Escribe Álex Alejandro Vargas
El reciente Plan Nacional de Infraestructura 2026–2031 (PNI), aprobado por el Estado peruano, prioriza 72 proyectos de infraestructura por un monto aproximado de S/ 144 mil millones. En ese vasto mapa de inversiones aparece la cultura. Pero aparece apenas como una sombra. De los 72 proyectos priorizados, solo cinco corresponden al sector cultura. Estos son:
- Mejoramiento de la Gran Biblioteca Pública de la Biblioteca Nacional del Perú, con una inversión de poco más de S/ 16 millones.
- Mejoramiento del Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú (Pueblo Libre, Lima), con aproximadamente S/ 20 millones.
- Mejoramiento del Museo Regional Casa Garcilaso de la Vega (Cusco), también con cerca de S/ 20 millones.
- Mejoramiento del Centro Histórico de Huamanga (Ayacucho), con una inversión estimada de S/ 78 millones.
- Mejoramiento y ampliación del Centro de Visitantes de Machu Picchu (Cusco), con alrededor de S/ 154 millones.
Una lectura rápida podría sugerir que la cultura está siendo tomada en cuenta. Pero una mirada más detenida revela algo distinto. Los cuatro primeros proyectos juntos apenas alcanzan los S/ 134 millones. Es decir, ni sumados igualan la inversión prevista para el quinto proyecto, el Centro de Visitantes de Machu Picchu
Aquí surge una pregunta incómoda: ¿estamos realmente ante infraestructura cultural o ante infraestructura turística presentada como cultural? El proyecto de Machu Picchu responde principalmente a la gestión del flujo turístico del principal destino del país. Su lógica es clara: mejorar la experiencia del visitante y optimizar la capacidad de recepción del santuario histórico. Es una inversión legítima y necesaria. Pero pertenece más al ámbito de la infraestructura turística que al desarrollo de servicios culturales para la ciudadanía.

El contraste se vuelve aún más evidente cuando se comparan las cifras con el sector turismo. Un solo proyecto priorizado por el Estado, el Teleférico de Choquequirao (Cusco), tiene una inversión estimada de S/ 787 millones. En otras palabras, solo ese proyecto equivale a casi diez veces la inversión cultural considerada en el PNI, si se descuentan los proyectos que responden directamente al circuito turístico de Machu Picchu.
Hay además otro rasgo que no pasa desapercibido. Todos los proyectos culturales incluidos en el plan son intervenciones de mejoramiento —seguramente necesarias— sobre infraestructura ya existente. Y todos se concentran en los centros históricos de siempre: Lima, Cusco, Ayacucho. Nada nuevo, ningún gran equipamiento cultural en territorios donde la infraestructura cultural es escasa o inexistente. No aparece una sola biblioteca pública nueva, ni un centro cultural para comunidades que hoy carecen de estos espacios.
En términos globales, el desequilibrio es aún más claro. De los S/ 144 mil millones que contempla el Plan Nacional de Infraestructura, menos del 0,2 % corresponde al sector cultura. No es un error de cálculo. Es una señal de política pública. El mensaje implícito parece ser que la cultura importa, pero no demasiado.
Sería injusto decir que no se ha avanzado. El hecho mismo de que la cultura aparezca en el Plan Nacional de Infraestructura es un paso. Hace algunos años, probablemente ni siquiera habría estado en la discusión. Pero tampoco podemos quedarnos satisfechos con migajas presupuestales.
