Un cuento de Salvador Luis Raggio
El asistente que calibra los aparatos de grabación ecualiza el sonido para que el doctor Landis, el hombre de ciencia a cargo del experimento, pueda tener una copia de la cinta con la mejor fidelidad posible (la mejor fidelidad, se entiende, bajo las circunstancias en las que se encuentran, en medio del desierto de Arizona y a miles de kilómetros de distancia de un verdadero laboratorio de comunicaciones). A su lado, el encargado de la imagen revisa rutinariamente los monitores, tomando nota de la presencia de alguna variación corporal o de alguna interferencia electrónica en las señales que emanan del sistema nervioso del sujeto de estudio, partiendo del monitor que televisa el ángulo de la Cámara 1 hasta el que se conecta con la número 6. Nada en ese momento, sin embargo, difiere de lo que ha venido sucediendo desde la última inyección; la mujer continúa inmovilizada sobre la cama de metal, con el visor de exploración sobre los ojos y la vista fija en el techopantalla que proyecta espectros de luz y poralizaciones de movimiento de animales salvajes y cacerías. A cambio de ello, los monitores designados con las letras Delta y Épsilon, conectados a los pensamientos de la mujer que sueña, revelan escenas de una cotidianidad foránea, una habitación de hotel que ninguno de los asistentes del doctor Landis reconoce: el punto de vista de una persona con ambas piernas amputadas que infatigablemente observa un tocadiscos y escucha el mismo álbum de Peter, Paul, and Mary.
A veces, se dice Judy Allen, una persona puede ser muy inocente. Correr sin piernas, como yo, y olvidar que una no puede apoyarse sobre el suelo. Pensar tontamente, después de haber plantado las raíces en la región de la locura (¿cuántas noches me he hallado en ese lugar, me pregunto, en esa sabana semidesértica, rodeada de un carnaval de imágenes idólatras?), que puede existir algo más allá de las cuatro murallas que me aíslan del mundo exterior, algo más allá de la habitación número 10 de esta posada de mal gusto. A veces las personas corren riesgos estúpidos sin pensar en la cadena de desgracias que vendrá después, y luego, tan súbitamente como llegan la melancolía o el odio, se transforman en una muñeca de trapo que el destino puede manipular y romper, una muñeca insulsa como yo, inmovilizada en una silla de ruedas.
Ayer, por supuesto, fui débil, una pobre tonta que siempre olvida que solamente le causa lástima a los demás, o simple indiferencia. Nunca debí pedirle al hijo del recepcionista que me sacara a oler el aroma del día al jardín, a mí, a este cuerpo escindido y abyecto que jamás podrá volver a tocar el suelo con sus piernas. Nuevamente ese tal André Saad caminó en círculos en el jardín helado por media hora y nunca volteó a saludarme, como la mayoría de los huéspedes de este hotel perdido. En realidad debí haberme quedado aquí arriba; continuar con la rutina de la gente olvidada y pedirle a Ezekiel que solo me trajera a la habitación un libro de la biblioteca, uno de esos tomos gastados de El reloj de maese Humphrey o El gran Gatsby. Leer y escuchar discos, desde mis días de infancia en Cape Elizabeth, es lo único que me pone de buen humor; me permite distraerme por un par de horas al día y olvidar esas horrendas imágenes de animales y cazadores que nunca he podido entender por completo. Garras de leopardos, elefantes vencidos, el movimiento de un jeep a la distancia. ¿Por qué aquel ciclo y aquella repetición constante?, me pregunto siempre. ¿Por qué nunca hay desemejanzas en los motivos de las visiones que tengo, otras criaturas, acciones fuera del marco del África, o simplemente algo impredecible?
Cuando veo a los animales saltar o defenderse, como si compartiéramos el mismo lugar en la sabana, siento miedo de mí misma, porque en el fondo sé que los leones no se hallan aquí; me refiero a que sé que no se encuentran conmigo en un sentido estricto y físico, que son claramente alucinaciones o espejismos desatinados que por alguna razón me persiguen desde que tenía quince o dieciséis. Los médicos y los psiquiatras, desde luego, nunca supieron qué hacer conmigo ni con los animales y los hombres que cazan a mi alrededor… Bueno, tal vez sea mejor retractarme de lo que acabo de decir, supongo que sí sabían qué hacer, porque por mucho tiempo fui aquel espécimen ideal, la rata blanca que una semana cojea y se queda sin pelo y la próxima se llena de tumores cutáneos. Los psiquiatras, por supuesto, me tuvieron más años en sus despachos que los médicos especialistas en curiosidades orgánicas. Era un grupo de consejeros perturbadores: la doctora Glikman, el doctor Lisiewicz, junto a uno de sus becarios, y una mujer llamada Eileen Holloway (la única persona que me ha aterrado con tan solo acariciarme el cabello y empujar mi silla de ruedas hasta la pequeña sala de su consultorio). Ellos fueron quienes me transformaron en el organismo canoso y antisocial que soy hoy en día. Primero, es cierto, lo hicieron con rostros complacientes y dosis de calmantes comunes, después con distintos antipsicóticos de toma mensual, que me inyectaban intramuscularmente al cabo de prolongados interrogatorios y extenuantes exámenes; y después, el día que los animales salvajes empezaron a multiplicarse sin freno, comenzaron a «curarme» con esos nuevos tratamientos «no invasivos», con las pastillas de toma diaria y las promesas de «la pronta reducción de las visiones y las recaídas», repitiendo que «todo ya estaba controlado», que «en poco tiempo los síntomas de la enfermedad pasarían y podría tener una vida feliz.» «Feliz», pensaba yo, como si solamente bastara con ingerir una píldora o sentarse a mirar el paisaje a través del ventanal de un sanatorio. Nada sucedía como decían los doctores, desde luego. Absolutamente nada. Las visiones de los animales nunca me dejaban en paz. Nada cambiaba ni con la más potente droga ni con una charla vespertina con Lisiewicz y su patético becario. Nada podía solucionarse con una confesión exagerada sobre mi infancia en Maine ni tampoco con una relación acerca de la rectitud bíblica de mis padres adoptivos. Porque aunque trajera a la luz sus secretos y nutriera paulatinamente de ese modo su resentimiento hacia mí, el verdadero problema se hallaba en otra parte, más allá de casa. Porque aunque contara historias sobre mascotas que nunca tuve o sobre cumpleaños que nunca celebré con mis vecinos, o sobre la brisa fría del amanecer en Cape Elizabeth, mi problema esencial se mantenía intacto: yo veía animales salvajes a mi alrededor. Y he continuado viéndolos desde aquellos días en Maine, incesantemente, como hologramas del terror que no se apagan.
En mis visiones, los animales suelen caminar solitarios buscando una presa en la llanura, cavilando acerca de la facilidad o la dificultad de abalanzarse sobre un impala herido o sobre una cebra separada del grupo. A veces, supongo que cuando realmente están hambrientas y desesperadas, las leonas sencillamente se arrojan hacia el cuello de la presa que se encuentra más cerca, sin importar su condición física, o hacia las caderas del animal, buscando desgarrar a su víctima lo más pronto posible, tratando de desestabilizar su escapatoria para luego abrirle el estómago y alimentarse, para luego arrastrar el cadáver del impala o la cebra perdida hasta los pies de la manada que preservan de la extinción y la necesidad.
Los cazadores humanos, en contraste, son mucho más peligrosos que los animales de la sabana porque se mimetizan de una forma diferente, son espectros del vacío y de las sombras, la capa más cruel de lo que yo llamo «lo desconocido». En los primeros años de mis visiones, aprendí a memorizar la rutina de alimentación de la mayoría de los animales; entendí, por ejemplo, que un guepardo prefiere cazar en las horas centrales del día, cuando otros felinos duermen, y así aprovechar al máximo ese cuerpo veloz pero de defensas limitadas. Nunca he sabido a ciencia cierta, sin embargo, cuándo se presentará de repente el rifle de un ser humano adepto a la sangre, o una explosión de dinamita, o en qué momento saldrán de la nada esos jeeps temerarios que dejan solamente nubes y estelas de polvo por donde circulan.
Ayer por la mañana le pedí al hijo del recepcionista que me sacara a oler el aroma del jardín. Jerry, el cocinero de la posada, fue el encargado de transportar mi silla de ruedas de la habitación hasta el patio mientras Ezekiel iba detrás de él, cargándome como a una madre vencida. Llevo aquí poco más de un año, pero siempre me ha sorprendido la adhesión y la ternura que Ezekiel expresa hacia mí, es el único ángel que conozco. No podría decir lo mismo del viudo de Jerry, la verdad; él es un hombre de modales groseros y la mayor parte del tiempo se dedica más a refunfuñar y protestar que a hablar con los huéspedes del hotel. Lo que sí he podido distinguir las pocas veces que me lo he topado es que, cuando se trata de mi persona, intenta al menos disimular el malestar que le causa ayudar a una mujer con dos muñones por piernas. Prefiere no mirarme a los ojos, claro, eso es inevitable; y ese gesto de inseguridad me sugiere que le recuerdo a alguien que probablemente tuvo cerca en otra época de su vida, tal vez a alguien que le aterraba demasiado (una hermana recluida en una clínica o una hija que nunca se recuperó de una enfermedad crónica), y que en el fondo no desea revivir por completo.
Cuando llegamos al jardín, Ezekiel me acomodó nuevamente en la silla de ruedas y me dejó sola sin percatarse de que Saad se encontraba rondando unos árboles cerca de ahí. Ver a ese hombre ir y venir como un paranoico devoto, sin otra preocupación que sí mismo y sus manías, me hizo pensar aún más en la soledad que esa mañana me había empujado fuera de la habitación. Por un momento quise en verdad que Ezekiel se encontrara cerca para empujar la silla a otro lugar. Nunca se lo pido, es cierto, no me gusta que me paseen, prefiero hacerlo yo misma, aun en un terreno que puede llegar a ser tan movedizo como el del jardín, donde no es infrecuente toparse con segmentos de hierba crecida o con algún hoyo escondido, pero ayer necesitaba ardorosamente que alguien me alejara de ese hombre que ni siquiera era capaz de mirarme con el rabo del ojo, necesitaba que alguien dejara de recordarme, al menos por unos cuantos minutos del día, que el vacío no es lo único que me acompaña constantemente.
Aunque parezca una mentira insulsa, después de tantos años en esta condición he olvidado qué se siente cuando una persona tiene piernas para desplazarse; toda mi movilidad y toda mi libertad giran alrededor de un mecanismo de cuatro ruedas y de la fuerza absoluta que generan mis manos y brazos, así es como he aprendido a valerme por mí misma en la mayor cantidad de superficies posibles. La única ayuda de la que no puedo prescindir jamás, desde luego, es de la buena voluntad de Ezekiel cuando se trata de bajar las escaleras de este hospedaje, o cuando pierdo el control de una de las ruedas de la silla en un rincón lodoso del jardín. Suelo gritar el nombre de Ezekiel como si me hubiera convertido en una dictadora cuando algo así ocurre, pero en realidad son muy pocas las veces que me he enfrentado a circunstancias como esa porque casi siempre permanezco en mi habitación. Aquí dentro recibo azafates con las meriendas y algunos libros también, que provienen tanto de la pequeña biblioteca del hotel como de las manos de aquellos huéspedes que, ya sea por simple desidia o por un accidente circunstancial, dejan a veces algo olvidado sobre la mesa de noche; el Almanaque Mundial de 1989 y algunas revistas las conseguí de ese modo. El bueno de Ezekiel, claro, siempre se acuerda de rescatar las sobras de los viajeros para mí porque sabe que, además de las canciones que escucho con el tocadiscos, los libros son mi otra gran distracción. Recientemente, por ejemplo, leí una colección de Charles Dickens que contiene los cuentos de maese Humphrey y las novelas La tienda de antigüedades y Barnaby Rudge. Estoy segura de que hay personas que no comprenderán mi actitud cuando sonrío, pero el personaje de maese Humphrey me hace imaginarme a mí misma leyendo todos esos textos caóticos escritos por personas estrafalarias, atendiendo al galante de Mr. Pickwick. Es cierto que soy una mujer de piernas amputadas que no puede acoger a nadie y a quien todas las mañanas se le dificulta pasar de la cama a la silla de ruedas, una persona que no tiene una casa donde recibir a sus amigos ni a sus consortes, pero la cadencia de las palabras de maese Humphrey y las voces de sus invitados me hacen olvidar por unas cuantas horas a los animales salvajes que me persiguen, a todos esos guepardos hambrientos y a esas gacelas agonizantes en la sabana africana. Esas palabras y esas voces me hacen pensar por un momento, aunque sea un pensamiento falsificado o difuso que nunca puedo sujetar con verdadera fuerza, que algún día despertaré y podré escapar de donde quiera que me encuentre; porque siempre he tenido la vaga sensación de encontrarme dentro de un búnker aislado en medio del desierto, la sensación de estar impedida y bajo el control total de una persona que no alcanzo a distinguir; como si más allá de este cuarto que huye de la luz y de esta posada de mal gusto un verdugo me estuviera atormentando con verdadero esmero, silbando una canción de Peter, Paul, and Mary mientras cae la noche.
_____________________________
Cuento tomado de Tercer cofrecillo (Ed. Casatomada, 2025)
Salvador Luis Raggio Miranda (Lima, 1978). Se licenció en dirección de cine y literatura y es doctor en Lenguas Romances (University of Miami). Ha publicado varias colecciones de cuentos y novelas cortas, y participado en antologías nacionales e internacionales. En la actualidad, parte de su obra publicada en el extranjero está siendo recopilada en el Perú por Editorial Casatomada a través de los volúmenes Cofrecillo (2021), Segundo cofrecillo (2023) y Tercer cofrecillo (2025). Se desempeña también como catedrático de humanidades en los Estados Unidos y dirige la revista de ficción insólita Cósmica Calavera. Sitio web: www.salvadorluis.net
