Lee el inicio de «La comunidad de la sangre», de Anne Rice

"Soy el vampiro Lestat. Mido un metro ochenta y cinco, tengo los ojos azules grisáceos, aunque a veces parecen violetas, y una constitución delgada pero atlética. Mi cabello es rubio y espeso y me cae sobre los hombros, y con los años se ha vuelto más claro, de modo que a veces parece blanco puro". Lee el inicio de esta gran historia de Anne Rice.

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Dic 12, 2021

Escribe Anne Rice

Soy el vampiro Lestat. Mido un metro ochenta y cinco, tengo los ojos azules grisáceos, aunque a veces parecen violetas, y una constitución delgada pero atlética. Mi cabello es rubio y espeso y me cae sobre los hombros, y con los años se ha vuelto más claro, de modo que a veces parece blanco puro. Vivo en esta tierra desde hace más de doscientos cincuenta años y soy verdaderamente inmortal, he sobrevivido a una serie de ataques y a mi propia imprudencia suicida, lo que ha hecho que me vuelva cada vez más fuerte.

La forma de mi cara es cuadrada, mis labios, carnosos y sensuales, mi nariz, insignificante, y tal vez sea uno de los no muertos más convencionales que veréis jamás. Casi todos los vampiros son hermosos. Son elegidos por su belleza. Pero yo tengo el aburrido atractivo de un ídolo de matiné redimido por una expresión feroz y seductora, y hablo un estilo de inglés rápido y fácil, contemporáneo, después de dos siglos de que se aceptara el inglés como el idioma universal de los no muertos.

¿Por qué os estoy contando todo esto?, podríais preguntaros vosotros, los miembros de la Comunidad de la Sangre, que ahora me conocéis como el príncipe. ¿No soy el Lestat tan vívidamente descrito en las floridas memorias de Louis? ¿No soy el mismo Lestat que se convirtió en una superestrella del rock durante un breve período de tiempo en la década de los ochenta, dando a conocer los secretos de nuestra tribu en películas y canciones?

Sí, soy esa persona, sin duda, quizá el único vampiro conocido por su nombre y su aspecto por casi todos los bebedores de sangre del planeta. Sí, hice esos vídeos de rock que revelaron a nuestros antiguos padres, Akasha y Enkil, y cómo podríamos perecer todos si uno o ambos de ellos fueran destruidos. Sí, escribí otros libros después de mi autobiografía; y sí, de hecho, ahora soy el príncipe y gobierno desde mi château en las remotas montañas de Francia.

Pero han pasado muchos años desde la última vez que me dirigí a vosotros, y algunos aún no habíais nacido cuando escribí mis memorias. Algunos no habéis nacido en la Oscuridad hasta hace muy poco tiempo y otros tal vez no creáis en la historia del vampiro Lestat tal como os la contaron, o en la historia de cómo Lestat se convirtió en el anfitrión del Germen Sagrado de toda la tribu y, por fin, liberado de aquella carga, sobrevivió como el dirigente de quien ahora dependen el orden y la supervivencia.

No os equivoquéis, escribí los libros El príncipe Lestat y El príncipe Lestat y los Reinos de Atlantis, y todo lo que en ellos se relata sucedió, y los muchos bebedores de sangre descritos en los dos libros se retratan con precisión.

Pero una vez más, ha llegado el momento de que me dirija a vosotros de manera íntima y le dé forma a esta narrativa a mi manera inimitable e informal, mientras trato de relatar todo lo que creo que deberíais saber.

Y lo primero que debo deciros es que ahora escribo para vosotros, para mis compañeros bebedores de sangre, los miembros de la Comunidad de la Sangre, y para nadie más.

Lestat, el vampiro.

Por supuesto, este libro caerá en manos de los mortales. Pero lo percibirán como ficción, no importa lo obvio que pueda ser lo contrario. Los libros de Las crónicas vampíricas fueron recibidos en todo el mundo como simple ficción, y siempre lo serán. Los pocos mortales que interactúan conmigo cerca de mi hogar ancestral creen que soy un ser humano excéntrico que disfruta haciéndose pasar por vampiro, el líder de un extraño culto de imitadores de vampiros con ideas afines que se reúnen bajo mi techo para participar en retiros románticos que los alejan del ajetreado mundo moderno. Esta sigue siendo nuestra mayor protección, la cínica destitución que nos aparta de nuestro papel de verdaderos monstruos, en una época que podría ser más peligrosa para nosotros que cualquier otra en la que hayamos vivido.

Pero no me ocuparé de ese tema en este relato. La historia que voy a contaros tiene poco o nada que ver con el mundo moderno. Es un cuento tan antiguo como el género mismo, sobre la lucha de los individuos para encontrar y defender su lugar en un universo atemporal, junto a todos los demás hijos de la tierra y del sol y de la luna y de las estrellas.

Pero para mí es importante deciros, ahora que comienza esta historia, que mi naturaleza humana estaba tan resentida y confundida como siempre lo había estado. Si volvéis a mi autobiografía, es probable que veáis lo mucho que quería que los humanos creyeran en nosotros y cómo, con audacia, configuré mi narrativa como un desafío: ¡venid, pelead contra nosotros, destruidnos! Por mi sangre francesa solo corría una versión aceptable de la gloria: hacer historia entre los hombres y las mujeres mortales. Y mientras me preparaba para mi único concierto de rock en San Francisco en el año 1984, soñé con una inmensa batalla, una confrontación apocalíptica para la que los más ancianos bebedores de sangre serían despertados y hacia la que se verían irresistiblemente atraídos, y los jóvenes, incitados con furia, y el mundo mortal, comprometido con la aniquilación de nuestra maldad de una vez por todas.

Bueno, nada resultó de aquella ambición. Nada en absoluto. Los pocos científicos valientes que insistieron en que habían visto la prueba viva de nuestra existencia se encontraron frente al fracaso personal, y solo unos pocos fueron invitados a unirse a nuestras filas, momento en el que pasaron a formar parte de la misma invisibilidad que nos protege a todos.

A lo largo de los años, sin dejar de ser un ápice el rebelde y el maleducado que soy, creé otra gran sensación, descrita en mis memorias, Memnoch el diablo, y eso también invitó al escrutinio de los mortales, una indagación que podría haber seducido a más personas desafortunadas para que destruyeran sus vidas argumentando que éramos reales. Pero ese breve daño al tejido del mundo de la razón fue corregido de inmediato por bebedores de sangre inteligentes que eliminaron toda evidencia forense de nosotros de los laboratorios de la ciudad de Nueva York, y en un mes toda la emoción que despertamos mi Santo Velo de Santa Verónica y yo llegó a su fin, y la propia reliquia quedó oculta en las criptas del Vaticano en Roma. La Talamasca, la antigua Orden de Eruditos, logró dar con ella más tarde y tras adquirirla la destruyeron. Hay una historia que cuenta todo lo ocurrido, una historia breve en cualquier caso, pero no la encontraréis aquí.

La cuestión es que, a pesar de todo el alboroto y de las molestias, permanecimos tan a salvo en las sombras como siempre lo habíamos estado.

Esta historia, para ser precisos, trata de cómo los vampiros del mundo nos unimos para formar lo que ahora llamo la Comunidad de la Sangre, y cómo llegué no solo a ser su príncipe, sino el verdadero dirigente de la tribu.

Uno puede asumir un título sin realmente aceptarlo. Uno puede ser ungido como príncipe sin empuñar el cetro. Uno puede acordar liderar sin creer en el propio poder para hacerlo. Todos sabemos que estas cosas son ciertas.

Entrevista con el vampiro.

Y así fue conmigo. Me convertí en el príncipe porque los ancianos de nuestra tribu querían que lo fuera. Poseía una especie de afinidad carismática con la idea, que otros no compartían. Pero en realidad no examiné lo que estaba haciendo cuando acepté el título, ni me comprometí a ello. En cambio, me aferré a una pasividad egoísta hacia todo el asunto, asumiendo que en cualquier momento podría cansarme de toda la empresa y marcharme. Después de todo, seguía siendo invisible e insignificante, un marginado, un monstruo, un demonio depredador, Caín el asesino de sus hermanos y hermanas, un peregrino fantasma en un viaje espiritual tan estrictamente definido por mi existencia de vampiro que cualquier cosa que descubriera nunca sería relevante para nadie, excepto como poesía, como metáfora, como ficción, y debería consolarme con eso.

Oh, me gusta ser el príncipe, no me malinterpretéis. Me encantó la rápida y notoria restauración de mi antiguo castillo y de la pequeña aldea que se extendía debajo de la estrecha carretera de montaña que conducía a la nada, y fue un placer indudable ver cada noche el gran salón lleno de músicos y bailarines sobrenaturales, haciendo destellar sus exquisitas y pálidas pieles, sus cabellos resplandecientes, sus trajes de extraordinaria riqueza y sus innumerables joyas. Todos y cada uno de los no muertos fueron y ahora son más que bienvenidos bajo mi techo. La casa tiene innumerables salones por los que pueden pasear, salas en las que acomodarse para ver películas en pantallas planas gigantes y bibliotecas en las que leer o meditar en silencio. Debajo hay criptas que se ampliaron para mantener segura a toda la tribu en la oscuridad, incluso cuando el propio château fue atacado durante las horas diurnas y quemado sobre nuestras cabezas.

Me gusta todo esto. Me gusta recibir a todo el mundo. Me gusta darles la bienvenida a los jóvenes neófitos, cogerlos de la mano y acompañarlos a nuestros armarios, donde pueden elegir la ropa que necesiten o que deseen ponerse. Me gusta verlos arrojar sus trapos y quemarlos en una de las muchas chimeneas. Me gusta escuchar por todas partes a mi alrededor el suave y desigual rumor de voces sobrenaturales en plena conversación, incluso discutiendo, y también el ritmo bajo y vibrante de los pensamientos sobrenaturales.

Pero ¿quién soy yo para gobernar a los demás? Marius me ungió como el príncipe Malcriado antes de que pisara el escenario de la música rock hace décadas, y estoy seguro de que acertó, porque lo era. Marius creó aquella etiqueta para mí cuando se dio cuenta de que estaba revelando al mundo todos los secretos de los vampiros que me había obligado a guardar bajo pena de destrucción. Y después, una verdadera legión se hizo eco del apelativo, y ahora lo utilizan con tanta facilidad como usan el simple título de príncipe.

No es ningún secreto para los ancianos que nunca he doblado la rodilla ante autoridad alguna, que aplasté el aquelarre de los Hijos de Satán cuando fui hecho prisionero en la década de 1700 y que rompí incluso la mayoría de las reglas más informales con mi aventura en la música rock, y que merecía una buena parte de la condena por imprudencia, que recibí.

Tampoco me postré ante Memnoch.

Y no me incliné ante Dios encarnado, que se me apareció en aquel etéreo reino espiritual al que Memnoch me arrastró, durante el polvoriento y estrecho camino de vuelta al Calvario en la antigua ciudad de Jerusalén. Y habiendo dado tan poca importancia a todo ser que alguna vez hubiera tratado de controlarme, parecía una persona muy poco adecuada para hacerse cargo de la monarquía de los no muertos.

Pero al mismo tiempo que empezaba esta historia, lo acepté. Lo acepté verdadera y completamente y por una razón muy simple: deseaba que nosotros, los vampiros de este mundo, sobreviviéramos. Y no quería que nos aferráramos a los simples márgenes de la vida, acabando como un miserable remanente de vagabundos bebedores de sangre, luchando entre nosotros en las primeras horas de la noche por los abarrotados territorios urbanos, quemando los refugios de este o aquel enemigo, destruyéndonos unos a otros por los más insignificantes problemas humanos o vampíricos.

Y eso es en lo que nos habíamos convertido antes de que aceptara el trono. Eso es lo que éramos: una tribu sin padres, como lo expresó Benji Mahmoud, el pequeño genio vampiro que llamó a ancianos de todas las edades para que vinieran y cuidaran de sus descendientes, para traernos el orden, la ley y los principios, por el bien de todos.

El bien de todos.

Es muy difícil hacer lo que es bueno para todos cuando crees que «todos» son malos, detestables por su propia naturaleza, sin derecho a respirar el mismo aire que los seres humanos. Es casi imposible concebir el bienestar de «todos» si uno está tan consumido por la culpa y la confusión que la vida parece poco más que una agonía, excepto por esos momentos abrumadoramente extasiantes en los que uno está bebiendo sangre. Y eso es lo que la mayoría de los vampiros cree.

Por supuesto, nunca estuve convencido de que fuéramos malvados o repugnantes. Nunca acepté que fuéramos maléficos. Sí, bebí sangre y arrebaté vidas, y causé mucho sufrimiento. Pero lidié con las condiciones obvias de mi existencia y la sed de sangre de mi naturaleza y mi gran voluntad de sobrevivir. Conocía muy bien el mal inherente a los humanos y tenía una explicación simple para ello. El mal deriva de lo que nos vemos obligados a hacer para sobrevivir. Toda la historia del mal de este mundo está relacionada con lo que los seres humanos se hacen unos a otros para sobrevivir.

Pero creer eso no significa vivirlo a cada minuto. La conciencia es una entidad poco fiable, a veces incluso extraña para nosotros, y gobierna el momento presente con tormento y dolor.

Y lidiando con la intranquila conciencia, lo hice también con mi pasión por la vida, mi deseo de placer, música, belleza, comodidades y sensualidad, y las inexplicables alegrías del arte y la deslumbrante majestuosidad de amar a otro más que a nada en el mundo, al parecer, dependían de ese amor.

No, no creía que fuéramos malvados.

Pero había adoptado el lenguaje del autodesprecio. Bromeaba sobre emprender el Sendero del Diablo y golpear como la mano de Dios. Utilizaba el odio hacia nosotros mismos para aliviar mi conciencia cuando destruía a otros bebedores de sangre; lo usaba cuando elegía la crueldad por conveniencia, aunque se me hubieran abierto otros caminos. Degradé e insulté a aquellos que no sabían cómo ser felices. Sí, porque yo estaba decidido a ser feliz. Y luchaba con toda mi furia para encontrar maneras de llegar a serlo.

E hice mía, sin admitirlo, la vieja idea sagrada de que éramos intrínsecamente malvados y no teníamos lugar en el mundo, ningún derecho a existir.

Después de todo, fue el mismo Marius, el antiguo romano, quien me dijo que éramos malos, y que el mundo racional no tenía lugar para el mal, que el mal nunca podría integrarse de manera efectiva en un mundo que había llegado a creer en el verdadero valor de ser bueno. ¿Y quién era yo para cuestionar al gran Marius, o para darme cuenta de lo solitaria que era su existencia, y de cuánto dependía de mantener el núcleo de la vida vampírica para aquellos a quienes calificaba tan fácilmente como el mal?

Sea cual sea mi confusión, no desempeñé ningún papel en una revolución social para los bebedores de sangre. No. Fue otra persona la que cuestionó las antiguas suposiciones sobre nosotros con una simplicidad infantil que cambió nuestro mundo.

Benji Mahmoud, nacido en la Oscuridad a los doce años de edad, beduino de nacimiento, fue el bebedor de sangre que nos transformó a todos.

Convertido por el poderoso y milenario Marius, Benji no encontró uso alguno a ideas como la culpa inherente, el autodesprecio obligatorio o el inevitable tormento mental. La filosofía no significaba nada para él. La supervivencia lo era todo. Y tuvo otra visión: que los bebedores de sangre del mundo podrían ser una tribu de inmortales fuerte y duradera, cazadores de la noche que respetaban al otro y exigían su respeto a cambio. Y de esa simple convicción en el audaz llamamiento de Benji, finalmente nació mi monarquía.

Y solo de manera informal y despreocupada puedo deciros cómo al final llegué a aceptar ser el monarca.

Encontraréis la historia llena de digresiones, y puede haber ocasiones en las que sospechéis que las propias digresiones son la historia. Y tal vez tengáis razón. Pero sea cual sea el caso, es el relato que tengo que contar acerca de cómo llegué a aceptar lo que otros me habían ofrecido y cómo llegué a saber quiénes somos realmente las criaturas de la noche.

No crean que el libro es solo una ficción: los lectores se confundirán con eso, pero todo es verdad.

Oh, no os preocupéis. No todo es reflexión interior, ni cambio interior, por así llamarlo. Hay acción. Hay intriga. Hay peligro. Y ciertamente hubo sorpresas para mí.

Pero entremos en materia, ¿de acuerdo?

Mientras comienzo el cuento, todavía me esfuerzo mucho para cumplir con las demandas de la vida en la Corte, para encontrar un equilibrio entre las expectativas del Consejo de Ancianos y mis deseos salvajes de mejorar y enriquecer dicha Corte atrayendo a bebedores de sangre de todo el mundo. No estoy siquiera cerca de creer en la Corte de una manera profunda, simplemente me atrae la pasión de creer en los demás, y creo que sé lo que significa ser el príncipe, pero yo no lo soy.

¿Esperaba que la Corte perdurase? No, en realidad no. No lo esperaba porque todos los esfuerzos que había presenciado para forjar un refugio duradero para los no muertos habían fracasado. Y muchos de los que acudían a la Corte sentían lo mismo. «Esto también pasará», no dudaban en decir, incluso cuando nos deseaban lo mejor.

Pero quería que la Corte perdurase, lo quería de verdad.

Así que permitidme comenzar el relato en una noche en que Marius, el antiguo Hijo de los Milenios romano, en un arrebato de resentimiento, se impacientó ante lo que él denominó mi «confianza y optimismo nauseabundos» sobre el mundo en general.

Aquella noche se celebró un baile en el gran salón del château, como era habitual cada viernes, y estaba nevando (nieva a lo largo de toda esta historia), y los asuntos de la Corte habían discurrido de un modo relativamente sencillo durante los últimos dos o tres meses, y yo experimentaba una cierta inclinación hacia la felicidad, creyendo que todo iba especialmente bien. Sí, era probable que todo se derrumbara al final, pero por ahora iba bien.

Marius, contemplando a los bailarines bajo el suave resplandor dorado de los candelabros, me dijo con voz fría y dura:

—En última instancia, todos te decepcionarán.

—¿De qué diablos estás hablando? —le pregunté. Sus palabras me habían golpeado con fuerza y quería volver a escuchar la música, y contemplar a los bailarines moverse al son de la melodía, y ver la nieve caer más allá de las puertas abiertas de la terraza. ¿Por qué precisamente ahora Marius, sentado en el banco a mi lado, tenía que decir algo tan siniestro?

—Porque, Lestat —contestó—, has olvidado algo absolutamente esencial sobre nuestra naturaleza. Y tarde o temprano te lo recordarán.

—¿Y qué es? —le exigí. Nunca he sido un alumno cortés—. ¿Por qué tienes que inventarte inconvenientes en un momento como este?

Se encogió de hombros. Se cruzó de brazos y, sin dejar de mirar hacia el salón de baile, se apoyó contra la pared enyesada que había a nuestras espaldas. Llevaba su larga melena rubia rojiza sujeta con un broche dorado en la nuca, y sus ropas sueltas de terciopelo rojo y su rostro despejado que mostraba una mirada satisfecha y relajada eran totalmente incompatibles con la manera en que me estaba arruinando el momento.

—Has olvidado que somos asesinos por naturaleza —señaló—. No, escúchame. Solo escucha. —Puso su mano sobre la mía, pero mantuvo la mirada fija en los bailarines—. Has olvidado que lo que nos diferencia y siempre nos diferenciará de los seres humanos es que cazamos a hombres y mujeres y nos encanta matarlos. Estás tratando de convertirnos en ángeles oscuros.

—No tanto. Nunca olvido lo que somos.

—Cállate —me ordenó, y continuó hablando, ahora recorriendo la habitación con la mirada, lentamente—. Pronto tendrás que acomodarte a lo que somos, al hecho de que seamos criaturas más simples que los seres humanos, que solo nos permitimos un acto creativo y erótico supremo, que no es otro que el acto de matar.

Yo estaba resentido.

—No me he olvidado ni por un solo instante —repliqué, mirándolo a los ojos—. Nunca lo he hecho. ¿Cómo podría olvidarlo? No sabes lo que daría ahora por una víctima dulce e inocente, una tierna… —me interrumpí. Me enfureció que él estuviera sonriendo.

Era solo una sonrisa leve, apenas perceptible.

—¿Por qué mencionas eso ahora? —le pregunté.

—¿No lo sabes? —respondió. Y volvió la cabeza para mirarme—. ¿No puedes sentirlo? —Sus ojos, posados en los míos, parecían sinceros y casi amables—. Todos están esperando algo.

—Bueno, ¿qué más puedo darles que haya bajo el cielo? —planteé.

Algo nos interrumpió esa noche. Algo se interpuso entre nosotros. Ya no recuerdo exactamente qué fue, pero fuimos interrumpidos, aunque no olvidé aquel pequeño intercambio de palabras en un sombrío rincón del salón de baile mientras veíamos a los demás bailar.

No obstante, varias noches después, justo al llegar el ocaso, me desperté con la inquietante noticia de que una pandilla de desagradables bebedores de sangre había aterrorizado a un viejo inmortal en los pantanos de Luisiana que había pedido mi ayuda, y también que nuestros queridos amigos, los inmortales Hijos de la Atlántida, una tribu de extraños seres con los que compartíamos las sombras, habían abandonado sus nuevas instalaciones en la Inglaterra rural y se habían trasladado al refugio de las grandes torres farmacéuticas Collingsworth de Gregory en las afueras de París.

Asuntos para el príncipe que abordaría de inmediato. Y esta es la historia de todo lo que siguió.

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