Círculo de Lectores
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Stevenson contra el clima

Hay hombres que respetan las ideas; mi padre respeta los oficios. Stevenson se volvió para él algo inteligible, un hombre con una herramienta.

Publicado

8 Abr, 2026

Escribe Gunter Silva

Siento que Edimburgo es una ciudad que te examina. Uno llega creyendo que ha venido a ver castillos, pasadizos secretos por los que transita el inspector John Rebus, una que otra lápida ilustre, y la ciudad, con esa dignidad húmeda de profesora de latín, parece preguntarte en silencio si estás realmente preparado para caminar cuesta arriba con dignidad mientras una lluvia microscópica te arruina el peinado. Fui con mi padre, que nació en la selva del Perú, es decir, en un mundo donde el aire no circula. Robert Louis Stevenson, perseguido por la tuberculosis, viajó media vida buscando climas benévolos, lugares donde el cuerpo no se sintiera inmediatamente traicionado por la atmósfera. Nosotros, por un sentido del humor que roza lo filial y lo irresponsable, hicimos lo contrario: llevé a un hombre tropical a Edimburgo en temporada de frío y tempestades.

El viaje era absurdo desde su premisa, que es una buena señal. Los viajes sensatos sirven para descansar; los otros sirven para entender algo. Mi padre caminó por la Royal Mile con esa expresión de asombro disciplinado que tienen los hombres prácticos cuando el paisaje parece diseñado por novelistas. Miraba la piedra negra, las fachadas estrechas, las torres que suben como si quisieran escapar de la misma ciudad que las sostiene, y asentía con seriedad. Al cabo de diez minutos, cuando un viento criminal nos dobló en dos, hizo el diagnóstico más preciso del urbanismo escocés que he oído jamás.

—Bonita ciudad —dijo—. Pero alguien debería apagar el aire acondicionado.

Mi padre tiene una relación profundamente moral con el clima. No le gusta sufrir gratis. En la selva, el calor por lo menos tiene la decencia de ser productivo: hace crecer cosas, estropea motores, obliga a la siesta, te lleva a nadar al río, justifica el sudor. El frío de Edimburgo, en cambio, parecía un concepto. Una tesis. Una opinión largamente sostenida por gente pálida y obstinada. Yo trataba de explicarle que ahí mismo, en esa combinación de piedra, niebla y una melancolía con buenos modales, se había cocinado parte de la literatura moderna. Stevenson, por ejemplo. Scott. Hume. Mi padre me escuchaba con cortesía, pero yo conocía esa cara; era la cara que pone cuando alguien describe una máquina sin decir para qué sirve.

Luego entramos al WritersMuseum, y la ciudad, por fin, nos ofreció una llave. El museo está escondido en un rincón que parece inventado por un escenógrafo con doctorado en romanticismo: Lady Stair’s Close, adoquines húmedos, una casa antigua que parece haberse encogido para escuchar mejor a sus muertos. Mi padre, que considera los museos una forma elegante de fatiga, avanzó con paciencia. Veía manuscritos, retratos, vitrinas, el habitual despliegue de reliquias con el que una nación intenta convencerte de que sus escritores eran gente de carne y hueso. Hasta que encontró la máquina.

Era la imprenta asociada a Stevenson, una de esas piezas que logran reconciliar a un escéptico con un artista. Mi padre se acercó con un respeto que no le había concedido a los retratos ni a las primeras ediciones. Miró la palanca, la estructura, el metal, la lógica física del aparato. Ahí estaba, por fin, una prueba de trabajo. Una cosa que exigía manos, repeticiones, obstinación. La literatura, para él, acababa de volverse menos sospechosa.

—Así que este Stevenson también trabajaba —dijo.

No era una broma. Era un indulto.

Hay hombres que respetan las ideas; mi padre respeta los oficios. Un escritor, en abstracto, le parece una criatura potencialmente vana, alguien que podría pasarse décadas opinando sobre la lluvia desde interiores con buena calefacción. Mi viejo piensa en la literatura como un pasatiempo de los que pueden permitírselo. Una mini imprenta, en cambio, lo tranquiliza. Implica esfuerzo, error, grasa, resultados. Y de pronto Stevenson —el flaco genial, el enfermo ambulante, el estilista con pulmones en huelga— se volvió para él algo inteligible, un hombre con herramienta.

Stevenson
Robert Louis Stevenson (arte de Carlos Franco)

Salimos del museo y seguimos caminando por la ciudad como si la imprenta nos hubiera dado un nuevo idioma. Yo le hablaba de Stevenson como de un hombre obligado por el cuerpo a moverse, alguien que convirtió la fragilidad en itinerario. Un inválido con talento para la fuga. Mi padre escuchaba y asentía. No le interesaba mucho la tuberculosis en sí, pero sí lo que esa enfermedad había producido en términos de conducta. El hecho de que alguien, enfermo, siguiera viajando. Siguiera haciendo. Siguiera, incluso, teniendo estilo.

—O sea que estaba fregado y no se quedó quieto.

Para mi padre, ése es un elogio completo. No hay universidad que lo mejore.

Después vino el whisky, porque Escocia no cree en las transiciones suaves. Entramos a un pub donde todo estaba hecho del material del que se fabrican las evocaciones: madera oscura, cristales con memoria, una temperatura que parecía calentar el cuerpo. Mi padre pidió un whisky con la seriedad del que acepta una reunión diplomática con una sustancia histórica. Lo olió largamente, como si sospechara una trampa. Tomó un sorbo. Levantó una ceja.

—Salud —dijo.

Había en su reacción algo casi religioso, lo cual me hizo pensar que el whisky es el sacramento natural de una tierra donde hasta la alegría parece pasar primero por el filtro de la gravedad. Uno bebe y entiende mejor no sólo a Stevenson, sino a sus fantasmas, a sus marineros, a sus hombres que caminan con bastón entre callejones morales. El whisky no suaviza Edimburgo; la traduce. Mi padre, que viene de una tradición líquida más cercana al café y al calor con mosquitos, se dejó corregir con dignidad. Al quinto vaso ya estaba filosófico, que en él no significa abstracto sino exacto.

Me habló, en cambio, de Londres. Dijo que Londres le parecía más ligera, más suelta de hombros, una ciudad que, incluso cuando presume, lo hace con cierta ironía. Edimburgo, en cambio, le parecía hermosa de una manera más severa: gótica, histórica, evidentemente rica, llena de turistas y de edificios que no te dejan olvidar que alguien estuvo allí antes que tú, y probablemente mejor vestido. Le gustaba mucho, dijo, pero sentía que aquí la historia pesa más, como si la belleza viniera siempre con una pequeña cuota de melancolía. Londres, para él, tenía algo más vivo; Edimburgo, algo más noble y más triste. Yo, en respuesta, le hablé de la selva peruana, de Stevenson buscando calor en Menton, Davos, Samoa, como si el clima fuera un médico con muchos acentos. Y entre esas dos geografías —la Amazonía y Escocia, el vapor y la piedra— empezó a aparecer un entendimiento raro, lateral, muy de padre e hijo: la sospecha de que todo viaje serio es una negociación entre los límites del cuerpo y el orgullo de seguir adelante.

—Uno siempre viaja para ver si todavía aguanta —dijo de pronto, mientras se secaba el trago de un vuelo.

Afuera el aire tenía esa crueldad educada del norte. Adentro, el pub parecía una tregua temporal entre el hombre y el clima. Yo lo miraba y pensaba que viajar con un padre es una de las pocas formas decentes de descubrirlo de nuevo. En casa, los padres se convierten en función: llaman, corrigen, repiten, cargan bolsas, cambian focos, se callan cosas. En el extranjero, en cambio, recuperan una extraña individualidad. Se vuelven personaje. Mi padre, en Edimburgo, dejó de ser sólo mi padre y pasó a ser un hombre de la selva peruana, inteligentísimo, irónico, ligeramente ofendido por Escocia, avanzando entre sitios literarios y vasos de malta como si una novela británica lo hubiera adoptado por error administrativo.

La mejor escena del viaje ocurrió al día siguiente, subiendo una cuesta ridícula bajo una lluvia horizontal que no parecía meteorología sino resentimiento. Mi padre caminaba envuelto en bufanda, gorra de béisbol, abrigo y desconfianza. Se detenía cada tanto a mirar la ciudad abajo: tejados mojados, chimeneas rojas en punta, humo, la luz gris de un mundo casi espectral. Yo, todavía en mi papel de guía, trataba de señalarle edificios, historias, contextos. Él respiró hondo, miró ese paisaje de piedra mojada, y me dio la frase que terminó de explicarme el viaje.

—Tu Stevenson pasó la vida buscando calor para no morirse. Yo he vivido con calor toda la vida y ahora vengo hasta aquí, a congelarme, por gusto. Eso sí es literatura.

Tenía razón, por supuesto. La literatura empieza donde la lógica pierde autoridad. Yo, creyendo que le mostraba una ciudad, cuando en realidad estaba viendo cómo él le daba forma a la ciudad con sus comentarios, su resistencia, su humor.

Entonces, de un modo inesperado, mi padre se puso a hablar de One Day, la serie basada en la novela de David Nicholls, que empieza precisamente aquí, en Edimburgo, con Emma y Dexter saliendo de la universidad y entrando, sin saberlo, en la larga administración sentimental de sus vidas. Le sorprendía eso: que una ciudad tan severa, tan construida para el viento, hubiera servido de escenario para una historia tan vulnerable. Dijo que tal vez por eso funcionaba. Que el amor, cuando empieza, siempre cree que está estrenando el mundo, y las ciudades viejas tienen la crueldad de recordarte que no: que antes de tus promesas ya hubo otras, antes de tu gran noche ya había piedra, lluvia y siglos. Me lo dijo mirando la calle como si viera pasar a Emma y Dexter entre turistas mojados. Y remató con una frase que me dejó callado: —Los jóvenes creen que se enamoran entre ellos, pero también se enamoran del momento en que todavía no saben quién de los dos va a sufrir más.

Pienso todavía en la escena del museo, en la imprenta, en la manera en que una máquina resolvió de golpe el problema de Stevenson para mi padre. No fue el mito del escritor, ni la leyenda del enfermo, ni el prestigio de la literatura escocesa. Fue una herramienta. Algo hecho para producir. Algo que exigía pulso. Ahí, frente a esa máquina, mi viejo reconoció a un escritor escocés como a un igual posible en la república severa de los que hacen cosas.

No sé si un viaje puede aspirar a más. Uno sale a ver una ciudad y termina asistiendo a un pequeño milagro: el momento en que tu padre, desconfiado de las poses y las reputaciones, decide respetar a un muerto famoso por algo muy simple: que, además de toser sangre y escribir maravillosamente, también supo trabajar con las manos. En Edimburgo, ciudad de piedra y de viento, poblada de escritores con vocación de fantasmas, eso me pareció más de lo que puede pedírsele a un viaje.

Gunter Silva
Gunter Silva es licenciado en Artes y Humanidades, con una maestría en Literatura y Creatividad Literaria de la Universidad de Westminster. Su producción incluye el libro de relatos Crónicas de Londres (Lima, 2012), la novela Pasos Pesados (Lima, 2016), El Baile de los vencidos (Buenos Aires, 2022) y Neutrino, cuaderno de navegación (Lima, 2024).

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