«Descortésmente suyo», un cuento de Etgar Keret sobre las dedicatorias de libros.

Nov 9, 2020

Cuando era un niño siempre pensaba que la Semana del Libro Hebreo era una festividad legítima, algo que se acomodaba sin problemas entre el Día de la Independencia, la Pascua Judía y la Janucá. En esa celebración no nos sentábamos alrededor de fogatas, ni jugábamos con dreidels o nos golpeábamos los unos a los otros en la cabeza con martillos de plástico; y, a diferencia de otras festividades, no conmemoraba una victoria histórica o una derrota heroica, lo cual hacía que me gustara todavía más.

Al inicio de cada junio, mi hermana, mi hermano y yo paseábamos con nuestros padres hasta la plaza principal de Ramat Gan, donde se instalaban docenas de mesas cubiertas de libros. Cada uno de nosotros elegía cinco libros. A veces el autor de uno de esos libros estaba en la mesa y escribía una dedicatoria en él. A mi hermana le gustaba mucho eso. Yo, personalmente, lo encontraba un poco irritante. El hecho de haber escrito un libro, no le da derecho a nadie a garabatear mi propio ejemplar; especialmente si su caligrafía es fea, como la de un farmacéutico, e insiste en utilizar palabras difíciles que tienes que buscar en el diccionario para acabar descubriendo que no significaban nada más que «disfrutar».

Han pasado los años y, aunque ya no soy un niño, sigo emocionándome igual durante la Semana del Libro. Pero ahora la experiencia es un poco distinta y mucho más estresante.

Antes de empezar a publicar libros solo escribía dedicatorias en los que yo compraba para regalar a personas que conocía. Después, un día, de repente, me encontré firmando libros para personas que los habían comprado ellas mismas personas a las que no conocía de nada. ¿Qué puede uno escribir en el libro de un completo desconocido que puede ser cualquier cosa, desde un asesino en serie hasta un gentil honrado? «Con amistad», raya en la falsedad; «Con admiración», no cuela; «Mis mejores deseos», suena paternalista; y «¡Espero que disfrutes de mi libro!», rezuma afectación desde el signo de exclamación inicial hasta el del final. Así que, exactamente hace dieciocho años, en la última noche de mi primera Semana del Libro, creé mi propio género: dedicatorias ficticias de libros. Si los librosen sí mismos son pura ficción, ¿por qué habrían de ser verdad las dedicatorias? 

«Para Danny, que me salvó la vida en el río Litani. Si no hubieras aplicado ese torniquete, yo no existiría, ni este libro tampoco.»

«Para Mickey. Llamó tu madre. Le colgué. Que no se te ocurra volver a asomar la jeta por aquí.»

«Para Sinai. Esta noche llegaré tarde a casa, pero te he dejado cholent en lanevera.»

«Para Feige. ¿Dónde está ese billete de diez que te presté? Dijiste dos días, y ya hace un mes. Sigo esperando.»

«Para Tziki. Admito que actué como un niño. Pero si tu hermana puede perdonarme, tú también puedes.»

«Para Avram. Me da igual lo que digan los análisis del laboratorio. Para mí, siempre serás mi padre.»

«Bosmat, aunque ahora estés con otro tío, los dos sabemos que al final volverás conmigo.»

Retrospectivamente, y después de la bofetada que me gané por esta última, supongo que no debería haber escrito lo que escribí para el tipo alto con el corte de pelo a lo marine que estaba comprando un libro para su novia, aunque sigo pensando que podría haber hecho un comentario educado en vez de ponerse violento.

En cualquier caso, aprendí la lección, eso sí con dolor, y desde entonces, cada Semana del Libro, aunque en los libros que haya comprado cualquier Dudi oShlomi me muera de ganas de escribir que la siguiente vez que vea algo escrito referido a mí en un papel será la carta de un abogado, respiro profundamente y en su lugar garabateo: «Con mis mejores deseos». Aburrido, puede que sí, pero mucho mejor para mi cara.

Así que, si ese tipo alto y Bosmat están leyendo esto, quiero que sepan que me arrepiento de verdad y que me gustaría presentarles mis disculpas, aunque sea con retraso. Y si de casualidad estás leyendo esto, Feige, sigo esperando ese billete de diez.

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