La «Literatura infantil» de Alejandro Zambra

Literatura infantil no es una revisión de la relación con su progenitor, sino una revisión de él mismo como progenitor. Un acierto del escritor chileno Alejandro Zambra.

Escribe René Llatas Trejo

Literatura infantil (Anagrama, 2023) es, sin duda, la mejor novela del escritor chileno Alejandro Zambra. Ha dejado atrás experimentos narrativos, la metaliteratura, la tan mentada memoria latinoamericana, para presentarnos una obra de lo más personal sobre la paternidad.

Literatura infantil no es una revisión de la relación con su progenitor, aunque es imposible por varios momentos dejar de lado dicho vínculo, sino una revisión de él mismo como progenitor. Un tema que está siendo o ha sido explotado por escritores de su generación: la versión de ser padre, no la versión de ser hijo. La ficción puede tomarse un millón de licencias para escribir sobre determinados temas (ya lo decía Flaubert que podía escribir sobre el alcoholismo sin ser un alcohólico, etc.) la paternidad y el cuidado del recién nacido y del niño es una experiencia tan entrañable como frustrante, y exclusiva. Sobre todo exclusiva.

Puedo imaginarme el desastre que habría sido para mí tener un hijo a los veinte años. Pertenezco a una generación que postergó la paternidad, o que la descartó de plano

¿Podemos catalogarlo dentro del mundo de la autoficción? Dejemos esos términos de lado por ahora.

Hay un Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975), escritor, narrador, poeta, que ha sido papá a los cuarenta y dos años. Lo considera tardío o no pero el proceso ha abierto una esclusa maravillosa de situaciones jamás esperadas, más bien, jamás vividas.

La paternidad vuelve a legitimar juegos que abandonamos cuando el sentido del ridículo consiguió gobernarnos.

La pandemia, el crecimiento del niño, los dos países como herencia cultural, Chile y México, país este último donde nació su hijo y vive con la madre (su esposa), las reminiscencias y anécdotas familiares y de la propia niñez del escritor condimentan esta historia. Sin embargo, vuelve de rato en rato a la literatura de la mano de Nabokov, Canetti, Huidobro, Woolf y Lawrence Sterne, Vallejo, Perec…, entre otros que a modo de epígrafes grafican el contexto buscando valimiento, respuestas.

Lo de Zambra es una especie de dietario, un álbum fotográfico con miles de fotos desde el nacimiento del niño hasta el tiempo real del relato. No oculta nada, cualquier temor, cualquier sensación la libera.

En materia de crianza, en cualquier caso, el pánico de hacerlo mal es muchísimo más gravitante que el deseo de hacerlo bien… lo que realmente quiero no es vivir mejor sino vivir más. No morir tan pronto, pues.

Una historia de amor, el fútbol, las preocupaciones de los padres, de los abuelos del niño, ese interés constante, de por vida, por las etapas que ha pasado y pasará el niño marcan asimismo el tiempo del relato. Todo dista mucho del modelo patriarcal de las generaciones anteriores, porque hay una lectura no crítica, sino ilustrativa de nuestros propios padres hacia nosotros mismos.

Yo pertenezco a la categoría de los padres que todos los días quisieran dormir una horita más. Mi padre pertenece y siempre perteneció a la categoría de los padres madrugadores.

Vaya que esta novela también pudo titularse “Los problemas de Alejandro”, un libro en el imaginario del niño sobre su padre. Existe un dicho: los hijos terminarán con los años pareciéndose a los padres. Real o no, bastante o poco, Zambra es conciente que Silvestre ha transformado su vida, y en el momento que llegue a leer este libro Silvestre le dará un abrazo como cada día cuando iba a recogerlo del colegio.

Autor de la novela "Aftersun". Ha realizado colaboraciones en revistas del medio como Buensalvaje, El Dominical del diario El Comercio, entre otras.

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