Cuento | «Tequila», una historia pugilística de Dante Castro

El escritor peruano Dante Castro nos entrega un cuento donde un amistoso encuentro de box se descontrola por culpa del ron, la noche y las pequeñas venganzas escolares.

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Jun 25, 2021

Escribe Dante Castro

Era realmente gigantesco y en el colegio Inmaculada le llamaban El Monstruo. No recuerdo su nombre, porque nuestros caminos se cruzaron una sola vez. Mi madre lo odiaba, cada vez que lo veía quería bajarse de nuestro pequeño VW a agredirlo verbalmente, porque otra cosa no podía hacer. El Monstruo llegaba a las 7 am al colegio, enclavado entre las chacras de fresas de Monterrico, cerca de la Escuela Normal de Educación donde estudiaron nuestras primeras musas. Llegábamos nosotros en el carrito azul de mi mamá, pero ya cuando me obligó a revelarle quién era el Monstruo, vino su odio personalizado. ¿Qué había pasado?

Todo sucedió en un campamento scout, cuando cursaba el 1° de secundaria y el Monstruo estaba en 3°. Fuimos a Matucana, armamos las carpas, cinco scouts y  un delegado por carpa. Con el gordo Osores, mi amigo, compramos dos chatas de ron en la última bodega pueblerina ese fin de semana santa. Teníamos 12 años y se suponía íbamos a ocultar las chatas para nuestra primera tranca, mientras otros rezarían, recibirían charlas, misa a campo abierto, cantar “Flor de lis” en la noche, etc. Todo lindo, a la luz de la gran fogata y formaciones disciplinadas de scouts, pero ambos estábamos superando el frío de sierra con Pomalca rubio. Hasta que al padre Micky Castañeda, cura espiritual de secundaria, se le ocurrió sacar los guantes de box. Recién el campamento se ponía interesante, pensé.

Fue costumbre jesuita enseñarnos a ser hombrecitos y si nos sorprendían en una gresca, nos ponían los guantes para que nos enfrentemos limpiamente bajo las reglas del varón ¿de?… no me acuerdo… Y salieron los campeones, los espontáneos, los media vida, los sopa de viernes y los papeaditos; todos hacían un round y Micky Castañeda los separaba a tiempo, les quitaba los guantes y cada uno a su patrulla. Y Osores y yo seguíamos venciendo al frío andino con Pomalca, buena compañía, a tapita, a traguitos bajo un cielo preñado de grandes constelaciones, sin que nadie se diera cuenta.

A los doce años fue mi primer y único estirón, no crecí más. Pero estaba flaco. De pronto la ovación de los de 3° propuso que quien aguantase un round de 3 minutos con el Monstruo, se llevaba el campeonato. Y le hicieron barra al grandazo de espaldas anchas y mandíbulas de ogro fabuloso. Ya con Osores no medíamos los tragos, estaba rico el ron, en altura no quemaba tanto y… los contrincantes del Monstruo rodaban por el piso, y el árbitro, el RP. Micky Castañeda, acudía a separarlos más para salvar a la víctima.

—»A que no te atreves, Castro», dijo el gordo Osores.

—Bueno, pucha, tú sabrás, él me lleva cabeza y media de estatura.

— «Pero, báilalo, pues weón».

Y tomé a pico, ya no a tapita, un trago quemante que bajó por la garganta hasta hacerse hoguera en mi estómago y me hizo erizar los pelos de la nuca. «¡A ese abusivo le saco la mierda!», me escuché decir, me escucharon decir, me oyeron decir todos los scouts, hasta las piedras y lechuzas. Ese fue el problema. Un coro enorme de uy… uy… uy… iba creciendo, y el uy— uy— uy aumentaba, ¿por qué los de mi carpa me empujaron al medio del ruedo?, ya no había marcha atrás. El padre Micky se acercó con los guantes, sudados por anteriores contrincantes y me preguntó si estaba seguro de… Y me reí, eso le pareció raro al cura. ¿Sospecharía? Carajo, eso era papeleta verde, suspensión por un día, castigo en casa y… ya no hay vuelta atrás, nadie se puede retractar, porque el coro de uy uy uy nos fue cercando hasta volver inaudibles las advertencias del árbitro.

El Monstruo, a la luz de la fogata, exhibía su musculatura. Solo llevaba puesto un BVD sin importarle el frío, pantalón militar, gruesos botines. «¿Estás seguro que quieres pelear?», me preguntó dudando de mi escualidez. Le dije algo que no puedo repetir aquí para no  faltar a “normas de convivencia que fomentan el odio contra minorías”… Micky Castañeda, cronómetro en mano y silbato en boca, dio la señal de que empezara la pelea y tal como me dijo Osores, fui brincando alrededor del monumental contrincante, tratando de cansarlo, entrar y salir, entrar y salir, mientras sus golpes solo cogían el aire donde había estado mi figura, hasta que sentí el primer mazazo, luego el segundo, el tercero vino directo a la nariz haciéndome sangrar. Y los gritos que me alentaban, ¡pégale Castro!, pertenecían más a la ficción. Porque los de 3° solo tenían un grito parejo: “Mons—truo… Mons—truo… Mons—truo”. Tremenda barra de campeón sin rival. Caí al piso de grama silvestre y me levanté al toque, me limpié la sangre y seguí mi danza alrededor del grandote y ya no me acuerdo si me pegaba o era solo yo que caía por afán de incorporarme otra vez.

Todo daba vueltas, me divertía ver la figura del Monstruo duplicarse y, sin proponérmelo, le lancé un puñete que solo llegó a ser mi pulgar dentro del ojo izquierdo de él, lo cual le desgarró el párpado, pura casualidad. Y de nuevo arreció el coro provocador ¡Uy! ¡Uy! ¡Uy!, ¡Monstruo, no me dejo! Micky paró la pelea por cumplirse los 3 minutos más largos de mi escasa existencia, ya la daba por terminada. Pero no quise dejar de insultarlo y los de Tercero gritaban, pifeaban, exigían que me callase: “Ya cállate chibolo” y yo, mierda que me callo, carajo, le dije clarito «cobarde, el cura te ha salvado», así que ya sin intermediación cural nos fuimos a un round nada técnico que terminó en nock out para el único perdedor imaginable: yo.

El Monstruo se preocupó, todos se preocuparon, creían que me había matado, porque no volvía en mí. Desperté con una risotada que brotaba de mi paladar con sangre, de mis fosas nasales con sangre, de mi visión extraviada en veinte imágenes locas, hasta que aparecí en la carpa, lavado de cabeza y de cara, por los socios de 1° B que me acostaban en mi bolsa de dormir y Osores desaparecía la chata de ron vacía. Y seguía riéndome y riéndome: ¡Así que el Monstruo! ¡Jajaja! ¡Me cago en su cara! Todos festejaban, me felicitaban por romper el récord de aguante. Todos reían menos una sombra que, asomada a la carpa,  no se perdía un detalle. Era el padre Castañeda.

—Castro, entrégame el tequila.

—¿Cuál tequila, padre?

—¿Sabes qué significa eso en un campamento scout?

—Le juro que no tomé tequila, padrecito. Se lo juro por la cruz. (Claro, pues, padrecito: era ron).

—¡No te atrevas a jurar en vano! ¿Y ese olor a alcohol?

—¡Ah!… es el alcohol del botiquín que me lo eché en el rostro para aguantar los golpes.

—¡Delegado!… revise sus cosas… Si te encuentro la botella, vas a decirle tú mismo al Director…

Pero Osores había hecho lo suyo y el cura solo cumplía un rol histriónico, porque todos sabían que él había disfrutado la pelea, que era admirador del valor y que odiaba, como cualquier jesuita, la cobardía. Y que después de todo ese protocolo, la cosa debía quedar allí. ¿Saben por qué? Porque si mis padres denunciaban mis lesiones, el cura iba a tener que responder al padre Croock, su superior. Así que…

—¡Solo quiero que me escuche un par de palabras ese grandote abusivo! –la voz de mi madre, manos crispadas en el timón, los ojos fulminándolo.

—Por favor, mamá, déjalo ahí…

—¡Uno no manda a sus hijos a un campamento para esto! –lo decía en casa por mis dos ojos morados, por mi nariz enderezada a pulso, por mis labios hinchados, y yo: Jajaajaaja.

–Alfonso –se dirigía a mi padre— dile algo a este chico.

Mi padre fumaba leyendo el periódico, sonrió y me dijo que quería hablar conmigo afuera. Fue un diálogo muy breve:

—¿Y cómo quedó el otro?

—Algo se llevó, papá. Me doblaba en peso…

Mi viejo me acarició la cabeza y agregó: “no es bueno pelear, pero si tienes que hacerlo con alguien más grande que tú, que se lleve algo”.

¿Dónde estará el Monstruo? Lo único que recuerdo de él, después de ese campamento, es su estelar aparición a la salida del colegio. Me desafió a pelear Coloma, un  alumno chileno de 2° D, pero ese salón era tramposo. Te separaban para que el otro te pegara. Montoneros les decíamos. Pero en ese corro fuera del local, alguien se abrió paso a empellones. Preguntó qué sucedía y nadie se atrevió a responderle. Me miró al medio y les dijo enérgico a los demás: “Es mi pata, recuerden, ¡quien se mete con él, se mete conmigo!”. Y milagrosamente, todo comenzó a ir en paz ahí y las siguientes semanas y el resto del año.

Llevaba una cicatriz en el párpado izquierdo.

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