Escribe Karina Miñano
Cada 23 de abril miro mi pequeña biblioteca con cariño y admiración. Mis libros ocupan espacio, pesan, se doblan en las esquinas, acumulan polvo si no los toco. Algunos llevan años conmigo, otros llegaron hace poco, pero todos forman parte de una historia que no fue planificada. Su origen se fue construyendo con decisiones pequeñas, casi invisibles.
Hay uno que siempre tomo con sumo cuidado: Impresiones de viaje – descripción de la Suiza, de Alejandro Dumas, publicado en 1842. Lo encontré en una tienda de segunda mano en Valencia, en 2018. No sé quién lo leyó antes ni qué vio en esas páginas. Solo sé que sobrevivió lo suficiente como para llegar hasta mis manos. Ese libro, sin tapa, con sus páginas amarillas y oxidadas, me habla del tiempo. De la persistencia.
Mi biblioteca tampoco responde a una lógica clara. No sigue modas ni listas. Se ha formado por intuición, por necesidad, por momentos de vida. El libro que más tiempo lleva conmigo es Europa después de Hitler de Walter Laqueur. Lo compré con mis primeras propinas en el jirón Quilca, en el centro de Lima, cuando tenía entre dieciséis y diecisiete años. Ese mismo día compré también Más allá del bien y del mal de Friedrich Nietzsche. No entendí todo. Pero entendí lo suficiente: que leer era una forma de entrar en el mundo, aunque ese mundo no siempre fuera claro.
Hoy, años después, sigo leyendo, pero de otra manera. Tengo dos clubes de lectura. En uno leo en mi idioma. En el otro, en inglés. El primero me devuelve una cercanía inmediata: compartimos referencias, intuiciones, incluso silencios. El segundo me obliga a desplazarme. Escucho interpretaciones que no habría formulado sola. Esa doble experiencia me ha hecho pensar en algo que antes no veía con claridad: leer ya no es un acto solitario. O, al menos, ya no lo es para muchos.

Durante años se repitió que las nuevas generaciones abandonarían la lectura. Se dijo que la velocidad de las pantallas sustituiría la concentración que exige un libro. Sin embargo, lo que ha ocurrido es más complejo. Jóvenes que crecieron entre estímulos constantes han encontrado en los libros continuidad, profundidad, y una forma distinta de tiempo.
Las redes sociales han tenido un papel inesperado en esto. Espacios como BookTok o Bookstagram han convertido la lectura en conversación. Un libro ya no termina en la última página. Continúa en recomendaciones, en discusiones, en relecturas compartidas. Para muchos jóvenes, y no tan jóvenes, leer se ha convertido en una forma de pertenencia.
No es menor. La lectura, que durante siglos fue una experiencia íntima, ahora circula, se comparte, se comenta en tiempo real. Y, aun así, el libro físico no desaparece. Al contrario. Se mantiene como objeto. Como algo que se guarda, que se subraya, que se presta. Hay una necesidad de tocar lo que se lee, de conservarlo. Esa convivencia entre lo digital y lo material me interesa. No hay una sustitución clara. Hay una superposición. Y, en medio de ese escenario aparece otro elemento: la inteligencia artificial.
El debate ha sido rápido. En pocos años se ha pasado de la curiosidad a la inquietud. ¿Puede una máquina escribir? ¿Debe hacerlo? ¿Qué ocurre con la autoría? ¿Qué valor tiene un texto si no nace de una experiencia humana? No tengo respuestas cerradas, pero sí tengo una intuición clara: el problema no es la herramienta, sino la confusión sobre su alcance. La inteligencia artificial puede organizar información, sugerir estructuras, generar frases coherentes. Puede incluso imitar estilos con cierta precisión. Pero no tiene biografía. No ha vivido. No recuerda. No duda.
Y la literatura, al menos la que me interesa, nace de ahí.

No de la perfección formal, sino de una tensión interna, a la que yo llamo “magia”. Es algo que no termina de resolverse y que busca forma en el lenguaje. Escribir no es solo producir texto. Es sostener una mirada. Es algo que no se negocia. Es el “duende” que aparece desde la planta de los pies y ocupa todo nuestro cuerpo, tal como lo decía Federico García Lorca.
Por eso me cuesta aceptar la idea de que la escritura pueda delegarse por completo. No por una cuestión moral, sino por una cuestión de origen. Si una historia no tiene raíz en una experiencia, ¿qué la sostiene? Entiendo el entusiasmo. La IA puede ayudar en procesos concretos. Puede servir como herramienta de apoyo, como disparador, como asistente. Negarlo sería ingenuo. Pero equiparar esa ayuda con el acto de escribir me parece un error. Porque escribir implica asumir una voz. Y una voz no se genera. Se construye.
Vuelvo entonces a mi biblioteca. Pienso en los libros que han pasado de mano en mano. En los que fueron leídos en contextos que ya no existen. En los que resistieron guerras, mudanzas, olvidos. Pienso también en los que compré sin saber por qué y que años después adquirieron sentido. Y en los que compré y están a la espera de ser leídos. Ese recorrido no puede programarse.
El Día del Libro no celebra solo la existencia de los libros. Celebra esa continuidad invisible entre quienes escribieron antes y quienes leen ahora. Celebra una forma de transmisión que no depende de la velocidad ni de la eficiencia. En un mundo donde casi todo puede acelerarse, el libro sigue exigiendo otra cosa: tiempo.
Y tal vez por eso sigue siendo necesario. Más que un refugio idealizado, es un espacio donde todavía es posible detenerse. Leer una frase y no entenderla del todo. Volver a ella. Subrayarla. Olvidarla. Recuperarla años después. La inteligencia artificial no elimina esa experiencia. Pero tampoco la sustituye. Creo que puede convivir con ella. Puede acompañarla en ciertos momentos. Pero no puede ocupar su lugar. Porque el origen de una historia no está en su forma final. Está en lo que la empuja a existir.
Y eso, al menos por ahora, sigue siendo humano.
