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Cuento | “Final de un cuento”, de Reinaldo Arenas

Cargado de nostalgia, crítica y resentimiento por lo vivido durante la dictadura castrista, el personaje de este cuento estupendo de Reinaldo Arenas juega con nuestra memoria y la expectativa que, hacia el final, se convierte en un explosivo destino.

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Abr 16, 2022

Para Juan Abren y Carlos Victoria, triunfales, es decir, sobrevivientes

The Sautermost Point in USA. Así dice el J. cartel. Qué horror. ¿Y cómo podría decirse eso en español? Claro, El punto más al sur en los Estados Unidos. Pero no es lo mismo. La frase se alarga, pierde exactitud, eficacia. En español no da la impresión de que se esté en el sitio más al sur de los Estados Unidos, sino en un punto al sur. Sin embargo, en inglés, esa rapidez, ese Sauthermost Point con esas T levantándose al final, nos indica que aquí mismo termina el mundo, que una vez que uno se desprenda de ese point y cruce el horizonte no encontrará otra cosa que el mar de los sargazos, el océano tenebroso. Esas T no son letras, son cruces —mira cómo se levantan— que indican claramente que detrás de ellas está la muerte o, lo que es peor, el infierno. Y así es. Pero de todos modos ya estamos aquí. Al fin logré traerte. Me hubiera gustado que hubieses venido por tu propia cuenta; que te hubieras tirado una foto junto a ese cartel, riéndote; y que hubieses mandado luego esa foto para allá, hacia el mar de los sargazos (para que se murieran todos de envidia o de furia) y que hubieses escupido, como lo hago yo ahora, a estas aguas donde empieza el infierno. En fin, me habría gustado que te quedaras aquí, en este cayo único, a 157 millas de Miami y a sólo 90 de Cuba, en el mismo centro del mar, con la misma brisa de allá abajo, el mismo color en el agua, el mismo paisaje casi; y sin ninguna de sus calamidades. Hubiera querido traerte aquí —no así, casi a rastras— y no precisamente para que te perdieras en esas aguas, sino para que comprendieses la suerte de estar más acá de ellas. Pero por mucho que insistí —o quizá por lo mismo— nunca quisiste venir. Pensabas que lo que me atraía a este sitio era sólo la nostalgia: la cercanía de la Isla, la soledad, el desaliento, el fracaso. Nunca has entendido nada —o, a tu modo, has entendido demasiado—. Soledad, nostalgia, recuerdo —llámalo como quieras—, todo eso lo siento, lo padezco, pero a la vez lo disfruto. Sí, lo disfruto. Y por encima de todo, lo que me hace venir hasta aquí es la sensación, la certeza, de experimentar un sentimiento de triunfo… Mirar hacia el sur, mirar ese cielo que tanto aborrezco y amo, y abofetearlo; alzar los brazos y reírme a carcajadas, percibiendo casi, de allá abajo, del otro lado del mar, los gritos desesperados y mudos de todos los que quisieran estar como yo: aquí, maldiciendo, gritando, odiando y solo de verdad; no como allá, donde hasta la misma soledad se persigue y te puede llevar a la cárcel por «antisocial». Aquí puedes perderte o encontrarte sin que a nadie le importe un pito tu rumbo. Eso, para los que sabemos lo que significa lo otro, es también una fortuna. Creíste que no iba a entender esas ventajas, que no sabría sacarles partido; que no iba a poder adaptarme.

Sí, ya sé lo que has dicho. Que no aprenderé ni una palabra de inglés, que no escribiré más ni una línea, que ya una vez aquí no hay argumentos ni motivos, que hasta las furias más fieles se van amortiguando ante la impresión ineludible de los supermercados y de la calle 42, o ante la desesperación (la necesidad) por instalarse en una de esas torres alrededor de las cuales gira el mundo, o la certeza de saber que ya no somos motivo de inquietud estatal ni de expedientes secretos… Sé que todos pensaban que ya estaba liquidado. Y que tú mismo estabas de acuerdo con estas intrigas. No voy a olvidar cómo te reías, casi satisfecho (burlón y triste) cada vez que sonaba el teléfono y cómo aprovechabas la menor oportunidad para recriminar mi disciplina o vagancia. Cuando te decía que estaba instalándome, adaptándome, o sencillamente viviendo, y por lo tanto acumulando historias, argumentos, me mirabas compasivo, seguro de que yo ya había perecido entre la nueva hipocresía, las inevitables relaciones, el pernicioso éxito o la intolerable verborrea… Pero no fue así, óyelo bien, veinte años de representación, obligada cobardía y humillaciones no se liquidan tan fácilmente… No voy a olvidar cómo me vigilabas, crítico y sentencioso —seguro—, esperando que finalmente me disolviera, anonimizándome por entre túneles estruendosos y helados o por las calles inhóspitas, abatidas por vientos infernales. Pero no fue así, ¿me oyes? Esos veinte años de taimada hipocresía, ese terror contenido, no permitieron que yo pereciera. Por eso (también) te he arrastrado hasta aquí, para dejarte definitivamente derrotado y en paz —quizás hasta feliz— y para demostrarte, no puedo ocultar mi vanidad, que el vencido eres tú. Como ves, este lugar se parece bastante a Cuba; mejor dicho, a algunos lugares de allá. Bellos lugares, sin duda, que yo jamás volveré a visitar. ¡Jamás! ¿Me oíste? Ni aunque se caiga el sistema y me supliquen que vuelva para acuñar mi perfil en una medalla, o algo por el estilo; ni aunque de mi regreso dependa que la Isla entera no se hunda; ni aunque desde el avión hasta el paredón de fusilamiento me desenrollen una alfombra por la cual marcialmente habría de marchar para descerrajar el tiro de gracia en la nuca del dictador. ¡Jamás! ¿Me oíste? Ni aunque me lo pidan de rodillas. Ni aunque me coronen como a la mismísima Avellaneda o me proclamen Reina de Belleza por el Municipio de Guanabacoa, el más superpoblado y rico en bujarrones… Esto último te lo digo en broma. Pero lo de no volver, eso sí que es en serio. ¿Me oyes? Pero tú eres diferente. No sabes sobrevivir, no sabes odiar, no sabes olvidar. Por eso, desde hacía tiempo, cuando vi que ya no había remedio para tu nostalgia, quise que vinieras aquí, a este sitio. Pero, como siempre, no me hiciste el menor caso. Quizá, si me hubieses atendido, ahora no tendría que ser yo quien te trajese. Pero siempre fuiste terco, empecinado, sentimental, humano. Y eso se paga muy caro…

De todos modos, ahora, quieras o no, aquí estás. ¿Ves? Las calles están hechas para que la gente camine por ellas, hay aceras, corredores, portales, altas casas de madera con balcones bordados, como allá abajo… No estamos ya en Nueva York, donde todos te empujan sin mirarte o se excusan sin tocarte; ni en Miami, donde sólo hay horribles automóviles despotricados por potreros de asfalto. Aquí todo está hecho a escala humana. Como en el poema, hay figuras femeninas —y también masculinas— sentadas en los balcones. Nos miran. En las esquinas se forman grupos. ¿Sientes la brisa? Es la brisa del mar. ¿Sientes el mar? Es nuestro m ar… Los jóvenes se pasean en short. Hay música. Se oye por todos los sitios. Aquí no te achicharrarás de calor ni te helarás de frío, como allá arriba. Estamos muy cerca de La Habana… Bien que te dije que vinieras, que yo te invitaba, que hay hasta un pequeño malecón, no como el de allá abajo, claro (es el de aquí), y árboles, y atardeceres olorosos, y un cielo con estrellas. Pero de ninguna manera logré convencerte para que vinieras, y, lo que es peor, tampoco logré convencerte para que te quedaras, para que disfrutaras de lo que se puede (allá arriba) disfrutar. Por la noche, caminando a lo largo del Hudson, cuántas veces intenté mostrarte la isla de Manhattan como lo que es, un inmenso castillo medieval con luz eléctrica, una lámpara descomunal por la que valía la pena transitar. Pero tu alma estaba en otro sitio; allá abajo, en un barrio remoto y soleado con calles empedradas donde la gente conversa de balcón a balcón y tú caminas y entiendes lo que ellos dicen, pues eres ellos… Y qué ganaba yo con decirte que yo también deseaba estar allá, dentro de aquella guagua repleta y escandalosa que ahora debe estar atravesando la Avenida del Puerto, cruzando la Rampa, o entrando en un urinario donde seguramente, de un momento a otro, llegará la policía y me pe­ dirá identificación… Pero, óyelo bien, nunca voy a volver, ni aunque la existencia del mundo dependa de mi regreso. ¡Nunca! Mira ése que pasó en la bicicleta. Me miró. Y fijamente. ¿No te has dado cuenta? Aquí la gente mira de ver­ dad. Si uno le interesa, claro. No es como allá arriba, donde mirar parece que es un delito. O como allá abajo, donde es un delito… «Que el que mirare a otro sujeto de su mismo sexo será condenado a..». ¡Vaya! Ese otro también me acaba de mirar. Y ahora sí que no puedes decirme nada. Los carros hasta se detienen y pi­ tan; jóvenes bronceados sacan la cabeza por la ventanilla. Where? Where? Pero a cualquier lugar que le indiques te montan. Verdad que estamos ya en el mismo centro de Duval Street, la zona más caliente, como decíamos allá abajo… Por eso también (no voy a negarlo) quise traerte hasta aquí, para que vieras cómo aún los muchachos me miran, y no creyeras que tu amistad era una gracia, un favor concedido, algo que yo tenía que conservar como fuera; para que sepas que aquí también tengo mi público, igual que lo tenía allá abajo. Esto creo que también te lo dije. Pero nada de eso parecía interesarte; ni siquiera la posibilidad de ser traicionado, ni siquiera la posibilidad (siempre más interesante) de traicionar… Te seguía hablando, pero tu alma, tu memoria, lo que sea, parecía que estaba en otra parte. Tu alma ¿Por qué no la dejaste allá, junto con la libreta de racionamiento, el carné de identidad y el periódico Granma? Ve, camina por Times Square, aventúrate en el Central Park, coge un tren y disfruta lo que es un Coney Island de verdad. Yo te invito. Mejor, te doy el dinero para que salgas. No tienes que ir conmigo. Pero no salías, o salías y al momento ya estabas de regreso. El frío, el calor, siempre había un pretexto para no ver lo que tenías delante de tus ojos. Para estar en otro sitio… Pero mira, mira esa gente cómo se desplaza a pesar del mal tiempo (aquí siempre hay un mal tiempo), mira esos bultos cómo arremeten contra la tormenta; muchos también son de otro sitio (de su sitio) al que tampoco podrán regresar, quizás ya ni exista. Oye: la nostalgia también puede ser una especie de consuelo, un dolor dulce, una forma de ver las cosas y hasta disfrutarlas. Nuestro triunfo está en resistir. Nuestra venganza está en sobrevivimos… Estrénate un pitusa, un pulóver, unas botas y un cinto de piel; pélate al rape, vístete de cuero o de aluminio, ponte una argolla en la oreja, un aro con estrías en el cuello, un brazalete puntiagudo en la muñeca. Sal a la calle con un taparrabo lumínico, cómprate una moto (aquí está el dinero), y vuélvete punk, píntate el pelo de dieciséis colores, y búscate un negro americano, o prueba con una mujer. Haz lo que quieras, pero olvídate del español y de todas las cosas que en ese idioma nombraste, escuchaste, recuerdas. Olvídate también de mí. No vuelvas más… Pero a los pocos días ya estás de regreso. Vestido como te aconsejé, botas, pitusa, pulover, jacket de cuero, te tomas un refresco y oyes la grabadora que allá abajo nunca pudiste tener. Pero no estás vestido como estás, no te tomas ese refresco que allá abajo nunca te pudiste tomar, no oyes esa grabadora que suena, porque no existes, quienes te rodean no dan prueba de tu existencia, no te identifican ni saben quién eres, ni les interesa saberlo; tú no formas parte de todo esto y da lo mismo que salgas vestido con esos andariveles o envuelto en un saco de yute. Bastaba verte los ojos para saber que así pensabas… Y no podía decirte que también yo pensaba así, que yo también me sentía así; así no, mucho peor; al menos tú tenías a alguien, a mí, que intentaba consolarte… Pero ¿qué argumentos se pueden esgrimir para consolar a alguien que aún no está provisto de un odio inconmensurable? ¿Cómo va a sobrevivir una persona cuando el sitio donde más sufrió y ya no existe es el único que aún lo sostiene?

Mira —insistía yo, pues soy testarudo, y tú lo sabes por primera vez— ahora somos personas, es decir, podemos aborrecer, ofender libremente, y sin tener que cortar caña… Pero creo que ni siquiera me oías. Vestido deportiva y elegantemente miras al espejo y sólo ves tus ojos. Tus ojos bus­ cando una calle por donde la gente cruza como meciéndose, adentrándose ya en un parque donde hay estatuas que identificas, figuras, voces y hasta arbustos que parecen reconocerte. Estás a punto de sentarte en un banco, olfateas, sientes, no sabes qué transparencia en el aire, qué sensación de aguacero recién caído, de follajes y techos lavados. Mira los balcones estibados de ropa tendida. Los viejos edificios coloniales son ahora flamantes veleros que flotan. Desciendes. Quieres estar apoyado a uno de esos balcones, mirando, allá abajo, la gente que te mira y te saluda, reconociéndote. Una ciudad de balcones abiertos con ropa tendida, una ciudad de brisa y sol con edificios que se inflan y parecen navegar… ¡Sí!, ¡sí!, te interrumpía yo, una ciudad de balcones apuntalados y un millón de ojos que te vigilan, una ciudad de árboles talados, de palmares exportados, de tuberías sin agua, de heladerías sin helados, de mercados sin mercancías, de baños clausurados, de playas prohibidas, de cloacas que se desparraman, de apagones incesantes, de cárceles que se reproducen, de guaguas que no pasan, de leyes que reducen la vida a un crimen, una ciudad con todas las calamidades que esas calamidades conllevan… Pero tú seguías allá, flotando, intentando descender y apoyarte en aquel balcón apuntalado, queriendo bajar y sentarte en aquel parque donde seguramente esta noche harán una «recogida». ¡Hacia el sur! ¡Hacia el sur!, te decía entonces —te repetía otra vez—, seguro de que en un lugar parecido a aquél no ibas a sentirte en las nubes o en ningún sitio. ¡Hacia el sur!, digo, apagando las luces del departamento e impidiendo que sigas mirándote en el espejo, en otro sitio… ¡A la parte más al sur de este país, al mismísimo Cayo Hueso, donde tantas veces te he invitado y no has querido ir, sólo para molestarme! Allí encontrarás lugares semejantes o mejores que los tuyos; playas a las que se les ve el fondo, casas entre los árboles, gente que no parece estar apurada. Yo te pago el viaje, la estancia. Y no tienes que ir conmigo… Como siempre —sin decirme nada, sin aceptar tampoco el dinero— sales, salimos a la calle. Tú, delante, caminas por la Octava Avenida. Tomas 51 Street. Cada vez más remoto entras en el torbellino de Broadway; los pájaros, nublando un cielo violeta, se posan ya sobre los tejados y azoteas del Teatro Nacional, del Hotel Inglaterra y del Isla de Cuba, del cine Campoamor y del Centro Asturiano; en bandadas se guarecen en la única ceiba del Parque de la Fraternidad y los pocos y podados árboles del Parque Central de La Habana. Los faroles del Capitolio y del Palacio Aldama se han iluminado. Los jóvenes fluyen por las aceras del Payret y por entre los leones del Prado hasta el Malecón. El faro de El Castillo del Morro ilumina las aguas, la gente que cruza rumbo a los muelles, los edificios de la Avenida del Puerto, tu rostro. El calor del oscurecer ha hecho que casi todo el mundo salga a la calle. Tú los ves, tú estás ahí casi junto a ellos. Invisible sobre los escasos árboles, los observas, los oyes. Alborotando a los pájaros atisbas ahora desde las torres de La Manzana de Gómez; te elevas y ves la ciudad iluminada. Planeando sobre el litoral sientes la música de los que ostentan radios portátiles, las conversaciones (susurros) de los que quisieran cruzar el mar, la forma de caminar de los jóvenes que al levantar una mano casi te rozan sin verte. Un barco entra en el puerto sonando lentamente la sirena. Oyes las olas romperse en el muro. Percibes el olor del mar. Contemplas las aguas lentas y brillantes de la bahía. Desde la Plaza de la Catedral la multitud se dispersa por las calles estrechas y mal iluminadas. Desciendes; quieres mezclarte a esa multitud. Estar con ellos, ser ellos, tocar esa esquina, sentarte precisamente en ese banco. Arrancar y oler aquella hoja… Pero no estás ahí, ves, sientes, escuchas, pero no puedes diluirte, participar, terminar de descender. Impulsándote desde ese farol tratas de tocar fondo y sumergirte en la calle empedrada. Te lanzas. Los autos —taxis, sobre todo— impiden que sigas caminando. Esperas junto a la multitud por la señal del WALK iluminado. Cruzas 50 Street y pareces difuminarte en las luces de Paramount Plaza, de Circus Cinema, Circus Theater y los inmensos peces lumínicos de Arthurs Treachers; ya estás bajo el descomunal cartel que hoy anuncia OH CALCUTTA! en árabe y en español, caminas junto a la gente que se agolpa o desparrama entre voces que pregonan hot dogs, fotos instantáneas por un dólar, rosas naturales iluminadas gracias a una batería discretamente instalada en el tallo, pulóveres esmaltados, espejuelos fotogenados, medallas centelleantes, carne al pincho, frozen food, ranas plásticas que croan y te sacan la lengua. Ahora el tumulto de los taxis ha convertido todo Broadway en un río amarillo y vertiginoso. Burger King, Chock Full O’Nuts, Popeyes Fried Chickens, Castro Convertibles, Howard Johnsons, Melon Liqueur, sigues avanzando. Un hombre vestido de cow boy, tras una improvisada mesa, manipula ágilmente unas cartas, llamando a juego; una hindú, con atuendos típicos, pregona esencias e inciensos afrodisíacos, esparciendo llamaradas y humos que certifican la calidad del producto; un mago de gran sombrero intenta, ante numeroso público, introducir un huevo en una botella; otro, en cerrada competencia, promete hipnotizar un conejo que exhibe a toda la concurrencia. Girk! Girls! Girls!, vocea un mulato en short junto a una puerta iluminada, en tanto que un travestí, envejecido y alegre, desde su catafalco se proclama maestro en el arte de leer la palma de la mano. Una rubia desmesurada y en bikini intenta tomarte por un brazo, susurrándote algo en inglés. En medio de la multitud, un policía provisto de dos altavoces anuncia que la próxima función de E T comenzará a las nine forty five, y un negro completamente trajeado de negro, con alto y redondo cuello negro, biblia en mano, vocifera sus versículos, mientras que un orfeón mixto, dirigido por el mismísimo Friedrich Dürrenmatt, canta «Tómame y guíame de la mano»… Alguien pregona entradas para Evita a medio precio. Otra mujer, faldas y mangas largas, se te acerca y te da un pequeño libro con las 21 Amazing Predictions. Jóvenes erotizados de diversas razas, en pantalones de goma, cruzan patinando en dirección opuesta a la nuestra, palpándose promisoriamente el sexo. Un racimo multicolor de globos aerostáticos se eleva ahora desde el centro de la multitud, perdiéndose en la noche; al instante, una banda de flamantes músicos provistos sólo de marimbas, irrumpe con un magistral concierto polifónico. Alguien en traje de avispa se te acerca y te da un papel con el que podrías comerte dos hamburgers por el precio de uno. Free love! Free love!, recita en voz alta y monótona un hombre uniformado, esparciendo tarjetas… La acera se puebla de sombrillas moradas que una mujer diminuta pregona a sólo un dólar, pronosticando además que de un momento a otro se desatará una tormenta. Un ciego, con su perro, hace sonar unas monedas en el fondo de un jarro. Un griego vende muñecas de porcelana que exhiben una lágrima en la mejilla. TONIGHT FESTA ITALIANA, anuncia ahora la superpantalla lumínica desde la primera torre de Times Square Plaza. Cruzas ya frente a Bond y Disc-OMat, observas las vidrieras repletas por todo tipo de mercancías, desde un naranjo enano hasta falos portátiles, desde un enredón de Afganistán hasta una llama del Perú. ¡Yerba!, te aborda alguien en español ostensible. Todos cruzan frente a ti ofreciendo abiertamente sus mercancías u ostentando libremente sus deseos. Por Oreilly, por Obispo, por Obrapía, por Teniente Rey, por Muralla, por Empedrado, por todas las calles que salen de la bahía, camina la buscando la frescura del mar, luego de otro día monótono, asfixiante, lleno de responsabilidades ineludibles y de insignificantes proyectos truncos; pequeños goces (un refresco, un par de zapatos a la medida, un tubo de pasta dental) que no pudieron satisfacer, grandes anhelos (un viaje, una casa amplia) que sería hasta peligroso insinuar. Allá van, buscando al menos el espacio abierto del horizonte, desnutridos, envueltos en telas rústicas y semejantes, pensando ¿será muy larga la cola del frozen, ¿estará abierto el PíoPío?… Rostros que pueden ser el tuyo propio, quejas susurradas, maldiciones solamente pensadas; señales y ademanes que comprendes, pues también son los tuyos. Una soledad, una miseria, un desamparo, una humillación y un desamor que compartes. Mutuas y vastas calamidades que te harían sentir acompañado. Desde los guardavecinos del Palacio del Segundo Cabo intentas otra vez sumergirte entre ellos, pero no llegas a la calle. Los ves. Compartes sus calamidades, pero no puedes estar allí, compartiendo también su compañía. El chiflido de una ambulancia que baja por toda la 42 Street paraliza el tráfico de Broadway. Sin problemas atraviesas lentamente Times Square por entre el mar de automóviles; yo, detrás, casi te doy alcance. La Avenida de las Américas, la Quinta Avenida hacia el Village, sigues avanzando entre la muchedumbre, mirándolo todo hoscamente, con esa cara de resentimiento, de impotencia, de ausencia. Pero, oye, quisiera decirte tocándote la espalda, ¿qué otra ciudad fuera de Nueva York podría tolerarnos, podríamos tolerar?… La Biblioteca Pública, las fastuosas vidrieras de Lord and Taylor, seguimos caminando. En la calle 34 te detienes frente al Empire State Building. ¡Y fíjate que lo he pronunciado perfectamente! ¿Me oíste? Hasta ahora todas las palabras que he dicho en inglés las he dicho a las mil maravillas, ¡me oyes? No sea cosa que vayas a burlarte de mi acento o a ponerme esa otra cara entre compasivo y fatigado.

Claro, ninguna cara pones ya; es posible que ya nada te interese, ni siquiera burlarte de mí, ni siquiera quitarme como siempre la razón. Pero de todos modos quise traerte hasta aquí antes de despedirnos; quise que me acompañaras en este paseo. Quiero que conozcas todo el pueblo, que veas que yo tenía razón, que hay aún un sitio donde se puede respirar y la gente nos mira con deseo, al menos con curiosidad. ¿Ves? Hasta un Sloppy Joe’s es igual, qué igual, mucho mejor que el de La Habana. Todos los artistas famosos han pasado por éste. Día y noche se oye esa música y se puede disfrutar (si no con el oído, al menos con la vista) de esos músicos. Aquí Hemingway no tiene que preocuparse por la vejez: jóvenes y más jóvenes, todos en short, descalzos y sin camisa, bronceados por el sol, mostrando o insinuando lo que ellos saben (y con cuánta razón) que es su mayor tesoro… No en balde la Teneessee Williams plantó aquí sus cuarteles de invierno, soldados no le han de faltar… ¿Viste los vitrales de esa casa? Oíd Havana, dicen. ¿Y ese corredor con columpios de madera? Chez Emilio se llama, algo latino por lo menos. ¡Mira! Un hotel San Carlos, como el de la calle Zulueta… Desde el Acuario estamos ya a un paso de los muelles y del puerto. Éste es el Malecón, no tan grande ni tan alto, pero hay la misma brisa que allá, o más o menos… Oh, sí, ya sé que no es lo mismo, que todo aquí es chato y reducido, que esos edificios de madera con sus balconcitos parecen palomares o casas de muñecas, que estas calles no son como aquéllas, que este puerto de mierda no puede compararse con el nuestro, no tienes que insinuarme nada, no tienes que empezar otra vez con la letanía. Sé que estas playas son una basura y el aire es mucho más caliente, que no hay tal malecón ni cosa por el estilo y que hasta el mismo Sloppy Joe’s es mucho más chiquito que el de allá. Pero mira, pero mira, óyeme, atiéndeme, ya aquél no existe y éste está aquí, con música, bebida, muchachos en short. ¿Por qué tienes que mirar a la gente de esa manera como si ellos tuvieran la culpa de algo? Trata de confundirte entre ellos, de hablar y moverte como ellos, de olvidar y ser ellos, y si no puedes, óyeme, disfruta de tu soledad, la nostalgia también puede ser una especie de consuelo, un dolor dulce, una forma de ver las cosas y hasta de disfrutarlas. Pero sabía que era inútil repetir la misma cantinela, que no me ibas a oír, y además, ni yo mismo estaba seguro de mi propia verborrea. Por eso preferí seguirte en silencio por el largo lobby del Empire State. Tomamos el elevador y, también en silencio, subimos hasta el último piso. Por otra parte, lo menos que te hacía falta era conversación: el tumulto de unos japoneses (¿o eran chinos?) que subían junto con nosotros no te hubiera permitido oírme. Llegamos a la terraza. La gente se dispersó por los cuatro ángulos. Nunca había subido de noche al Empire State. El panorama es realmente imponente: ríos de luces hasta el infinito. Y mira para arriba: hasta las mismas estrellas se pueden divisar. ¿Dije «tocar»? Da igual; cualquier cursilería que emitiese, tú no la ibas a oír, aunque estuvieras, como estás ahora, a mi lado. De todos modos, te asomaste por la terraza hacia el vacío donde relampagueaba la ciudad. No sé qué tiempo estuviste así. Serían horas. El elevador llegaba ya vacío y bajaba cargado con todos los dichosos (así lo parecían) japoneses (¿o serían coreanos?).

Alguien cerca de mí habló en francés. Experimenté el orgullo pueril de entender aquellas palabras que nada decían. Detrás de los cristales del alto mirador, un hermoso y rubio niño me miraba. Sin yo esperarlo, me hizo un amplio y delicioso ademán obsceno. Sí (no vayas a creer que fue pura vanidad —o senilidad— mía), así fue; aunque después, no sé por qué, me sacó la lengua. Tampoco yo le presté mucha atención. La temperatura había bajado bruscamente y el viento era casi insoportable. Estábamos ya solos en la torre y lo que más deseaba era bajar e irnos a comer. Te llamé. Como respuesta me hiciste una señal para que me acercara junto a ti, en la baranda. No recuerdo que hayas dicho nada. ¿No? Simplemente me llamaste, rápido, como para que viera algo extraordinario y por lo mismo fugaz. Me asomé. Vi el Hudson expandiéndose, ensanchándose hasta perderse. ¡El Hudson, dije, qué grande!… ¡Imbécil!, me dijiste y seguiste observando: un mar azul rompía contra los muros del Malecón. A pesar de la altura sentiste el estruendo del oleaje y la frescura inigualable de esa brisa. Las olas batían contra los farallones de El Castillo del Morro, ventilando la Avenida del Puerto y las estrechas calles de La Habana Vieja. Por todo el muro iluminado la gente caminaba o se sentaba. Los pescadores, luego de hacer girar casi ritualmente el anzuelo por los aires, lanzan la pita al oleaje, cogiendo generalmente algún pez; rotundos muchachos de piel oscura se desprenden de sus camisas abiertas y se precipitan desde el muro, flotando luego cerca de la costa entre un alarde de espumas y chapaleos. Grupos marchan y conversan por la ancha y marítima avenida. El Júpiter de la cúspide de la Lonja del Comercio se inclina y saluda a la Giraldilla de El Castillo de la Fuerza que resplandece. Verdad que por un costado del mar había salido la luna. ¿O era sólo la farola del Morro la que provocaba aquellos destellos? Cualquiera que fuese de las dos, la luz llegaba a raudales iluminando también las lanchas repletas que cruzan la bahía rumbo a Regla o a Casablanca. En el cine Payret parece que esta noche se estrena una película norteamericana: la cola es imponente; desde el Paseo del Prado hasta San Rafael seguía afluyendo el público, formando ya un tumulto… Tú estabas extasiado, contemplando. Te vi deslizarte por sobre la alta baranda y descender a la segunda plataforma que ostenta un cartel que dice NO TRESPASSING, o algo por el estilo. No creo que yo haya intentado detenerte; además —estoy seguro—, nada ibas a permitir que yo hiciera. ¿No es verdad? ¡Dímelo!… De todos modos, te llamé; pero ni siquiera me oíste. Volviste a asomarte al vacío. Usurpando el sitio donde estaba el oscuro y maloliente Hudson, un mar resplandeciente se elevaba hasta el cielo donde no podían fulgurar más estrellas. Sobre el oleaje llegaban ahora los palmares batiendo sus pencas, erguidos y sonoros irrumpieron por todo el West Side, que al momento desapareció, y cubrieron el Paseo del Prado. Cocoteros, laureles, malangas, platanales, almácigos y yagrumas arribaron navegando, borrando casi toda la isla de Manhattan con sus imponentes torres y sus túneles infinitos. Una fila de corojales unió a Riverside Drive con las playas de Marianao. El Paseo de la Reina hasta Carlos III fue tomado por las yagrumas. Salvaderas, ocujes, laureles, jiquíes, curujeyes y marpacíficos anegaron Lexinton Avenue hasta la Calzada del Jesús del Monte. Los balcones de los edificios de Monserrate se nublaron de pencas de coco, nadie podía pensar que una vez esa calzada verde y tropical llevase el raro nombre de Madison Avenue. Todo Obispo era ya un jardín. El oleaje refrescaba las raíces de los almendros, guásimas, tamarindos, jubabanes y otros árboles y arbustos cansados quizás del largo viaje. Una ceiba irrumpió en Lincoln Center (aún en pie) convirtiéndolo súbitamente en El Parque de la Fraternidad. Un júcaro curvó sus ramas, bajo él apareció el Parque Cristo. La calle 23 se colmó de nacagüitas —quién iba a pensar que en un tiempo a eso se le llamase la Quinta Avenida de Nueva York—. Al final del Downtown estalló un jagüey, su sombra cubrió la Rampa y el Hotel Nacional. Desde La Habana Vieja hasta el East Side que ya se difuminaba, desde Arroyo Apolo hasta el World Trade Center, convertido en Loma de Chaple; desde Luyanó hasta las Playas de Marianao, La Habana completa era ya un gigantesco arbolario donde las luces oscilaban como cocuyos considerables. Por entre los senderos iluminados la gente camina despreocupadamente, forma pequeños grupos que se disuelven; vuelven a divisarse a retazos bajo la fronda de algún paseo; otros, llegando hasta la costa, dejan que el vaivén del oleaje bañe sus pies. El rumor de toda la ciudad estibada de árboles y conversaciones te colmó de plenitud y frescura. Saltaste. Esta vez — lo vi en tu rostro— estabas seguro de que ibas a llegar, que lograrías mezclarte en el tumulto de tu gente, ser tú otra vez. No pude en ese momento pensar que pudiera ser de otro modo. No podía —no debía— ser de otra manera. Pero el estruendo de esa ambulancia nada tiene que ver con el del oleaje; esa gente que, allá abajo, como hormiguero multicolor se amontona a tu alrededor, no te identifica. Bajé. Por primera vez habías logrado que Nueva York te mirara. A lo largo de toda la Quinta Avenida se paralizó el tráfico.

Sirenas, pitos, decenas de carros patrulleros. Un verdadero espectáculo. Nada hay más llamativo que una catástrofe; un cadáver volador es un imán al que nadie se puede resistir, hay que mirarlo e investigarlo. No creas que fue fácil recuperarte. Pero nada material es difícil de obtener en un mundo controlado por cerdos castrados e idiotizados, sólo tienes que encontrarle la ranura y echarle la quarter. ¡Y dije quarterl —¿Me oíste? — ¡En perfecto inglés! Como lo pronunciaría la mismísima Margaret Thatcher, aunque no sé si la Thatcher habrá pronunciado alguna vez esa palabra… Por suerte tenía un poco de dinero (siempre he sido cicatero, y tú lo sabes). A las mil maravillas pronuncié las palabras incineration, last will y todas esas cosas. Ya sólo tenía que colocarte en el dichoso y estrecho nicho —¿viste?, hasta para un trabalenguas se prestaba el asunto—. Pero ¿por qué tener que dejarte en ese sitio reducido, frío y oscuro, junto a tanta gente meticulosa, melindrosa, espantosa, junto a tantos viejos? ¿A quién le iba a importar que un poco de ceniza se colocara o no en un hueco? ¿Quién iba a molestarse en averiguar tal tontería? ¿A quién, además, le importabas tú? A mí. A mí siempre. Sólo a mí… Y no iba a permitir que te metieran en aquella pared entre gente de apellidos enrevesados y seguramente horrorosa. Una vez más hube de buscar la ranura del cerdo y llenar su vientre. No sé si en Nueva York estará de moda salir de un cementerio con una maleta. El caso es que así lo hice y a nadie le llamó la atención. Un taxi, un avión, un ómnibus. Y aquí estamos, otra vez en el Sauthermost Point in USA, luego de haberte paseado por todo Key West —y fíjate que lo pronuncio perfectamente— . No quise despedirme de ti sin antes haberte proporcionado este paseo; sin antes haberme yo también proporcionado este paseo contigo. Cuántas veces te dije que éste era el sitio, que había un sitio parecido, casi igual, a aquél de allá abajo. ¿Por qué no me hiciste caso? ¿Por qué no quisiste acompañarme cada vez que yo venía? Quizás solamente para molestarme, o para no dejarte convencer, o para no caer en la cobardía de aceptar a medias una solución, suerte de mutilación piadosa e inevitable, que te hubiera permitido más o menos recuperar algunos sentidos, el del olfato quizás, parte de la vista tal vez. Pero tu alma, pero tu alma seguramente había seguido allá abajo, en el sitio de siempre (de donde no podrá salir nunca) mirando tu sombra acá deambular por calles estruendosas y entre gentes que prefieren que les toques cualquier cosa menos el carro. Don’t touch the car! Don ‘t touch the car! ¡Pero yo sí se los tocaré! ¿Me oyes? Y les daré además una patada, y cogeré un palo y les haré pedazos los cristales; y con esta historia haré un cuento (ya lo tengo casi terminado) para que veas que aún puedo escribir; y hablaré arameo, japonés y yídish medieval si es necesario que lo hable con tal de no volver jamás a una ciudad con un malecón, a un castillo con un faro ni a un paseo con leones de mármol que desembocan en el mar. Óyelo bien: yo soy quien he triunfado, porque he sobrevivido y sobreviviré. Porque mi odio es mayor que mi nostalgia. Mucho mayor, mucho mayor. Y cada día se agranda más… No sé si en este cayo a alguien le importe un pito que yo me acerque al mar abierto con una maleta. Si fuera allá abajo ya hubiera sido arrestado, ¿me oyes? Con una maleta y junto al mar, a dónde podía dirigirme allí sino a una lancha, hacia un bote clandestino, hacia una goma, hacia una tabla que flotase y me arrastrara fuera del infierno. Fuera del infierno hacia donde tú vas a irte ahora mismo. ¿Me oíste? Donde tú —estoy convencido— quieres ir a parar. ¿Me oyes?… Abro la maleta. Destapo la caja donde tú estás, un poco de ceniza parda, casi azulosa. Por última vez te toco. Por última vez quiero que sientas mis manos, como estoy seguro que las sientes, tocándote. Por última vez, esto que somos, se habrá de confundir, mezclándonos uno en el otro… Ahora, adiós. A volar, a navegar. Así. Que las aguas te tomen, te impulsen y te lleven de regreso… Mar de los sargazos, mar tenebroso, divino mar, acepta mi tesoro; no rechaces las cenizas de mi amigo; así como tantas veces allá abajo te rogamos los dos, desesperados y enfurecidos, que nos trajeses a este sitio, y lo hiciste, llévatelo ahora a él a la otra orilla, deposítalo suavemente en el lugar que tanto odió, donde tanto lo jodieron, de donde salió huyendo y lejos del cual no pudo seguir viviendo.

Nueva York, julio de 1982

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