas que él imagina pero que es incapaz de escribir. Así es exactamente la poesía: aquello que los poetas escriben y que los lectores aspiramos a comprender del todo, aunque nos parezca que nosotros también podríamos hacerlo tan bien como ellos. Hay que seguir nada más la siguiente regla: que cualquier parecido con la realidad sea pura coincidencia.

La poesía está escrita con el lenguaje de lo figurado y lo económico. Lo primero porque no es lo mismo decir «el amor es contradictorio» que decir «es hielo ardiente o fuego congelado». En este caso, la poesía vale por lo que no dice o por lo que insinúa. En el segundo caso, lo económico, implica decir muchísimo con el menor número posible de palabras. Los poetas son, en cierta forma, los guardianes de los secretos verbales. Ellos saben qué decir y, sobre todo, cómo decirlo en el tiempo y el lugar indicados.

Entre el lenguaje poético y los lectores comunes y corrientes hay desde hace muchos años una fisura difícil de cerrar. Es una brecha abierta desde dos frentes. Por un lado, los poetas, que en un determinado momento de la historia decidieron volverse herméticos. Y, por otro, los lectores, que poco a poco ―y a su pesar― han ido empobreciéndose, tanto que en algunos casos son capaces de confundir un poema con un texto de autoayuda.

Cuando el fenómeno anterior ocurrió, la poesía se convirtió en un territorio comanche, un lugar peligroso en el que había que andar con cuidado. Luego pasó a ser algo así como una reservación india; es decir, un lugar donde había que confinar a todos los individuos peligrosos o capaces de dinamitar la sana quietud de los buenos sentimientos. Más adelante, el territorio poético fue un fuerte heroico, una trinchera desde la que se disparaban balas de goma o de fogueo. Ahora, casi podría decirse que la poesía ha terminado por conversar consigo misma en una casa que muy pocos visitan.

Por todas las razones anteriores, resulta asombroso que los poetas sigan escribiendo y publicando libros y que los lectores se tomen el trabajo de asistir a una ceremonia de presentación, adquieran un libro y finalmente lo lean con la misma intensidad con que acogen las cosas simples y hermosas de la vida. ¿Acaso no es objeto de perplejidad que en una era en que los emoticones (emoción+ícono) hacen furor en el mundo digital un poeta escriba en la pantalla de su ordenador versos sobre el absoluto de la vida? La poesía es la entrada secreta al castillo invisible de la belleza.

4

El mundo actual parece estar en contra del sentido poético de las cosas, y aún de la propia poesía. ¿Quiénes siguen leyendo poesía ahora? ¿Qué extraña secta es la que le rinde culto en medio de la frivolidad y el apuro?

Comprendo a quienes dicen: «Con la poesía, nada». Los comprendo, pues sé cómo se aburren al menor contacto con ella. La poesía se está, efectivamente, callada y no dice nada al común denominador de los seres humanos. A los que viven en y con su fe esto les da rabia, cuando no ganas de salir y gritar por allí, como los detectives salvajes de Roberto Bolaño, que la poesía está donde no lo parece.

Acepto que se trata de un arte de culto. En sus filas, dicen los pragmáticos, abundan los soñadores, los idealistas, los utópicos y los ilusos. No tengo la menor duda. Aunque estos no están únicamente allí. Los podemos encontrar en todas partes y en todas direcciones. Sólo que la poesía sabe brindarles el mejor albergue. Por esta razón, la poesía es un acto de fe más que una forma literaria propiamente dicha.

Octavio Paz dice que hay poesía sin poemas (Paz, 1998); por ejemplo, personas, paisajes y hechos que por su belleza nos mueven a un estado anímico superior. Y es poético ―dice Paz― aquello que ha sido tocado por una «condensación del azar o es una cristalización de poderes y circunstancias ajenas a la voluntad creadora del poeta» (Paz, 1998, pág. 14). La vida en general, si nos atenemos a las afirmaciones del ensayista mejicano, sería poética. «Lo poético es la poesía en estado amorfo» (Paz, 1998, pág. 14), sostiene. El problema es que el hombre se ha ido despojando poco a poco de ella hasta terminar por arrojarla al tacho de basura.

Desterrada, como parece, de la vida cotidiana, la poesía se ha quedado en el único lugar donde siempre fue bien recibida: los poemas y, por añadidura, en el corazón de los que la escriben y la leen. Sin embargo, hay que reconocer que muchas veces los poemas son artefactos artísticos, didácticos o retóricos muy estimulantes que no contienen la más mínima pizca de magia emocional (a veces, forma y contenido no son lo mismo). La contienen sólo cuando ocurre aquello de la «condensación del azar y circunstancias ajenas a la voluntad creadora del poeta»; es decir, en tanto en la relación hombre-naturaleza obra el asombro, el deslumbramiento, la conmoción o, en el mejor de los casos, el «síndrome de la piel de gallina».

Sospecho que en los colegios, las universidades y en lugares parecidos se lee muy poco o nada de poesía. Nadie, salvo que sea por imposición o interés práctico, necesita sentir que hay vivencias artísticas que podemos resignificar en nuestra vida mediocre y consumista. De un mundo que se destruye a sí mismo a punta de gases tóxicos y virus morales, es muy difícil esperar que acoja el sentido poético de las cosas. ¿Es que vivimos la era más antipoética de todas las que ha vivido la humanidad? Por las cosas que veo y vivo, me temo que sí.

El lenguaje poético es visto ahora como un juego o como una cosa de «loquitos despistados». Es verdad que nació de trasgresiones, pero esto no quiere decir que no tenga importancia para la vida corriente o para la búsqueda de sentimientos elevados. Si leemos el poema El remordimiento de Jorge Luis Borges, puede ser que nos sintamos impactados por el pesimismo y la utilización de imágenes fuertes y desoladoras. No podríamos afirmar, sin embargo, que nos aburrimos o que nuestra conciencia sigue en su estado original: un témpano de hielo. Me rectifico: esto ocurrirá si amamos la poesía. Pero si ella no nos toca por distintas razones, seguramente el poema de Borges será poco menos que un disparate.
Los poetas utilizan las palabras con la finalidad de que los objetos, los seres o los paisajes cobren vida. La poesía está más allá de lo evidente, connota, no dice directamente las cosas sino que sugiere sus significados. El lector los interpreta de acuerdo con sus conocimientos, vivencias y recuerdos personales.

He cometido el peor de los pecados
Que un hombre puede cometer. No he sido
Feliz. Que los glaciares del olvido
Me arrastren y me pierdan, despiadados.
Mis padres me engendraron para el juego
Arriesgado y hermoso de la vida,
Para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
No fue su joven voluntad. Mi mente
Se aplicó a las simétricas porfías
De arte, que entreteje naderías. 
Me legaron valor. No fui valiente. 
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado.

(Borges, 2018, pág. 457).

A veces el lenguaje poético requiere explicaciones. Los lectores necesitan saber que «no ser feliz» es un pecado y hasta una traición a la promesa familiar, de modo que esta se convierte en una mácula que se arrastra como una sombra de desdicha a lo largo de la vida. Y que en la agonía de esa mala conciencia de haber fallado, quizás con el fin de equiparar el nivel de la falta, quisiéramos que las fuerzas de la naturaleza (nada menos que los «los glaciares») nos conduzcan a la desaparición, al olvido más absoluto. El poema de Borges vale no por lo que dice (todos decimos lo mismo de múltiples maneras), sino por el modo en que lo dice (y también por lo que no dice explícitamente). El orden sintáctico y las palabras elegidas están puestas allí para provocar eso que Octavio Paz buscó a lo largo de su vida: la ardiente comunión entre el hombre y lo que llamamos –a veces con desdén― poesía.

Jorge Luis Borges, referente ineludible de la literatura sudamericana

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¿Es verdad que el barco de la poesía se hunde y que su principal instrumento, el lenguaje figurado, se desvaloriza poco a poco y de manera irremediable?

La revista mexicana Letras Libres (Letras Libres, 2004) dedicó uno de sus números a indagar por qué razón la poesía era considerada inútil por la gran mayoría de la gente. Allí, varios poetas y críticos convocados constataron que la poesía, en efecto, había perdido fuerza, valor y, sobre todo, lectores. De princesa ha pasado a cenicienta. Ya nadie lee poesía; los que lo hacen son unos cuantos, quienes siguen creyendo en el poder emocional de las metáforas o los versos escritos para abrazar corazones desolados.

Es tal la miseria en que está sumida, dicen poetas y críticos, que no solo faltan lectores, sino también casas editoriales. Las más famosas, por ejemplo, han desmontado sus colecciones dedicadas a difundirla, mientras que las que se dedican a este rubro han optado por reducir drásticamente sus tirajes. Supongo que esto es lo que habrán hecho editoriales peruanas independientes o españolas como Visor, Hiperión y Pretextos.

La poesía, dicen, vive encerrada en sí misma, en un ghetto, en una isla en la que lectores y poetas intercambian roles hasta el aburrimiento. Esta afirmación es hasta cierto punto verdadera. En algún momento de la historia, la poesía perdió el contacto con la gente, se alejó de sus simpatías y se quedó encerrada en sus aposentos. A su lenguaje le salieron patas de gallo y canas por doquier, y casi nadie hizo algo para evitar este envejecimiento prematuro. Antes bien, los poetas, herméticos por antonomasia, se volvieron más herméticos todavía.

La novela, no se dejó ganar por la molicie ni por el ritmo del mundo moderno. No sucedió así con su primo hermano el cuento, que se “atrincheró” en una zona entre visible y oscura, en que sobrevive hasta ahora más o menos cómodo. La novela, en cambio, cambió de look y salió en busca de nuevos espacios. Nacida en el siglo XIX como expresión de la burguesía, en el siglo XXI es una expresión democrática de la cultura. Así, hay novelas de todo tipo y para todos los gustos.

De la poesía no se puede decir lo mismo. No hay poesía de todo tipo ni poesía para todos los gustos. Los que leen y publican versos se cuentan con los dedos de la mano y forman parte de una «minoría» (Juan Ramón Jiménez) que algunas llaman «élite», «sarta de locos», «familia de haraganes» o «banda de soñadores». Los versos no venden ni van con el marketing, menos con la publicidad y el consumo. Quizás por esta razón los tirajes en libros de poesía son tan pequeños.

Pero a lo largo del tiempo no solo han cambiado la poesía y la novela. También lo han hecho los lectores. Antes, estos accedían por igual al pensamiento abstracto como al concreto, a los versos como a la prosa, a lo trascendente como a lo banal. De un tiempo a esta parte, las mayorías usan el lenguaje sin ningún pudor. Hay como una especie de cretinización de las formas verbales. No hay recato para hablar correctamente, tampoco decencia para escribir como las normas mandan. Se ha perdido la vergüenza y con ello el respeto por el patrimonio común que constituye la lengua.

La desvalorización del buen uso de la lengua ha corrido paralelo con la incapacidad de las mayorías para desarrollar, para leer o para disfrutar del pensamiento abstracto. Si es pobre la lengua, es pobre también el pensamiento. Se deja entonces de lado aquello que no va o va mal con la urgencia de lo concreto, con lo que entretiene sin exigirnos demasiada imaginación, con lo que divierte sin replantearnos la existencia y con lo que da placer sin pedir nada a cambio. No se requiere de mucho esfuerzo para comprobar una de las tantas verdades del mundo contemporáneo: los lectores se han vuelto superficiales. Con el colapso de la trascendencia literaria ha caído también la poesía y con ella las emociones que le son inmanentes. Es cierto que ésta nunca fue arte de masas, sin embargo tuvo al menos más prestigio.

No podemos tapar el sol con un dedo. El barco de la poesía se hunde. Los lectores actuales no saben si se trata de un galimatías, de un ejercicio intelectual, de un género inferior o de un ludismo inútil. Y el barco se hunde porque en su afán de novedad, los poetas les cerraron la puerta en la cara a los lectores, mientras que estos se volvieron frívolos y negados para logros complejos del lenguaje literario. Sin embargo no todo está perdido. Hay crisis, pero hay esperanza. Lectores y poetas se mueven en una sensación de malestar y cambios en contra. La única que no ha cambiado, al parecer, es la poesía. Ella se mantiene en una zona especial del lenguaje, una zona de reinvención y experimentación donde se clonan los vocablos, donde alcanzan altura máxima los verbos y donde se conciben nuevos materiales para el genio lingüístico. ¿La inútil poesía? Eso está por verse. La cercanía de la poesía a la belleza la protege de cualquier ataque o desaparición. Al parecer, mientras

[…] exista un idioma y seres humanos que lo requieran para comunicarse habrá de pronto algo inquietante entre ellos, cierto estado de las palabras, al que se podrán denominar de muchas maneras pero que, en términos arcaicos, no será otra cosa que poesía. 

(Fernández, 2004)
La poesía se aleja de los jóvenes pero mantiene aún fieles a sus viejos lectores.

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¿Por qué la poesía sigue perdiendo lectores y prestigio social? ¿Cuáles son las salidas para la poesía y los poetas?

Una queja recurrente entre los poetas es que ahora muy pocas personas leen poesía. Esto, en todo caso, puede constatarse en los austeros tirajes de libros, la poca o nula de asistencia a los recitales y la profunda desconfianza en un género que antaño era la expresión por antonomasia de los seres humanos.

En un mundo donde impera la lógica del mercado no es insólito que la poesía sea considerada como un asunto propio de seres extraños, locos o desviados del juicio social. La torpeza del mundo real y la excesiva presión con que los sistemas políticos y económicos someten a los seres humanos ha hecho que estos consideren a la poesía un asunto de cenáculo.

Entre el lenguaje poético y los lectores comunes y corrientes hay desde hace muchos años una fisura difícil de cerrar. Es una brecha abierta desde dos frentes: los poetas y los lectores, como escribí antes.

Agustín Fernández Mallo sostiene que la poesía escrita (para diferenciarla de la que utiliza otros lenguajes que no sea el escrito), si es que no ha muerto ya, se ha convertido en “práctica de manierismos y ejercicios de nostalgia”. Añade este autor:

(…) una abrumadora mayoría de la poesía publicada (…) parece no haberse enterado del cambio operado no solo por el resto de las artes (…), sino por el conjunto de lo que damos en llamar sociedades técnico-desarrolladas, y si se ha enterado le da la espalda de tal manera que sólo puede conducirla al suicidio por anoréxica autodestrucción.

(Fernández Mallo, 2009, pág. 25)

Para Fernández Mallo, en la poesía escrita contemporánea todavía no ha producido un cambio de paradigma, a diferencia de las artes plásticas o la música, donde desde hace algún tiempo la ciencia y la tecnología han potenciado las posibilidades comunicativas de ambas. En la poesía que él llama «ortodoxa» los recursos expresivos más se han anquilosado y congelado en el pasado. Lo que propone es que la poesía comience un proceso de desconstrucción, de cambio radical de sentido, puesto que se trata de la única disciplina artística que todavía no lo ha hecho. Este fenómeno se conoce como el salto de la modernidad a la posmodernidad.

La vía para recuperar a los lectores y el prestigio social perdidos no pasa por matar a la poesía escrita, sino en rescatar lo mejor de esta, incorporar las posibilidades expresivas que ofrecen, por ejemplo, Internet, las redes sociales y los medios audiovisuales, así como buscar la colaboración (como antes lo hicieron las vanguardias o “ismos” de comienzos del siglo XX) con medios más convencionales como las artes plásticas, la arquitectura, el cine y la televisión. La postpoética sería, por esto, una estrategia para garantizar la existencia de la poesía y una nueva poética inspirada en el lenguaje e imágenes las nuevas tecnologías que gobiernan el mundo. Algo de esto ocurre ya, sobre todo en un mundo acosado por la COVID 19, en el que lo digital se presenta como una necesidad. Los poetas se han volcado a organizar recitales a través de Facebook y otras plataformas y a difundir sus libros en formato digital ¿Qué cambios y nuevos caminos se abren para la poesía en estos nuevos tiempos? ¿Cuáles son las facilidades o dificultades ofrece el mundo digital para un arte de minorías? ¿Cómo asimilará la poesía la división entre lo presencial y lo remoto y cuáles serán las consecuencias para su futuro? Creo que aún es muy temprano para saberlo.

¿Cuántos libros habrán vendido los poetas más influyentes de la historia?

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Bibliografía

Borges, J. L. (2018). Poesía completa.Barcelona: Lumen.
De Quevedo, F. (2004). Antología poética comentada. Madrid: Biblioteca Edaf.
Diccionario de la Lengua Española. Obtenido de https://dle.rae.es/mercado?m=form
Fernández Mallo, A. (2009). Postpoesía, hacia un nuevo paradigma. Barcelona: Anagrama.
Fernández, J. (31 de Diciembre de 2004). Letras Libres. Obtenido de Letras LIbres: https://www.letraslibres.com/mexico/esta-en-crisis-la-poesia
Hernández, L. (1983). Obra poética completa. Lima: Punto y trama.
Letras Libres, R. (31 de Diciembre de 2004). Obtenido de https://www.letraslibres.com/mexico/revista/la-inutil-poesia
Paz, O. (1990). La otra voz. Poesía y fin de siglo. Barcelona: Seix Barral-Biblioteca Breve.
Paz, O. (1998). El arco y la lira. México: FCE.
Ribeyro, J. R. (2012). La caza sutil y otros textos. Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales.
Watanabe, J. (2008). Poesía completa. Valencia: Pretextos.
Wombrowicz, W. (1997). Contra los poetas. México: Tumbona Ediciones.

Luis Eduardo García (Chulucanas, Piura, Perú, 1963) Poeta, narrador y periodista. Es docente de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Privada del Norte de Trujillo. En 1985 ganó el VI concurso “El poeta joven del Perú” y en el 2009 el Tercer Premio del Concurso Internacional Copé de Poesía. Ha publicado cuatro libros de poesía: Dialogando el extravío (1986), El exilio y los comunes (1987), Confesiones de la tribu (1992) y Teorema del navegante (2008); dos de cuentos: Historia del enemigo (1996) y El suicida del frío (2009); y uno de crónicas, ensayos y entrevistas: Tan frágil manjar (2005). El lugar de la memoria (2023) premio de novela breve del BCR. Mantiene desde 1986 una página de reseñas y comentarios literarios en el suplemento dominical del diario La industria de Trujillo.

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