Escribe Horacio Hidalgo Ledesma
En Nada nos une, el escritor Lenin Heredia Mimbela nos cuenta la historia de Becky, una adolescente de trece años cuyo prematuro final conocemos desde la primera línea: «Becky ha muerto». Esta historia —que es, en estricto sentido, la historia de una muerte— se narra desde la perspectiva de distintos personajes que gravitan en torno a la protagonista: Lili, su madre, una mujer emocionalmente distante que busca guiar a su hija imponiéndole una serie de límites y restricciones mientras lucha por sobrevivir a las zancadillas de sus propios rencores; Tavo, el padrastro cariñoso que carga con sus propias culpas y para quien la vida con Lili se ha transformado en una suerte de territorio comanche, campo minado en el que cada palabra mal calibrada puede ser objeto de reproches y peleas indigestas; y Dante, un muchacho bien parecido y descarrillado, presa de sus propios impulsos y esclavo de sus malas decisiones que aparenta no tener la menor urgencia por encontrar el rumbo en un mundo que, desde siempre, ha tardado demasiado poco en acomodarse a sus ventoleras y caprichos… y su nuevo capricho se llama Becky.
Es a partir de estas tres perspectivas que un narrador en tercera persona va contando la historia de la adolescente, a quien el lector solo podrá conocer en la medida en que su recorrido vital, y por lo tanto su muerte, afecte la vida de los que la conocieron. Esta elección técnica de Heredia apunta a un hecho que el título expone de manera muy abierta, sin ambigüedades: el hecho incontestable de que Becky, a pesar del cariño de sus padres y amigos, de su capacidad para sortear los reveses de la vida con predisposición amable y liviandad evidente, y a pesar de constituirse en el foco de las obsesiones sexuales de Dante (y de todos quienes, a través de la pantalla de un celular o de una computadora, son testigos del modo en que Dante consigue satisfacer estas obsesiones); el hecho incontestable, digo, de que Becky existe única y exclusivamente para desnudarlos, para revelarlos en sus miserias y carencias mostrándoles una imagen agrietada de sí mismos mientras el espejo que revela esta imagen, es decir Becky, hace lo propio desgajándose página tras página, acercándose hacia el lamentable final que la primera frase de la novela nos anuncia sin ningún tipo de reserva. En Nada nos une, Becky es la nada. Es su ausencia la que funge de pegamento en ese mundo fragmentado; y su desintegración, física y emocional en el momento postrero, es tanto el suyo como el de todos los que, por obra u omisión, han caminado con ella para ser testigos de su final.
Hay, a mi juicio, un personaje no menos importante que se suma a este corro de otredades; la historia nunca se desplaza hasta su punto de vista y solo podemos perfilarlo cuando sus actividades se entrecruzan con las de su hijo Dante: don Andrés, un ingeniero con aspiraciones políticas que buscará proyectar una imagen impoluta de integridad y competencia. Bajo las presiones de su propio anhelo mal podría darse el lujo de mostrarse como la cabeza de una familia donde sus miembros —extremidades figuradas del mismísimo cuerpo de don Andrés— deambulan por sendas que a la luz de las convenciones, y de la legalidad en el caso de Dante, pueden resultar en extremo inconvenientes. Son, en lo que a don Andrés concierne, y aun cuando no lo diga ni tenga el atrevimiento de confesárselo, meros artículos decorativos cuya existencia vale la pena preservar en tanto sirvan al propósito de encumbrarlo hasta el lugar codiciado; bajo esta lógica, asimismo representan una contingencia en tanto y en cuanto puedan ser usados por sus enemigos políticos como brulotes para hacer volar por los aires sus opciones de llegar al poder. Es así que la brecha que se abre entre los miembros de esta familia, bien sea entre don Andrés y su esposa, bien sea entre Dante y su hermana menor Mariana (amiga y compañera de estudios de Becky), o bien entre los primeros y los segundos, se vuelve absolutamente insalvable, aunque solo haya conseguido exacerbar la ignorancia de los unos respecto de los otros.
¿Cómo puede transigir un lector sensible ante semejante distancia, aun cuando le llegue disfrazada con el comportamiento pretendidamente habitual entre adolescentes o la dinámica del garrote y la zanahoria establecida entre padres e hijos en el transcurso de la novela? ¿Será acaso porque, en mayor o menor medida, la historia de Becky, de sus padres y amigos, incluso la historia de Dante, refieren la creciente desconexión que cada uno de nosotros sentimos respecto de nuestro entorno, y porque hemos optado por —o nos hemos visto obligados a— abismarnos en la pretendida comprensión de nuestras circunstancias a través de los pases hipnóticos de una pantalla de celular? La desconexión en un mundo hiperconectado es la paradoja que Nada nos une plantea desde su título, y cada interacción entre los personajes abunda en ella. Desconexión con los otros, pero también desconexión en un sentido más íntimo y personal, el abandono de una búsqueda esencial que nos permita, con gran trabajo, retirar el velo del misterio que habita en cada uno. ¿Es posible dibujar los contornos del otro si no soy siquiera capaz de dibujarme a mí mismo?
Nada nos une propone un juego de espejos donde el otro no es nada mientras no me refleje; mal podría ser accidental, por lo tanto, el énfasis que Heredia pone en el diálogo para revelarnos a sus personajes, sus motivaciones y en definitiva el mundo del que provienen y en el que se mueve cada uno. Las narraciones son breves, muy concisas; es en la palabra dicha —o en su recreación a través del diálogo— donde el lector tendrá la oportunidad de adentrarse en el universo planteado en la novela. En su brevedad, asimismo, cada capítulo ha sido concebido de modo tal que su lectura no suponga la menor fatiga o precipite el desinterés del lector. Todo lo contrario: dinamiza la experiencia de lectura amén de una economía del lenguaje que excluye el uso de adornos o florituras. El manejo del tiempo es otro acierto de Heredia; no se trata, esta novela, de un recuento de hechos que sigan una cronología lineal: sabemos desde el principio que Becky ha muerto, podemos imaginarnos, desde luego, que ha sido asesinada, pero los hechos que se proyectan a partir de este luctuoso acontecimiento, y los hechos pasados que asimismo lo explican o desembocan en él, van tejiendo alternadamente la estructura de la novela y desentrañando la intriga fundamental que le sirve como punto de partida. Es así que el lector ha de verse involucrado en la construcción del relato no solo a partir de las distintas perspectivas ofrecidas por los personajes, sino a través de un pasado que camina hacia el presente y de un presente que se construye con retazos del pasado.

De manera inversa a la construcción de esta historia, los personajes se van fragmentando y deconstruyendo hasta dejar al descubierto su más absoluta fragilidad, su más completa orfandad. Se resquebraja la madre que se creía en control, o trataba de retomarlo; se envilece el adolescente que en su engreimiento se creía el centro del universo; se revela en su narcisista vacuidad el político que hasta en la mayor desgracia sospecha maniobras dirigidas a tumbarlo; pero sobre todo se desgarra, hasta pender hecha guiñapos, la idea de familia como amalgama de una sociedad donde todos asomamos un ojo por entre las persianas —la pantalla de un celular— para echar un vistazo a lo que hay afuera, del otro lado de la calle, y observar, resguardados por la distancia, aquellas desgracias que suelen ocurrirles a los demás pero jamás a nosotros.
Es a partir de la desgracia que urge la necesidad de justicia y resarcimiento, pero sobre todo de expiación de las propias culpas, una segunda oportunidad que nos ofrezca la ilusión de que es posible, aunque solo fuese de manera alegórica o simbólica, volver el tiempo atrás. En Lili esta necesidad se vuelve acuciante: ¿cómo es posible que mi hija haya estado encaminándose hacia su desgraciado final sin que me percate de ello?, ¿cómo es posible que todo esto haya ocurrido a pocos pasos de mí, delante de mis narices? En este punto Heredia tiene la audacia de darle a Lili esa segunda oportunidad; un riesgo técnico, sin duda, pero a estas alturas el lector cómplice y creativo, y aun el más atento y severo, sabrán dejarse persuadir sin que esto implique una concesión gratuita de su parte, un acto de indulgencia. Y es que en Nada nos une los fantasmas tienen también carta de ciudadanía. Los fantasmas condescienden a entregarnos una segunda oportunidad; pero aunque parezca que lo hacen para que podamos aliviar nuestros remordimientos, como los de Lili, por fin ocurre que están allí con el objeto de ayudarnos a tomar conciencia respecto de nuestra incapacidad para ponerle muros al océano, acotar lo infinito, luchar contra fuerzas magmáticas que se mueven bajo nuestros pies sin apenas darnos la oportunidad de huir hacia un lugar más seguro. Aquí, los espectros no abren la puerta de lo sobrenatural y la redención a la que se podría llegar a través de ella; se presentan, más bien, como el camino hacia la inevitabilidad en todo lo que esta palabra tiene de concreto y materialmente realista. Existen en la medida en que los hechos no podrían haber ocurrido de ninguna otra manera, a pesar de nuestra indignación y mala conciencia. ¿A quién culpar de lo inevitable? ¿Acaso no somos todos culpables en alguna medida?
Si algo se ha dicho hasta ahora, deberá comprenderse que el empaque de Nada nos une, es decir el estilo directo y sin adornos, la funcionalidad de su estructura, en modo alguno sirven de vehículo para una historia fácil de digerir; porque leer Nada nos une, atreverse a conocer a sus personajes, implica tender una mano hacia la muerte y la disolución; implica dejarse persuadir por la idea de que no existe tal cosa como el dolor pasajero. En cada lector queda el encargo de buscar en sí mismo aquella herida que no sana ni sanará jamás; esa herida que, si aprendemos a no ignorarla, quién sabe y algún día pueda regalarnos la virtud de hacernos una pizca más sabios.

