Escribe Karina Miñano
Marzo reúne dos fechas internacionales que solemos celebrar casi sin detenernos: el Día de la Mujer y el Día de la Poesía. Más allá de la celebración, ambas señalan algo que todavía no termina de resolverse: la distancia entre lo que creemos haber alcanzado y lo que aún falta para hablar de verdadera equidad. La poesía, como forma de nombrar lo que no encuentra lugar en el discurso habitual, también ha sido un espacio de disputa. No todas las voces han tenido las mismas condiciones para ser leídas, conservadas o legitimadas.
Pienso en Sofía Tolstói, copiando a mano páginas que hoy atribuimos sin matices a León Tolstói. Pienso en Georgette Vallejo, sosteniendo la obra de César Vallejo cuando ya no estaba quien pudiera defenderla. No escribieron al margen. Estuvieron dentro del proceso. Pero no quedaron dentro de la historia.
Por eso importa volver a ciertas mujeres. No como homenaje, sino como lectura: porque escribieron en condiciones que no estaban hechas para ellas y, al hacerlo, abrieron un espacio que hoy damos por hecho.

Amarilis: el problema no fue escribir, fue ser creída
La Epístola a Belardo, de la peruana Amarilis, (siglo XVII) aparece en 1621 en un libro de Lope de Vega. Ese dato suele mencionarse como anécdota. Pero no lo es:
Tanto puede el amor, que al que no ha visto
hace que le ame y le obedezca el alma,
y que por él se ponga en tal extremo,
que pierda de su libertad la palma.
Belardo, a ti me entrego, en ti confío,
y de tu mano espero mi remedio,
que si el amor es fuego, yo me abraso.
Con Amarilis nos ubicamos en el Virreinato del Perú, en el siglo XVII. Era una sociedad profundamente patriarcal y estratificada, donde la educación formal y la participación en la esfera pública estaban casi exclusivamente reservadas a los hombres. Por eso, una mujer que escribía un poema con dominio de la tradición clásica, de la retórica amorosa y de la construcción culta del verso provocaba sospecha, no admiración inmediata.
Durante siglos se debatió si Amarilis era en realidad un hombre. Incluso se especuló con el propio Lope de Vega. Su genialidad fue tan difícil de aceptar que la explicación más cómoda fue negarla.
Y ese es el punto. No es que el poema fuera «demasiado bueno». Es que obligaba a revisar una idea previa: quién puede acceder a ese tipo de conocimiento.
En el texto, Amarilis no declara un amor ingenuo. Construye una relación mediada por la lectura, la fama y la imaginación. Ama a alguien que no ha visto, pero lo hace desde el conocimiento indirecto: libros, referencias, circulación cultural.
Lo que incomodaba no era el sentimiento, sino el lugar desde donde se formulaba. Amarilis no hablaba desde la experiencia doméstica, sino desde una biblioteca.
La duda sobre su autoría no fue un error. Fue una forma de no aceptar que una mujer pudiera escribir así.

Mercedes Cabello de Carbonera: cuando el pensamiento se vuelve sospechoso
En el Perú del siglo XIX, el problema cambia de forma. Ya no es el anonimato, sino la exposición. El país, tras la independencia, buscaba una identidad mientras mantenía estructuras sociales conservadoras. En ese contexto, Mercedes Cabello de Carbonera destacó por su lucidez y sus ideas sobre el rol de la mujer.
Cabello no escribía poesía en sentido estricto, pero su prosa tiene una intensidad que desborda el ensayo. En textos como Influencia de la mujer en la civilización, no se limita a pedir educación: redefine su función dentro del tejido social.
Educad a la mujer, ilustrad su inteligencia, y tendréis en ella un motor poderoso y universal. (Dicho por Mercedes Cabello en la conferencia del 7 de agosto de 1874, en el contexto de su defensa de la educación e inteligencia de la mujer)
Y ahí precisamente apareció el mecanismo de defensa: no se discutió su argumento, se discutió su persona. Las críticas que recibió no fueron solo literarias. Se cuestionó su carácter, su «feminidad», su estabilidad mental. Fue atacada y desacreditada. Su internamiento en un manicomio al final de su vida no puede leerse al margen de ese contexto. Cuando una mujer desplazaba el marco de discusión, el sistema tendía a reconducirla al ámbito privado o patológico. Lamentablemente, no puedo decir que eso haya desaparecido.
Cabello no fue silenciada porque escribiera mal. Fue apartada porque pensaba con claridad.

Magda Portal: escribir desde el conflicto y no desde la forma
Los años 20 en el Perú fueron una época de efervescencia política y cultural. Magda Portal fue una figura central de la vanguardia peruana. Lo que marcó su silenciamiento no fue la falta de obra, sino la forma en que fue leída. Durante mucho tiempo fue vista primero como militante y solo después, si acaso, como poeta.
Cuando se alejó del APRA, en parte por el machismo que enfrentó dentro del movimiento y por sus desacuerdos con Haya de la Torre, dejó de encajar en ese relato. Y entonces empezó a desaparecer: de la historia política y también de muchos espacios literarios.
Si bien su poesía quedó en segundo plano, con ella aparece otra ruptura. Ya no se trata solo de acceder al lenguaje, sino de tensarlo. En Una esperanza i el mar (1927), la sintaxis se fragmenta, el verso se corta, la palabra se expone. Leamos uno de sus poemas:
-17-
quisiera perderme de mí misma
limbo de mi pensamiento
i haber perdido la mirada angustiosa
de mis ojos
para los pasos arrebatados por la muerte
Perderme de los hilos tensos
que el corazón tiende a los cuatro
puntos cardinales de mi vida
Saltar el círculo que me aprisiona
i en el que se debate
serpiente cercada de llamas
mi juventud inútil
¡Perderse! tendido vuelo
por sobre las agujas de las ciudades
más altas – por sobre el mar
como un globo cargado de oxígeno
que sueltan a merced de los vientos
L e j o s Más allá de todas las distancias
L e j o s de M I
El yo aparece como algo que pesa, que aprisiona. Las imágenes construyen un cuerpo atravesado por fuerzas que tiran en distintas direcciones. Ahí está la potencia del poema. No afirma una identidad: la pone en crisis. Portal escribe desde el desajuste y no intenta corregirlo. Su voz oscila entre impulso y rechazo, entre fuga y tensión, sin fijarse en una forma estable.
Y, sin embargo, su lectura posterior tendió a fijarla como militante. No se niega la obra, pero se la subordina a una etiqueta. Leerla hoy exige deshacer esa simplificación.

Carmen Luz Bejarano: lo que no hace ruido también construye tradición
En el Perú de los años 50 y 60, la poesía estaba marcada por voces muy visibles: unas centradas en la ciudad y la modernidad, otras comprometidas con lo social y lo político. En medio de ese panorama, Carmen Luz Bejarano eligió otro camino. Su poesía no buscaba alzar la voz ni sumarse a esas corrientes. Era más silenciosa, más interior, más profunda. Y por eso quedó fuera; por no responder a la expectativa de intensidad visible.
En Árbol de maravilla, de Aracanto (1966), el verbo girar se repite hasta construir una sensación de continuidad: el niño, el trompo, la tarde, todo entra en ese movimiento. No describe una escena fija, sino algo que está ocurriendo mientras se lee:
En aire gris y tardío
gira el niño enloquecido
el trompo risueño, gira,
giran árboles, montañas,
la tarde gozosa, gira.
Sonoro relumbra el aire.
En el pie desnudo enreda
cascabeles la alegría.
Giran el niño y el trompo
girasoles en el aire.
Niño de luna y árbol
voz de pájaro y acequia,
pie ligero, ala sonora
niño de luna y árbol
¡árbol de maravilla!
Ese tipo de escritura suele pasar desapercibida porque no declara un tema evidente. No hay denuncia ni un conflicto explícito que guíe la lectura. Pero exige otra forma de atención: más lenta, más abierta, más dispuesta a dejarse llevar por la imagen y el ritmo.
Bejarano escribía en ese registro. Y ese registro no siempre encuentra lugar en lo que se espera de una época. No fue excluida por falta de calidad, fue desplazada porque su manera de escribir no encajaba con lo que se esperaba leer.

María Emilia Cornejo: el cuerpo como lugar de enunciación
En el Perú de los años 70 algo empezó a cambiar. Las formas de pensar el cuerpo, la identidad y el lugar de la mujer. En ese contexto escribía María Emilia Cornejo. Su vida fue breve, pero su voz abrió un camino distinto: fue de las primeras en hablar del deseo desde el cuerpo propio, sin filtros ni distancia, cambiando la forma en que la poesía podía decirlo.
Soy la muchacha mala de la historia no es un poema provocador en el sentido superficial. Es una reescritura de un lugar asignado:
Soy
La muchacha mala de la historia
La que fornicó con tres hombres
Y le sacó cuernos a su marido.
Soy la mujer
Que lo engaño cotidianamente
Por un miserable plato de lentejas,
La que le quitó lentamente su ropaje de bondad
Hasta convertirlo en una piedra
Negra y estéril
Soy la mujer que lo castró
Con infinitos gestos de ternura
Y gemidos falsos en la cama
Soy
La muchacha mala de la historia.
La voz toma una etiqueta, mala, y la enuncia sin corregirla. No busca justificarse sino mantenerla.
Eso produce una incomodidad específica: no hay distancia entre la experiencia y el lenguaje. No hay mediación simbólica que suavice el contenido. El deseo aparece como acto y no como metáfora. Por eso su obra tardó en circular de manera estable. No porque fuera incomprensible, sino porque no podía ser absorbida fácilmente por los marcos críticos existentes. Cornejo no amplía la representación de la mujer en la poesía peruana. La desplaza.
La pregunta que queda
Estas cinco autoras no escriben igual. No vivieron en la misma época. Pero hay algo que las une: en algún momento, cada una se salió de lo que se esperaba. Y eso tiene un costo.
No siempre se las dejó de publicar. A veces fue algo más sutil: se las leyó menos, se las colocó en un lugar secundario o simplemente dejaron de circular.
Por eso volver a ellas en un mes como este no debería quedarse en el gesto. A mí, al menos, me obliga a hacerme una pregunta incómoda: qué hacemos hoy con las voces que no encajan, con las que no son fáciles, con las que no confirman lo que ya creemos. Porque al final no se trata solo de quién escribe. Se trata de a quién estamos dispuestos a escuchar de verdad.
