Círculo de Lectores
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Simplismo

El regreso del relámpago: a cien años de Simplismo de Alberto Hidalgo

"Simplismo" dialoga con la vanguardia argentina en pleno proceso de ebullición estética. El gran libro de Alberto Hidalgo cumple cien años.

Publicado

13 Dic, 2025

Escribe Paolo de Lima

Cuando Simplismo. Poemas inventados apareció en Buenos Aires en 1925, pocos imaginaron que aquel libro, firmado por un peruano que ya llevaba un quinquenio insertándose en la vida cultural porteña, se convertiría en una de las intervenciones más intensas, excéntricas y radicales de la vanguardia hispanoamericana. Desde mediados de esa década, Hidalgo no solo publicaba: también animaba la vida intelectual de la ciudad como promotor de una célebre peña literaria que cada fin de semana tenía lugar en el Café El Globo, un espacio donde convivían la irreverencia, la experimentación y la discusión estética más aguda. Ese rol de agitador cultural –tan decisivo como su obra– explica en gran parte la recepción vibrante que tuvo Simplismo: el libro no surgía en el vacío, más bien se gestaba en el centro mismo de un laboratorio de modernidad. Cien años después, su reedición arequipeña el pasado octubre por Caligari Ediciones –con prólogo de Carlos García, autor del reciente Alberto Hidalgo en Argentina (Colmena, 2025)– devuelve a circulación un artefacto verbal cuya potencia sigue siendo, como entonces, fulgurante.

Publicarlo en Buenos Aires no fue un accidente geográfico: Simplismo dialoga con la vanguardia argentina en pleno proceso de ebullición estética. Ricardo Güiraldes, en una carta abierta a Valery Larbaud en ese mismo 1925, hablaba de Hidalgo como “un peruano muy porteño”, “un simpático personaje, sectario y agresivo”: lo entendía bien. El gesto vanguardista de Hidalgo no imitaba; al contrario, tensaba los límites de la renovación estética rioplatense, arrojando una escritura que estremecía incluso a sus contemporáneos. Un año después, en 1926, Orlando Erquiaga resumía su presencia del modo más exacto: “espíritu inquieto… un temperamento innovador y febril… oteando el horizonte artístico de la postguerra”.

En ese mismo año, Jorge Luis Borges –quizá el lector más sensible a la novedad verbal– escribió en el último número de Proa una apreciación que aún hoy ilumina el libro: “Al igual que los quipus, no les importa nada a los versos de este peruano el sonido de las palabras, pero sí (y muchísimo) su intención. Eso está muy bien”. La comparación no es casual. Los quipus, que como sabemos son sistemas andinos de cuerdas y nudos utilizados para registrar información, carecen de sonoridad: su sentido no pasa por la música del lenguaje, sino por la organización significante de nudos, tensiones y distancias. Leer un quipu es descifrar una estructura de relaciones, no un ritmo o una melodía. Borges intuye que el simplismo funciona igual: Hidalgo desactiva la dimensión melódica tradicional del verso para privilegiar la fuerza conceptual, la carga de pensamiento, el gesto intelectual que se transmite “nudo a nudo” en cada imagen. El simplismo, para Borges, no era una estética del ruido sino de la energía: un modo de hacer que la intención poética se abra paso con una precisión no musical sino conceptual, casi quirúrgica.

Simplismo 1
Alberto Hidalgo, poeta peruano.

Y es que Simplismo no empieza con un poema sino con un manifiesto: “Invitación a la vida poética”, uno de los textos más audaces de la primera mitad del siglo XX latinoamericano. Más que una poética, es una teoría de la percepción, un programa espiritual, una ética de la mirada. Allí afirma Hidalgo que “la poesía es la metáfora; la metáfora es toda la poesía”. Esa definición, a la vez maximalista y rigurosa, condensa el corazón del simplismo: la metáfora como máquina para capturar el instante, el brillo fugaz del mundo, su átomo de infinito.

Hidalgo no duda en llevar al extremo esa lógica: en un pasaje delirante y luminoso, propone fundar un sanatorio para piedras enfermas –piedras raquíticas, tuberculosas, pálidas–, porque no han tenido aún “ni su anatomía ni su médico”. El gesto no es humorístico, más bien adquiere un cariz metafísico: dotar a la materia inerte de una interioridad, devolverle al mundo su misterio. En ese desplazamiento imaginativo, el poeta no solo subvierte el antropocentrismo sino que cuestiona la frontera entre lo vivo y lo inerte, entre lo sensible y lo mineral. De ese modo, la poesía se vuelve un laboratorio ontológico donde incluso la piedra exige esa ética de la mirada.

Del mismo impulso que lo lleva a dotar de vida interior a una piedra, precisamente surge también su reflexión sobre la mirada: en otra página, Hidalgo desarrolla una idea de paralaje (el cambio aparente de posición de un objeto cuando se observa desde dos puntos distintos) que podría firmar tanto un físico contemporáneo como James Joyce –quien hace meditar a Leopold Bloom sobre este desplazamiento perceptivo en Ulises– o incluso Slavoj Zizek, cuyo libro Visión de paralaje convierte ese desajuste entre dos miradas en una clave para pensar lo real y sus fisuras. En Hidalgo, como en Zizek, el paralaje no es una simple ilusión óptica: es la prueba de que la realidad cambia cuando varía el punto desde el cual se la piensa. Que un hombre esté “parado” o “tendido” depende, literalmente, del lugar donde uno se coloca. La perspectiva, sugiere Hidalgo, no es tanto un modo de ver como un modo de ser.

Y desde esa misma lógica –la que convierte la percepción en un acto creador y desestabiliza lo que damos por real– surge otra de las provocaciones mayores del libro. Entre las muchas insurrecciones imaginativas de Simplismo, pocas resultan tan deliciosamente radicales como la sentencia en que Hidalgo exige que “Las aulas del colegio deberían exornarse con retratos de Rimbaud, de Rimbaud, de Rimbaud, de Rimbaud, de Rimbaud, de Rimbaud, de Rimbaud, de Rimbaud, de Rimbaud. ¡El más puro de los abuelos!”. La repetición obsesiva no es un exceso gratuito sino una consigna estética: para Hidalgo, Arthur Rimbaud es el antepasado absoluto, el fundador intempestivo de toda poesía verdaderamente moderna. Convertirlo en presencia múltiple, casi ubicua, significa reclamar una pedagogía de la insurrección imaginativa, una educación que forme no obediencia sino desborde. Allí donde la escuela tiende a domesticar la sensibilidad, Hidalgo propone llenar las paredes con el rostro de quien incendió la retórica y abrió el lenguaje a lo desconocido. Su hipérbole –nueve Rimbauds vigilando la clase– es un manifiesto en miniatura: la poesía debe educar por contagio, por repetición fervorosa, por la insistencia en aquello que disloca la tradición. Rimbaud, multiplicado, no como estatua sino como explosión, presidiendo el aula para recordar que la verdadera tradición es siempre una fuga hacia adelante.

Otro pasaje memorable de Simplismo aparece al final de “Invitación a la vida poética”, cuando la definición del poeta como “espía” emerge en uno de los gestos más irónicos y teatrales del simplismo: un diálogo entre el propio Hidalgo y un comisario de policía que lo interroga porque el poeta ha repartido unas tarjetas donde se presenta, sin pudor alguno, como “Alberto Hidalgo, espía”. La escena es deliciosamente absurda: ante la sospecha policial, Hidalgo no se defiende; al contrario, radicaliza la acusación y la vuelve poética. Explica al comisario –como quien instruye a un funcionario en metafísica– que su espionaje no es político sino ontológico: “Un poeta es un ser que está siempre espiando el momento en que se posa ante sus ojos un átomo de infinito para ponerlo en el verso”. Lo que sigue es una de las definiciones más bellas de la poesía en nuestra lengua: el poeta como rastreador de belleza instantánea, como lector del viento cargado de “impresiones digitales” de emociones fugitivas, como vigilante de los rumores de la naturaleza. Ese espionaje, dice Hidalgo, es el que permite “poner en comunicación al hombre y al infinito”. No es solo una fórmula brillante: es una poética completa, envuelta en humor, insolencia y una lucidez que convierte el acto de escribir en un oficio secreto.

En los cuarentaidós poemas que integran el libro se despliegan variaciones deslumbrantes de esta sensibilidad: haikus urbanos, aforismos de filo eléctrico, poemas-ocurrencia –como “Nada simplista”, que reduce el poema a un título y una página deliberadamente vacía–, anticipando a Jorge Eduardo Eielson y a los minimalistas; visiones cinematográficas (“Film simplista”), juegos conceptuales, y, finalmente, la espléndida “Oda simplista a Arequipa”, con la que culmina el libro, donde se funden memoria e invención, exaltación telúrica e ironía.

Hay en Simplismo un nervio de modernidad que no ha perdido su filo. Su escritura se adelanta a debates posteriores: la objetividad y subjetividad de la mirada (“habiendo visión, hay objetividad”), la materialidad del significante, la teoría del punto de vista, la poesía como aparato perceptivo. Todo escrito con una audacia que difícilmente remite a modelos previos: Hidalgo construye, en buena medida, su propia tradición. Cien años después, Simplismo sigue siendo un libro vivo: incómodo, inventivo, veloz, necesitado de lectores que quieran arriesgarse a su descarga verbal. En ese sentido, la reedición de 2025 a cargo de Caligari Ediciones no es un mero rescate patrimonial sino la oportunidad de devolver a Hidalgo al lugar central que ocupa en la tradición vanguardista latinoamericana, donde siempre estuvo: el de un poeta que supo ver –y espiar– antes que muchos el potencial transformador del lenguaje, y que exploró con lucidez singular ese instante en que la palabra parece abrirse hacia lo infinito.

Una maravilla.

Paolo De Lima
Paolo de Lima es doctor en Literatura por la Universidad de Ottawa (Canadá), editor de los volúmenes Lo real es horrenda fábula (2019) y Golpe, furia, Perú. Poesía y nación (2021). Es autor de los estudios La Última Cena: 25 años después. Materiales para la historia de la poesía peruana (2012) y Poesía y guerra interna en el Perú (1980-1992) (New York, 2003). Ha publicado también el dossier Perú: los poemas del hambre (Puebla, 2018). Es, a su vez, autor de los poemarios Cansancio (1995 y 1998), Mundo arcano (2002), Silenciosa algarabía (2009), reunidos en Al vaivén fluctuante del verso (2012), Soliloquios (2022) y Ottawa (2022).

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