Escribe Luis Eduardo García
Según el novelista Jorge Volpi, los mecanismos cerebrales por medio de los cuales nos acercamos a la realidad son idénticos a los que empleamos para crear o experimentar una ficción; la ciencia dice algo parecido. Un informe científico que publicó la BBC hace poco decía algo parecido: «Al leer las acciones de un personaje de ficción, en el cerebro se activan las zonas motoras como si uno realizara esa actividad».
***
En su libro ‘Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción’, Jorge Volpi se trae abajo el mito de que la ficción es un simple goce estético, un mero placer de minorías .«La ficción literaria debe ser considerada una adaptación evolutiva, que, armada por un juego cooperativo, nos permite evaluar muestra conducta en situaciones futuras, conservar la memoria individual y colectiva, comprender y ordenar los hechos a través de secuencias narrativas y, en últimas instancia, introducirnos en la vida de los otros, anticipar sus reacciones y descifrar su voluntad y sus deseos». Esto quiere decir que la ficción y el arte como herramientas evolutivas nos ayudan a sobrevivir.
Para Volpi, la ficción no es subproducto del neocórtex ni una casualidad de la vida. Nació con el hombre y desde entonces ha sido una herramienta fundamental para consolidarnos como especie. Y esto solo es posible gracias a dos adaptaciones complementarias: la imitación (debido a las neuronas espejo) y la cooperación (debido al lenguaje y la racionalidad). Con la primera, repetimos lo que hacen los otros; y con la segunda, realizamos acciones que garanticen nuestro bienestar.
Según Volpi, “los mecanismos cerebrales por medio de los cuales nos acercamos a la realidad son básicamente idénticos a los que empleamos a la hora de crear a o apreciar una ficción”. Esto quiere decir que todo el tiempo el ser humano manipula y reordena la realidad en el oscuro interior de su cerebro con lo que nos convertimos en artífices de la realidad. Es decir, reconocemos el mundo y al mismo tiempo lo inventamos. ¿Con qué propósito? Para reaccionar frente a las amenazas exteriores y para generar futuros más o menos confiables.
El cerebro humano es híbrido: mitad material y mitad inmaterial; una parte es mente formada por neuronas y moléculas asociadas; y otra parte, es un conjunto de ideas o símbolos culturales, lo cual quiere decir que la materia es capaz de pensar en la materia. Todo esto nos permite «experimentar en carne propia ―dice Volpi─ sin ningún límite, todas las variedades de la experiencia humana», identificarnos con lo que leemos, adquirir la perspectiva de los personajes inventados por un autor.

En conclusión, el cerebro reacciona frente a una ficción (un cuento, una novela, un poema) igual que frente a la realidad. “Por eso, dice Volpi, leer es tan fecundo y tan cansado ―como vivir”. Esto ocurre porque las ficciones no son simple recreaciones o representaciones, sino “simulacros de la realidad”. Al parecer, cuando entramos en contacto con la ficción a través de la lectura llegamos o vamos más lejos del simple placer de leer o de la identificación con los personajes. No es que únicamente la ficción literaria sea una condición evolutiva o un simulacro de la realidad, sino que, posiblemente, es la realidad («experimentar en carne propia»).
Pero una cosa es lo que dice el escritor Jorge Volpi y otra lo que dice la ciencia. Esta dice, ante todo, que el hombre es mente y cuerpo (unidas, no separadas como creía Descartes) y, como tal, enfrenta situaciones inesperadas. Ante a un estímulo externo como el amor, por ejemplo, el cerebro envía mensajes electroquímicos mediante el sistema nervioso y mensajes hormonales a través del sistema circulatorio, lo cual quiere decir que nos enamoramos con el corazón y con el cerebro. Cuando uno está enamorado, el corazón se acelera, la dopamina crea sentimientos de euforia, aumenta el flujo sanguíneo, el corazón late más rápido, tenemos mariposas en el estómago y un estado emocional muy parecido a la locura.
En otros casos, frente a una situación de peligro el corazón bombea sangre a mayor velocidad para irrigar mejor nuestro organismo, los pelos se erizan, la sangre disminuye en la piel y las vísceras y abunda en los músculos y los párpados y las pupilas se abren en toda su extensión para ver mejor.
Si se trata de frío, la piel se nos pone como la de la gallina con la finalidad de enfrentar el descenso de la temperatura; y se trata de calor, sudamos con el objetivo de que nuestro cuerpo se refrigere. Cuando hay miedo, entre otras cosas, el corazón trabaja más rápido, aumenta la presión arterial, la glucosa aumenta en la sangre, la actividad cerebral y la coagulación sanguínea se activan, se dilatan las pupilas, la sangre fluye a los músculos de las piernas en mayor cantidad y el que padece miedo tiene taquicardia, temblores y sudoración abundante.

¿Y qué pasa con nuestro cerebro cuando leemos? Para entenderlo, dicen los científicos, hay que entender no solo a este sino también a nuestra mente. Por años, los estudios han estado centrados en el hecho de averiguar qué zonas del cerebro se activan y dónde se localizan determinadas funciones de la mente. Hace poco, la BBC publicó información reveladora acerca de lo que le ocurre al cerebro y a la mente cuando leemos libros de ficción. La conclusión más relevante a la que llegó ese informe decía: «al leer las acciones de un personaje de ficción, en el cerebro se activan las zonas motoras como si uno realizara esa actividad».
Keith Oatley, profesor emérito de Psicología Cognitiva de la Universidad de Toronto, Canadá y Raymond Mar, doctor en psicología de la Universidad de York de ese mismo país, concluyeron que «el cerebro, al parecer, no distingue claramente entre leer sobre la experiencia de un personaje de ficción y vivir esa actividad en la vida real».
De acuerdo con estos hombres de ciencia, leer una detallada descripción sobre ‘El Quijote’ o ‘Madame Bovary’, por ejemplo, puede hacernos poner en su lugar y casi experimentar las mismas sensaciones que estos personajes viven en su universo ficcional. «Aparentemente hay similitudes en la forma en que el cerebro reacciona a leer sobre algo y experimentarlo», explicó Mar.
Los narradores han buscado toda su vida enganchar a los lectores, hacer verosímiles sus historias (es decir, hacerles creer por un instante que lo que están viviendo es verdadero) y borrar las fronteras entre lo real y lo ficticio. Si todo lo que dice el informe de la BBC es cierto y se comprueba, la literatura habrá demostrado por qué es tan eficaz y por qué las drogas son nada frente a su poder alucinador.
