Escribe Moisés Ávila Roldán
“Everybody wants to be an astronaut
And take the long, tall trail into the stars
Everybody wants to show a brother what they got
Everybody wants to be an astronaut”
Royal Republic
Los primeros despertares de Christina Koch tras volver a la Tierra han sido un desacuerdo entre lo que su mente pide y su cuerpo encuentra. “Creía que estaba flotando. De verdad creía que estaba flotando y tuve que convencerme a mí misma de que no era así”, confesó. Tras diez días de un viaje que la llevó alrededor de la Luna, ella y sus tres compañeros de tripulación aún reacomodan huesos y músculos a 9,8 metros por segundo al cuadrado.
Koch tiene 47 años, es ingeniera y, antes de subirse a la nave Orión de la misión Artemis II, ya había pasado 328 días en la Estación Espacial Internacional (EEI); entre 2019 y 2020 había roto el récord femenino de permanencia continua en el espacio y realizado una caminata espacial para reemplazar unas piezas en aquel laboratorio volador.
Pero, “incluso después de haber pasado 328 días en el espacio en mi anterior misión, nunca hice esa cosa en que sueltas algo en el aire y piensas que va a seguir flotando frente a ti. Y ahora yo lo hice. Solté una camiseta en el aire y… bueno, me sorprendí”, contó.
Y claro, una cosa es estar a 400 km sobre la superficie terrestre, donde la EEI orbita la Tierra permanentemente, y otra, viajar una distancia 1.000 veces mayor, colocarse lo más lejos que un ser humano ha estado jamás, a 406.771 km. y, además, rodear la cara oculta de la Luna.

En las infancias ochenteras en Lima, hubo quienes en verano pasaban horas en la piscina del barrio —como aquella del desaparecido Club de Tiro, en el Rímac— y, tras devorarse una bolsa con media docena de cucuruchos que se deshacían antes de llegar a la boca, volvían a casa, tomaban un baño e iban a la cama sintiendo que aún flotaban en aquel combinado de agua, cloro y, algunas veces, ácido úrico. Era una sensación que se desvanecía al día siguiente y que, claro, dista de aquello que experimenta un astronauta tras diez días en el espacio.
“Cuando las personas viven en condiciones de microgravedad, los sistemas de nuestro cuerpo —situados en el oído interno— que han evolucionado para informar al cerebro sobre nuestros movimientos, dejan de funcionar correctamente. Nuestro cerebro aprende a ignorar esas señales”, explicó Christina. “Por ello, al regresar a la gravedad terrestre, dependemos en gran medida de la vista para orientarnos visualmente”. Parte de sus ejercicios de readaptación consisten en caminar en línea recta con los ojos cerrados, poniendo un pie delante del otro, mientras especialistas evalúan sus reacciones. Aún le cuesta.
La misión Artemis II es la primera en más de medio siglo que viaja a la Luna, esta vez con cuatro astronautas —uno más que en las misiones Apolo que terminaron en 1972— y, aunque no se posó en ella, permitió el registro visual de zonas que el ojo humano no había visto antes de forma directa. Todo esto seguido desde el Centro Espacial Johnson, aquel que en 1970 recibió el mensaje del astronauta Jack Swigert en la misión Apolo 13: «Houston, tenemos un problema«, tras la explosión de un tanque de oxígeno que abortó el alunizaje. Y que antes, el 20 de julio de 1969 escuchó el histórico mensaje de Neil Armstrong, con la llegada del primer hombre a la Luna, en el Apolo 11: «Este es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad«.
En pleno siglo XXI, las misiones Artemis aspiran a colocar nuevamente al ser humano en la Luna en 2028, antes del fin del mandato de Donald Trump; construir luego una base permanente y ser la antesala de la conquista de Marte. Todo esto en abierta competencia con China, que planea enviar a sus taikonautas al satélite terrestre en 2030.

Tu nombre
Reid Wiseman, 50 años, enviudó en 2020, luego de que su esposa Carroll peleara cinco años contra el cáncer. Se encargó de la crianza de sus dos hijas. Antes de montarse en la nave, enfundado en su traje naranja brillante, se despidió de ellas haciendo un corazón con sus dos manos.
Ellas, que eran adolescentes cuando murió la madre, tenían reparos con que su padre se lanzara al espacio. Pero este veterano de la marina con 27 años de servicio, piloto y convertido en astronauta en 2009, logró convencerlas de lo importante que era para él. “Quiero que mis hijas sepan que uno se puede levantar y lograr el éxito”, dijo Wiseman, comandante de la misión.
Durante la observación de la Luna, los astronautas detectaron algunos cráteres aún no identificados, y vieron uno especialmente brillante en un «lugar realmente interesante «, uno que podría ser visible desde la Tierra durante ciertos tránsitos lunares específicos.
«Hace varios años, comenzamos este viaje en nuestra unida familia de astronautas, y perdimos a un ser querido… su nombre era Carroll, la esposa de Reid, la madre de Katie y Ellie«, dijo por la radio el canadiense Jeremy Hansen, otro miembro de la tripulación, rodeado por sus compañeros. “Y nos gustaría llamar a ese cráter, Carroll‘», aseveró mientras se abrazaban.
En el espacio profundo y para volver al lado de sus hijas, Wiseman debió lidiar con una fuga en la presión de los sistemas de combustible de la nave y, finalmente, con un detector de humo que se encendía y apagaba en el penúltimo día de misión. «No fue aterrador, pero sí tenso durante unos minutos, hasta que logramos reconfigurar los sistemas. Sin embargo, lo que nos grabamos a fuego en la mente antes del lanzamiento fue: nada de movimientos apresurados«, explicó.
Y siempre contó con Jeremy, un coronel de las Fuerza Aérea Canadiense de 50 años e ingeniero físico. Aquel que, en el día de su graduación como piloto, conoció a quien hoy es su esposa y madre de sus tres hijos, la ginecoobstetra Catherine. Allí mismo le dijo que quería ser astronauta, lo que “sonaba loco si se decía en voz alta” pero él hablaba en serio, cuenta ella.
Abrazada de sus hijos, Catherine lo despidió detrás de unas vallas de seguridad en Cabo Cañaveral, Florida, lugar del despegue, mientras él se embarcaba. “Te amo”, le dijo ella, y le levantó el pulgar.

“Te amo desde la Luna”
Desde Federico García Lorca hasta Gabriela Mistral, desde Verlaine hasta Safo han hablado de la Luna. Y la canción que entonaba Vicentico Valdés imaginaba los aretes que le faltaban. Algunos románticos, otros metafísicos, otros nostálgicos. Pero lo que el piloto Víctor Glover le dijo a su esposa tal vez atropelló cualquier anhelo poético.
Cuando le dijeron que Dionna estaba en la galería desde donde se observa el centro de control en Houston, siguiendo la transmisión, Víctor soltó una frase que podría haber resultado un lugar común si no fuera porque él estaba en el menos común de los lugares: “Te amo desde la Luna”.
Mientras observaba la inmensidad, este padre de cuatro hijas comparó a la Tierra con una nave espacial, “que fue creada para tener un lugar para vivir en el Cosmos.”
“En todo este vacío, ustedes tienen este oasis, este bonito lugar donde coexistimos. Así creas en Dios o no, es un momento para recordar qué somos y quién somos y que estamos juntos en esto”.
Vuelta a casa
Glover, de 49 años, fue el primer afroamericano en integrar una misión a la Luna y se encargó de llevar la nave Orion de vuelta durante el reingreso a la atmósfera terrestre, donde un escudo térmico los protegió de temperaturas sobre los 2.700ºC, mientras viajaban a 40.000 km por hora, durante 13 minutos y 36 segundos.
Luego vendría el amerizaje en las costas de California. Víctor dijo recordar que sintió un «efecto yo—yo» mientras los paracaídas se desplegaban. «Nunca he hecho paracaidismo; pero si te lanzaras de espaldas desde un rascacielos… así es exactamente como se sintió durante 5 segundos«, detalló.
Reid, Víctor, Christina y Jeremy pasaron casi diez días juntos en Orion, una nave no más grande que una furgoneta, con 5 metros de diámetro y tres metros de alto, con el mundo entero viéndolos por Youtube en vivo. Durmieron flotando uno al lado del otro, en el octavo día fueron despertados al ritmo de Under Pressure de Queen y David Bowie y compartieron un baño cuyo urinario se descompuso poco después de partir.
Cuando aún estaban en el espacio, Christina confesó que no dimensionaba aún la magnitud de la hazaña. “De verdad, has marcado la diferencia”, le dijo su esposo Bob por una llamada. Luego la recibiría en casa junto con su perro Sadie, que armó una fiesta con su llegada.
“A menudo me preguntan si tuve miedo. Mi respuesta es que era consciente de los riesgos. Cuando salí de mi hogar por última vez, el 27 de marzo, miré a mi alrededor y pensé en cuánto amaba mi humilde y pequeña vida. Inesperadamente, una parte de mí comenzó a extrañarla terriblemente, ante la remota posibilidad de que ese futuro nunca llegara a materializarse”, escribió en Instagram.
Y, como leyenda de una foto de dos pequeñas tazas, remató. “Sé que una taza de café matutina en el porche, junto a tu mejor amigo, es algo sencillo y, universalmente, insignificante. Pero también lo es todo.”
