Círculo de Lectores
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«Soneto XXIII de Garcilaso», de Jorge Casilla

En este cuento del escritor peruano Jorge Casilla, un verso de Garcilaso desata un conflicto académico que el tiempo se encarga aclarar.

Publicado

8 Jul, 2025

«Collige, virgo, rosas, dum flos novus, et nova pubes,
et memor esto aevum sic properare tuum».
Ausonio

«Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus».
Virgilio

Debo el hallazgo de un controversial verso endecasílabo a la enseñanza de un curso de Literatura en una universidad pública —cuyo nombre me parece innecesario mencionar— y a la curiosidad de un estudiante destacado de su base, hoy famoso poeta sobrevalorado por la crítica.

     La anécdota se remonta al año 2003. Yo había regresado a mi país luego de terminar el doctorado en la Complutense de Madrid y postulé a una cátedra en mi alma mater. Para mi satisfacción, la obtuve sin contratiempos y me asignaron la de Literatura Española I en el semestre impar y de Literatura Española II en el semestral par.

     El primer módulo tenía el descrédito desde mis tiempos de estudiante en pregrado de ser aburrido debido a su carácter filológico y a la lectura de fuentes de lenguaje arcaico. Por ese motivo actualicé la bibliografía y modifiqué parcialmente el sílabo para volverlo más atractivo a los estudiantes, mas sin dejar de lado el rigor académico.

     Reemplacé las glosas emilianenses por las jarchas mozárabes, El libro de Alexandre por el Poema del mío Cid, las Cántigas de Alfonso X, el sabio, por El libro del buen amor; y conservé El conde Lucanor, el Amadís de Gaula, La Celestina y las Coplas a la muerte de su padre.

     El curso duró cuatro meses y se desarrolló con normalidad. No obstante, y a pesar de que fui didáctico en las explicaciones y ecuánime en las evaluaciones, el veinticinco por ciento de los estudiantes reprobó. Intuía esa cantidad debido a las constantes tardanzas e inasistencias de algunos participantes. Lo que me llamó la atención es que ninguno solicitó una oportunidad para rendir un examen sustitutorio. Cuando le pregunté a uno de ellos por su futuro estudiantil, me respondió —sin ocultar cierto pesimismo en su voz— que la escuela de Literatura no era lo que esperaba y que realizaría un traslado interno hacia otra facultad.

     Esto me desmotivó por un momento, pero terminé asimilándolo como un caso anecdótico, ya que después de todo, en ningún momento había faltado a mi ética como docente. Supuse que el nivel académico era demasiado exigente y por eso algunos estudiantes desertaban. ¿Debía preocuparme por el bajo rendimiento en el nivel superior o eran inquietudes que escapaban de mis manos? Opté por la segunda idea y continué preparando los materiales para el siguiente ciclo.

     Días después, tuve una preocupación adicional. ¿Qué ocurriría si se difundiera un malintencionado rumor de mi exigencia? En el mejor de los casos tendría que impartir la clase con la poca cantidad de estudiantes matriculados. Y en el peor escenario, si nadie se inscribía, el aula se vería cerrada. Esto afectaría mi reputación como docente y me impediría escalar a puestos más importantes.

     Felizmente no ocurrió ninguna de las situaciones pensadas. A Literatura Española II se matriculó la misma cantidad de alumnos que en el semestre impar. Era curioso, aunque explicable. Una posibilidad era que algunos estudiantes de ciclos pasados habían decidido por fin llevar el curso que tenían pendiente. Y otra más lisonjera, que algunos alumnos exigentes en la investigación de la historia literaria habían recomendado mis clases a otros compañeros.

     El sílabo del segundo curso lo enfoqué en la poesía del Siglo de Oro y decidí no ser tan panorámico esta vez, sino más específico y profundizar en la producción poética de cinco escritores: Juan Boscán, Garcilaso de la Vega, fray Luis de León, don Luis de Góngora y Argote y Francisco de Quevedo. Cuánto me habría gustado dedicar un módulo a cada poeta, pero el poder del docente en pregrado tiene límites.

     La poesía de Juan Boscán fue bien recibida por los estudiantes. Les fascinaron esos intentos de escribir al itálico modo, muy superior por supuesto a lo escrito por Íñigo López de Mendoza. Percibí tan buena recepción que me animé a recomendarles el Libro de Boscán a Garcilaso de Antonio Prieto (Península, 1999). Yo lo había adquirido en uno de mis viajes a España y leído hace poco. Estaba convencido de que les iba a sorprender.

     Luego iniciamos las clases sobre la poesía de Garcilaso de la Vega y sin duda fueron las mejores que he ofrecido en mi vida. En la primera semana estudiamos las dos elegías y las cinco canciones. En la segunda y tercera semana abarcamos las tres églogas. Y reservé la última para los sonetos.

     La poesía de Garcilaso no solo era ideal para captar la estética y filosofía renacentista, sino que también funcionaba para enseñar los diferentes tópicos clásicos como el beatus ille, el locus amoenus y el carpe diem. Y de igual manera para apreciar la transición de una métrica tradicional octosilábica hacia una italiana endecasílaba.

     Uno de los poemas que leímos en la última semana fue el “Soneto V”. En un primer acercamiento formal analizamos la métrica del poema, así como el ritmo y la rima. Luego, ya en un plano del contenido, conversamos sobre el concepto de alma, la antimusa poética, la imposibilidad de la poesía o de la genialidad artística, el sincretismo entre belleza humana y divina, el tópico del destino y, por supuesto, el del amor.

     Garcilaso fue una revelación para los estudiantes.  Algunos me observaban cuando explicaba la clase, otros tomaban apuntes en sus cuadernos. Los que se sentaban al fondo del salón subrayaban las separatas o fotocopias que yo dejaba en la librería de la facultad. Los de adelante registraban mi voz con grabadoras.

     Por un momento quise creer que mi pequeño triunfo pedagógico se debía a la difusión de aspectos teóricos poco difundidos de la poesía del Petrarca español, producto de mis estudios de doctorado, pero luego comprendí que yo solo era el difusor de su poesía y que gran parte de mi éxito docente se debía a su calidad poética. Esto me emocionó en demasía, ya que aún faltaban las dos semanas de la poesía de fray Luis de León, tres semanas de Góngora y Argote y las últimas de Francisco de Quevedo.

     Yo poseía excelentes ediciones de las obras completas de los poetas del Siglo de Oro. Algunas eran antiguas y las había comprado en mis viajes por Madrid, Barcelona y Buenos Aires. Las modernas contenían excelentes estudios previos y esclarecedoras notas al pie de página. Estos ejemplares los llevaba al aula para la contemplación y deleite de mis estudiantes quienes solían pedírmelos en préstamo para fotocopiar con cuidado algunas páginas que consideraban imprescindibles. Yo accedía como un padre que presta sus herramientas de trabajo a sus hijos curiosos.

      Uno de mis tesoros era la Obra poética y textos en prosa de Garcilaso de la Vega (Crítica, 1995), publicada bajo el cuidado de Bienvenido Morros y con estudio preliminar de Rafael Lapesa. Muchos alumnos miraban con envidia mi edición y yo lo percibía. Por eso no la dejaba en la mesa junto a las demás ediciones, sino que la guardaba en mi maletín de cuero, evitando así que fuera tocada por manos ajenas a mi cuidado.

     Algunos estudiantes lograban comprar ediciones de segunda mano. Otros, los más humildes, solo leían las fotocopias que dejaba cada fin de semana en la librería de la facultad. No tenían de qué quejarse, después de todo les compartí de forma gratuita la edición Cátedra, una de las mejores que existían en esos años.

     En los últimos minutos de la clase del viernes analizamos el soneto XXIII, uno de mis favoritos. Para volver mi clase más dinámica solicité la participación de una estudiante que se encontraba sentada al fondo del salón.

     —Señorita Mariela D., ¿podría leer el soneto XXIII?

     La estudiante no respondió de forma verbal, típico de ella. Solo se limitó a buscar la página en su separata y leer el poema de forma muy neutra, sin elegancia, aunque correcta. Una vez terminada la lectura, les pregunté si lo habían entendido y si querían proponer algún punto de conversación. Como se mantuvieron en silencio decidí leerlo en voz alta.

     Lo declamé sentado, con una pierna encima de la otra y moviendo la mano izquierda en el aire como si dirigiera un coro religioso. Aproveché la oportunidad para practicar el acento español que había adquirido en mis viajes a Salamanca.

XXIII

En tanto que de rosa y azucena

se muestra la color en vuestro gesto,

y que vuestro mirar ardiente, honesto,

enciende el corazón y lo refrena;

y en tanto que el cabello, que en la vena

del oro se escogió, con vuelo presto,

por el hermoso cuello blanco, enhiesto,

el viento mueve, esparce y desordena;

coged de vuestra alegre primavera

el dulce fruto, antes que el tiempo airado

cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,

todo lo mudará la edad ligera,

por no hacer mudanza en su costumbre.

     Cuando acabé el recital, algunos alumnos lanzaron exclamaciones de asombro, como si tanta belleza no pudiera ser escrita por el hombre. Era un nuevo triunfo para Garcilaso y por supuesto para el verso al itálico modo. Obviamente yo me sumaba a este logro.

     Me sentía de cierta forma como un trovador, como el rey de la viola y de la cítola. Y aún más, como un intermediario entre Garcilaso y los simples mortales; cual Hermes argifonte del parnaso español. De pronto, algo me llamó la atención: una mano se alzaba entre los jóvenes entusiastas, esa mano provenía del fondo del salón y yo sabía quién se sentaba allí.

     De la mayoría de mis estudiantes, yo no esperaba ningún tipo de logro académico. A lo mucho aguardaba que con el tiempo se convirtieran en docentes de educación básica regular y que al menos enseñaran bien sus clases. No obstante, Roger K. era diferente: leía todas las separatas que yo dejaba en la fotocopiadora, no faltaba a clases, no llegaba tarde e intervenía con preguntas interesantes. Asimismo, compraba libros originales, a veces tan caros como los míos; incluso poseía ediciones que yo desconocía. Sin duda, era una rara flor entre tanta espina.

     Al contrario de otros docentes conformistas, me complacía tener un alumno destacado, ya que me provocaba una mayor exigencia al momento de preparar las sesiones; sin embargo, me era inevitable una sensación de incertidumbre debido a que no sabía con qué nueva pregunta me iba a abordar. Ya en una ocasión habíamos tenido un pequeño debate sobre el acróstico en la Tragicomedia de Calisto y Melibea del bachiller Fernando de Rojas que terminó mal, pero ese es un tema pasado en el que prefiero no incidir.

     —Profesor, le felicito por su declamación. Veo que aún conserva su acento peninsular. Me parece encantador —dijo sin dejar de sonreír—, pero quisiera preguntarle algo sobre el verso cuatro del “Soneto XXIII”.

     Todos los alumnos estaban atentos a la intervención de su compañero y de inmediato revisaron sus fotocopias. Yo no quise ojear mi libro porque no me era necesario. Solo atiné a buscar en las páginas de mis recuerdos y lo encontré a los segundos.

—Con clara luz la tempestad serena —dije en voz alta.

—Sí, ese mismo. Sucede que en la edición que usted nos compartió no figura ese verso, sino otro.

     El estudiante aprovechó en leer toda la primera estrofa. Su lectura era más neutra, sin la zeta marcada, pero con buen ritmo y entonación correcta. No entendía el motivo de su inquietud, hasta que llegó al cuarto verso.

     —… enciende el corazón y lo refrena.

     Ni bien terminó de leer, los alumnos indicaron que, en efecto, así figuraba en la edición Cátedra que yo les había compartido. De inmediato abrí mi maletín y saqué el libro que había utilizado para fotocopiar la poesía de Garcilaso. En efecto, el cuarto verso era diferente al que yo recordaba. ¿A qué se debía este cambio? ¿Acaso existían dos versiones del mismo verso y no me había dado cuenta? Diversas preguntas y respuestas revoloteaban en mi mente. Lo que más me sorprendió es que ese error me ocurriera a mí, precisamente a mí que era tan detallista en esos aspectos literarios.

     De inmediato busqué otra edición en mi maletín, ya que nunca utilizaba una, sino un mínimo de cuatro de un mismo libro, y en la Antología de poetas líricos castellanos (Cumbre, 1979) publicada en México encontré el verso que yo recordaba. Esto me hizo recuperar la confianza en mi memoria, aunque no resolvió la inquietud inicial: ¿a qué se debe el uso de uno o de otro? Los alumnos albergaban inquietudes similares y me las hicieron llegar al instante.

     —Profesor, ¿a qué se debe este cambio? ¿Es un error de la editorial? ¿Se trata acaso de un poema apócrifo? ¿Qué explicación nos puede dar? —preguntó la señorita Mariella.

     Yo no sabía la respuesta. No obstante, como bien había aprendido por la experiencia pedagógica, no permití que notaran mi desconocimiento, sino que di una respuesta más acorde a la imagen que deseaba exponer ante mis pupilos.

     —Se han encontrado versiones previas de poemas publicados. Por ejemplo, existen versiones iniciales de los poemas de Los heraldos negros de Cesar Vallejo, en donde se prueba que el vate trujillano corregía constantemente sus escritos. En el caso de Garcilaso, lo más probable es que se trate de una versión previa que la especialista encargada de la edición ha intentado revalorar, rescatar o difundir.

     —Profesor, con todo el respeto que usted se merece, creo que el caso de Garcilaso es diferente —comentó el joven Roger K.—. Tal vez por no haber editado sus poemas en vida existen algunos versos con dos versiones o más. Y es probable que ninguna versión sea una mejora de otra, sino que solo sean dos versiones igual de bellas. Recuerde, como usted indicó, que fue Boscán quién editó la poesía de su amigo tras su muerte en 1536. Aunque la publicación la ejecutó la esposa en 1542.

     Quedé acorralado ante la hipótesis de mi estudiante. Sin duda, la de él era más consistente y adecuada que la mía. Los demás estudiantes miraban con orgullo a su compañero, en especial la señorita Mariella, quien le sonreía con complicidad. Me habían puesto en aprietos, a mí, que aspiraba a convertirme en el mejor profesor de la facultad. Sin embargo, no dejé que el nerviosismo me invadiera y contesté de una forma más conveniente a mis intereses.

     —Su idea es interesante y pertinente, aunque un poco obvia. Las incógnitas lingüísticas no se resuelven deduciendo, sino investigando en la biblioteca. Dedicaré este fin de semana a resolver este asunto y para la sesión del lunes le tendré una respuesta certera.

     Parecía que con esta respuesta ya tenía tomada la delantera. No solo había minimizado la hipótesis del estudiante, sino que hasta me había dado el lujo de quedar como la autoridad de nuevo en el aula. Hasta que él respondió.

     —Yo también indagaré por mi cuenta, profesor —dijo el joven Roger y se hizo el silencio en el aula, un silencio de tensión, aunque también de expectativa, como cuando uno espera ansioso el desenlace de una contienda.

     Durante el fin de semana revisé mis viejos apuntes universitarios, papeles viejos y amarillentos que aún guardaba en cajas de cartón. Busqué alguna pista que me ayude a esclarecer la existencia de ese verso fantasma, pero no encontré nada. La verdad es que no recordaba haber escuchado antes de ese enigma por lo que decidí guardar todo de nuevo y comenzar la investigación en la biblioteca.

     Poseía cinco ediciones de la poesía completa de Garcilaso, incluyendo el mítico Poemas de Boscán y algunos de Garcilaso y las leí todas. Tenía la esperanza de encontrar algún prólogo interesante o un pie de página esclarecedor. Lamentablemente no encontré nada nuevo.

     Luego revisé tres libros de historia de la literatura española. Leí los tomos de Valbuena Prat, el tomo I de Ángel del Río y finalmente el primer volumen del trabajo de George Ticknor.  Solo en el último encontré una sugerencia. Se mencionaba que debido al carácter póstumo de su obra, el poeta no solo dejo una versión, sino varias de los poemas creados. Y aunque parecía la respuesta más obvia no quise aceptarla porque mi estudiante ya la había expuesto, y también porque en el fondo deseaba encontrar algún dato interesante que me permitiera demostrar mi intelectualidad ante los demás.

     Y en ese instante me puse a pensar en la segunda hipótesis implícita del joven Roger K. ¿Era verdad que ambos versos poseían la misma calidad literaria? Analicé el verso que yo siempre había leído: “Con clara luz la tempestad serena”. Sin duda era mi favorito por la hipérbole de la mirada, mirada que es capaz de calmar la tempestad, como si se tratase de una divinidad sometiendo la naturaleza. Asimismo, la correcta elección de la palabra tempestad, metáfora de la pasión humana y su desenfreno.

     Y por otro lado, el verso “enciende el corazón y lo refrena” presenta una antítesis hermosa y al mismo tiempo hiperbólica. ¿Cómo es posible que la mirada de una mujer pueda provocar tantos sentimientos encontrados? Era fantasioso y realista a la vez.  También aprecié esa doble naturaleza humana, la pasión y la sensatez en un solo punto.

     Las dos versiones me parecieron igual de hermosas. En un primer momento preferí la primera porque era la que siempre había leído, pero luego, al leer la segunda me di cuenta de que no tenía nada que envidiar a la anterior.

     En cuanto a la métrica y a la rima, los dos versos no eran tan diferentes. Para este aspecto tuve que revisar el libro Métrica española de Antonio Quilis, un clásico en la materia. Ambos versos eran endecasílabos y la rima era abrazada, ya que se relacionaban con el primer verso del poema. No obstante, el uso del ritmo era distinto. Esto me entusiasmó, ya que podría llevar este pequeño descubrimiento a clase y debatir qué ritmo se acopla mejor al resto del poema. Así hallaríamos el verso legítimo y lo diferenciaríamos del apócrifo.

     Atesoré el pequeño fruto de mi investigación. Sin embargo, no era suficiente y el domingo se acabaría pronto. Por ello, me vi obligado a llamar por teléfono a uno de mis profesores en España, a uno de los catedráticos más importantes de la Universidad de Salamanca, autor de diferentes ensayos y ganador de premios internacionales.

     El profesor, a pesar de que en Lima ya era de noche, ya se encontraba de pie debido a que se despertaba muy temprano para preparar sus clases de doctorado. Respondió de buena manera a mi llamada, después de todo habíamos cultivado una respetable amistad e incluso ya éramos colegas. Conversamos de los buenos tiempos pasados, de los malos tiempos presentes, de la fugacidad de la vida, de lo perdurable y lo efímero, así como de los lugares hermosos que visitamos en años anteriores, de la ciudad y sus vicios, de los campos y sus virtudes, así como de la muerte, amiga cada vez más cercana, y del amor, cada vez más esquivo.

     En eso, cuando la conversación parecía quedarse sin más tema pendiente, me atreví a exponer el verdadero motivo de mi llamada. El doctor me escuchó con atención y cuando acabé mi disertación permaneció en silencio. Sin duda, se encontraba pensando bien en qué responder o cómo decirlo. Por lo que decidí no presionarlo y esperar con paciencia. Luego de unos segundos me respondió de la forma más educada posible.

     —Estimado, a veces no es bueno obsesionarse por temas tan poco profundos. Creo que la vida es demasiado corta como para dedicar tiempo a aspectos intrascendentes.

     Esta respuesta fue como un rayo cayendo en mi cerebro. ¿Acaso estaba perdiendo el tiempo al intentar descubrir el misterio de un verso? Mi primera respuesta fue negar la futilidad de mi trabajo. Pero al recordar con quien hablaba, respondí como solo se puede responder a una eminencia. 

     —Doctor, tal vez lo estoy importunando con mis temas banales. Lamento hacerle perder su tiempo. Es solo que siempre que encuentro un asunto que no puedo comprender, me obsesiono con él.

     —Querido amigo, a veces siento que eres como un médico especialista en nutrición que padece sobrepeso —me dijo con un tono de voz en donde pude sentir cierta reprimenda—. Similar a un matemático que puede resolver cualquier tipo de ecuación, menos la ecuación de su vida. Como un jardinero que no riega las plantas de su huerta.

     No entendí a donde quería llegar el doctor con sus símiles. Cuando acabó su intervención le supliqué que me ayudará con mi indagación y de mala gana me recomendó leer Anotaciones a Garcilaso de la Vega de Fernando de Herrera, el divino, y el estudio El primer siglo de oro de la literatura española de Francisco Rico, uno de los filólogos más importantes en todo el mundo. Apunté los títulos con entusiasmo, a pesar de que sabía que no los iba a leer por falta de tiempo, agradecí al doctor por su sabiduría y me despedí con el respeto de siempre.

     Una vez en la soledad y silencio de mi departamento acepté mi derrota. No tenía una mejor respuesta que mi estudiante y ni siquiera tenía la posibilidad de una respuesta diferente. Estaba acabado.

     Fui a trabajar el lunes sin haber pegado los ojos en toda la noche. Me dirigí al aula temprano y empecé a escribir algunos apuntes en la pizarra acrílica. Los alumnos fueron llegando de a pocos y empecé la clase sin tocar o mencionar el debate pendiente. Esa semana debíamos empezar con la poesía de fray Luis de León. Para ello, el viernes ya había dejado las fotocopias en la librería de la facultad. No tuve tiempo de revisar la edición, pero para no correr riesgos dejé la más antigua posible.

.    Las lecturas seleccionadas fueron los poemas “La profecía del Tajo”, “Noche serena”, “A la vida retirada” y “A Salinas”. También un fragmento de El cantar de los cantares y de La perfecta casada.  En esa primera clase del poeta salmantino leímos “A la vida retirada” y me centré en dos puntos básicos que todo estudiante debe saber: la estructura de la lira y el tópico Beatus Ille.

     El tema se vinculaba de cierta forma con la poesía de Garcilaso y desarrollé la idea. Garcilaso había escrito liras antes que fray Luis de León. Un ejemplo era la “Canción V” conocida como “A la flor de Gnido”. Me disponía a recitar la lira antes de que acabase la clase cuando noté que la señorita Mariela levantaba la mano. Un ligero temblor recorrió una mis piernas.

     —Dígame, señorita, ¿ocurre algo?

     —No es nada, maestro. Solo recordarle que la semana pasada quedó un tema inconcluso y los compañeros del aula estamos a la expectativa.

     Los demás estudiantes asintieron con la cabeza y miraron de reojo al estudiante Roger quién no dejaba de mirar por la ventana hacia el jardín de la facultad, al que llaman «bosque de letras». Al darme cuenta de esto, intenté tomarlo por sorpresa.

     —Tal vez el joven Roger quiera ilustrarnos con su investigación —comenté de forma provocativa.

     —En absoluto, profesor —respondió al instante sin dejar de ver el paisaje universitario—. La verdad es que solo investigué el día viernes el origen del verso enigmático de Garcilaso. Al no encontrar ninguna información decidí leer los poemas indicados para esta clase.

     —No investigó entonces —dije con algo de ironía.

     Me sentía triunfador en esta nueva contienda. Volví a recuperar mi seguridad y sentí como una ligera sonrisa se dibujaba en mi rostro.

     —No investigué el tema porque me conducía a invertir mi tiempo en un aspecto que no me pareció notable. Lamento haber problematizado este asunto —indicó el joven Roger y como ya había terminado la clase no le respondí.

     Los estudiantes salieron del aula y me quedé solo, ordenando mis papeles y borrando la pizarra. Ese día nadie se acercó a ver los libros que estaban en mi mesa a pesar de que había llevado la poesía completa de fray Luis de León de la editorial Biblioteca Castro, así como una bella edición de El cantar de los cantares. Guardé mis libros en mi maletín y salí de aula. Pasé por un momento a la oficina de profesores. Marqué mi salida, me despedí de unos colegas y decidí irme a mi casa.

     Al caminar por la vereda que rodeaba el bosque de letras noté que mis estudiantes se encontraban acostados en el verde pasto o recostados en los árboles, protegidos del ardiente sol gracias a las sombras frescas que brindaban las copas.

     Algunos se encontraban sentados en círculo, y tomaban bebidas refrescantes o comían con alegría los alimentos que sus madres les preparaban en la casa. Un poco alejados del grupo principal, se encontraban el joven Roger y la señorita Mariella. Ambos se encontraban acostados uno al costado del otro y, sujetados de la mano, miraban el cielo gris de nuestra ciudad, cielo que en ese momento era de un delicado celeste. ¿Desde cuándo no sufro por amor?, me pregunté. Pero no lo recordaba. Así como no recordaba la última vez que había besado ni que me habían querido.

    Y por un momento tuve ganas de almorzar con ellos, de sentarme allí sin preocupaciones, sin pensar en el mañana, en la hipoteca, en los registros, bibliografías, artículos académicos o revistas indexadas, sino en el hoy eterno; y por un instante sentí la necesidad de arrugar mi pantalón bien planchado, de manchar con tierra húmeda mis zapatos bien lustrados, de quitarme la corbata normativa y lanzarla a una rama enclenque.

   Y, sin embargo, mi maletín pesaba mucho. Aparte de los libros, contenía muchos exámenes por corregir.

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