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«La vida exagerada de Martín Romaña», de Alfredo Bryce Echenique

Con la publicación de “La vida exagerada de Martín Romaña”, su tercera novela, se consolida el estilo humorístico y nostálgico de Alfredo Bryce.

Publicado

2 Feb, 2026

Escribe Manuel Rosas

Con la publicación de “La vida exagerada de Martín Romaña”, su tercera novela, se consolida el estilo humorístico y nostálgico de Alfredo Bryce. La ejecución de esta novela resulta de la voluntad de hacer un balance de los años que vivió el autor tras su primer arribo a París. La novela es así una especie de esclarecimiento de los hechos una vez pasado el vendaval. Un análisis del tipo “a ver qué ha pasado aquí”. Los dos grandes sucesos que impulsan la narrativa son las experiencias en torno a Mayo del 68 y el devenir del primer matrimonio del autor. “La vida exagerada de Martín Romaña” es también una especie de parodia de “París era una fiesta”, la última novela de Hemingway publicada póstumamente en 1964, que también salda cuentas con un París bohemio y fascinante de principios de siglo. Allí donde Hemingway adopta un tono épico y celebratorio, marcado por una fascinación desbordante y por la seguridad de un narrador expansivo, la mirada de Bryce es más bien desencantada y pesimista. El París que encuentra Martín Romaña no es el de los cafés legendarios ni el de las fraternidades literarias, sino el de las caseras miserables, los viejos mezquinos, los grupúsculos elitistas y los restaurantes de mala muerte: un escenario dominado por el frío, el hambre y la tristeza.

 Además de “París era una fiesta”, también hay un eco de “Adiós a las armas” por el tono nostálgico y amargo con que se repasan los recuerdos. Pero, nuevamente, lo que en Hemingway es memoria de hitos históricos que marcaron a la humanidad, en Bryce es balance de asuntos absolutamente íntimos y personales. Por supuesto, el estilo narrativo de Bryce, más cercano a P.G. Wodehouse que a Hemingway, está más acorde con la subjetividad confesional que con la reconstrucción histórica. No dejan de ser muy interesantes, sin embargo, estas conexiones paródicas con novelas emblemáticas de la Generación Perdida y, si queremos tirar del hilo de esa madeja, con la novela paródica por excelencia que es el Quijote de Cervantes. Así como Cervantes asimila y supera la tradición de la novela de caballerías, Bryce revisa, deglute y reconfigura el imaginario de la novela de la Generación Perdida, adaptándolo a la voz y a las necesidades del narrador contemporáneo.

Otra tradición literaria no menor que Bryce invierte irónicamente es la narrativa sentimental. En las dos novelas que conforman el díptico “Cuadernos de navegación en un sillón Voltaire”, es decir, “La vida exagerada de Martín Romaña” y “El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz” se advierte esta parodia a veces llevada a extremos grotescos, como el vía crucis rectal que le dificulta a Martín Romaña una reconciliación con Inés. Martín Romaña es el amante víctima de la “melancolia amoris”, el amante enfermo de amor como lo presenta la tradición literaria amorosa medieval, pero en su caso su “enfermedad” se cura con valiums y laxantes. Quizá sea todavía más evidente esta inversión en “No me esperen en abril”, la novela publicada en 1995 y que, si se atiende a la cronología del alter ego del narrador —se trate ya de Martín Romaña, ya de Julius o de Manongo Sterne— tendría que leerse antes que el díptico.

Se ha dicho también que hay una conexión entre “La vida exagerada de Martín Romaña” y “Rayuela”. En el prólogo de la edición de Cátedra (2000), Julio Ortega examina esta aproximación a partir del hecho de que ambas obras evocan las vicisitudes y experiencias de un sudamericano pisando tierras parisinas por primera vez. En cierto sentido, el parangón resulta válido, pero no hay que olvidar que la relación entre Cortázar y Bryce es más vital en el plano del lenguaje y se vincula con el descubrimiento y afirmación de la propia voz narrativa del novelista peruano. Bryce hace suya su voz después de reconocer los alcances lúdicos y críticos de la voz de Cortázar, muy europeo y moderno, sin renunciar a un dejo argentino, porteño y hasta lunfardo.

Alfredo Bryce Echenique
Alfredo Bryce Echenique en París (Foto: Getty Images)

El humor de Bryce —nostálgico, tierno, hipersensible— es también muy peruano porque su propia voz está impregnada de una raíz muy peruana, a pesar de los años de autoexilio en Europa. Su tono, su cadencia, el tipo de ironía que utiliza, su sensibilidad melancólica… todo ello nos remite a una experiencia vital y social claramente peruana. Subvirtiendo un dictamen de Porras, según el cual el humor en el Perú es más bien reflejo de un carácter pasivo y apocado, Bryce ha hecho de la peculiar expresión peruana una literatura.

Aquí se objetará que la expresión de Bryce corresponde a un habla específica de las clases criollas limeñas acomodadas de mediados del siglo XX. Sí, pero me parece que Bryce ha hallado la forma expresiva exacta que, sublimando todos los rasgos peculiares del habla peruana (la digresión caprichosa, el tono confesional, la exageración afectiva, el coloquialismo cargado de diminutivos, la sustantivación incongruente con fines enfáticos, etc.), ha alcanzado un nivel de universalidad y atemporalidad que pocos han logrado. En otras palabras, Bryce se ha inventado un idioma que no puede ser descrito más que como “peruano”.

Por ejemplo, en la expresión “… y yo me quedé en París llenecito de unas ronchas que me salían en las muñecas, y que era algo así como una alergia al cuartucho techero en que vivía” (pág. 74), advertimos, en primer lugar, que no podríamos enmarcar la expresión en una época específica porque su dictum, su modus y su sintaxis no corresponden rígidamente a una comunidad sociolectal ni etaria determinada. Es una frase que pudo ser dicha en los años sesenta como puede ser enunciada mañana. Y, sin embargo, hay claramente tres rasgos muy peruanos: el diminutivo “llenecito” (de valor enfático aplicado al adjetivo), el coloquialismo “era algo así” que sitúa las ronchas en una zona conceptual ambigua e imprecisa, y el despectivo “cuartucho” que contiene un aire señorial, muy típico de las clases acomodadas.

Otro ejemplo: “Feliz, pues, el monstruo de avaricia, y todavía encima con la concha de venir a decirme que iba a aprovechar esos días de «desórdenes» para hacer algunas obritas en el destartaladísimo local de cuatro clases…” (pág. 266). Es cómico el uso de la expresión “monstruo de avaricia”, de resonancias clásicas, aplicada a una mezquina directora de escuela. El giro “la concha de venir a decirme” es peruanismo muy típico equivalente al desparpajo o descaro con el que alguien dice algo que debería darle vergüenza, en este caso, explicar que durante las protestas estudiantiles (la reducción a “desórdenes” es otra sátira aguda aplicada a la configuración léxica de la directora) iban a realizarse reparaciones en el local venido a menos. La ridiculización de la escena se refuerza con el diminutivo “obritas” y el superlativo “destartaladísimo”, que combinan atenuación y exageración de manera humorística. Quizá, en vez de “cuatro clases” era mejor o más comprensible “cuatro aulas”, puede ser que “cuatro clases” sea un galicismo inconsciente (“Une école de quatre classes” implica tanto el grupo que recibe las clases como el espacio físico donde estas clases se imparten, pero no suena así en español).

“Alfredo, escribe como te dé la gana” fue el consejo de Cortázar que Bryce siguió un poco tímidamente en “Un mundo para Julius”, pero ya con abierta resolución en “La vida exagerada de Martín Romaña”. Me parece que, aparte del lenguaje humorístico de incuestionable raigambre peruana, otro acierto notable de la novela es la construcción del personaje narrador, autodiegético y neurótico, con el que resulta fácil empatizar. Martín Romaña, como él mismo lo explica, tiene la divisa de no molestar a nadie aun cuando esté, por ejemplo, ahogándose a pocos metros de sus amigos. Su carácter impermeable a la agresividad le insta siempre a empequeñecerse (ante Inés, sobre todo) y a ofrecer la otra mejilla (ante madame Labru, principalmente). Lo más saltante de su personalidad es esa indefensión que seduce al lector y le obliga a vincularse afectivamente con el tono del relato. Las situaciones dramáticas, rocambolescas, inverosímiles, en las que Martín Romaña se ve envuelto son aceptadas por el lector con la complicidad de quien asiste al vía crucis de una persona que sufre cuitas comunes a muchos peruanos. Él mismo se encarga de recordárnoslo de vez en cuando, recurriendo a la cómica comparación entre un exiliado americano con dólares en el bolsillo (Hemingway) y un estudiante peruano con soles en la cartera. Paris, desde luego, no ofrece un mismo rostro a ambos.

“Un fracaso más, qué importa…” dice la letra de cierto vals que desarma y desnuda la idiosincrasia peruana. El fracaso como deporte nacional y, en consecuencia, el grito de “¡sí se puede!” están en nuestro ADN con la persistencia de un tumor maligno. Bryce hace de la experiencia del fracaso una estética narrativa. La derrota, la estrepitosa y sin atenuantes, no conduce su prosa hacia una épica del sufrimiento como sí lo hacen algunos autores rusos, sino a una poética de la vulnerabilidad donde Martín Romaña, cornudo y cagado (en este caso, literalmente), superpone su frágil e hipocondríaca silueta a la de los grandes aventureros de las novelas de Hemingway. En esos apuros, el humor es un arma de resistencia y una manera de transformar el caos de las experiencias dolorosas en memoria entrañable. Cito un ejemplo de experiencia dolorosa vuelta de través por medio de la ironía. Un hombre de origen humilde conversa con la aristocrática madre de Martín Romaña en el bar de un hotel:

—Señora —la interrumpió Roberto López—, ese presidente, y tal vez el mismo día en que le envió su presente de bodas, lo estaba mandando torturar a mi padre; lo colgaron de una soga y lo molieron a palos, señora.

—Fíjese usted cómo es la vida, Roberto. Pero sírvase más turrón. (pág. 289)

Una última palabra acerca de la edición de Cátedra. Todo el mundo sabe que las ediciones críticas de Cátedra ofrecen un análisis previo bastante profundo y unas notas al pie de páginas agudas y esclarecedoras. Pero en este caso no había necesidad de dichas notas. Hay algunas que sí cumplen el cometido de aclarar vocablos locales. Por ejemplo, en la página 238 dice: “… durante mi adolescencia de limeño cinemero”. Y la nota al pie explica prudentemente ese peruanismo. Pero en la página 228 encontramos la expresión: “… sacarme el alma de nuevo contra una tonelada de piedras del camino que le dicen a uno que es tu destino rodar y rodar”. La nota al pie dice: “Alusión a la ranchera El Rey de José Alfredo Jiménez”. Todavía peor, en la página 337: “Lo que pasó es que tampoco hay fiesta que dure cien años ni cuerpo que lo resista”. Y aquí el editor ha creído conveniente aclararle al lector: “Alusión al refrán ´no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista’”. Por si no lo habías pillado. Pero ya el acabóse viene en la página 522: “El doctor Llobera era un hombre de mundo, me caló de entrada”. La nota al pie informa que “calar” significa “caer bien”. ¡Y es una nota para lectores españoles!

Manuel Rosas
Manuel Rosas Quispe (Lima, 1975).Estudio letras y humanidades en la UNMSM. Integró algunos grupos poéticos y colectivos en los años 90. Actualmente se dedica a la docencia y a vivir con su esposa, su hija y sus cuatro gatos.

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