Círculo de Lectores
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«E-mails con Roberto Bolaño», de J. J. Maldonado

J. J. Maldonado acaba de publicar "Emails con Roberto Bolaño", elegido como uno de los mejores libros de cuento de 2026. Analicemos por qué.

Publicado

9 Feb, 2026

Escribe Rodrigo Ledesma

La intertextualidad, para los jóvenes escritores latinoamericanos, tiene el tono de voz de Roberto Bolaño. La estela dejada por esta estrella distante de la literatura puede verse aún hoy, casi veintitrés años después de su abrupta y final ignición. Hoy me encontré con su nombre y apellido en el libro de J. J. Maldonado, el subyugante E-mails con Roberto Bolaño, cuyo primer cuento, «¿A quién mira Enrique Vila-Matas?», me sorprendió sobremanera, sin saber exactamente por qué; y este texto quizá sirva como una forma de responder a esa interrogante y a otras que se presenten en el camino.

Pero antes un breve preámbulo.

¿Cuándo funciona la intertextualidad? Cuando la intención del autor encuentra a su lector ideal. ¿Y cuándo falla? Cuando no lo encuentra o cuando este se oculta. Aunque, en estos casos, el tiempo —juez supremo de múltiples rostros e inestable sentido del humor— suele expedir sentencias misteriosas, con efecto suspensivo, que se cumplen favorablemente para el escritor cuando ya no hay abogados, ni jueces, ni policías, ni relatores, ni casi nadie con vida.

¿Qué es la intertextualidad? Es la carta de amor a la literatura que los escritores suelen escribirse entre ellos, dejando esas mismas cartas para que otros —lectores de lo que sea menos de cartas— las lean, las guarden o las quemen; tan perplejos como están ante el origen y el propósito de su oficio, tan orgullosos de su sacrificio, tan impacientes por ser leídos y tan tímidos o insolentes frente a sus maestros literarios.

Volvamos.

El primer cuento del libro de J. J. Maldonado es una pregunta que se extiende a lo largo de varias páginas. La obsesión crece de a pocos por saber qué mira el pequeño Enrique Vila-Matas (hay una fotografía suya nada más empezar el cuento: es el escritor barcelonés cuando era un crío). Luego la obsesión se vuelve casi enfermiza, se desborda, e impele a J. J. Maldonado a preguntarle cara a cara qué rayos está viendo en esa foto. El diálogo que sostienen es brillante, no solo por la tensión que contiene, sino porque el escritor ha sabido moderarla. Palabras cortas, enfáticas; es decir, palabras que suenan naturales. Este cuento no está habitado solo por Enrique Vila-Matas: también aparecen algunos fantasmas, William Faulkner, por ejemplo. Y Melville y Shakespeare y Joyce y Kafka.

¿Por qué la necesidad de saber qué mira Enrique Vila-Matas? ¿O, mejor dicho, su versión infantil? Porque así son los escritores que admiran a otros escritores. Se burlan de ellos, los dibujan en situaciones bochornosas, los caricaturizan; luego los alaban, los cuestionan y hablan —frente a dos borrachos o ante una inteligentísima multitud— sobre ellos y sobre sus admiradas obras. Puedo responder entonces por qué me gustó este primer cuento, y lo diré antes de hablar de los demás: porque fue honesto. Y antes de que se me cuestione esta conclusión, diré que la honestidad, en literatura, suelo medirla con un sexto sentido que desarrollé analizando los adjetivos. Economía, precisión, grandilocuencia: por ahí va la cosa. En el cuento materia de análisis, la narración discurre con sobriedad, sin adjetivos que intenten impresionar o descolocar. Esa honestidad para consigo mismo, rebota hacia el lector, induciéndolo a leer más y más. Breve acotación: ¿un escritor siempre es honesto? ¿No es que, en realidad, nos miente y nos ve la cara a su antojo? Entonces debería decir que, si no es honesto, J.J. Maldonado finge muy bien serlo.

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Escritor peruano J. J. Maldonado

«El otro Zambra» es un cuento que alude a Alejandro Zambra, escritor chileno. Me reí mucho con esta historia, no solo por lo bien escrita que está, sino por los desconcertantes vericuetos por los que transitan sus escenas. Me reí tanto que luego me puse serio, analítico, como un alegre lector que de pronto recuerda que debe ser lo más severo posible con aquello que está leyendo. Aquí, J. J. Maldonado descubre que nada le está pasando en Barcelona y cree que, de hecho, algo tiene que pasar para que la experiencia inunde su literatura. Otros escritores amigos suyos, le dicen que su parecido con Alejandro Zambra es algo más que una ocurrencia: una manifestación de que la literatura se cierne graciosa e irremediable sobre su vida. El cuento entero trasunta la atmósfera barcelonesa, donde todo es pura literatura, y el Belvedere —bar, templo o biblioteca itinerante— es la capital del junte y el lobby literario.

Hay dos momentos que sobresalen: la relación de J.J. Maldonado con Kimiko y el descubrimiento de que ambos, sin querer y sin saberlo, siguen los pasos de los personajes de Alejandro Zambra, el verdadero. Luego, la interpelación vía telefónica del verdadero Zambra a su doppelgänger. La naturalidad con que estos pasajes están escritos revela la pericia de J. J. Maldonado con el humor, a todas luces, bolañesco. Es, además, desde mi punto de vista, metaliteratura conseguida.

Este cuento, además, me parece que juega con una posibilidad: parecerse a un escritor o buscar parecerse a él. El destino de J. J. Maldonado, siendo el otro Zambra, es, al final, quedar supeditado a él. Y eso, para él, acaso sea mejor que vegetar en la ciudad más linda, ebria y literaria de España.

Un inicio prometedor, un desarrollo algo extenso, pero entretenido, y un final un tanto abrupto es el de «Rodrigo Fresán en Big Crack». Este es de los cuentos más líricos, donde el plano diegético está mejor colocado: Caracas, sus lugares, las ceibas que sueltan su polen dorado en medio de la reyerta, los argentinismos y chingaderas de ese narrador-personaje que, en busca de la Big Crack (especie de grieta en la realidad), pierde la cabeza, pero nunca la imaginación. Su mérito es mostrarnos la Big Crack, no explicarla.

«Antonio Cisneros y yo». Este cuento me toca personalmente, pues los lugares donde ocurre me son familiares. Aunque no comparto el gusto por la poesía de Cisneros ni por la de los integrantes de Hora Zero, debo admitir que el relato es entretenido y avanza a galope, pues J. J. Maldonado imprime a su prosa una velocidad de comas abundantes y escasos puntos seguidos. El final es estrambótico y paranormal, discurre entre humo y presencias espectrales, y el lector, si no sabe quién fue Antonio Cisneros, conocerá a un poeta peruano singular: procaz, borracho e hincha acérrimo del Sporting Cristal. Nada fuera de lo común, ¿no es así?

Roberto Bolaño
Roberto Bolaño

Estos cuentos son los que más me gustaron. Hay otros más: dos escritores peruanos descubren que uno de ellos escribió antes que Han Kang la novela La clase de griego, solo que, en lugar de la lengua de Homero, fue el quechua el idioma abordado. Un joven Mario Vargas Llosa, todavía periodista de La Crónica, padece priapismo y conoce a Magda Lituma, con quien se revuelca a fornicar como si el mundo se fuera a acabar. También hay uno sobre Mariana Enríquez, Fernanda Melchor y Pierre Michon.

El cuento que da título a la obra, «E-mails con Roberto Bolaño», es el último. Un desquiciado Roberto Bolaño, desde el más allá —un más allá que se parece a Ciudad Juárez—, intercambia correos con una joven aspirante a escritora y la manipula, pidiéndole una serie de perversas exquisiteces para ayudarla a editar su novela. En la cumbre de su endemoniado deseo, pide que maten para él, como una especie de demonio literario que necesita saciar su sed de venganza o de algo todavía más oscuro. No sé si mi interpretación sea la correcta, pero ¿no es acaso esta una retorcida metáfora de lo que son capaces muchos escritores para cumplir sus sueños o sus pesadillas? La literatura es tirana y, muchas veces, puede entablar con sus masoquistas seguidores una relación tan tóxica como lo fue Chernóbil en su prime.

¿Qué puedo objetarle a este libro de cuentos? La uniformidad bolañesca. Esta influencia planetaria cunde en todas las páginas; es un veneno que ha penetrado hasta el hueso. La voz narrativa tiende a ser similar; es decir, usa el mismo registro y procede mencionando referencias literarias para conectarlas con la trama, tal como solía hacerlo Roberto Bolaño en sus cuentos y novelas. Esa es, de alguna forma, su poética. A propósito de esto, hay un cuento, «En busca de Han Kang», en el que el narrador-personaje conoce a J. J. Maldonado. La historia se cuenta a través de este allegado misterioso, pero la forma de narrar, de contar, resulta igual que en los relatos anteriores. ¿Es este el camino, empedrado con los huesos y afirmado con la sangre y la voz de Bolaño, por el que J.J. Maldonado transitará siempre? ¿Cuál sería el riesgo de echar a andar por otros senderos, de escuchar el trino de otras aves, de mirar el paisaje tenebroso sin intentar taparse los ojos? Tiro la piedra y escondo la mano.

Termino con lo siguiente: se ha acusado a este libro de intentar vender algo, acaso un catálogo de libros, pues —afirman— las referencias contenidas en él podrían sugerir implícitamente tal propósito. Asimismo, se ha pretendido decir que solo está consolidando el canon, ampliándolo, y no cuestionándolo, negándolo o maldiciéndolo. No comprendo del todo esas acusaciones. Las movidas literarias, el lobby, los conversados o las intenciones subalternas me son ajenas. Solo sé que he disfrutado este libro y que espero que J. J. Maldonado, el hacedor de estas historias que hicieron de mi domingo algo diferente, siga escribiendo tan bien como lo está haciendo. Y a los que no sepan mucho de literatura… qué lástima. Pero no se sientan mal; la invitación a este cementerio hecho de música está hecha.

Rodrigo Ledesma
Rodrigo Ledesma es abogado especialista en derecho tributario, lector y escritor. Puedes leer más sobre el autor en su blog La Tabaquería.

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