Círculo de Lectores
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Montalbetti, una engañosa claridad

"Lejos de mí decirles" reúne la poesía completa de Mario Montalbetti, uno de los poetas indispensables en nuestro panorama literario.

Escribe José Carlos Yrigoyen

Cuando en 1978 Mario Montalbetti publicó su primer libro, Perro negro, uno de los críticos oficiales de por entonces, Ricardo González Vigil, le dijo que hubiera sido mejor que escogiera un título más sugerente, como Gato negro, por ejemplo. A lo que Montalbetti retrucó que para eso por qué no ponerle Cuy negro.

La anécdota, aparentemente trivial, es una pequeña muestra de cómo le ha costado a nuestra crítica, salvo las sanas excepciones, entender las motivaciones y decisiones de Mario Montalbetti como poeta. Montalbetti es sugerente, como un cuy negro, pero su sugerencia es otra, distinta a la que los críticos al uso, los gatos negros, suelen entender. Quiso buscar otras formas de sutil convencimiento desde muy temprano, cuando era un joven de cabellos largos y barbas berrymanianas y editaba la revista Nubetonta, allá por el remoto 1974, cuando todo parecía comenzar a hacerse y, en realidad, era uno de los años finales de una época fructífera, a la que Montalbetti asistió como uno de los últimos heraldos, como es el caso de Roger Santiváñez o de Carlos López Degregori.

Montalbetti no rechazaba lo conversacional, admiraba a Cisneros e Hinostroza, a veces más a Cisneros, a veces más a Hinostroza, pero no quería ser mero epígono o continuador. En ese sentido Montalbetti fue muy inteligente. En los ochenta, muchos de sus compañeros de generación, enamorados de esos cantos de sirena, prosiguieron la obra de ciertos poetas mayores en clave baja. No sé si Montalbetti previó ese escenario, pero supo eludirlo. Perro negro era un libro que subvertía el lenguaje sin que nos diéramos cuenta, ensayaba un humor inédito entre nosotros sin que lo percibiéramos, criticaba la realidad de maneras novedosas, lejanas del populismo horazeriano, la socarronería cisneriana o el pop desenfadado de sus compañeros generacionales. Podía criticar todo el ochenio de Odría y en ocho líneas desmantelar una década entera cuando a Vargas Llosa le costó 700 páginas hacerlo. Podría decir muchas cosas elogiosas de Perro Negro, pero no es el momento. Puedo decir, sí, que no se comprende la poesía peruana de los últimos cuarenta años sin ese libro, privilegio que solo comparte con Symbol de Santiváñez y quizá dos o tres poemarios más.

mario montalbetti lejos de mi decirles

Luego, Montalbetti escribió Quasar, que es un poema notable, un alarde técnico. Montalbetti me contó que lo escribió en tres días metido en su cuarto, sin bañarse, entregado a las imágenes de múltiple significación, a la desencajada ambiguedad que de pronto estalla en un delirio que busca un centro, una racionalidad nueva entre el deseo y la duda. En 1979, cuando lo escribió, los poetas del sesenta estaban en retirada o al menos en sus cuarteles de invierno. Mario, en cambio, daba no uno sino dos pasos adelante: adelante en distintas direcciones, en menos de dos años. Era el poeta de mayor proyección en su momento y parecía en plena forma, pero Montalbetti decidió con inteligencia y calló.

A veces, en poesía, el silencio es parte integral de una obra. Para ser coherentes, entre Perro Negro y Fin Desierto deberíamos poner ciento cincuenta hojas en blanco, porque ese silencio, en Montalbetti, no es solamente un callar, como no lo fueron los silencios de Guevara o de Hinostroza. Los silencios de Montalbetti, aquellos entre poema y poema, entre verso y verso, entre libro y libro, son silencios con vocación reconstructiva de una obra que va al mismo tiempo hacia adelante y hacia atrás. Y que si en algún momento gira en círculo, como ocurre con Apolo Cupisnique, es para dar vueltas a lo inexpresable y quedarse con la curvatura que hemos formado como testimonio de una hazaña imposible. Eso es lo que ocurre con varios poemas de Montalbetti que hoy son inevitables hits de su repertorio.

mario montalbetti 1
Mario Montalbetti.

Tan interesante es el silencio de Montalbetti como la orilla que hay entre su intrincado mutismo y su clara expresión. Esa apariencia que tienen sus poemas de decir algo en que al final es más valioso el modo insólito de intentar enunciarlo que la palabra que se nos niega pero siempre se intuye y resuena como címbalos subterráneos en los vocablos que se nos muestran como señuelo o como carnada. En ese juego, y Montalbetti lo sabe bien, el lector siempre pierde. Pero es una derrota nutritiva y sabrosa. Es como el ideograma que parece anunciar un imperio cuando lo que significan es el nombre de un restaurante chino aparentemente inofensivo, pero lleno de secretos y, como Mario ha anotado, bocaditos deliciosos.

La pregunta es si gana Montalbetti en estas incursiones. Y qué gana. Alejado de la llamada Torre de David de la que hablaba Eliot, ha buscado nuevas identidades pero no para escamotear, sino para resignificar y así ser reconocible. Montalbetti es un delincuente del lenguaje que se cambia el rostro continuamente no para no ser reconocido, sino para ser identificado y, de ese modo confrontar, lo que otros poetas, puestos a buen recaudo, no quisieron o no pudieron encarar. Su juego es abierto, aunque no lo parece, las claves están ahí, pero los críticos no suelen identificarlas o no quieren identificarlas o prefieren, como Bartleby, no hacerlo, porque muchas veces descifrar esas claves nos obliga a desechar fórmulas consabidas. Mario es incómodo en ese aspecto. Obliga a desplazarnos hacia otros imaginarios, hacia tiempos que nunca ocurrieron o hechos que solo se han suscitado al reverso de sus poemas, donde no se puede llegar sin haber resuelto la primera clave de la que hablo.

Esa es la engañosa claridad de Montalbetti, tan parecida a la claridad engañosa de Blanca Varela. Hay una honestidad inalcanzable en todo esto también, hay que decirlo. Esa altura es el logro de Montalbetti, su victoria privada en tiempos donde la poesía luego del poscapitalismo parece herida de muerte. No lo está. Al menos en el Perú tenemos un puñado de poetas en activo que demuestra que hay otras formas no contaminadas por el mercado o la apropiación de la verdad y de los cuerpos. Este libro es un refugio contra ese desastre. Por eso hay que leerlo.

José Carlos Yrigoyen
José Carlos Yrigoyen nació en Lima en 1976. Es autor de los poemarios: El libro de las moscas (1997), El libro de las señales (1999), Lesley Gore en el infierno (2003), y Horoskop (2007). Ha publicado los documentales Poesía en rock: una historia oral, Perú 1966-1991 (2010) y Crimen, sicodelia y minifaldas: un recorrido por el museo de la Serie B en el Perú 1956-2001 (2014), junto a Carlos Torres Rotondo. Y las novelas: Pequeña novela con cenizas (2015); Orgullosamente solos (2016) y Mejor el fuego (2020).

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