Círculo de Lectores
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«El principio del mundo», de Jeremías Gamboa

La novela de Jeremías Gamboa llegó a los lectores con la sorpresa de su extensión: casi mil páginas donde el pulso firme es difícil de mantener.

Publicado

21 Dic, 2025

Existe un elemento faltante en la prosa de Jeremías Gamboa: la profundidad. Desde Contarlo todo (2013), una novela de aprendizaje literario, intelectual, de «superación personal» como se la ha catalogado, en El principio del mundo (Alfaguara, 2025) el panorama no varía. Este elemento, aparentemente inapreciable, no solo funciona en las novelas catedrales, realistas o naturalistas, sino en aquellas donde la realidad se presenta sencilla, epidérmica.

Sin lugar a dudas El principio del mundo es una novela masiva por su extensión (976 páginas), pero ello debería ser solo el envoltorio, lo anecdótico, y no el núcleo o gancho comercial. El gancho debería ser la corpulencia de la trama, los músculos y los vasos comunicantes, la dinámica estructural o la precisión del ritmo.

Flaubert decía lo siguiente: «Lo que yo entiendo por belleza, lo que quiero realizar, es un libro sobre nada, un libro sin ataduras externas, que se sostenga por sí mismo por la fuerza interna de su estilo.» Al respecto, en El principio del mundo la fuerza interna del estilo es débil, comparada con novelas de semejante volumen tanto en forma y contenido (La violencia del tiempo, País de Jauja, Conversación en la Catedral).

El protagonista, Manuel Flores Amaro, retorna a Lima después de seguir estudios de maestría de Literatura en Estados Unidos (aunque el narrador lo considera una «maestría sobre la cultura de Hispanoamérica»). Este regreso que lleva a cabo es disruptivo: los conflictos interiores sobre su vocación literaria colisionan con la realidad social, económica y política del país, que al paso del tiempo se vuelve agravante por los recuerdos que son huellas en su memoria.

jeremías gamboa el principio del mundo
Jeremías Gamboa, autor de la novela «El principio del mundo» (Foto: Caretas)

Aquí la lectura sociológica puede ser interesante, tratándose de un tópico tan mentado como el racismo o la discriminación («mi piel era una de las más claras de la clase«), una característica que Manuel no supera, que lo afecta aunque trate de ocultarlo. Por momentos reniega de su condición, de toda esa masa contradictoria o heterogeneidad que es el Perú -«un país que no termina nunca de joderse»- y que lo persigue adonde vaya. Por ejemplo, el impase infame que sufre con la policía norteamericana cuando es detenido por sacar un carrito de compras del área permitida representa bien lo que en el fondo le conduele: ser discriminado por «hispano»; un pathos intermitente e imborrable.

Sin embargo, esta complejidad aparente no logra el soporte narrativo esperado. El autor lejos de presentarnos una roman-fleuve, un torrente orgánico y visceral, opta por una estructura fragmentaria, compartimentada, que termina por diluir la historia en una especie de mosaico de recuerdos, entre diálogos con la madre, sus trabajos sufridos de sirvienta, los ataques, los insultos (chola, serrana), calificativos despreciables lamentablemente cotidianos, la familia, sobre todo con la aparición de Marina Montemayor, un personaje crucial en la infancia de Manuel que le hará despertar diversos conocimientos y que ahondará en «lo andino, lo serrano, lo cholo».

La historia personal del narrador parece reducirse en sus propias palabras: «… eso que ahora empiezo a reconocer como mío o que empiezo a reconocer como lo que soy. Un cholo.» Una catarsis del yo en la orilla, manotazos sobre el agua, sin la sumersión debida.

El principio del mundo es una novela masiva con altibajos, aun con vacíos. Es cruda en la exposición de los tópicos que Gamboa aborda, aunque somera en su exploración. La sola exposición, eso así, nos compromete a todos; es como la novela, una herida que desde el principio no termina de cerrar y solo espera superar los nuevos desafíos.

Flaubert también decía: «Para que una cosa sea interesante, basta con mirarla mucho tiempo«. La profundidad no está en lo que se mira, sino en cómo se mira.

René Llatas Trejo
Autor de la novela "Aftersun". Ha realizado colaboraciones en revistas del medio como Buensalvaje, El Dominical del diario El Comercio, entre otras.

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