Círculo de Lectores
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Cuentan las pibas

«Cuentan las pibas», la infancia que interroga

"Cuentan las pibas" se configura como una intervención crítica y literaria que desplaza la memoria hacia nuevas voces y sensibilidades.

Publicado

20 Abr, 2026

Escribe Paolo de Lima

En Cuentan las pibas. Narrativas infanto-juveniles de la generación posdictadura en Argentina (North Carolina: A Contracorriente, 2024), Carolina Añón Suárez traza un mapa crítico donde la voz de las infancias y juventudes emerge como testimonio y, al mismo tiempo, como una forma de reinscripción simbólica de una memoria histórica atravesada por disputas materiales y afectivas. El libro se inscribe en una tradición académica que entiende lo literario como espacio de elaboración de lo social, pero va más allá al situar esas voces en una trama donde lo cotidiano revela las huellas persistentes de un orden que, aunque formalmente clausurado, sigue organizando sensibilidades, silencios y posibilidades de enunciación.

La investigadora argentina no se limita a compilar relatos ni a centrarse en un único formato narrativo. Su estudio abarca un amplio espectro de producciones: novelas, cuentos, obras teatrales, discursos, documentales, películas. A través de esta diversidad de formatos, construye una cartografía de subjetividades que han crecido en el “después” de la dictadura, pero que evidencian cómo ese pasado se infiltra en la vida diaria, en las formas de nombrar y de callar, en las dinámicas familiares y escolares. Las “pibas” del título no son solo personajes sino nodos de una red donde lo íntimo y lo colectivo se entrelazan. A través de sus narrativas, se percibe una tensión constante entre la herencia de lo no dicho y la necesidad de producir nuevos lenguajes para habitar el presente.

En este sentido, lo literario aparece como una forma de conocimiento que no se reduce a la explicación ni a la clausura del sentido. El valor del libro reside en su capacidad para volver perceptible esa tensión y sostenerla sin domesticarla. Añón Suárez preserva la densidad de las experiencias, atiende a sus zonas de sombra y propone una lectura que despliega ambigüedades donde el lector es convocado a participar activamente. Las voces juveniles –atravesadas por giros, fragmentos y silencios– desarticulan toda linealidad y abren el pasado reciente a una temporalidad más movediza, donde la memoria se construye entre vacilaciones, hallazgos y resonancias aún en proceso.

Cuentan las pibas
Laura Alcoba y Carolina Añón Suárez

Entre los análisis más destacados del libro se encuentran los dedicados a los cuentos “La hostería” (2016) de Mariana Enríquez y “Réplica en escala” (2016) de Paula Tomassoni, respectivamente, donde se examina cómo la experiencia infantil y adolescente se articula con atmósferas inquietantes y memorias fragmentarias que ponen en tensión los discursos heredados sobre la posdictadura. En estos relatos, lo cotidiano se vuelve un espacio de extrañamiento y revelación, y la mirada juvenil permite reconfigurar la relación con el pasado a través de percepciones parciales, silencios familiares y formas indirectas de la violencia que persisten en el presente.

Del mismo modo, Añón Suárez examina producciones cinematográficas como Los rubios (2003) de Albertina Carri, Papá Iván (2004) de María Inés Roqué y El premio (2010) de Paula Markovitch, mostrando cómo el lenguaje audiovisual permite articular memorias infantiles que cuestionan la mirada adulta y oficial sobre el pasado. Especialmente potente resulta el capítulo “Las hijas de genocidas, un coro de Antígonas” (136-165), en el que la ensayista traza un paralelismo entre la tragedia clásica y el drama existencial de estas mujeres que, nacidas bajo el peso de un linaje criminal, deben romper mandatos familiares y estatales para conquistar su voz y su derecho a la verdad.

Desde esta perspectiva, el libro puede leerse como una intervención en el campo cultural: al centrar las narrativas infanto-juveniles –tanto en literatura como en cine–, desplaza el foco de las figuras tradicionales de la memoria hacia sujetos históricamente relegados en la producción de discurso. Este desplazamiento no es inocente. Al otorgar centralidad a estas voces, se cuestiona la distribución desigual de quiénes pueden narrar la historia y desde qué lugares. Así, la obra sugiere que la memoria no constituye un patrimonio cerrado, y se presenta más bien como un terreno en disputa donde se negocian sentidos y se configuran horizontes de futuro.

La materialidad del lenguaje adquiere también un rol fundamental. Las elecciones estilísticas –oralidad, fragmentación, incorporación de registros diversos– dejan de funcionar como meros recursos formales y se convierten en modos de inscribir en la escritura las condiciones concretas de producción de esas voces. En estas modulaciones del lenguaje afloran huellas institucionales, relaciones de poder y circuitos de transmisión cultural que delimitan lo decible y las formas de enunciación. Lo literario y lo cinematográfico aparecen aquí lejos de cualquier refugio estético separado de lo social y se configuran como espacios donde esas determinaciones se vuelven visibles y, en cierta medida, se reconfiguran.

El premio

El recorrido que propone Carolina Añón Suárez se articula también a partir de un diálogo sostenido con un corpus de obras y autores que han pensado la infancia y la juventud en clave de memoria. En ese entramado aparecen resonancias con obras como Pequeños combatientes (2013) de Raquel Robles, o Contra los hijos (2014) de la escritora chilestina (chilena-palestina) Lina Meruane. Mientras Robles indaga en la experiencia de una hija marcada por la militancia montonera de sus padres, Meruane critica radicalmente la maternidad contemporánea y las formas de control social sobre el cuerpo y la libertad de las mujeres. Añón Suárez retoma estas tradiciones sin reiterarlas y las desplaza hacia registros infanto-juveniles contemporáneos, donde la mediación generacional complejiza la relación con la historia: la atención se dirige tanto a quienes vivieron el trauma como a quienes lo heredan en forma de relato incompleto, atravesado por silencios familiares y discursos institucionales.

En esta misma línea, el libro dialoga con novelas como La casa de los conejos (2007) de Laura Alcoba, donde la mirada infantil reconfigura la percepción de lo político desde la escala doméstica. Sin embargo, en Cuentan las pibas este gesto se radicaliza mediante la incorporación de múltiples voces que dejan de responder a una única autoría o a una experiencia individual y conforman un mosaico de escrituras que evidencian la heterogeneidad de trayectorias dentro de una misma generación. El efecto de este montaje resulta decisivo: al poner en circulación estas narrativas, Añón Suárez traza una genealogía literaria de la memoria y, a la vez, muestra cómo las formas de contar –los géneros, los tonos, las perspectivas– están atravesadas por condiciones históricas concretas que delimitan lo decible y, al mismo tiempo, abren fisuras desde donde imaginar otros futuros posibles.

De este modo, Cuentan las pibas se configura como una intervención crítica y literaria que desplaza la memoria hacia nuevas voces y sensibilidades. En estas narrativas, la infancia y la juventud dejan de presentarse únicamente como etapas de formación y se configuran como espacios de elaboración simbólica donde se reescriben las herencias del pasado y se proyectan horizontes de comunidad aún en construcción. En este sentido, la literatura y el cine se afirman como prácticas capaces de interrogar el presente desde las huellas del pasado y, al mismo tiempo, de imaginar otras formas de comunidad. Al escuchar –y hacer escuchar– estas voces, Añón Suárez propone una lectura del mundo donde la memoria trasciende la dimensión del recuerdo y se convierte en una herramienta para disputar sentidos y abrir posibilidades en un escenario todavía atravesado por desigualdades persistentes.

Paolo De Lima
Paolo de Lima es doctor en Literatura por la Universidad de Ottawa (Canadá), editor de los volúmenes Lo real es horrenda fábula (2019) y Golpe, furia, Perú. Poesía y nación (2021). Es autor de los estudios La Última Cena: 25 años después. Materiales para la historia de la poesía peruana (2012) y Poesía y guerra interna en el Perú (1980-1992) (New York, 2003). Ha publicado también el dossier Perú: los poemas del hambre (Puebla, 2018). Es, a su vez, autor de los poemarios Cansancio (1995 y 1998), Mundo arcano (2002), Silenciosa algarabía (2009), reunidos en Al vaivén fluctuante del verso (2012), Soliloquios (2022) y Ottawa (2022).

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