Escribe Paolo de Lima
El padre como ley, figura y voz: un retrato de Hermann Kafka a fines del siglo XIX
1. Una escena inaugural
En las palabras atribuidas al padre del escritor checo Franz Kafka –“Te destazaré como a un pescado”, “¿Por qué no te vas?”– se perfila un modelo de autoridad que encuentra su justificación no solo en lo familiar, sino en la cosmovisión de un tiempo: la figura del padre como ley viviente. No hay en Hermann Kafka una conciencia de su poder, sino más bien la naturalización de ese poder como orden moral, casi como axioma social.
Este texto propone una aproximación crítica a la figura paterna en la Carta al padre, escrita entre el 4 y el 20 de noviembre de 1919, situándola dentro de un sistema histórico de representaciones. Las cinco primeras secciones que siguen –breves, esquemáticas– presentan elementos que conforman un retrato posible del padre de Kafka a través de sus expresiones lingüísticas; ellas servirán como base para una reflexión más amplia que se desarrolla en la última parte, donde se abordarán los marcos sociales, culturales y discursivos desde los que Franz Kafka elabora su respuesta como hijo.
a) Un padre del orden decimonónico
Hermann Kafka representa al padre forjado en el mundo del siglo XIX, moldeado por la tradición judía centroeuropea, el ascenso social por el trabajo duro, el trauma del hambre en la infancia y la autoafirmación en la severidad. Su lenguaje se ejerce como instrumento disciplinario, pero también como pedagogía de la supervivencia: “Primero come, luego habla”, “¡Cómprate algo para que te sientas mejor!”, “¡Nada de réplicas!”. El padre no habla para compartir ni para dialogar: habla para instruir, para corregir, para tallar el alma del hijo a golpe de sentencia. Su palabra era incuestionable: todo juicio ajeno, especialmente el del hijo, era automáticamente invalidado como absurdo o desmesurado.
b) La autoridad corporal y verbal
Las expresiones del padre ocurren en el espacio doméstico: a la mesa, en los pasillos, en el dormitorio, en la entrada de casa, lugares donde la vida cotidiana debía fluir con obediencia y silencios. Su modo de educar es directo, muchas veces brutal, pero en absoluto excepcional para la época: “¡Qué saben los hijos!”, “¿No puedes hacerlo así?”, “Siempre contra todo”. Sus frases no expresan crueldad por sí solas: manifiestan un sistema educativo en el que la obediencia es una virtud y el deseo infantil, una perturbación. Incluso la menor desviación afectiva o intelectual del hijo era percibida como desafío, y respondida con desdén, desprecio o humillación, sin consideración por su mundo interior.
c) El desprecio como mecanismo de formación
Para Hermann Kafka, reprender con dureza –“Eres un reverendo puerco”– no es un acto de sadismo, sino de corrección. Él no se concibe a sí mismo como agresor, sino como figura moralizante. Su lenguaje funciona como estructura de castigo pero también de pertenencia. “¡La santa paloma me ha dejado toda su porquería!” no es simplemente una queja iracunda: condensa su lógica afectiva, donde toda relación está mediada por la utilidad, la obediencia y la subordinación. Lo que Kafka escucha como humillación, el padre lo enuncia como responsabilidad: formar un hijo que se endurezca, que no sea débil, que se adapte a un mundo hostil. “Te destazaré como a un pescado” no es entonces un exceso, sino parte de esa pedagogía disciplinaria.
d) El rechazo a lo subjetivo
En su forma de hablar, el padre desautoriza cualquier expresión interior: “¡Vaya, otra novedad!”. Lo subjetivo no es válido: las emociones deben reprimirse, los pensamientos deben obedecer. Esta anulación de la interioridad responde a una visión generacional: el mundo no se transformaba con emociones, sino con obediencia, trabajo, fuerza. Las palabras del padre no son sofisticadas, son contundentes: buscan moldear una existencia útil, no comprensiva.
e) Un padre que no sabe hablar de otra forma
Quizá el rasgo más trágico no es la violencia del padre, sino su absoluta falta de registro alternativo. No hay en sus expresiones posibilidad de ternura, ni siquiera de ironía o duda. Su repertorio comunicativo se componía casi exclusivamente de expresiones violentas, cargadas de burla y amenaza, que funcionaban como herramientas de corrección y sometimiento. La relación padre-hijo está clausurada por un lenguaje de dominio, de censura, de exigencia incondicional. La frase “¡Qué saben los hijos!” es el perfecto ejemplo de la incomprensión como norma. Kafka desea ser escuchado; el padre exige ser seguido.

2.- Entre dos mundos: palabra, autoridad y subjetividad
En ese sentido, entonces, Hermann Kafka no es un monstruo, sino un producto radical de su época: un padre que encarna el deber, el miedo a la fragilidad, la cultura del trabajo y la jerarquía del hogar como pilares incuestionables. Su lenguaje –esas frases breves, contundentes, sin espacio para la réplica– no puede entenderse sin el trasfondo de un mundo que aún no conocía ni la pedagogía del diálogo ni la psicología infantil, al menos no como praxis social generalizada.
Aunque desde finales del siglo XIX habían comenzado a formularse en Europa ideas pedagógicas renovadoras –como las del suizo Johann Heinrich Pestalozzi (precursor de la educación emocional y del aprendizaje desde la experiencia), el alemán Friedrich Fröbel (creador del concepto de jardín de infancia y defensor del juego como forma de aprendizaje) o la italiana María Montessori (pionera en una pedagogía centrada en la autonomía y el respeto por el desarrollo del niño)–, estos enfoques apenas tocaban la vida cotidiana del hogar burgués centroeuropeo, y mucho menos la de familias judías de primera generación ascendente como los Kafka. En esos espacios, la autoridad del padre era incuestionable y la obediencia filial, signo de virtud. El desarrollo emocional del niño no era prioridad; lo era su adaptación al mundo adulto.
La psicología del niño como sujeto autónomo apenas comenzaba a emerger: los estudios freudianos aún no contaban con influencia fuera de ciertos círculos intelectuales. En la época en que Freud desarrollaba sus teorías, a finales del siglo XIX y principios del XX, la idea de que los niños poseían una vida psíquica compleja y una subjetividad propia era revolucionaria. En textos como Tres ensayos de teoría sexual (1905) y El yo y el ello (1923), Freud exploró el inconsciente infantil, los deseos reprimidos y los conflictos emocionales que moldeaban el desarrollo del niño, planteando que la infancia no era simplemente una etapa de preparación para la vida adulta, sino un período crucial en la construcción del yo. Sin embargo, estas ideas no habían permeado la sociedad ni la educación tradicional, que seguían considerando al niño como un ser incompleto, incapaz de razonar o expresar plenamente sus emociones.
En el mundo social de Kafka –una Praga cruzada por jerarquías lingüísticas, religiosas y de clase–, esta visión todavía era marginal. Los niños eran tratados como adultos en formación, pero en un sentido muy rígido y autoritario. Ser bien criado significaba callar, obedecer, no interrumpir; la disciplina y la corrección externa primaban sobre cualquier consideración afectiva o emocional. Lo que Freud comenzaba a señalar como necesario para el desarrollo saludable del niño –la expresión de sentimientos, la atención a su mundo interno– era visto en cambio como un signo de debilidad o falta de carácter. En este contexto, la subjetividad infantil era desestimada y silenciada, lo que explica en parte la dureza y la ambigüedad que atraviesan las relaciones familiares y sociales en la obra de Kafka. Así, la psicología infantil freudiana surgía como un contrapunto a una sociedad que aún no estaba lista para reconocer la autonomía y complejidad del niño. En este contexto, las frases del padre no resultaban anómalas: eran funcionales a una pedagogía de la firmeza y la obediencia. “¿No puedes hacerlo así?”, “Primero come, luego habla”, “¡Nada de réplicas!” no eran invenciones arbitrarias, sino formas de domesticación del niño, con la intención de endurecerlo para un mundo percibido como despiadado. La palabra no buscaba crear vínculo, sino imponer forma.
En ese sentido, el horror que Kafka transmite en su Carta al padre no nace de palabras excepcionales, sino de su condición habitual. Lo verdaderamente perturbador no es la brutalidad explícita, sino la violencia que se vuelve rutina, que se ejerce sin conciencia, como parte de un lenguaje heredado y naturalizado. Kafka nos ofrece, desde su lugar de hijo, una lectura crítica de ese mundo: él ya pertenece a otra sensibilidad, una que anhela el diálogo, la reciprocidad, la palabra compartida. Este padre no sabía que hablaba a alguien que haría del lenguaje su manera de resistir, a una conciencia agudísima capaz de convertir cada frase recibida en herida. En ese desfase entre un padre aún anclado al siglo XIX y un hijo que ya respira el siglo XX –con su crisis de autoridad, su interioridad fracturada, su deseo de reconocimiento– se abre la fisura por donde entra toda la angustia de Kafka. Lo que él recoge como herida no es una excepción, sino el umbral de un mundo que empieza a cambiar y que aún no ha encontrado las palabras nuevas para nombrar lo que duele.

3.- Kafka, figura crítica frente al mundo adulto
La sensibilidad de Kafka, expresada en su Carta al padre, se anticipa a lo que más tarde sería identificado como una lógica adultocentrista: una estructura de poder que otorga a los adultos el monopolio de la voz, la razón y el derecho a disciplinar sin réplica[1]. Este orden sitúa a la infancia, la adolescencia y la juventud como espacios en espera, como carencias aún por llenar, negando su condición de sujetos plenos. Aunque el término adultocentrismo no tiene un origen único ni una fecha precisa de creación, su desarrollo ha sido paulatino y multidisciplinario. Tiene antecedentes en la psicología infantil, como las reflexiones del psicólogo suizo Jean Piaget sobre la mirada limitada que los adultos tienen hacia los niños, y más tarde ha sido abordado por feministas, pedagogas críticas y movimientos decoloniales que lo señalan como una forma estructural de dominación basada en la edad. Desde esta perspectiva, la Carta al padre no expone una teoría explícita, sino un testimonio profundo sobre la experiencia de ser niño en una sociedad dominada por los adultos. La lógica de dominación adultocentrista configura la experiencia infantil, tal como queda materializada en la voz quebrada y sometida de hijo frente a la figura omnipotente del padre. Si bien este tipo de orden afecta particularmente a la niñez, como se revela en el texto de Kafka, cabe señalar que también impacta a otras poblaciones, como las personas mayores, aunque evidentemente no sea este el eje revelado en su extensa misiva.
Si bien el concepto de adultocentrismo circula a nivel global, en América Latina ha adquirido una forma particularmente aguda. En nuestra América, los estudios sobre infancia y juventud con perspectiva política y decolonial, junto con movimientos sociales y una pedagogía influida por el brasileño Paulo Freire, considerado uno de los principales teóricos de la educación emancipadora en el siglo XX, han potenciado una mirada que entiende la edad no solo como una categoría biológica, sino como una dimensión de opresión que se cruza con la raza, el género y la clase. Autores latinoamericanos como el argentino Carlos Skliar, reconocido por sus trabajos sobre filosofía de la educación y pedagogía de la escucha, y el también argentino Pedro Manuel Schujman, psicólogo social y referente en el estudio crítico del adultocentrismo, han enriquecido esta reflexión desde una perspectiva interseccional y estructural, que también resuena en el sur de Europa, especialmente en España, donde investigadores como Marta Martínez Muñoz y colectivos vinculados a la pedagogía crítica y a los estudios sobre infancia han retomado estas perspectivas en diálogo con las experiencias latinoamericanas. Tanto Skliar como Schujman han subrayado la necesidad de repensar las relaciones entre adultos y niños más allá del control, la tutela y la jerarquía, abogando por una pedagogía que escuche, respete y reconozca la subjetividad infantil como legítima en sí misma.
En este sentido, la Carta al padre de Kafka se puede leer como un eco temprano y vivido de esta experiencia adultocéntrica, donde la voz y subjetividad del niño quedan anuladas frente a una autoridad paterna y social que no reconoce su autonomía ni su complejidad. En la Carta al padre, el hijo no solo registra la violencia verbal de su progenitor: la devela como norma social. El silencio impuesto, el menosprecio de sus emociones, la humillación camuflada de corrección, todo configura un régimen de lenguaje donde el niño no es interlocutor, sino receptor pasivo. Kafka no se limita a narrar su experiencia; la convierte en una reflexión sobre el poder de la palabra y sobre quién tiene derecho a usarla. La carta nunca fue enviada, pero en su forma epistolar encarna una emancipación: Kafka escribe como quien se libera del modelo adultocéntrico. En lugar de obedecer, narra. En lugar de aceptar, interroga. En lugar de silenciar, escribe. Lo que no pudo decir en voz alta se convierte en archivo de resistencia. Así, la Carta al padre no solo es un documento personal: es una intervención crítica. Una demanda de palabra, un gesto inaugural en la genealogía de las voces que, desde la subordinación, se levantan para afirmar “Yo también tengo algo que decir sobre este mundo”.
Tal potencia expresiva adquiere aún más densidad si consideramos que Kafka escribió esta carta en 1919, cuando ya contaba con 36 años, es decir, había cruzado lo que suele llamarse la mitad del camino de la vida. Los episodios a los que alude –ocurridos durante su infancia en las décadas de 1880 y 1890– permanecieron largo tiempo en silencio, sin la posibilidad de ser nombrados ni elaborados. Que solo décadas después pudiera ponerlos por escrito revela no solo la gravedad de las marcas producidas por el férreo orden adultocéntrico de su padre, sino también la dificultad estructural para confrontarlo desde la palabra. La madurez de Kafka no implica una superación de esa herida infantil aún latente, sino la lenta adquisición de una voz capaz de nombrar lo que antes solo fue vivenciado en forma de culpa, miedo o angustia. Esta distancia temporal pone de relieve cuán duraderos pueden ser los efectos de la anulación simbólica vivida en la niñez y cómo el lenguaje –cuando finalmente es apropiado– se convierte en herramienta de reconstrucción subjetiva y emancipación crítica. Kafka lo demuestra: lo que alguna vez fue silencio, también puede devenir sentido. He ahí el valor de la escritura. Y ese mismo gesto –convertir la herida en palabra– es el que nos convoca al celebrar la aparición de esta cuidadosa y sentida traducción de Carta al padre realizada por Renato Sandoval Bacigalupo con Alastor Editores. Una versión que no solo restituye la voz de Franz Kafka, sino que nos permite oírla con una cercanía renovada.
[1] Debo el conocimiento de este concepto a la psicóloga y collagista Adriana Pardo Arbulú, quien lo presentó durante el semestre 2020-2 en su charla sobre el cuento “Un hombre sin suerte” de Samanta Schweblin, en mi curso “Literatura y Sociedad” en la Universidad de Lima.

