Edgar Norabuena / Nostalgia

Nostalgia   Piensas en ella. Ansioso, sobresaltado, recuerdas su grito allá lejos, por donde el sol rueda calcinando cordilleras e incendiando nubes y miradas. Cansado, trastabillas en tu ronda. Sacudes la cabeza para desenredar las ideas que se te agolpan como un huaico. Ahora sería imposible descansar; los estragos del ataque de anoche todavía no […]

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Ago 1, 2017

Nostalgia

 

Piensas en ella.
Ansioso, sobresaltado, recuerdas su grito allá lejos, por donde el sol rueda calcinando cordilleras e incendiando nubes y miradas. Cansado, trastabillas en tu ronda. Sacudes la cabeza para desenredar las ideas que se te agolpan como un huaico. Ahora sería imposible descansar; los estragos del ataque de anoche todavía no han cesado entre la tropa. “Ahora sería imposible”, musitas mientras fumas.

Piensas en ella.
Eran felices antes de que llegaran con esa idea de que todo estaba podrido y que era ya hora de cambiarlo. Antes de que tu padre fuera martirizado “Por representar al sistema podrido y antirrevolucionario, camaradas” y terminara con el cuerpo seccionado a machetazos. Mamá moriría de pena algunas semanas después. Desde entonces, solo quedaron los dos con la promesa de no separarse jamás.

Piensas en ella.
Tarde fresca. Canto de jilgueros entre los molles. Cristina y tú vuelven presurosos a casa. Al otro lado del puente aparece un grupo de encapuchados. Retroceden. Intentan escapar; pero por detrás otro grupo les cierra el paso. Trágico crepúsculo donde los gritos son sofocados a golpes y empujones. Noche fría. Canto de búhos y quejidos de zorros. Madres que lloran al enterarse que los terrucos han secuestrado a sus hijos. Nadie llora por ustedes.

Piensas en ella.
El frío que se cuela por tu capote te hace recordar la muerte mordiéndote la carne como un perro rabioso. Durante la caminata perdiste el equilibrio al cruzar el waro. Caíste al torrentoso río; nadie bajó a rescatarte. Desde los matorrales de la ribera, moribundo, viste por última vez a tu hermana porfiando por bajar. ¡Nicolás, Nicuchooo, hermanitooo! Mientras fumas con vehemencia, revisas los informes de inteligencia que mencionan el accionar de la columna dirigida por la camarada Libertad. Se detallan emboscadas, saqueos y juicios populares. Cansado, cierras los ojos. Te la imaginas renegrida y horrenda, levantando ferozmente el puño, gritando enloquecida y disparando sin compasión al prójimo. Abres los ojos. “Todo lo contrario a Cristina”, piensas. Niña hermosa de tez canela, delicada y de voz arrulladora. Un pan de Dios incapaz de hacerle daño a nadie. Ahora las buscas a las dos: a la camarada Libertad por atacar anoche la base contrasubversiva; y a Cristina, para apagar el fuego de culpa que arde en ti desde que se la llevaron.

Piensas en ellas.
Te fuiste a Lima. Tu padrino te ayudó a ingresar a la Escuela Técnica del Ejército. Sin embargo, volviste a Uchpa, ¿para qué?
—¡Mi suboficial! —irrumpe el reenganchado Muerte, alarmado.
—¡Qué pasa, carajo! —te incorporas ajustándote el cinto con la pistola.
—¡La terruca mi sub, la terruca se está enfriando!
El sol se ha ocultado entre las quebradas. La penumbra siembra silencio y tragedia en todas partes. Corren hacia el calabozo. Te la habían traído en la madrugada y así, encapuchada, ordenaste que la llevaran al bote y la interrogaran.
—Tú, Muerte, trátala bien, que no piense que en el Ejército somos maleducados.

Piensas en ellas.
—¡La terruca no aguantó tanto cariño! —el reenganchado pone cara de niño arrepentido por una travesura.
—¡Puta mare, ya la cagaste, Muerte, cojudo! ¿Ya cantó algo?
—¡Nada, mi suboficial!
—¡Muerte, huevón! —le increpas mientras ingresas al calabozo y ordenas que vigile la puerta junto a los centinelas.

Piensas en ellas.
Sus ojos de luz fresca. Sus manos trabajadoras que exhibían una cicatriz en forma de cruz desde que aprendió a desollar ovejas en la puna de Uchpa. Todo lo contrario a la camarada Libertad que aún debe tener esa mirada de fiera endemoniada, esas manos negras de tanto causar daño. Los fusiles descansan en una esquina, las polacas de los interrogadores cuelgan de sus cañones. Un palo de escoba, sogas, cables eléctricos, pinzas, un balde con agua, un cortaúñas, te impiden el paso. Al otro extremo, a orillas de un haz de luz que penetra oblicua por un diminuto ventanuco, atada a una silla, yace inmóvil.
—Animales de mierda… —murmuras. El piso está pegajoso.

Piensas en ellas.
Sientes su débil respiración. La desatas pero su cuerpo desnudo y húmedo se te escurre entre las manos como un pez. En medio de un charco de sangre, deja de respirar tras un estertor. Arrastras la silla hacia la luz. La rodilla que se ilumina te hace ver un hilillo de sangre cayendo al piso. Podría ser tu hermana. ¿Por qué no lo pensaste antes y decidiste cerciorarte cuando la patrulla de reconocimiento te la trajo? Estabas tan cansado después de haberlos perseguido que se la encargaste a Muerte, el más veterano de la base. “Infórmame, Muerte, no la friegues antes de que cante, ¿entendido?”.

Piensas en ellas.
—¡Animales de mierda! —gritas a los de afuera, como un niño ante la muerte, como aquella noche junto al río. La camarada Libertad yace inmóvil. Levantas una de sus manos con cuidado, y entonces una cicatriz en forma de cruz se revela, inconfundible, en su pálido dorso. “¡Nicolás, Nicuchooo, hermanitooo!”, recuerdas sus gritos la noche en que te caíste del waro y no bajaron a recogerte creyéndote muerto, la misma noche en que se la llevaron para convertirla en un soldado del ejército popular. Los gritos resuenan en tu memoria como un huaico que nace desde las entrañas de la quebrada y arrasa con todas tus dudas. El huaico trae piedras, árboles, lodo furioso que te engulle en su caos. Entonces, una piedra, una sola piedra sale de la boca de tu pistola y se mete en tu cabeza. Después, ya solo importa el silencio.

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