Círculo de Lectores
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Todos-los-muertos-de-mi-felicidad Gabriel Rimachi Sialer

Pequeña Serenata Diurna o Todos los muertos de mi felicidad “Que no es lo mismo pero es igual”

"Todos los muertos de mi felicidad", posee una riqueza polifónica expresada en  la diversidad de personajes que lo conforman, pero también y  sobre todo, es un libro donde se resalta la heterogeneidad del estilo narrativo de Rimachi Sialer.

Publicado

21 Mar, 2026

Escribe Magnolia Vásquez Ortiz

Cuando tienes once años la muerte es algo que se entiende, pero no se dimensiona
Gabriel Rimachi Sialer

Quienes conocemos al canta autor cubano Sivio Rodríguez, lo primero que retorna del lago de nuestros recuerdos al leer Todos los muertos de mi felicidad, título del libro recién publicado por el escritor peruano Gabriel Rimachi Sialer, es su canción “Pequeña Serenata Diurna”, la cual alude a la felicidad vivida de un hombre a pesar de lo que acontece en su entorno, donde la muerte y los muertos sobresalen de entre la colectividad. Prevengo por lo tanto a los lectores: en las páginas de principio a fin en Todos los muertos de mi felicidad, no encontrarán la felicidad anunciada en el título, todo lo contrario, pues lo que atraviesa los nueve cuentos que lo integran y que también se anuncia en el título, es la portentosa presencia de la muerte: muerte dolorosa y compartida; muerte brutal y perversa, muerte lujuriosa y vengativa, muerte fría y siniestra, muerte densa y lenta, muerte individual y colectiva.

Abre el libro “Ciudad solitaria”, cuyo tema es el aborto y donde Rimachi Sialer contrasta con maestría lo que acontece dentro y fuera del personaje, testigo del aborto conducido en el cuerpo de su novia y de lo que sucede con el hijo que no llega a ser; un cuento con un realismo crudo donde además de un amor que adolece ¿y muere?, se refleja también el entorno despiadado y la cotidianidad indiferente de esta práctica:

El médico nos recibió con una sonrisa. “¿Ya pagaron?”, preguntó… Mientras se colocaba la bata blanca, le dijimos que sí y sonrió más.

Quítate el pantalón y la trusa, y échate en la camilla —le dijo—. No te preocupes que no pasa nada, esto es solo un trámite, un desliz, no eres la primera ni serás la última.

Sérpico, sin Al Pacino”, un cuento cuyo título es una alusión a la película que protagoniza el actor cubano, nos previene de lo que Rimachi Sialer nos presentará a continuación, y sin embargo, supera lo esperado por el lector: el sadismo, la brutal violencia ejercida sobre un cuerpo femenino, la perversidad de los personajes que la infligen y el mundo sórdido que habitan, reciben al lector o lectora con un golpe de palabras que traspasa el intelecto, el pensamiento, el cuerpo; dejándonos tremulantes mucho después de haber concluido su lectura:

— Vamos, ya es tarde —interrumpió Tony— acabemos con esto.

— Espera, hermanito —dijo Lucio—, hay que darle la vuelta. Quiero ver cómo tiemblan esas nalgas. La plancha ya está roja.

Ofelia” podría considerarse como un remanso después de leer “Sérpico, sin Al Pacino”, aunque no lo sea. Basado en la experiencia de la pandemia COVID—19,  “Ofelia” es un cuento que suaviza el tema de la muerte por la injerencia del amor, demencial, pero amor al fin, entre tantos muertos, en especial, de una muerta enamorada. Gabriel Rimachi, mezclando el realismo sucio con el surrealismo, narra algunos de los estragos emocionales, físicos y sociales que provocó la pandemia en la periferia de cualquier ciudad o villa del mundo y de los cambios de roles en los servidores públicos durante la misma:

En cuanto abrimos la puerta, el oficial a mi cargo no pudo con la náusea. Corrió al jardín a vomitar hasta que las lágrimas le saltaron. Se había roto. Ahora todo era así: habíamos dejado de perseguir delincuentes para convertirnos en sepultureros.

En “Elogio de la Sirvienta” y “¿Quién mató a Palomino Molero?”, leemos una especie de tributo a Mario Vargas Llosa, Zeus, donde Gabriel Rimachi revela con erudición a través del monólogo y el diálogo, los rincones oscuros que habitan al ser humano cuando estos son puestos en una práctica que llega a ser fatal como la lujuria, la venganza, el desamor, el incesto, y el bestial ejercicio del poder:

¿Cuántas veces soporté que la miraras a ella mientras se bañaba en esa tina llena de espuma? ¿Cuántas veces quise bajarte de ahí para que me acompañaras a la tienda o a donde fuera solo para quitarte de esa cabecita la imagen de doña Lucrecia desnuda?
(Monólogo de Justita en “Elogio de la Sirvienta”)

¿Cómo habría sido la infancia de Alicia en manos del coronel Mindreau? ¿Cómo habría sido la convivencia con ese hombre dentro de la Villa Militar? ¿Cómo el silencio de la noche? ¿Cómo los amaneceres luego de sentir dentro suyo a su padre? El ómnibus llegó a la Panamericana y empezó a correr cada vez con más velocidad.
(Monólogo de Lituma en “Quién mató a Palomino Molero”).

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Escritor peruano Gabriel Rimachi Sialer (Foto: Archivo personal)

Por otro lado, “Monsiuer Hernández” y “Manual del ingresante” son dos cuentos que abordan problemáticas sociales muy actuales: los riesgos y dilema al que se enfrentan los periodistas en su función de comunicadores; los “hallazgos de restos en un descampado” que puede ser cualquier lugar de Latinoamérica, reflejo de todo un continente cuya estructura social está rota; y las tribulaciones que pasan miles de nuestros hermanos y hermanas migrantes como lo son el hambre, el abuso de gente sin escrúpulos, la muerte por inanición y con ello, la muerte de los sueños:

Valkymer, recuperando la conciencia en la oscuridad del callejón, escuchó el cierre de la puerta metálica. El “Sueño Bolivariano” se había reducido a esto: estar atrapado en un libro gigante, en un país que no lee, oliendo a orina propia y esperando a que bajara el sol para poder salir de su propio cadáver de espuma sin que nadie le cobrara por el aire que estaba respirando de contrabando.
(Voz del narrador en “Manual del ingresante”).

Aunque todos los cuentos de Todos los muertos de mi felicidad coinciden en la temática, variando solo en el tono realista muy propio del estilo de Rimachi Sialer; no todos provocan incomodidad, horror, enojo, impotencia, algunos también provocan empatía, compasión tal como sucede en “Ciudad Solitaria”, “Monsieur Hernández”, “Manual del ingresante”, y “La vergüenza de los ahogados”, donde las víctimas de la muerte son un hijo o hija que no llegó a existir, un joven universitario trunco, una joven esposa y una joven prima e hija amada. En estos cuentos se siente el desamparo, el sofocamiento, el dolor que provoca el hambre; el vacío y la pregunta que deja quien no desea ser cómplice del sistema que negocia con las noticias; la tristeza y el dolor que deja quien tiene una vida por delante y que es interrumpida por un abrupto resbalón en un acantilado:

Cuando despertó y mientras se vestía, me preguntó si había visto todo, le dolía el cuerpo como si la hubieran apaleado. Le dije que no, que había esperado afuera. Cuando por fin pudo ponerse de pie la abracé muy fuerte y fuimos a tomar una sopa caliente en un restaurante de la Plaza Bolognesi mientras moría la tarde. 
(Voz del novio testigo del aborto en “Ciudad solitaria”).

…la calle, la calle te llama, te abre sus puertas más secretas, te enamora, te seduce, te canta al oído, te ama, te deja extasiado, y luego te devora, te agota, te seca, te mata de a pocos, hasta que forma parte de ella y de toda su oscuridad.
(Voz de Hernández en “Monsieur Hernández”).

“Ya no puedo diferenciar el olor de la tinta del olor de los muertos, Hernández. Cada vez que escribo un titular, siento que estoy echando una palada de tierra sobre alguien o sobre mí misma. Me dijiste que la calle nos llamaba, pero no me advertiste que era para pedirnos cuenta…”.
(Carta póstuma de Cristina en “Monsieur Hernández”).

La tía Nancy: Gritaba enloquecida. Se jalaba los pelos. Pero el mar no la quería devolver. Por la tarde llamaron a un párroco amigo para que diera una misa. Nancy enloqueció. Se metió al mar para buscar ella misma el cuerpo de su hija, con sus manos arañando la arena que escapaba entre sus dedos, en medio de gritos, pero los tíos y la policía no la dejaron avanzar. Tuvieron que inyectarle un sedante.
(Fragmento de “La vergüenza de los ahogados”).

Por último, aunque es el sexto cuento presentado en el libro, “Paraísos artificiales” logra transmitirnos la frialdad plomiza de un hogar humano, desmantelado primero y moldeado después por la I.A. De una forma magistral, Rimachi Sialer nos da una probadita de lo siniestra que puede resultar la I.A. cuando permitimos que la tecnología con sus artefactos tome el control de nuestras vida y por lo tanto, también de nuestra muerte —tal como sucede en los personajes de la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick—:

—Ya no hay frío papá— dice la voz de mi hijo, filtrada por los parlantes de alta fidelidad—. Aquí el verano no quema. Aquí el amor no duele porque nunca se acaba.

Entonces, Skynet baja el volumen de la música ambiental y su voz de mujer ahora teñida de una ternura casi martenal, susurra de las esquinas de la sala:

—No se queden solos en la oscuridad, señor Castillo. Mírelo. Él tiene hambre de familia. He puesto dos cubiertos más, justo al lado de él. Solo hace falta un pequeño ruido, un destello, y la cena estará servida para siempre.

Miro la máquina de escribir. Miro el joyero vacío de mi mujer. Y luego miro la pantalla, donde Marco me hace un sitio a su lado, esperando a que yo también jale del gatillo para entrar a su paraíso sin señal.

Todos los muertos de mi felicidad es un libro con una riqueza polifónica expresada en  la diversidad de personajes que lo conforman, pero también y  sobre todo, es un libro donde se resalta la heterogeneidad del estilo narrativo de Rimachi Sialer, en el que encontramos la crudeza dosificada de Raymond Caver y la rudeza de Annie Ernaux, el brutalismo de Rumben Fonseca, la aridez de Juan Rulfo, el realismo social de su Zeus, Mario Vargas Llosa, y de estas voces, entre otras —seguramente— surge y se consolida el estilo narrativo de Rimachi Salier, reflejado en estos cuentos que gustosamente invito a leer.

Magnolia Vázquez Ortiz
Villahermosa, Tabasco; 19 de marzo 2026

Magnolia Vázquez Ortiz
Magnolia Vázquez Ortiz. Licenciada en Psicología por la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, tiene estudios de maestría en Literatura Mexicana por la Universidad Nacional Autónoma de México, y Teoría Crítica (17’ Instituto de Estudios Críticos, México). Es Profesora Investigadora de la UJAT y miembro fundador del grupo cultural El Jalón Literario.

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