CARLOS CALDERÓN FAJARDO | “El Perú es un país que devora a sus mejores hijos”

Entrevista al escritor peruano Carlos Calderón Fajardo donde cuenta la historia de su vida y su amistad con Ribeyro, Arguedas o Juan Gonzalo Rose.

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Una entrevista de Gabriel Rimachi Sialer

Pocas veces la muerte de un escritor “secreto” conmovió tanto al mundo de las letras en el Perú. Carlos Calderón Fajardo nos dejó el 29 de abril de 2015, a pocas semanas de su cumpleaños número 70 y en medio de una gran actividad literaria, y homenajes que lo llevaron por varias ciudades del país. Semanas antes lo entrevisté para el programa radial “Fahrenheit 051” –que entonces transmitíamos por Lima Gris–, en la que sería la última entrevista que diera en vida. Gran amigo y conversador, dueño de una vida tan rica como su literatura, conversó de todo en una entrevista de antología, que reproduzco como homenaje a la amistad, al cariño y a sus letras.

Hay ironías de la vida que se presentan desde el nacimiento. Escribes sobre el mar, la vida en la costa, pero también sobre Praga, París, Berlín… tienes una visión cosmopolita y sin embargo siempre te reclaman el haber nacido en Puno y no escribir sobre Puno.

(Ríe) Mira, mi familia tuvo como destino el nomadismo, pues mi padre era un médico militar y estaba acantonado en Puno, vivía con mi madre (que estaba embarazada de mí) en el famoso cuartel de Huancané, y había una excelente clínica de americanos adventistas en Juliaca, la mejor clínica del sur, y ese era el mejor sitio para nacer; y mi padre, que era Arequipeño, no tenía pensado que su hijo naciera en Puno (que es una especie de tragedia para un arequipeño), pero mi madre adelantó mi nacimiento. Los dos primeros años de mi vida los pasé en Puno, en Huancané, al igual que un escritor que todos admiramos mucho que es Carlos Oquendo de Amat, que pasó también su primeros años de infancia ahí.

Hace unos años me dieron el Premio Humareda a mi trayectoria literaria, y me preguntaron por qué yo siendo de Puno no escribía sobre Puno. Dije que no podía considerarme un escritor puneño porque no venía de una familia puneña, no vivía en Puno y no escribía en Puno. Toda la vida eso me marcó mucho. Tengo un acercamiento al mundo Andino, mi madre era ayacuchana y hablaba quechua, por lo tanto yo soy de familia andina, pero haber nacido en Puno hace que yo tenga una mirada hacia el mundo de la sierra completamente diferente con respecto de otros escritores costeños.

Pero además eres un hombre de mar, un hombre fascinado por las playas…

Claro, porque a los dos años a mi padre lo destacaron a Talara, a Lobitos, a la playa, y de allí no me desprendí nunca más del mar, pero cada vez que voy a la sierra no me resulta un territorio ajeno, me es totalmente familiar, y cuando voy a ciudades como Huamanga, Arequipa, Cusco, siento que mis ancestros han estado caminando por allí. Yo soy, en ese sentido, un escritor muy peruano, porque concentro tanto lo andino como lo costeño en una misma persona. Por eso este pleito entre andinos y costeños me es totalmente extraño, inadmisible; incluso no lo puedo tolerar porque mi lado andino y costeño conviven dentro de mí. Mi padre siempre tuvo la culpa de estas cosas, por sus viajes, pues de Talara lo trasladan a la escuela militar de Chorrillos como médico de la Escuela Militar y nos vamos a vivir a Barranco, donde paso mi primera adolescencia, de tal manera que crecí en un ambiente muy literario.

En esa época Barranco era una zona de Lima muy afrancesada, como lo es todavía ahora, con una luna romántica y los fantasmas de Eguren y Martin Adán estaban presentes. Cuando cumplo 17 años mi padre me envía a Alemania, porque él había estudiado medicina allá y quería que yo repitiera el plato. Y es en Alemania donde nazco primero como filósofo, porque estudié filosofía (no medicina, lo engañé a mi viejo), y luego como escritor. En Viena conocí a Arguedas antes de cumplir los 18 años, en esa foto donde salimos con Arguedas y Salazar Bondy hijo yo tendría entre 17 y 18 años; y cuando decido ser escritor me voy a París, que es la ciudad donde viven los escritores, y conozco a Ribeyro, también por puro azar, un hombre que va a ser muy, muy influyente en mi vida como escritor.

Viena, 1962. De izquierda a derecha: Claudio Solari (hijo del escritor Enrique Solari Swayne), Carlos Calderón Fajardo, Gertrude de Solari Swayne, José María Arguedas.

Arguedas la sierra y Ribeyro la costa. Hay un destino también en la amistad.

Fíjate: una persona que a los 20 años ya era amigo de Ribeyro y Arguedas, creo que es muy raro. Es destino. Lo que pasa es que con Ribeyro y Arguedas yo tenía una relación diferente; a Ribeyro lo tenía más cercano, era un hombre de costa, de playa, yo era más joven, era como mi hermano mayor. Mientras que Arguedas era mayor, muy amigo de mi mamá y hablaba en quechua con ella cuando iba a mi casa, además el mundo andino era muy hermoso, muy mítico, yo no era un escritor andino y sin embargo los dos fueron mis modelos literarios.

El tercer modelo literario que tenemos todos los escritores peruanos es Vargas Llosa. Estando un día en París, Ribeyro me dice “Tienes que conocer a Vargas Llosa”. Yo era muy joven y no es que no quisiera conocerlo, sino que me daba un susto terrible conocerlo, voy a cagarla, voy a decirle tontería y media, no quería decirle nada, ese hombre era un monstruo, había ganado el premio Seix Barral,  yo era mucho más sencillo. Estuve tres días sin dormir. Se va  a burlar de mí, pensaba, no no no. Entonces Ribeyro me dice “voy a organizar una comida en mi casa para que lo conozcas, tú, yo y Vargas Llosa”. Y no fui. Tenía 22 años y me di el lujo de tirarle arroz a Ribeyro y a Vargas Llosa ¿sabes que hasta ahora no conozco a Vargas Llosa?, no lo llegué a conocer nunca, ya después se fue muy arriba y no hubo la posibilidad, pero si yo hubiera ido a esa cena, probablemente lo hubiera conocido. A quien sí conocí fue a Cortázar.

Cortázar, que además era ya un escritor considerado universal…

Lo vi como tres veces y siempre al azar. Un día entré a un café en París y estaba Alfredo Bryce sentado en una de las mesas; yo en París era bastante amigo de Alfredo Bryce, y nos saludamos y me dijo “hola, siéntate, estoy esperando a un pata mío, Cortázar”, ¡Qué me has dicho! Le dije, ¡Cortázar!, yo me había presentado a un premio de cuento donde él había sido jurado, y yo había ganado el premio, y para nosotros, para mi generación, Cortázar era EL escritor, era el cronopio mayor, nosotros éramos los cronopios chiquitos. Entonces entra Cortázar, se sienta, y estuvimos un rato conversando. Luego lo conocí en la casa de Ribeyro y luego en la casa de Saúl Yurkievich, un crítico argentino. En casa de Yurkievich le digo a Cortázar: “Yo soy Carlos Calderón Fajardo, ¿usted se acuerda de mí?”, “Cómo no voy a acordarme del cuento de Hispanoamérica” me respondió. Te digo eso porque mi cuento era muy cortazariano, me encontraba totalmente influido por Cortázar. Entonces a él lo conocí, pero claro, son amistades de alguna manera epidérmicas, que uno conoce al azar. De quien sí fui realmente cercano es de Ribeyro.

¿Cómo conociste a Ribeyro?

También el azar. Yo viajé a Europa en barco, en esa época cien personas iban cada semana a estudiar medicina a España, primero porque España era muy barata, se vivía con 50 dólares al mes; segundo porque daban un pasaje por barco que costaba 200 dólares y se podía pagar en diez armadas, o sea, tu padres, que te pagaban el pasaje, podían cancelarlo a 20 dólares durante 10 meses; y tercero que no había examen de admisión a medicina, y todo el que sabía que no iba a entrar jamás a San Marcos porque era la carrera más difícil, se iba a estudiar medicina allá. Yo me iba a estudiar medicina pero no a España, y había una chica en el barco que se iba a París. Todos se bajaron en Barcelona, ella se bajó en Marbella y yo me fui hasta Génova. Yo sabía que esta chica se había quedado en París, entonces cuando decido no ser ni filósofo, ni médico, ni nada, sino escritor, llego a París sin conocer a nadie ni hablar francés.

Fui a la embajada peruana, y pregunto si conocían a la señorita Alida Cordero, y me miran y corrigen que no es señorita sino señora. Les pido su dirección porque era la única persona que conocía ahí; me la dan, voy a su casa que quedaba por el cementerio de Pére Lachaise, toco la puerta y me abre un señor y me dice “Hola, tú eres peruano, pasa adelante, yo también soy peruano”; sale Alida y me dice “Hola, Carlitos, qué sorpresa, te presento a mi esposo, Julio Ramón Ribeyro”. “¿A qué has venido a París?” me preguntó Ribeyro. A ser escritor, le respondo. “Ah carajo, yo soy Julio Ramón Ribeyro”, me responde, como diciendo “has llegado a la cueva de Alibabá, llegaste a la mina”, ¿Y quién es usted? pregunto, en el colegio leíamos a Arguedas, Alegría, Albújar, Chocano, Eguren, pero a Ribeyro, naca la pirinaca, y él se rió, reímos mucho y nos volvimos muy amigos primero en la década del 60 donde yo era muy joven, luego en la década del 70 cuando volví. Toda mi generación se fue a París: Enrique Verástegui, Carmen Ollé, Elqui Burgos, Rosas Ribeyro, Rodolfo Hinostroza (que estuvo desde antes, igual que Alfredo Bryce), Manuel Escorza, Eduardo González Viaña, Óscar Málaga, Armando Rojas… nos reuníamos en una casa diferente de cuando en cuando para leer nuestras producciones.

Carlos Calderón Fajardo, París 1963 (Foto: archivo personal del autor)

¿Cómo tomó tu padre el que no hubieras estudiado medicina?

Me quedé cuatro años en París, mi padre creía que yo estaba estudiando medicina. Cuando regreso a Lima después de cuatro años, me dice orgulloso “Ya eres médico”, y le digo que no, que soy poeta, escritor, algo así. Mi padre estaba muy decepcionado, pero me dijo “tienes que estudiar una carrera, lo único que te pido es que termines de estudiar una carrera”; entonces entré a estudiar Sociología a la Católica, porque en esa época era una carrera interesante, la otra cara de la narrativa: lo mismo de la narrativa pero visto desde el punto de vista científico, del punto de vista de la verdad.

Tú viviste en Europa en un momento de cambios sociales y políticos que transformaron el mundo.

Realmente yo nací en Alemania como escritor leyendo a Nietzsche, que fue fundamental en mi elección de estudiar filosofía. Pero cuando me di cuenta de que la filosofía no era Nietzsche sino Heidegger, dejé la filosofía y descubrí la literatura a través de un libro: “Cartas a un joven poeta”, de Rilke. “Esto quiero ser”, dije, porque desde muy joven fui consciente de que mi camino no era la poesía sino la narrativa. Entonces me fui a París, y si bien nací en Alemania mi formación fue francesa; yo soy, parafraseando al maestro Arguedas, no un aculturado sino un afrancesado. Cuando regreso al Perú me confronto con la realidad peruana. Mi mirada no era como la de aquellos escritores peruanos de mi generación, de mi edad, de mi misma clase social, que no se habían movido nunca del Perú; yo había nacido en Alemania y en Francia, y por lo tanto no podía acercarme ingenuamente a la literatura como lo hacían otros; sin embargo fui muy amigo de la gente de mi generación, muy amigo del grupo “Narración”, de Miguel Gutiérrez, Oswaldo Reynoso, Augusto Higa, Roberto Reyes, que son muy amigos míos pero nunca me propusieron ni yo tampoco les pedí formar parte de ese grupo.

Un día, conversando con Miguel Gutiérrez (antes éramos más amigos, ahora ya no lo somos tanto), le pregunté que por qué nunca me propusieron ser parte de “Narración”. Gutiérrez me respondió: “Nosotros estábamos tratando de hacer una literatura democrática, social y popular, una literatura del proletariado y tú eras un pata que tenía una casa en la playa, así cómo carajos te vamos a proponer que seas del grupo Narración”. Y sin embargo escribí mucho de cuestiones sociales.

Escribiste “Magaly era un lugar”, pero  ahora te conocen más como un escritor “fantástico”.

Claro, “Magaly era un lugar” ganó el Premio Arguedas. Eso es otra cosa que quisiera decir acá y en todas partes. En primer lugar, no soy un escritor de vampiros, soy un escritor que ha escrito unas cuantas cosas sobre vampiros. No soy un escritor de literatura fantástica, he escrito literatura fantástica, pero como lo dijo Miguel Gutiérrez en la revista “Arte y literatura” hace poco, en su balance de la literatura peruana: mi parte realista es más grande, es decir, la cantidad de libros realistas son mayores que mi producción de cuentos fantásticos. Y en segundo lugar, no tengo absolutamente nada contra la literatura realista ni contra los escritores realistas. Me parece una gran cojudez, una tontería, un diletantismo, que hubiese un enfrentamiento entre escritores fantásticos y escritores realistas. Fantásticos son Maupassant, Kafka, Borges, Cortázar, Calvino, Bradbury, ¿no? y escritores realistas son Tolstoi, Dostoievski, Chejov, Hemingway… entonces, si uno es un escritor que ama la literatura no puede estar en contra de la literatura realista, sería una tontería, por más fantástico que uno sea, y si uno es realista no puede estar contra la literatura fantástica. Fantástico es Stevenson, pues, el mismo Rulfo, que no sé si es realista o fantástico, porque Pedro Páramo es una mezcla de ambas cosas. Entonces no existe, primera tontería, ese pleito entre andinos y costeños, y ahora ese pleito entre fantásticos y realistas. Por lo menos en mi caso. No soy ni andino ni costeño, soy un costeño andino.

De izquierda a derecha: Carlos Calderón Fajardo, el poeta Armando Rojas, Lourdes Galliani (esposa de Carlos) y el poeta Elqui Burgos en París 1977.

Estos enfrentamientos entre escritores no son recientes pero se acrecientan con las redes sociales. Lo cierto es que la narrativa fantástica siempre ha sido el lado B del disco.

Es que aquí no había una tradición importante. Vallejo la hacía, Rubén Darío escribió el primer cuento de vampiros; lo hacía Borges, lo hacía todo el mundo, los grandes escritores franceses lo hacían, ¿qué pasó? Yo creo que nace con Mariátegui la obligación de dar un testimonio sobre las grandes injusticias del Perú. De allí el salto al compromiso político de la literatura fue muy rápido y se convirtió en una obligación moral de todo escritor el escribir sobre los grandes problemas sociales del país, ¿cómo vas a escribir entonces sobre vampiros, hadas y cosas así cuando la gente se está muriendo de hambre y están matando personas como a conejos?, era casi inmoral hacer una cosa así, y eso duró casi todo el siglo XX, hasta finales de los 80, en donde cae el muro de Berlín y la modernidad entra en crisis, y a partir de los años 90 se abre un abanico muy grande, una diversidad enorme. Ahora hay todo tipo de escritores en el Perú: desde escritores de ciencia ficción, vampiros, zombies, a escritores realistas, de política, novelas policiales, de todo, que es como debería haber sido siempre.

Siempre permanece ese desprecio por lo que no es realista en el Perú.

Pero es extra literario, es moral, hay la idea de que aquella persona que escribe literatura fantástica no es serio, es un escritor menor,  que hace una cosa para entretenerse , para divertirse, para pasar el rato; entonces me decían, “ah, tú eres entonces un escritor de novelas como Crepúsculo”, cuando la metáfora del vampiro, del zombie, del monstruo, son tremendas metáforas de política, de crisis política; vivimos en una sociedad de muertos vivientes, donde todos se comen unos a otros, ¿qué otra cosa no es el zombie?, una figura de eso, y aquí en el Perú, todo el mundo vampiriza a todo el mundo. El verbo vampirizar es un verbo totalmente peruano, el marido vampiriza a la mujer, los padres vampirizan a los hijos, el Estado vampiriza a los ciudadanos, y entonces la figura del vampiro como metáfora político-literaria me parece que es mucho más poderosa que cualquier metáfora creada en la literatura.

Pero los nombres de Palma, Adolph o el tuyo son un referente del género.

Que sea Clemente Palma el fundador de esa literatura, Adolph el segundo, y se me considere a mí el tercero, demuestra que no estamos a la altura pues de Arguedas, Vargas Llosa o Ribeyro, mucho más importantes en otro tipo de literatura. Yo creo que la literatura fantástica está naciendo en el Perú, se está consolidando. Creo que ahora lo escritores jóvenes son más fantásticos que realistas, pero, en términos de linaje, la literatura realista tiene nombres más importantes, un premio Nobel o el mismo Arguedas o Ribeyro en el cuento. ¿Hay un cuentista de literatura fantástica de la talla de Ribeyro, un novelista fantástico de la talla de Vargas Llosa, que tengan un mensaje tan importante y profundo como ellos? No hay. Si existieran los hubiera descubierto Elton Honores, porque ese pata descubre todo. Lo que pasa es que los escritores peruanos estábamos obligados a dar testimonio de la literatura, pero testimonio es el periodismo, la sociología, la historia. Cuando Homero escribe “La Odisea”no da testimonio del viaje de Ulises, sino que cuenta sobre Polifemo, el cíclope, la maga Circe que convierte en cerdos a los soldados, y hace literatura fantástica. Y cuando leemos “El Quijote” de Cervantes, no estamos conociendo cómo era la vida en los pueblos de La Mancha, sino la figura de seres humanos que son el Quijote y Sancho, la gran novela humana, o sea, la gran literatura siempre ha reinventado la realidad. Cuando Kafka escribe “La metamorfosis” no está planteando la existencia de un tipo que se despierta convertido en escarabajo, está hablando de lo que viene después de la Segunda Guerra Mundial; todos los familiares de Kafka son gaseados en un campo de concentración nazi, convertidos en escarabajos, y él lo ve 20 años antes y hace una literatura “kafkiana”, inaugura una nueva forma de mirar el mundo, lograr eso es espectacular, muy pocos escritores lo consiguen.

Eras además muy amigo de Juan Gonzalo Rose.

Sí, eso también fue una cosa increíble. En la casa de Ribeyro confluía toda la generación del 50, era el amigo que reunía a todo el que llegaba a París. Como yo era el más chiquillo de todos, me invitaban a las reuniones, era el pata al que mandaban a comprar cigarros, a comprar la cerveza, y estando allí un día aparece Juan Gonzalo Rose, que había hecho una buena cantidad de dinero escribiendo los guiones de un programa televisivo de Pablo de Maladengoitia, “Esta es tu vida”. Nos hicimos muy buenos amigos, hasta el final de sus días. Juan Gonzalo era para mi generación una especie de hermano mayor. Un día me dice Juan Gonzalo, “tú tienes que conocer a un pata que estoy seguro que cuando lo conozcas, van a ser íntimos amigos. Vive en Perú, en Barranco, se llama César Calvo; el pata vive en la Bajada de los Baños, así que tú pregunta y te dirán”. Llegué así a su casa, cuando regresé a Perú, y quien me abre la puerta es Rodolfo Hinostroza, que tenía entonces 23 o 24 años, y yo tenía 21. Desde aquella vez nos hicimos muy amigos, iba todas las tardes a jugar ajedrez, a hablar de literatura, y el año 66, en el cumpleaños de Rodolfo Hinostroza, canta Chabuca Granda. Estaba César Calvo, Juan Gonzalo Rose… Chabuca preparó frejoles, y me presentaron a Rosina Valcárcel, con quien hemos decidido festejar el próximo año nuestras Bodas de Oro amicales.

Tu amistad con Juan Gonzalo Rose tiene esta anécdota del bar, donde tú lo habías defendido cuando habían mencionado que él era homosexual.

Ah sí, una vez yo estaba en una cantina y viene un tipo diciendo que había tenido relaciones con Juan Gonzalo Rose, pero de una manera bien grosera, vulgar, y yo salté como un jabalí para pelearme con él porque era mi pata, y este tipo estaba diciendo mentiras, porque Juan Gonzalo no tenía nada de homosexual, al contrario, pero todos me detuvieron y me dijeron “para, compadre que él sí es homosexual”. Y me chocó, porque yo era muy muy cercano a él y él jamás se me insinuó, nunca. A veces le decía a Gonzalo “vamos a tomar un traguito, unos roncitos”, y me decía, “Vamos al Triunfo, que ahí se chupa con el fracaso”.

Carlos Calderón Fajardo y la poeta Rosina Valcárcel en su casa de Punta Negra.

¿Juan Gonzalo era depresivo?

No, todo lo contrario, hay un mito de leyenda sobre su tristeza. Recuerdo que él vivía en Chorrillos y se venía hasta Barranco caminando para conseguir pasaje para el centro de Lima. Un día lo encontré llorando y le pregunto qué pasa, Juan Gonzalo, que pasó, y me dice “lo que pasa es que yo soy demasiado sensible, lo que para algunos es una fiesta para mí es un trauma”. A él le afectó muchísimo que su libro “Las Comarcas” no tuviera la recepción que él esperaba. Un gran libro. “Mi libro no está siendo comentado, está siendo aislado pero no me importa, hay dos personas que sí me han felicitado por mi libro: Vargas Llosa y Fellini, lo que digan los demás no me importa”. Pero sí le importaba. Todos los escritores, poetas, son muy maltratados en el Perú, un país que se devora a sus mejores hijos, que los castiga, que los maltrata. La forma en que trataron a Martin Adán, al mismo Juan Gonzalo, Arguedas se suicidó, algunos se fueron al extranjero para nunca más volver, Vallejo no quería ni que sus huesos regresaran al Perú: Clemente Palma había dicho “Ese señor debe dedicarse a zapatero porque de poeta no tiene nada”, ¡sobre Trilce! El mito de que Arguedas también era triste, ¡si le gustaba cantar!, le gustaba hacer chistes, hablar de cuentos de aparecidos, lo últimos tres años de su vida sí fueron fuertes, allí sí entró en tromba, pero él no era triste, igual que Juan Gonzalo, era muy chistoso, muy ocurrente, sumamente inteligente para soltar frases increíbles sobre la vida, dejaba con la boca abierta a Cisneros, a todos los poetas que eran sus condiscípulos, era un mito.

Luego de tu enfermedad pasas a publicar casi dos libros por año.

Estuve callado muchos años, eran trabajos que estaban allí guardados, todo mundo tiene libros que no publica, escribes mucho pero no publicas, le pasó a Roberto Bolaño y a Ciro Alegría que publicó “El mundo es ancho y ajeno”, “El pez de oro”, “Los perros hambrientos”, y nada más, se murió. Y cuando se murió salieron como veinte libros: Ciro Alegría nunca había dejado de escribir. Yo sabía por ejemplo de Valdelomar, que muere joven pero su cantidad de obra es inmensa; Melgar murió a los 25 años y tenía mucha poesía, inventó el Yaraví, había sido héroe de la Emancipación, a su corta edad ya tenía toda una obra vasta y completa. Hay quienes con 50 años aún no han empezado. Para empezar a escribir hay que leer de cajón a Tolstoi, Dostoievski y Chejov; Faulkner y Hemingway. Kafka es obligatorio. Hay que leer “Las tradiciones peruanas” de Ricardo Palma, Ciro Alegría, Arguedas, Ribeyro y Vargas Llosa. Martin Adán y Carlos Oquendo de Amat. Vallejo es un escritor universal, es el único poeta peruano que está entre los 10 mejores poetas de la poesía universal, un autor muy grande, mucho, por eso yo ahora estoy convencido de que Vallejo no era peruano, era en realidad un alien (risas).

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